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Los bandidos del Cotiella

Este verano en Benasque, salió a colación durante cierto acto público el tema de los posibles affaires amorosos de Henry Russell… Ya lo adelanté, un tanto escondido, entre los comentarios de una entrada antigua: sobre 1885, nuestro pirineísta pudo tener algún rollo con María Dolores Albar y Cornel. Un miembro de Casa Albar me confirmó tal rumor, asegurándome que el hecho de que esta familia benasquesa pudiera estar conectada con el Señor del Vignemale, no constituía para ellos deshonra alguna, sino más bien todo lo contrario… El investigador Jacques Labarère, muy bien relacionado con los Albar, lleva algún tiempo siguiéndole la pista a este asunto del corazón, sobre el cual parece que editará un libro (¿de título Encore Russell?) donde piensa ampliar lo que ya sirviera desde su prólogo para Pau, Biarritz, Pyrénées. En fin; una presentación de Las Lágrimas de la Maladeta en El Estudiet de la Casa Faure de Benás, terminó en pintoresca recolecta de informaciones para la crónica rosa montaraz…

Por asociación de ideas, recuerdo que, hace unos meses, el siempre oportuno Enric Faura insinuaba que debía estirar mis líneas sobre bandolerismo pirenaico con el asalto que sufriera Henry Russell en Chistau… ¡Ah, las historias de los bandidos de antaño en nuestra cordillera! Nada más original que ingresar en esa época, no tan lejana, en la que los montañeros se veían enfrentados con la boca del trabuco o con la punta de la navaja de un montañés. Regresemos, pues, al mundo de estos Curros Giménez del Pirineo de Huesca…

Julio de 1870: Henry Russell invitaba a uno de sus amigos, el parisino Alphonse Lequeutre, a pasar hasta la vertiente española para la que iba a ser su segunda visita al pico del Cotiella. Como guías, les acompañarían dos primos de Gavarnie: Henri y Célestin Passet. Una vez en Sarabillo, se dirigieron hacia el contrafuerte noroeste del Cotiella. El Señor del Vignemale no dejó de preguntarse si dichas laderas “habían sido víctimas de algún tipo de maldición bíblica”. Sobre las ocho de la tarde, los cuatro conseguían hollar nuestra cumbre sahariana. Fiel a sus hábitos, Russell propuso una pernocta cimera a pesar de que Lequeutre iba sin saco y que los guías sólo disponían de sus chaquetas como cobertura. Dicha decisión terminó en noche toledana: ni siquiera el propietario del único saco de piel de cordero que por allí arriba había, logró pegar ojo debido al frío. Sus menos equipados compañeros se tomaron con filosofía las tiritonas: la montaña no escuchó quejas en la oscuridad, sino risas ante lo cómico de la situación.

Ya de la mañana, nuestro cuarteto comenzó el descenso. Iban agobiados por una sed terrible y su suplicio se dilató hasta que hallaron una fuente, justo al lado de esa choza de pastores donde Russell durmiera en 1865. ¿Era el abetal de Coronas? En cualquier caso, se trataba de un sitio magnífico, por lo que al pionero no le costó nada liar a sus camaradas para quedarse allí y pernoctar frente al Monte Perdido… Pero las desolaciones noroccidentales del Cotiella no estaban del todo deshabitadas. De hecho, dos individuos de la zona les habían seguido durante un tiempo, para luego presentarse y plantearles preguntas poco discretas… A tenor de lo que sucedió horas más tarde, Russell dijo que “su mala catadura hubiese debido ponernos en guardia”. Tras la cena, los dos señores se acomodaban en la cabaña mientras sus guías preferían hacerlo fuera. Seguramente, la reputación de las pulgas hispanas fue la causa de tal segregación. Hacia la una de la madrugada, un Passet entraba en el chamizo para despertar a Russell, según la vívida narración de los Souvenirs d’un montagnard (1878) que seguiremos en adelante:

“Alguien me tomó con violencia por el brazo: Célestin estaba allí, completamente alterado y, por sus gestos, se podía adivinar que algo terrible sucedía: Señor Russell, salid -dijo con una voz cuyo tono jamás olvidaré-; hay cuatro españoles frente a la puerta con puñales, hachas y fusiles, que desean hablaros.

