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Exorcismos para un Couloir

 

Por mis últimas observaciones jocosas sobre las fuerzas de ultratumba, tengo ahora apariciones. Todas ellas, relacionadas con el Couloir de Gaube. Antes de recurrir a los servicios de Aramis Fuster o de encargar conjuros caldeos a la Bruja Lola, trataré de hallar alguna solución casera. ¿Y si amplío esas noticias que, por falta de espacio, resumí en trabajos anteriores? Lo reconozco: tanto en Flor de Gaube (Desnivel, 2002) como en Vignemale, el Señor del Pirineo (Desnivel, 2005), me dejé alguna cosilla en el tintero… Más que nada, por ajustarme al espacio del que disponía, pues el número de reseñas que obraba en mi poder sobre el Vignemale era considerable, gentileza de corresponsales tan eficaces como Jean y Pierre Ravier, Silvio Trévisan, Gérard Raynaud, Eduardo Martínez de Pisón, Eduardo Viñuales, Carlos Mur de Víu, Antxon Iturriza, Enric Faura o Juanjo Zorrilla. Veamos, pues, qué más se puede añadir sobre las diez primeras incursiones por esta mítica canal de hielo y nieve…

¡Hale!, vamos a por la primera de ellas: la del 7 de agosto de 1889, protagonizada por Henri Brulle, Jean Bazillac y Roger de Monts, junto con los guías Célestin Passet y François Bernat-Salles. Por lo visto, la rimaya les apareció con el aspecto de una pared de hielo azulado y con puentes de nieve precarios: la tendrían que sortear por la izquierda, trepando por la roca. En cuanto al tronco del corredor, fue superado por su lado izquierdo, para luego cruzar hasta el ramal derecho. Célestin, siempre en cabeza, talló unos cuantos escalones: entre 1.100 y 1.300 peldaños, según la fuente consultada. Eso sí: algo distanciados para el gusto de sus clientes… De ese modo llegarían al bloque empotrado, que aparecía como tallado a pico y ligeramente encajado en la canal. Un obstáculo temible: Célestin necesitó de dos horas para vencerlo con la ayuda del piolet de Brulle, un celebérrimo artilugio apodado Fleur de Gaube, todo un made in Switzerland. Después, fue fácil superar el muro de hielo final, gracias a que su fusión había excavado una serie de oquedades. El hecho de que algún miembro del quinteto, que no todos, usara la cuerda que les tendieron desde arriba como pasamanos, provocó luego bastantes polémicas… ¡Brulle juró que, antes que volver a hacer tal cosa, preferiría cortarse la mano! En total, el Couloir inaugural exigió unas ocho horas de escalada…, aunque con frecuencia se haya afirmado que las extraordinarias condiciones de 1889 no se han vuelto a repetir.

Durante largos años, nadie se atrevió a repetir la vía: ante las solicitudes al respecto de Brulle, Célestin respondió que él nunca encabezaría la segunda al corredor…, pero que si alguien la sacaba adelante con éxito, entonces él se encargaría con gusto de la tercera. Socarronería montañesa al cien por cien, por parte de quien se sabía el number one. En Gavarnie se terminó afirmando que la llave del Couloir de Gaube reposaba en el fondo del bolsillo del chaleco de Célestin. Nada más cierto.

El caso es que nadie se animó hasta el 5 de junio de 1927, día en que Jean Arlaud y Charles Laffont tentaron la codiciada repetición del Couloir de Gaube. La rimaya les acogió de modo benévolo, permitiendo que en cinco horas se situaran ante el muro de hielo de la salida. El bloque empotrado, muy recubierto de nieve, tampoco opuso resistencia seria. Pero los cuarenta metros finales resultaron inviables, tanto por la verticalidad como por la dureza del hielo: este obstáculo impuso una épica retirada hacia la rimaya. A modo de colofón, decir que Arlaud bajó como souvenir de su frustrado intento a Gaube un manojo de musgo, que presentó como ofrenda ante la tumba de Célestin. Un hermoso detalle de respeto, algo empañado por lo que sucedió ese mismo mes…

