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Las broncas entre icemen

 

Parece que el alpinismo no es nada sin que alguno de sus protagonistas nos sirva desde la prensa toda suerte de trifulcas y controversias. Ante ciertos alardes de navajeo fino, hay colegas que se sienten abochornados; otros defienden la tesis de que tales pifostios surten de animación a un deporte que, con frecuencia, acostumbra a moverse por el ámbito de lo estrictamente personal. En cualquier caso, no vayamos a creer que esos piques que aparecen diseminados por las páginas de las revistas del ramo son cosa de ahora mismo. No, no: la costumbre del roce cainita viene de antiguo. Mas, como cualquier asunto cobra su gracia con el discurrir de los años, prometo ir mostrando algunos enganchones del pasado pirineísta. Y, puesto que estamos en época de nieves, ¿por qué no comenzar con la tangana que se organizó por la paternidad de la primera invernal al Aneto?

El arranque de las ascensiones en invierno a nuestro querido pico de Aneto se produjo en medio de ásperos cabreos que el tiempo apenas iba a lograr enfriar… La primera visita que el Monarca del Pirineo recibió, en mitad de la estación más blanca, se concretaría un 12 de marzo de 1879: su artífice fue Roger De Monts, hombre duro como pocos que acumuló en su palmarés la mayoría de las primicias invernales de los Montes de Pirene. Centrémonos ahora en su aventura por tierras de Benasque: él mismo afirmó que, para completarla, hubo de esperar varios años hasta que logró convencer a un grupo de guías para que le acompañasen; después, sólo fue preciso aguardar hasta que se materializara un par de días de climatología favorable para iniciar este largo periplo desde Luchon. El hombre tuvo mucha suerte con la fecha elegida y la nieve se le presentó firme desde las afueras de esta villa termal. Mas, para desespero del historiador Henri Beraldi, ¡a este discreto iceman no le gustaba airear para la galería sus conquistas ni, mucho menos, redactar reseñas o artículos sobre las mismas! Apenas quedó de su éxito sino una escueta relación en el libro de cima que por aquel entonces estaba depositado sobre la cota 3.404 metros: Roger De Monts (Gers). Guías: Bertrand Courr’eges y Barthélémy Courrèges, Victor Paget Chapelle (guía de Héas). Once de la mañana. Termómetro en la sombra, -6º C; al aire, -2º C. Tiempo espléndido. Mayor grado de laconismo, difícil. Sin embargo, semejante parquedad conseguiría que su aventura careciese de la menor publicidad.

La historia se embrolló notablemente tras la siguiente invernal, que firmó el mucho más comunicativo Maurice Gourdon… En la madrugada del 22 de diciembre del mismo año, dicho nantés se encaminó hacia la primitiva Renclusa junto con su criado Bernard Gerdessus y, de nuevo, el guía luchonés Barthélémy Courrèges… Los tres montañeros completaron la segunda visita en invierno al pico de Aneto en la mañana siguiente, 23 de diciembre de 1879. Es decir, más de nueve meses después del grupo predecesor de De Monts. Podría decirse que, entre ambas caminatas, ¡hubo un parto de por medio! Por lo visto, una vez sobre su meta, Gourdon se dedicó a buscar el libro de cima del Techo del Pirineo, pero éste se hallaba enterrado en su oquedad de la gran torreta de piedras, bajo un metro de nieve pétrea. Así, el pirineísta alegó luego que no pudo leer el famoso registro del mes de marzo. Un nevazo muy oportuno, desde luego…

En cualquier caso, esta segunda expedición invernal, muy al contrario que su antecesora, llegaba con evidentes proyectos de hacer notoria su victoria. El bueno de Gourdon promocionó su periplo nada más regresar al Luchonnais, enviando una carta entusiasta a la Société Ramond que fue reproducida en su Bulletin de 1880: ¡Llego del Aneto! Salí el lunes pasado de Luchon, con un tiempo espléndido (-5º C), pasé la noche en la Renclusa, ¡en donde no hacía calor! El martes, a las siete de la mañana, me ponía en marcha hacia el Aneto, adonde llegué a las once de la mañana. Mucha nieve, tan pronto blanda como dura; borrascas frecuentes y poco agradables, como es de suponer. La cumbre del Aneto estaba cubierta por un metro de nieve. El Puente de Mahoma estaba muy mal; el termómetro marcaba -7º C. Podría darles el relato detallado de esta ascensión, pero sólo hablaría de nieve y nieve. Ni que decir tiene, la primicia de tan clamorosa invernal se terminó adjudicando al autor del escrito.

Hasta ahí, todo discurrió de manera apacible. Pero esta nueva incursión en el invierno de los Montes Malditos y los consiguientes cánticos en honor de su vencedor, servirían para sacar de su mutismo a Roger De Monts, quien mostró una fulgurante reacción: regresar de inmediato al Aneto. Así, el 5 de enero de 1880, nuestro iceman se plantaba, de nuevo acompañado por Barthélémy Courrèges, sobre sus helados 3.404 metros. No sin cierto mosqueo, se molestó en rescatar el libro de cima para anotar en él, ¡por si antes no hubiese quedado suficientemente claro!, que después de haber hecho una ascensión al Aneto el 12 de marzo de 1879, he vuelto a subir hoy. ¡Toma ya!