”Lo confieso: toda mi sangre se congeló. Simulé estar tranquilo y, encomendando mi alma a Dios, salí de inmediato con la sensación de estar condenado a muerte. Lequeutre estaba ya fuera, de pie y apoyado contra la cabaña: ante la misma y a una decena de metros de nosotros, se encontraban cuatro hombres que parecían salvajes; estaban uno detrás de otro sin decir palabra ni moverse, esperando que hiciésemos algo. La situación era crítica. ¿Qué podíamos hacer, sin armas, contra cuatro bandidos armados de cuchillos, y ante la perspectiva de ver salir a diez o veinte más del bosque al menor aviso? Hablan de más quienes sugieren hacer, en semejante trance, una carga, no a la bayoneta, sino a bastonazos. Querría haberlos visto allí. Yo opté por la diplomacia. Preparándome para una huida vertiginosa e instantánea si era preciso, disimulé: dirigiéndome a los cuatro bandidos y tratándoles como si fueran hombres honestos, ofrecí provisiones, prometiendo indemnizarles a la mañana siguiente por nuestra utilización de la cabaña, asegurando que no habíamos querido violar su domicilio. No sé si entendieron mi mal español: en lugar de responder, uno de ellos apuntó y disparó a pocos pasos; escuché pasar la bala entre Lequeutre y su guía. Al punto, desaparecimos como por arte de magia. En cosa de un segundo, me lancé hasta el fondo de la choza para salvar mi pequeña mochila; la cogí con rapidez y, dejando allí calzado, bastón herrado, saco de dormir y cantimplora, atravesé todo el claro como una flecha, escuchando cómo recargaban el fusil por detrás. Ocurrió todo tan deprisa que ninguno de nosotros vio dónde iban los demás: yo hice al menos un kilómetro en cuatro minutos. Corrí hacia el oeste, bajo los abetos que descienden a Chistau. A cada salto, desprendía una cascada de piedras con un ruido que despertaba en una legua a la redonda los mil ecos de estas salvajes montañas. El ruido de mis pulmones hubiera bastado para traicionarme desde enormes distancias. Así, me escondí detrás de un abeto negro, entre unas tinieblas mayores que los rayos de luna llena que iluminaban los alrededores. Temiendo no haberme alejado lo suficiente, durante una hora fui escabulléndome como una serpiente, de abeto en abeto. Por fin, encontré uno tan sombrío que decidí instarme allí, con mis pies bien asentados para evitar caerme por un abismo.

”Me creí a salvo, pero mi corazón temblaba por los otros tres: quizás apresados; sin duda, masacrados. ¡Vaya noche de angustias! Agotado por la pernocta en el Cotiella, casi llegué a dormirme. Con la cabeza caída sobre mi pecho, escuchaba cómo resonaban por todo el bosque unos gritos salvajes, cada vez más cercanos. No podía pensar sino en una cosa: mis camaradas habían sido asesinados y ahora me tocaba a mí. ¿Había que escapar, confiando en mis piernas, o permanecer inmóvil como una estatua? Me quedé. En cinco minutos, fui rodeado por una tropa de bandidos de la que no sabría dar su número; a tenor de su vocerío y juramentos, debían de ser una docena. Evidentemente, iban encolerizados: golpeaban el terreno con sus bastones y gritaban a todo pulmón. En alguna ocasión se acercaron tanto que, si hubiera tosido, hubiese estado perdido. Finalmente, las primeras luces del día me salvaron: todo el bosque quedó en silencio. Saliendo con gran dificultad de aquellos barrancos casi verticales, escapé del bosque a toda velocidad para bajar a Plan, creyendo a mis pobres amigos o degollados, o perdidos por el laberinto de picos más desértico del Pirineo, donde errarían durante días sin encontrar un rostro amigo.

”Entré en Plan a las seis de la mañana, completamente destrozado por las emociones y la fatiga: hice despertar al alcalde y a los Carabineros, quienes enviaron hacia la fatídica cabaña al más robusto montañés del lugar […]. ¡Se puede adivinar lo angustioso de aquellas horas de espera! A cada instante, recorría con mirada inquieta el lecho seco del barranco desolado que se elevaba al este, hacia ese bosque, ahora trágico, de Coronas: esperaba la llegada de una procesión fúnebre con los restos sin vida de mis tres compañeros. Pero Dios los salvó a todos. A las ocho, percibí cuatro puntos negros en movimiento: eran ellos. Un cuarto de hora después, estábamos reunidos, sanos y salvos. Desgraciadamente, el pobre Lequeutre no había tenido tanta suerte como nosotros: tras el disparo, fue sorprendido en un claro, donde le acorralaron y encañonaron; poniéndole dos grandes hojas de puñal en el corazón, le robaron dinero, reloj, anillos y todas sus pertenencias de valor. Incluso despojado, conservó su sangre fría y pidió que le devolvieran algunas cosas: obtuvo una camisa de franela y su tabaco de liar cigarrillos, con el que se encendió uno. Después, vencido por el sueño, regresó a la cabaña, ¡y se durmió!

