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Russell y el Kangchenjunga

Cierto que la prosa del siglo XIX hoy puede parecer algo almidonada. De acuerdo que los Pirineos jamás competirán en cotas ni con los Alpes ni con los Andes. Pero, antes de burlarse del pirineísta Henry Russell, mejor leer la crónica de sus peripecias himaláyicas… Porque, la verdad: planificar un asalto al Kangchenjunga en 1860 de un modo que hoy se hubiese definido como en estilo alpino, requiere de grandes dosis de…, agallas, redaños, bemoles o como se quiera expresar en éstos, nuestros deslenguados tiempos. Recuérdese: estamos hablando de un pedazo de monte con 8.597 metros de altitud. De la tercera cumbre del globo, vamos…

 

Los cronistas de nuestro deporte no siempre andan despiertos. Por un descuido difícil de comprender, apenas se ha prestado atención a la faceta himalayista del pirineísta por excelencia: el conde Henry-Patrice-Marie Russell-Killough, cuyos fieles seguidores celebran este 2009 su Año, conmemorando el centenario de su fallecimiento. Y el caso es que, durante el otoño de 1860, nuestro personaje estuvo cerca de unir su nombre al de un coloso asiático. Posiblemente en su apartado necrológico, de haber seguido adelante con su planificación.

 

Pero echemos antes un vistazo a los más tempranos pretendientes al Kangch… Una verdadera montaña de las montañas, enclavada entre Sikkim y Nepal; un gigante difícil y siempre bien saturado de nieve debido a que quedaba sumamente expuesto al monzón por su flanco sudeste. Las tribus de sus basamentos terminarían por designar como los Cinco Tesoros de la Nieve a sus puntas cimeras, llegando incluso a ofrecerles sacrificios humanos. En cualquier caso, el primer occidental que se interesó por los valles que rodeaban al Kangchenjunga, fue el inglés Joseph Hooker: en 1848, este botánico logró aproximarse hasta sus zócalos desde el valle del Tamar; un año después, probaría sin éxito desde el Rathong y el Teesta. Durante sus infructuosas campañas finales, Hooker pudo contar con la ayuda de otro británico, el doctor Archibald Campbell, luego famoso por introducir el cultivo del té en Darjeeling. Aunque parece que es tiempo de que incluyamos en esta historia a nuestro pirineísta…

 

En octubre de 1860, el inquieto Henry Russell se hallaba en Calcuta, tras haber cruzado Siberia y acceder a Pekín a través del Gobi, para seguidamente explorar las montañas de Nueva Zelanda. Ya de regreso a Europa, recalaría en la India con intenciones de tentar alguna ascensión en el Himalaya. Dicho y hecho: a pesar de lo peligroso del camino de aproximación, Russell no dudó en desplazarse hacia Darjeeling mientras trazaba planes de asalto contra la mayor cumbre que fuese viable: optimista, estimaba que lograría ganar la cota 5.000 metros sin graves problemas, por lo que se juramentó para visitar al menos las bases glaciares de algún coloso. Hubo fascinación inmediata entre el Himalaya y su pretendiente: no bien avistó dicha cadena por el horizonte, el futuro Señor del Vignemale dijo sentirse impulsado a postrarse con orgullo ante tanta sublimidad…. Al fin, en Kursiong pudo percibir de frente una montaña que le dijeron se denominaba Kinchinjinga o Kanchanyunga: Apareció roja como un iceberg que se hubiera zambullido en un mar de sangre, alzando verticalmente sus 4.000 metros de hielos. Vista a la caída de la tarde, con el fondo azul de las latitudes árticas y sobre su cortinaje de bosques, tenía un aspecto mágico. Se trataba del Kangchenjunga, entonces un hipotético Techo del Mundo.