El ambiente seguiría enrareciéndose: sobre todo, dos añadas después de los hechos, a raíz de que Maurice Gourdon publicara sus andanzas en el anuario inaugural de la Associació d’Excursions Catalana, afirmando que él había ejecutado la primera invernal al Aneto. Pero hubo más: en el año 1891, nuestro nantés todavía persistía en esa misma actitud desde las páginas de la Revue de Comminges, sosteniendo que la suya fue la primera vez que se realizaba en invierno la ascensión a la mayor cima pirenaica. Algunos no se daban por enterados ni a cañonazos…

Una verdadera lástima, el follón de mil pares de puñetas que se organizó en torno a la primera invernal al Aneto. Lo más lamentable fue que, como suele ser habitual en tales casos, Gourdon y De Monts se conocían perfectamente desde mucho antes del enganchón: a partir de 1870, habían hecho montaña juntos, cuando ambos veraneaban en Comminges. Seguramente, el proyecto de coleccionar picachos pirenaicos en invierno pudo surgir en sus conversaciones… Entonces, ¿cuándo y cómo se mosquearon entre sí? ¿Durante esa misma añada de 1879 y debido a que De Monts no contó con Gourdon para su invernal? Hay datos que parecen confirmar tales hipótesis… Veamos: durante el invierno de 1878-1879, Gourdon y Gerdessus subieron varias veces al Midi de Bigorre, de 2.877 metros. ¿Se trataba de ensayos para la pateada hasta el Rey del Pirineo? Otro apunte curioso: a finales de mayo de 1879, Gourdon realizó una estancia de varios días en el domicilio de De Monts en Bellegarde… ¿Acaso su anfitrión no le habló de su exitosa invernal de hacía poco más de dos meses? ¿Tan discreto era De Monts? Por si estos antecedentes no fueran ya suficientemente sospechosos, se sabe que en el mes de octubre de 1879, Gourdon y De Monts, guiados por el incombustible Courrèges, trataron de escalar juntos los 3.119 metros del pico de los Crabiules por su vertiente Norte. Está claro que el enfriamiento en su relación se fue produciendo a lo largo del mencionado año y que la supuesta novedad de Gourdon, ya en el mes de diciembre, pudo servir de puntilla. Porque, desde luego, su amistad quedó más que tocada… Todo ello, sin entrar a valorar el papel de su guía común, Barthélémy Courrèges, quien parece que no quiso meterse entre los piques entre esos señores que le pagaban sus garbanzos.

Recientemente, un estudioso del pirineísmo como Jean Ritter, ha aireado cierto manuscrito de Maurice Gourdon titulado Soixante ans aux Pyrénées: un texto retrospectivo que Ritter sitúa entre 1925 y 1929. A pesar del tiempo transcurrido, en el apartado invernal se insistía en la misma cantinela: Soñaba con realizar un proyecto que llevaba por la cabeza desde había varios años: la primera conquista invernal de la cima más alta de la cadena ibérica, el pico de Aneto (3.404 metros). Aunque ya las he ido insinuando, concretaré algo más mis conjeturas al respecto: la idea original de subir al Aneto en invierno pudo ser o de Gourdon o conjunta, pero De Monts prefirió adelantarse sin contar con su compañero, quien sería puntualmente informado por Courrèges de ese trofeo que le pisaron, por lo que, ante la notoria repugnancia a escribir de su protagonista, decidió tomarse una pequeña revancha mediante la pluma…

En fin: produce algo de pena constatar estas navajadas traperas entre nuestros icemen de antaño. Por ello, para dejar un buen sabor de boca a los espíritus más poéticos y sensibles, mejor traducir la descripción del manuscrito del nantés donde, eso sí, trasluce con claridad su intenso amor por las montañas en librea blanca:

23 de diciembre de 1879. Gracias a la abundante provisión de leña seca que almacenamos en la Renclusa durante el mes de octubre, la noche fue de lo más suave y sobre los 18º C de temperatura. Cálidamente envueltos en nuestros sacos de dormir y ante un buen fuego, dormimos como marmotas. La luna todavía iluminaba con su dulce claridad la naturaleza adormecida cuando nos pusimos en pie. Después de tomar una taza de té humeante, nos calzamos los crampones, nos encordamos y salimos alegremente.

Desde la Renclusa (2.125 metros) hasta el Portillón Superior (2.908 metros), la subida resultó un tanto dura, pues la nieve estaba blanda y cedía bajo nuestras botas. ¡Qué íbamos a tener esquís! El sol, emergiendo por el horizonte lejano hacia el cielo azul y puro, brillaba alegremente cuando abandonamos el Portillón Superior, para adentrarnos por el glaciar de Aneto. Sólo la Gran Grieta, y en un punto fácil de evitar, se veía ampliamente abierta. Todo en derredor, una vasta planicie de una blancura inmaculada se extendía entre la cima del Aneto y nosotros.

Imposible imaginar mejor terreno de marcha; los crampones apenas mordían esta superficie. Fue un auténtico paseo hasta la cúpula final, donde por prudencia fue preciso tallar algunos escalones. En cuanto al Puente de Mahoma, totalmente engalanado mediante unas preciosas agujas alargadas de hielo, borlas de nieve y verglás, ofrecía un curioso efecto y brillaba como el acero pulido bajo las caricias del sol. Pasarlo, requirió toda nuestra atención.

Habían bastado apenas cuatro horas y media desde nuestra salida de la Renclusa para que el viejo pico de Aneto hubiera sido conquistado por primera vez en invierno.

Durante más de media hora permanecimos allí arriba, sin poder hacer otra cosa que admirar ese paisaje polar sublime que se nos ofrecía desde todos los ángulos del horizonte. A pesar de la ausencia de viento y del sol soberbio, la temperatura era bastante fresca: a la sombra, el termómetro marcaba -6’5º C. Apenas los sufrimos. Ese mismo día y a la misma hora, se registraron -7º C en Luchon”.

Ciertamente, ante el resplandor deslumbrante de un decorado de montaña en pleno invierno, el carrusel de las vanidades humanas queda en poco menos que nada.

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.