”Los bandidos, que entonces eran siete, le dijeron que había una treintena por todo el bosque (los que me habían perseguido), y se pusieron a buscar a los desaparecidos. Sobre todo, querían mi maleta, pues sin duda imaginaban que yo era un carlista que intentaba pasar un voluminoso tesoro a Francia. Así encontraron a Henri Passet, quien había pasado escondido dos horas entre las ramas de un abeto, pero que tuvo la fatal idea de bajar demasiado pronto: se precipitaron sobre él con furia para reclamarle mi maleta bajo pena de muerte. Pretendiendo asustarlo, un hombre negro y de gran estatura le bajó la cabeza y le puso un hacha sobre su nuca. El pobre Henri, a pesar de su fuerza y de su coraje, tuvo que claudicar. Le robaron su reloj, si bien uno de ellos, más humano, luego se lo devolvió. Seguido, tras hacer salir a Lequeutre de la cabaña, aquellos salvajes se armaron con piedras enormes y rompieron el tejado mediante un diluvio de proyectiles, para asegurarse de que, si yo estaba escondido dentro, no saliera vivo. Sólo el día les hizo huir, y fue entonces cuando llegó el aragonés que habían hecho subir desde Plan. También reapareció Célestin, quien, al igual que yo, había pasado la noche errando por el bosque… Ésta fue nuestra aventura; mis excusas por dar tantos detalles. Estábamos desarmados: es lo que nos salvó”.

La historia de este robo con violencia tuvo consecuencias. Así, la noticia del atraco nocturno en el Cotiella quedó bien divulgada allende las fronteras hispanas: ¿el Pirineo resultaba ahora tan expuesto como Sierra Morena? A pesar de que Russell se procuró un revólver para sus siguientes viajes, no deseaba propagar semejantes ideas:

“Me entristecería si mis lectores fueran a concluir de esta aventura que es peligroso circular por las montañas de Aragón. No lo es en absoluto. Sólo demuestra que se pueden encontrar malhechores por todas partes: hasta en París, e incluso dentro de nuestra casa. Por lo demás, todos nuestros bandidos (catorce en total), fueron apresados con rapidez y severamente castigados”.

De cualquier modo, desde el británico The Alpine Journal solicitaron a nuestro atropellado pirineísta la crónica de todas aquellas adversidades. ¡Incluso le preguntaron si disponía de fotos de sus salteadores! A falta de cliché, Russell les envió uno en el que aparecía él mismo, vestido con los atuendos típicos españoles y en pose un tanto carnavalesca. A partir de entonces, cada vez que se cruzaba con algún turista inglés por el corazón de las montañas, no podía disimular cierta sonrisa irónica…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

4 respuestas a «Los bandidos del Cotiella»

¿Alguien quiere ver una imagen del asalto que sufrieron Russell y sus amigos en el Cotiella…? ¿Al pobre de Lequeutre con un cuchillo al cuello…? Me acaban de pasar el soplo: existe un grabado de Josiah Whymper, divertidísimo, reproducido en la página 131 del libro de Jean-François Labourie y de Rainier Munsch sobre “Jean et Pierre Ravier: 60 ans de pyrénéisme” (2006). Pilladlo, si es posible…

En la biografía de M. Dollin du Fresnel, que yo recuerde, no se menciona esta relación ni su fruto, por decirlo así. Veo que aún quedan cosas importantes por descubrir del conde H. Russell, y quizás alguna faceta suya no se ha explorado a fondo.
La anécdota del Cotiella es de las más divertidas de los Souvenirs. Russell es un maestro en expresar los sentimientos y reflexiones más elevados del montañismo, pero de vez en cuando también nos deleita con magníficas historias.

¡Ostia, Alberto!
Con tu relato, tan vívido, me has puesto los cojones para corbata!
Hay que reconocer que esos andurriales del Cotiella están ahora más relajaditos, por fortuna.
Que el conde Russell era un fornicador, un «picha brava», de eso no me cabe duda. Y seguro que dejó su semilla por esos poblachos del Pirineo. No lo critico, por cierto.
Felicidades por tu narración.
Me ha encantado.

