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Trepando entre el Carbonífero y el Pérmico

De montañas luminosas y  foraus oscuros

Tuca Blanca vertiente de Paderna

Por fin he subido a la Tuca Blanca de Paderna (2847 m.) que para cualquier montañero que se precie es una cima menor. Toda una vida de pirineista de pro esquivándola desde los Baños de Benasque camino del Pico De Alba y desde el Hospital o la Renclusa en busca de las Maladetas Occidentales por el convencional atractivo de los tresmiles según el sistema métrico decimal.

Pero hoy he ido buscando algo más: la resonancia de un nombre, su singularidad geológica, una posición estratégica, la soledad.

Se llama tuca porque es la denominación que los montañeses del Valle de Benasque daban desde siempre a las prominencias montañosas que tenían para ellos algún interés, fuera para otear los sarrios que iban a cazar o para vigilar a  los carabineros que querían esquivar. Antes de que llegaran los señoritos empeñados en subir más arriba sin un motivo práctico aparente.

Y la llamaron Blanca porque resultaba evidente su color en medio de unas montañas  de rocas oscuras. Igual que la Tuqueta Blanca de Paderna o la Tuca Blanca del Pomero,    blancas por la caliza que aflora en esta vertiente norte del macizo granítico de la Maladeta. Y también al sur (otra vez Tuca y Tuqueta Blancas de Vallibierna).

He subido a esta cima secundaria buscando un itinerario que evitara cualquiera de aquellos dos que siempre me han llevado más arriba: desde los Llanos del Hospital por el circo del Forau Tancau, 2380 m. Nadie va por allí hasta el pequeño lagucho que desagua en una agujero cerrado, que es lo que significa esa denominación, una suerte de sima cuyo fondo apenas se adivina taponado aún por la nieve. Porque, si el granito conserva numerosos y grandes ibones (Cregüeña, Alba, Coronas, Llosás, Barrancs…), la caliza se disuelve como un azucarillo y el agua del deshielo se pierde en estos foraus para reaparecer no sé dónde. 

Desde el fondo del solitario circo (o coma que dicen por aquí) hay que remontar hasta el collado del mismo nombre y volver la cabeza de cuando en cuando hacia la línea fronteriza con Francia que queda a nuestra espalda. Por sus puertos (puerto Viello, de la Glera, portillón de Benás, puerto de la Picada) cazaban y contrabandeaban quienes pusieron nombres tan poco originales, pero acertados, a estas montañas secundarias.

Nunca me llamaron mucho la atención esas curiosidades poco deportivas que consideraba propias de los turistas que transitaban por el fondo de los valles. Aunque algo sabía de ellas, lo mío estaba en lo más alto. 

Dibujo de Casteret sobre el fenómeno Aigüalluts (El Aneto y sus hombres)

Sabía, por ejemplo, que el agua del deshielo de los neveros y glaciares que fluyen hasta Aigüalluts, luego de precipitarse por esa cascada que sale en todas las fotos, se remansa y desaparece en un gran agujero (Forau -otra vez- de Aigüalluts, 2074 m.) para reaparecer a kilómetros en el Güell de Jueu, en el valle de Arán. Y que, aunque debía engrosar el caudal del río Ésera y terminar en el Mediterráneo, oh misterio, iba a parar sin embargo al Garona y acababa en el Atlántico. Lo sabía pero no me interesaba, aunque hace más de dos siglos que el padre del pirineismo, Louis Ramond de Carbonières, más curioso y listo que yo, cuando visitó esta zona en busca de la montaña caliza más alta de Europa que aquí no está, ya intuyó que la naturaleza de las rocas tenía algo que ver en el extraño fenómeno. Después descubriría el Monte Perdido. 

En 1931, Norbert Casteret, comprobó que el agua se filtraba por la zona de contacto entre la caliza soluble y el zócalo impermeable de granito. Y lo hizo de forma expeditiva pero científica, virtió en el Forau seis barriles de colorante verdoso que en unas horas salieron al Garona. Las truchas más viejas aún deben recordarlo.

Ahora, estas historias tan poco deportivas cada vez me interesan más. Será porque al fin he aprendido que subo montañas para saber y he recuperado el espíritu de los primeros pirineistas ilustrados. Será porque me he hecho mayor.

Cuántas veces habré pasado por el refugio y qué pocas me habré acercado hasta el Forau de la Renclusa, 2100 m. donde también se pierden las aguas de la Maladeta. Es un agujero menos curioso y menos espectacular sí, también menos famoso. Siempre pasaba de largo puesta la mirada más arriba, en el granito, que es el material dominante en el macizo. Hace más de 250 millones de años (Permo-Trías dicen los geólogos) emergió entre las calizas aún más antiguas (Carbonífero, insisten) elevando esta parte del Pirineo Axial hasta sus cotas más altas que tanto tiempo ha convertido en canchales dislocados, en lajas pulidas por el hielo o morrenas arenosas, en dentadas crestas y aceradas cumbres… con sus fisuras, placas, diedros, chimeneas…

Sólo me quedaba ya bordear por lo alto el valle de Alba olvidándome del tresmil que lo preside; rodear después el caparazón blanquecino de la Tuca hasta dar con su collado sur, donde justo termina la caliza y empieza el granito. De aquí arranca la trepada a la cumbre que sigue justamente la línea de contacto entre los dos materiales.

Tuca Blanca, vertiente De Alba

Después de cruzar una veta rojiza de hierro -por el lado de Paderna raya toda la pared en diagonal- sobre la que no alcanzó a dar ninguna explicación, me encaramé hasta la cima de la Tuca Blanca metiendo las botas y las manos en la fisura que, desde tiempos geológicos inabarcables, separa el Carbonífero del Pérmico.

Ya en lo alto, a 9340,5 pies… vaya, tampoco así alcanza una cifra mágica. La panorámica la merecería pero ¡maldita la falta que le hace! No voy a describirla. Subid a verla vosotros, que estas cimas menores bien merecen el esfuerzo.

Nota: Si para completar un circuito bajáis por el lago inferior de Alba, veréis que sus aguas también desaparecen en una dolina a 2250 m. para formar el complejo subterráneo de la cueva de Alba cuya boca se abre cerca de los Baños de Benasque. No tiene nombre pero, sin duda, podéis llamarlo Forau de Alba.