En efecto: no tardó demasiado en saltar la siguiente controversia. El 26 de junio de 1927, Arlaud y Laffont regresaron al Vignemale para descolgarse mediante una cuerda fija desde la Brecha de Gaube. Tras alegar que deseaban reconocer el terreno con comodidad, mediante este truquillo también tratarían de adjudicarse la segunda a esta ruta. ¡Célestin debió de removerse dentro de su tumba! En medios montañeros galos, esta pretensión de que habían hecho el corredor en dos veces, provocaría bastantes protestas y no menos sarcasmos… Algo picado, Arlaud declaró que resultaba imposible repetir el Couloir de Gaube desde abajo sin emplear medios artificiales. Se equivocaba, claro está.

La segunda no se hizo de rogar: arribó un 14 de julio de 1933, de la mano de Henri Barrio, Jean Aussat y Joseph Loustaunau. En esta ocasión, la rimaya se les materializó fácil y pudieron subir por la rigole del tronco del Couloir sin crampones, aunque arriesgando mucho. Dos clavos de hielo facilitarían el paso del bloque empotrado: tras seis horas de escalada, nuestro trío accedía al zócalo del muro de hielo, para esquivarlo por el lado de la Pique Longue y abrir una ruta que les exigió seis horas más. En suma: doce horas de escalada que supusieron la escenificación del ocaso de Arlaud en el panorama trepador galo.

Porque la tercera se completó…, ¡justo al día siguiente! El 15 de julio de 1933, repetían la ruta François Cazalet, Robert Ollivier, Henri Lamathe y Jean Senmartin, del recién fundado Groupe Pyrénéiste de Haute Montagne. Una visita realizada sin saber que les habían precedido tan de cerca: a pesar de hallar un piolet y un clavo del grupo de Barrio, el cuarteto no sospechó nada y lo supuso de Arlaud… En cualquier caso, la rimaya fue atravesada sin problemas, para abordar el tronco por su lado derecho: primero pateando simplemente la nieve dura y después a base de cramponaje. Hubo cruce de la rigole a tres cuartas partes del tronco, antes de cambiar al lado izquierdo, buscando pared de Les Jumeaux. El bloque empotrado no pasó de una comba de hielo con cascadita poco exigente; en cuanto al muro de hielo, tuvo que ser sorteado por el lado de la Pique Longue, si bien por una ruta distinta a la de sus antecesores. Resumiendo: trece horas de emociones. Con un detallito fino sobre cómo andaban de tensas las relaciones entre los escaladores franceses en 1933: tras recoger el piolet de Barrio, los artífices de la tercera se resistieron durante un año a devolvérselo…

La cuarta llegó zumbando: el 8 de julio de 1934, gracias a Robert Ollivier, Gaston y Jean Santé; los tres, asimismo del GPHM. Una vez superada la rimaya, treparon por el lado izquierdo del tronco sin complicaciones: sólo ante el bloque empotrado tendrían que tallar algunos peldaños. Y respecto al muro de hielo: si bien les pareció factible su asalto directo, al final optaron por repetir la ya clásica salida por las paredes de la Pique Longue. Hubo rebaja notable del tiempo: seis horas. ¡Estaba fuerte, el tripartito éste…!

¿Y la quinta? Tampoco iba a hacerse esperar: el 7 de julio de 1935, con G. Busquet, F. Cazalet, R. Casabonne-Romano y R. Mailly. Este nuevo aluvión del GPHM, prácticamente copiaría la cuarta de 1934, ya que halló el Couloir en unas condiciones similares. Hicieron un crono de seis horas y quince minutos. Entre los pirineístas de primer orden del país vecino, parecía como si hubiese establecido una competición de velocidad sobre esta super-canaleta del Vignemale…

La sexta dispuso de acento español: el 17 de julio de 1935, la protagonizaban los peñalaros Teógenes Díaz, José González Folliot y Ángel Tresaco. Tras cruzar sin apuros la rimaya, abordarían el tronco inferior por la peligrosa rigole, para ascender unos metros por la izquierda y más tarde por la derecha. El problema del bloque empotrado se resolvía mediante unos huecos tallados por la izquierda y el empotramiento de un piolet. Ante un muro de hielo bastante complicado, se decantaron por abrir ruta por la pared de Les Jumeaux, de rocas extremadamente podridas. Trece horas de aventura, de las cuales cinco se dedicaron al inquietante tramo que siguió al bloque empotrado. Así se producía el famoso coup de théatre que inauguraba la delicada Salida de los Españoles, sin repetir hasta 1946.