Una nueva pista sobre los œamores aragoneses de nuestro pirineísta favorito¦ El amigo Gérard Raynaud me acaba de regalar el catálogo de la exposición sobre el centenario de œComte Henry Russell, 1834-1909. Pau et le pyrénéisme. Merece la pena que acudamos a su página 35, donde Jacques Labarère alude al asunto de œUna aragonesa, María Albar y Cornel, en un apartado independiente:
œDesde 1863, fecha de la primera ascensión al Aneto, hasta 1885, Henry Russell acudiría casi cada año a los Montes Malditos. A partir de 1885, no realizó por allí sino breves incursiones: en 1887, al ibón de Literola; después, en septiembre de 1893, al Portillón de Benasque, donde la visión de la Maladeta le inspiró alguna consideración nostálgica. Este abandono parece extraño, pues se trata de una de las zonas principales del pirineísmo. ¿Por qué motivo Russell no regresó jamás a esta región tan importante y atractiva de los Pirineos españoles, a ese valle del que tan particularmente apreciaba sus paisajes, sus alojamientos y sus moradores?
Acaso, el testamento de Henry Russell nos pueda dar alguna pista. Su legado principal fue asignado a María Albar y Cornel, quien, por lo que dijo, œdesde su más tierna niñez le demostró siempre el más vivo cariño, y que, debido a la ruina completa de su familia, se debía ganar de un modo penoso el pan cotidiano. Russell vuelve a detallar sus motivos un poco más adelante. Recordemos que él siempre manifestó su más alto sentido de la jerarquía familiar, por lo que su insistencia en justificar este legado parece querer imponer cierta interpretación a la posteridad. Por lo demás, su montante elevado indica la importancia de esta mujer joven. Este testamento de 1905, fue complementado y modificado mediante un codicilo del 26 de agosto de 1908, por el cual María Albar y Cornel era de nuevo la primera heredera: mientras ella recibió 15.000 francos, su sobrino Maurice Russell 5.000, su criado Jean Paralieu 3.000, y su sobrina Henriette Russell 1.250.
El apellido de la referida joven era originario del valle de Benasque. Lo podemos hallar en los Souvenirs d™un montagnard, donde se reseñan a menudo entre las relaciones de Henry Russell; éste hizo allí mención de su encuentro con un miembro de la familia Albar: a su regreso de la Maladeta, el 5 de septiembre de 1876, halló en los Baños de Benasque a Mariano Anglada y a Sebastián Albar. Este Sebastián Albar y Español era el tío paterno de María Albar y Cornel, y Mariano Anglada Mur su tío político. Añadiremos que el 23 de abril de 1854, Sebastián fue el testigo de la boda de su hermano, Alejandro Albar y Español, el padre de María.
María Dolores Albar y Cornel, nacida el 29 de agosto de 1858 en Benasque, era la segunda hija de Alejandro Albar y Español, y de Dolores Cornel y Cornel, quienes vivían en Casa Chuanamat, en el número 13 del barrio de Los Cuadros. Un primo hermano de María, Antonio Albar Anglada, fue senador de Huesca en la legislatura de 1907-1908 [¦].
Varios documentos notariales señalan ciertas etapas de la vida de María Albar y Cornel, destacando que abandonó definitivamente Benasque entre mayo y octubre de 1886. Una última acta notarial la situaría en Madrid en 1915, donde siempre figuró en situación de soltera.
No podemos dejar de interrogarnos sobre las relaciones entre Henry Russell y esta importante heredera suya. ¿Qué conclusiones se pueden extraer del hecho de que, a partir de 1885, Henry Russell no regresara jamás a este valle de Benasque que, durante una veintena de años, tanto y tan regularmente había frecuentado? ¿Por qué motivo María Albar y Cornel dejó Benasque en 1886, para nunca más volver, permaneciendo soltera durante toda su vida? [¦].
Resulta difícil extraer conclusiones sobre los nexos entre Henry Russell y María Albar y Cornel. En su testamento, él anota las excelentes relaciones que tenía con la madre de la última, pero la insistencia misma con que Russell muestra la necesidad de justificarse intriga más que convence. ¿Habrá que creer a esas personas mayores de Benasque que afirman que, una parte de esta familia, conservó el recuerdo de que María fue la œamante platónica de Russell? Dejaremos al futuro y a otros posibles hallazgos, el trabajo de esclarecer, algún día, este asunto llamativo.
Así pues, a tenor de las últimas declaraciones de Labarère: ¿las relaciones entre Henry Russell y la chica benasquesa quedaron en el estrato del amor platónico?

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