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La masificación del Mont Blanc y el origen (remoto) de estas cosas – I

Bajando del cremallera en el Nide d´Aigle. Comienza la romería (Fot. Arturo Correcaminos)

Se veía venir. Este verano, el techo de los Alpes y máxima altura de Europa occidental, el Mont Blanc, como objetivo de primera en el ranking del turismo de aventura ha alcanzado su saturación. El nuevo refugio de Goûter ha resultado incapaz de absorber la avalancha humana y la arista de las Bosses daba atascos en las horas punta.

Y hasta aquí hemos llegado, el alcalde de Saint-Gervais anunciaba recientemente la regulación estricta de las ascensiones para el próximo verano en base a un número limitado (214 personas día) y con reserva previa, “por masificación de un espacio protegido, por seguridad de los ascensionistas y por preservar el orden público”.

Sin entrar en la conveniencia o no de la medida, “cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras”

 

Todo arranca de hace poco más de doscientos años, cuando burgueses ilustrados como Balmat o Saussure (1786) decidieron subir hasta lo más alto alegando razones científicas. Luego vinieron otros y buscaron motivos románticos (Whymper). Después aparecieron más y encontraron justificaciones deportivas (Mummery). Finalmente llegaron las multitudes y llenaron la montaña sin motivos.

 

Pero antes, mucho antes de subirse el Mont Blanc por primera vez en 1786 ¿cuándo alguien se fijo en él y nos dejó constancia de ello? Constancia de su admiración por esa gran montaña en una época en que las montañas no despertaban ninguna admiración, constancia de una nueva forma de mirar a las cumbres, constancia palmaria en forma de representación pictórica medianamente reconocible. Cuatro siglos antes.

A mediados del s. XV Konrad Witz, pintor renacentista alemán, había llegado a Basilea (Suiza) atraído por el cosmopolitismo de la ciudad que por entonces acogía un importante concilio. Allí recibió el encargo de pintar un retablo (1444) dedicado a san Pedro para la catedral de Ginebra del que hoy se conservan solo 12 tablas dispersas en diferentes museos y colecciones. Entre ellas una que nos interesa, La pesca milagrosa.

La historia bíblica que cuenta se sitúa en el lago conocido como mar de Galilea en Palestina, es de sobra conocida y no viene mucho a cuento. Si prescindimos también de los personajes y nos atenemos al paisaje representado, resulta que no es imaginario como hasta entonces, es el mismísimo lago Leman visto desde su orilla derecha cerca de su desagüe en el río Ródano. Ese paraje en sus orillas se conoce como Les Pâquis y hoy está justo enfrente del Jet d´Eau, el gran surtidor de agua que es emblema de la ciudad de Ginebra.

Por supuesto el entorno urbano ha cambiado sobremanera respecto al que aparece en el cuadro, pero el geológico no. Y así, justo enfrente, en la otra orilla destaca y se reconoce el perfil apiramidado de La Môle, a su izquierda los bosques de Voirons y a su derecha los escarpes de Le Petit Sâleve.

Y si nos olvidamos por completo del milagro, y de Pedro que se ha ido al agua, y aguzamos un poco más la vista veremos aparecer al fondo unas montañas nevadas difuminadas en la distancia. Aunque aquí el artista estuvo menos acertado en representar la realidad, no pueden ser otras que las del macizo del Mont Blanc por la conocidísima vertiente norte.

Es la primera vez y de aquí arranca todo.

 

Seguramente muchos de los que se hacinan en el tren cremallera del Nide dÁigle y que luego se precipitan a codazos camino de los refugios, hayan pasado por Ginegra y hayan admirado, desde Le Pâquis, el chorro de agua proyectándose a 140 m. de altura. Pero probablemente ni reconozcan el perfil de la montaña sobre la que ahora se abalanzan. Nosotros sí, desde 1444.

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