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Travesía extrema en Taghia: Primera parte

¡Otro día más! El martes pasado os estuve hablando de mi preparación para soportar el frío en Patagonia. Hoy vamos a cambiar de tercio: nos vamos a África, concretamente a Marruecos. Os voy a contar una de las experiencias más extremas que he vivido nunca.

Los hechos transcurren en Marruecos, concretamente en Taghia, situada en pleno corazón del Atlas, a más de 2000 metros de altitud. Como preparación a mi aventura en las Torres del Paine, decidí abrir una nueva vía en el cañón de este lugar, donde dos años atrás había observado una fisura.

Para llegar a este emplazamiento, primero había que pasar por un pequeño pueblo llamado Zaouia Ahansal, donde descargar el material. Allí alquilé un burro para llevar el material hasta la zona de la fisura, que estaba a unas dos horas de aquel lugar. El camino era a través de un cañón con tramos que oscilaban entre 1,5m y 5m de anchura y unas paredes verticales de más de 800m.

Los dos primeros días llevé allí el material. Al tercero traje la hamaca y el petate. El cuarto día, para evitar que cualquier animal me dejara sin nada, llevaría la comida.

El tercer día, antes de llevar la comida, estaba atravesando el cañón. Era junio y el cielo estaba despejado. Sin embargo, no era lo que parecía. Comenzó a bajar agua de color marrón poco a poco a través del cañón (una tormenta se había desatado en una zona cercana) y éste empezó a llenarse lentamente. Había tramos donde tenía que ir descalzo, y otros donde no.

Momentos después, cuando quise darme cuenta, el agua había subido ya un metro. Intenté bajar, pero era imposible. Pensé que era tan solo una tormenta de verano; aún así, decidí tomar precaución y subí a un saliente de dos metros de altura para dormir, dejando un pie colgado “por si acaso”.

Mientras dormía, noté como el agua rozaba mi pie. Me desperté sobresaltado, encendí el frontal, y el agua había ascendido hasta la altura del saliente, es decir, dos metros. Por suerte, llevaba conmigo un taladro para preparar la vía, así que comencé a hacer agujeros y colocar enganches para subir, llegando hasta los 10 metros de altura. Pero el agua no cesó y siguió subiendo hasta 6 metros, arrancando todo el material, incluido el del ascenso.

A partir de ese momento pasé tres días y tres noches sin comer y sin beber, temiendo seriamente por mi vida. Puesto que era imposible bajar, empecé a plantearme un ascenso.

Lo que ocurre después de esto es una de las experiencias más arriesgadas que he vivido nunca. Estad atentos porque próximamente traeré la segunda parte que cierra esta aventura. ¡No os la perdáis!