 

Aquel periplo de 600 kilómetros hasta su objetivo resultó sumamente didáctico. Viajando de la mano de los Himalayan journals de Hooker, Russell pudo recopilar nuevas historias sobre las razas butanesas, nepalíes y tibetanas; crónicas de los porteadores y de los lamas; reseñas sobre sus costumbres poliándricas; descripciones madrugadoras de puentes colgantes… En resumen: aventuras que sólo llegaron hasta los lectores con el siglo XX, pero que luego él se apresuraría a adelantar desde sus Seize mille lieues à travers l’Asie et l’Océanie (1864). Son bastante curiosas las descripciones russellianas de estos paisajes apabullantes: ¡pensó que aquellas cimas asiáticas equivalían a apilar sobre el macizo del Mont-Blanc toda la cadena pirenaica!

 

En cualquier caso, nuestro optimista Russell alcanzó a su base de operaciones avanzada… Mas la situación política en Darjeeling, el enclave europeo en el Sikkim Meridional, no podía ser más delicada. El superintendente de su Sanatorium era el mismo doctor Archibald Campbell que llevaba veinte años rondando por la región. En aquellos momentos, comandaba una expedición de castigo contra Buthan al frente de cien cipayos y una pieza de artillería. ¡Ah, los encantos de la antigua diplomacia británica! Acampado en Pernionchi, supo de la arribada de Russell a la ciudad, interesándose de inmediato por su declarado ardor montañero. Al punto, Campbell le prometió, a través de una carta, proveerle de todo: víveres, porteadores, barómetros, lo que fuese si quería atacar las altas cimas, pues jamás viajero alguno se había situado en una posición tan favorable como él estaba. Por suerte, para cuando recibió esta noticia, nuestro expedicionario en ciernes había enfermado de gripe y disentería, debiendo permanecer un mes en la cama… ¡Su enfado tuvo que ser mayúsculo!

 

Durante aquellos trastornos, Russell tampoco perdería el tiempo: se dedicó a espiar con un telescopio las grietas y glaciares del Kangchenjunga, planificando su asalto. Igualmente, se entrevistó con todos los paseantes que pudo, a la par que realizaba pequeñas excursiones para aclimatarse, amén de recopilar datos del diario de Sherwell, un buen conocedor del entorno de Darjeeling. Su ruta de reconocimiento pronto quedó trazada desde el Sikkim, rica en etapas con desniveles diarios de 3.000 metros, descensos similares, y vuelta a empezar. Como única referencia de lo que le esperaba, supo que desde aquella colonia un grupo de jóvenes ingleses ya aclimatado tardó tres días en trepar con pena hasta el cercanísimo Tonglo (3.300 metros). ¡Vaya soba, la que le esperaba! En cuanto se repusiera, a Henry Russell se enfrentaría con duras pruebas: tribus revueltas y animales salvajes, idiomas extraños, escasez de comida y agua, cobijos precarios…, ¡un ochomil! Su moral parecía elevada: Nada me hubiera impedido tentar un asalto de las defensas terribles del Kinchinjinga. Para un montañero de raza como él, atisbarlo desde su bungalow constituía un auténtico suplicio.

 

Los avatares bélicos arruinaron su empresa: mientras convalecía, dos mil butaneses atacaron a la columna de Campbell en Rinchenpong, matando a un tercio de sus soldados. Tras herir al superintendente, los soldados del rey Tsudphud Namgyal  amenazaban con sitiar Darjeeling: a finales de noviembre, se prepararon para el cerco de la ciudad, ahora casi sin guarnición. Por añadidura, esta guerra iba a provocar que arribase la estación menos propicia: cinco o seis meses de brumas y frío. No había nada que hacer. Con excelente criterio, Russell decidió volver a Calcuta: el 4 de diciembre decía adiós al Himalaya desde el collado de Sinchal. Prometió volver algún día, acaso atravesando la cordillera desde Siberia. Sin embargo, nunca llevaría a cabo tal proyecto; el Pirineo esperaba a su gran explorador para reclamarle todo su tiempo…