La Placa Fantasma de Gaube fue instalada el 15 de agosto de 1937 por R. Ollivier, J. Arruyer, G. Busquet y F. Cazalet. Desde la Brecha de Gaube, rapelaron siguiendo el escape rocoso de la Pique Longue. Se cree que esta plancha de mármol en memoria de Brulle, se colocó a unos treinta metros del muro de hielo, en su lado norte y a la altura del primer cuarto. Una batallita de la que ya he parloteado suficiente en una entrada anterior…

La séptima llegaba el 25 de junio de 1938, por cuenta de G. Arruyer y H. Favre. Otra apoteosis del GPHM, hegemónico hasta 1941. Aquí, he de entonar cierto mea culpa… ¿La razón?: si alguien acude al libro Flor de Gaube y rebusca por las negritas de su página 195, comprenderá por qué ahora mismo ando rojo como un tomate¦ De humanos es meter la gamba, y yo lo hice en lo referente a la séptima de Gaube. ¿Será por eso que los espíritus del Couloir me acosan? En cualquier caso, sirva como excusa pobre que este dato ya lo rectifiqué desde Vignemale, el Señor del Pirineo

Dejemos el látigo de nueve colas y sigamos con la octava… El 10 de julio de 1938, la firmaban J. Arruyer, A. Chevallier y J. Mailly. Un total de catorce horas, debido a las pésimas condiciones de la vía: los dos tercios superiores en hielo duro; el bloque empotrado y el muro de hielo, bien extraplomados. De nuevo, buscarían la salida rocosa de la Pique Longue, ahora ya clásica.

¡Venga con la novena! En julio de 1939, sería completada por H. Cazenave y E. Manauthon. Al ver la ruta en buen estado, se la ventilaron en nueve horas. El bloque empotrado se presentó como una dificultad moderada, por lo que fue superado mediante la talla en el hielo de una escalera corta, evitando por una vez los escapes rocosos. Algún purista diría que ésta fue la verdadera repetición del corredor en su trazado directo, sin escape ni por las paredes de la Pique Longue ni por las de Les Jumeaux, y siguiendo la vía de 1889. En fin; las ganas de andar a la greña de siempre…

Terminaremos con la décima. En julio de 1941, J. Trézières y J. Simpson hallaron el Couloir con una rimaya muy abierta, nieve dura a lo largo de todo el tronco y un bloque pelado, aunque defendido por lenguas de hielo por sus costados: optarían por su flanco de la derecha antes de pasar al sector superior, tomado por un hielo durísimo. Aun con todo, lo escalaron en unas ocho horitas… A destacar este crono tan magnífico, pues con los años finales de los cuarenta, los siguientes candidatos al Couloir introdujeron la chocante costumbre de hacerlo en dos jornadas, vivaqueando en mitad de la vía…

Hasta aquí llegará nuestro repaso de la época heroica pues, sobre todo con el final de la Segunda Guerra Mundial, las ascensiones al corredor comenzaron a ser relativamente habituales. ¿Y si cerráramos esta especie de exorcismo sobre el Couloir de Gaube con una cita de Robert Ollivier, uno de sus reconocidos especialistas…? Ahí va: Puede decirse que este célebre itinerario nunca envejecerá, conservando siempre el atractivo de una nueva ascensión. Amén.

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

Una respuesta a «Exorcismos para un Couloir»

¡Excelente! Si algún día decides dedicarte a otra cosa, te echaremos de menos.
Un abrazo.

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