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Despegar los pies del suelo

Le hacía tomar perspectiva.

Y reconoce que es un deporte misterioso. Con tanto aire alrededor que en ocasiones parece que el espacio se derrama hasta el infinito.

Desafiando el equilibrio, la gravedad, las referencias comunes para “caminar” una absurda verticalidad que en ese instante (y en muchos otros) le parece lo único no absurdo.

Un mundo concreto y perceptible.

Sin miedo, con miedo, buscar su centro, su equilibrio que se descentra cuanto más lejos tiene el seguro de los pies o cuanto más lejos tiene los pies del suelo… el suelo… la tierra.

No parece el lugar en el que Ella quiere habitar.

Cuando no aprecia los ligeros cambios que suceden en un mismo y monótono paisaje es que no está prestando atención a los matices.

Hoy le impresiona esa amapola que ha crecido en el asfalto, sin que Ella se de cuenta. Como una isla roja.

Sabe que hay dos lugares que son sus preferidos:

Una roca y un libro a medio hacer.

Escribir es para Ella un lugar al que viajar, y además no está sola porque numerosos personajes la acompañan y se mete ahí, en su historia y en sus gentes, y permanece el tiempo necesario, no solo para avanzar en la historia, sino para equilibrar todo lo demás.

La roca. Que a veces es como un paisaje inexistente entre tanto asfalto entre tanta arena desmenuzada…

Entre tanto.

Intuye, como una premonición, que si cierra los ojos es ahí a donde viaja… al lugar en el que su cuerpo, su mente, la naturaleza y el otro se unen.

 

Recuerda el frío del amanecer, el horizonte irreconocible al abrigo de la niebla y el olor de su cuerpo silvestre, pero Ella nunca estuvo allí. Y siente como sus pezuñas rebuscan en la tierra húmeda, una tierra en la que nunca ha escarbado…  y aúlla a la luna y menea la cola.

Quiere ser esa Mujer Salvaje y sabe que si la deja, si se deja, un pedazo de vida también es para Ella… pero suele partir los pedazos e ir dejando miguillas (no sea que no encuentre el camino de vuelta) ¿y si es solo un camino de ida? Eso no lo pensó cuando empezó a desmenuzar el bocado, a lo mejor las miguillas son para que la encuentren ¿a dónde va tan decidida sin apenas mirar atrás?

Al cielo abierto.

A ser Ella.

A trepar y reptar y escribir y amar.

A escuchar.

A cerrar los ojos y dejarse llevar por el tacto.

A besar.

También quiere tumbarse boca arriba en una pradera que huela a musgo y enredar (durante mucho rato) una pajita entre los dientes. Cruzar los pies. Descruzarlos. Estirar las piernas. Doblarlas. Perderse en su voz.

Una mariposa revoloteando. Se acerca a ella delicadamente sin hacer ruido, alarga la mano con suavidad y deja que se le pose y le haga suaves cosquillas y luego la observa un buen rato viajar de flor en flor. Y la deja ir…

Y también Ella (la misma) corre alegre tras la mariposa y, cuando se posa en su mano, la intenta acariciar con los dedos y el polvillo de sus alas se le queda pegado a la piel, como un tatuaje con el que poder respirarla un poco más, ¡es tan difícil dejar marchar algo tan hermoso!

Quiere estar abierta al cambio y se mueve, inevitablemente se mueve, pero le entristece todo lo que su movimiento genera en otros, en Ella…

Y en el cielo se ve claramente la estela de dos aviones que parecen volar el uno hacia el otro en un imposible encuentro… le da lástima que solo puedan cruzarse para evitar el choque, sin dibujar jamás la estela de un beso.

¡Y está tan cerca! que cuando el viento sopla de levante huele a mar. Ya dijo Ella, al principio de todo, que el mar era apertura, así que ¡ahí va!

¡Abre las alas!

¡Que hermoso despegar del suelo y que el calor de la tierra se convierta en un viento fresco que hace cosquillas en los pies!

Y zarpar lejos… al profundo azul del mar abierto… justo en el momento de izar las velas.

 

 

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