 

La expedición russelliana al Kangch de 1860 se saldó con un fracaso rotundo. No obstante, a despecho de sus escasos logros, choca el silencio que cayó sobre este asalto virtual a la tercera altura del Globo, o ante la figura de una especie de apóstol del himalayismo en estilo alpino. Sin tener en cuenta su fiasco, resultará interesante curiosear entre sus opiniones de 1864 sobre el futuro de estas actividades, no carentes de cierta ingenuidad. ¿Acaso nos hallamos ante el primer defensor de las expediciones ligeras? He aquí las conclusiones de Russell sobre cómo podría ascenderse una gran montaña asiática:

 

Cuantos más hombres se añadan, más víveres hay que llevar, más se arriesga uno a ser asaltado o asesinado, y se dispone de menor libertad. Dos hombres deberían bastar a todo explorador, por amplio que fuese su territorio: ni caballos, ni carretas, ni rebaños de corderos o de bueyes […]. Jamás se hallará suficiente hierba o agua para ellos, y se perderán muchas horas persiguiendo a los que se escapen. Si, tal y como espero, algún día me presento de nuevo en el Himalaya, éste será mi equipo: una mochila con un buen número de botes de carne en conserva suficientemente grandes como para alimentar a un hombre durante un día. Así podría viajar tantas jornadas como botes pudiera portear, añadiendo algunas galletas, un fusil y, finalmente, algunos pares de calcetines y pañuelos en los bolsillos. De ese modo surtido, llevaría conmigo a dos o tres hombres, todo lo más. También acarrearía algún instrumental ligero, sin olvidar la pieza más importante del equipo: una pelliza de piel de zorro comprada en Europa, con la que podría desafiar las noches más frías hasta los 5.000 o los 6.000 metros. No tendría necesidad de hacer fuego para cocinar, pues mis alimentos estarían ya cocidos. Con este material, más un poco de valor, perseverancia y buenas piernas, quién sabe hasta dónde llegaría un hombre.

 

Unos planes cándidos que harán sonreír a más de un lector… Sin embargo, Russell estaba convencido de tener bien asentados los pies sobre la tierra: calculó el fracaso en diecinueve de cada veinte expediciones. ¡Subir a un ochomil iba a reclamar paciencia! Y estimaba que sería preciso dedicar al menos una semana para reconocer cada flanco de la montaña; entre octubre y enero, cuando el cielo apareciera más sosegado. Mayores dudas expondría sobre el problema del oxígeno en dichas cotas…, a pesar de que creyó percibir las voladas de aire sobre la cima del Kangch mediante su telescopio. Aun con todo, pensaba que los peligros reales serían los precipicios, las crestas como cuchillos y las puntas como agujas de catedrales.

 

Con estas premisas, no parece descabellado suponer que Russell hubiera podido terminar como un temprano mártir del himalayismo. Sus propósitos marchaban demasiado adelantados al tiempo que le tocó en suerte vivir. De hecho, el siguiente explorador que intentó acercarse a esta montaña, el teniente Carter en 1861, no logró progresar apenas nada. Habrá que fechar la planificación de otro asalto en 1883, su contorneo en 1899, el primer empentón realmente serio en 1905… Y durante este último asalto, un alud se cobraría la vida del teniente Pache y de tres sherpas. Tras esta tragedia, se produjo un receso hasta que se reiniciaron los intentos: 1920, 1929, 1930, 1931, 1951, 1953, 1954… Su conquista definitiva, obra y gracia de George Band y Joe Brown, no llegaría hasta el 24 de mayo de 1955. Pero quienes acudan en pos del famoso texto de Charles Evans, su Kangchenjunga, el pico no hollado (1956), constatarán el olvido absoluto en el que cayó su ilustre predecesor…

 

Probablemente, fue una auténtica suerte para el pirineísmo que el idilio de Henry Russell con el Kangch no prosperara.

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.