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Bandoleros en las montañas de Huesca

No me resisto a seguir con las historias de asaltos a montañeros en nuestro Pirineo durante el siglo XIX. Quién sabe si, en el corazón de alguna inglesita romántica, anidara la esperanza de ser raptada por algún gallardo mocetón, navaja en mano… ¿Por eso había tantas ladys contratando viajes por las salvajes tierras altoaragonesas desde los elegantes balnearios de Cauterets o de Luchon? De cualquier manera, seguro que a sus colegas varones no les hacía tanta ilusión el encuentro con una partida de Tempranillos oscenses…

Vamos a continuar un poco más en compañía del onmipresente Henry Russell. Así, tras la aventura de los salteadores del Cotiella en 1870, el Señor del Vignemale añadiría una pieza más a su equipo básico alpinístico… ¿Un piolet alpino? Pues no: un revólver. Mucho tuvieron que impresionarle los bandidos de Chistau, dado que no recurrió a las armas de fuego diez años atrás, durante su periplo a través de Siberia, China y la India. Su prevención en los Pirineos se iba a demostrar poco exagerada en el verano de 1874, cuando se aventuró por el valle de Tena con el guía Camy y otro auxiliar sallentino:

“En tres horas desde Sallent, llegamos bonito lago de Anayet. El pico del Midi de Ossau aparecía desde aquí por el norte, diez grados al oeste, mostrándonos su espalda. El pico de Anayet se hallaba muy cerca, al oeste-noroeste, en apariencia inaccesible. Producía un contraste encantador entre la superficie horizontal y tranquila del lago, con las líneas dislocadas y amenazadoras de estos dos picos piramidales. Había otro pequeño lago, más al norte. Allí nos encontramos con algunos pastores con aspecto tan sombrío como tunante, que iban armados con carabinas. Merodeaban a nuestro alrededor sin decir nada. Colgué mi revolver del cinto y, con esto se fueron, para no volver a aparecer más”.

No fue éste el único incidente con posibles bandidos autóctonos que sufrirían nuestros prudentes pioneros del pirineísmo. Más o menos por la misma época, el francés Franz Schrader exploraba la vertiente sur del Marboré para confeccionar su célebre mapa. Pero nada como traducir en extenso cierta aventureta al estilo del Far West que publicara, a caballo pasado, en el recopilatorio “Quelques souvenirs” de La Montagne del 20 de noviembre de 1907:

“La vertiente sur del Monte Perdido está constituida por gradas enormes cuyos basamentos calcáreos forman alternativamente terrazas saharianas y nivosas, y muros a veces difíciles de franquear. Llegando al borde de uno de esos taludes con mi compañero de viaje, Sarrettes, el excelente guía de Cauterets, distinguimos, varios metros más abajo y sobre el remate de los pastos de Góriz, a un grupo de hombres que parecían seguirnos con la mirada.

“El rostro de Sarrettes denotó un serio disgusto, cuya causa me explicó al instante. Esos hombres vestían el traje de Plan de Chistau, un valle enemistado con el de Gavarnie desde el siglo XIV: Están armados –añadió-, y deben suponer que vamos con dinero; vigilémoslos. Por lo demás, no había forma de pasar por otra parte que no fuese por sus inmediaciones. En el resalte siguiente, los vimos sentados sobre unas piedras, claramente decididos a esperarnos. En la terraza posterior, los perdimos de vista. Después, en el tajo de un muro cercano, los distinguimos más nítidamente. Eran siete: cada uno de ellos armado con un fusil; nos miraban al bajar.

“Hasta ese momento, yo siempre me había creído un ser civilizado. El salvaje apareció en una fracción de segundo: Ellos son siete –le dije a Sarrettes-, y nosotros tenemos cada uno un revólver; luego somos doce. Es preciso que lo sepan.

“Los dos dejamos la mochila en el suelo, sacamos de ella nuestras armas y, lentamente, hicimos fuego tres veces. Después, con ostentación, recargamos ambos revólveres, tomamos nuestro equipaje y, con las armas en la mano, bajamos hacia nuestros adversarios. En toda mi vida había degustado una sensación de placer tan grande y una alegría tan alocada como la me invadía en aquel momento. Tenía la impresión de que nunca me había pasado nada tan disparatado. Ni la voluntad ni el valor eran ilusorios; un sentimiento olvidado acababa de renacer: el antiguo alborozo de la violencia y la certeza animal de vencer: ¡Ah, esos bribones! -repetía constantemente mi cerebro, sin que palabra alguna saliese de mis labios apretados. Evidentemente, nuestras amenazas habían sido comprendidas; los siete hombres se levantaron y deliberaron. Una vez más, los perdimos de vista y, cuando llegamos al último reborde, la amplia cuenca de pastos apareció completamente desierta. Únicamente, a escasa distancia del lugar por donde el grupo había desaparecido, un pastor guardaba un rebaño de unas pocas cabras. Nos dirigimos hacia él, todavía armados. El diálogo fue breve:

¿Por dónde han pasado los hombres que estaban por aquí hace un momento?

No sé de qué habláis; no había otros hombres por aquí.

”Pero su mirada inquieta se posaba involuntariamente sobre el rellano de una muralla rocosa, alejado cien o doscientos metros. Mediante un guiño, tomamos una decisión sin intercambiar ni palabra entre nosotros. Llevábamos planes de descender al valle de Añisclo, todavía inexplorado, por la grieta desconocida del barranco de la Pardina. Una vez inmersos en las verticales murallas del barranco, entre los grandes bojes, los abetos y bajo el abrigo de los extraplomos rocosos, se hubiera precisado demasiada astucia para descubrirnos. Le ordenamos al pastor que no se moviese y, dirigiéndonos a grandes zancadas hacia el inicio estrecho y profundo de la grieta calcárea, penetramos por ella sin dejar de llevar nuestras armas listas para disparar.

”Dos versos de Victor Hugo sonaban obstinadamente en mi cabeza a la entrada de este paso: Tortuoso, estrecho, áspero, y tan erizado de maleza y de ortigas, que un solo hombre podría defender allí su salida…

”Mas, aunque hubiésemos estado en plena Légende des siècles, un temor nos oprimía: el de que la mirada del pastor no hubiera sido simulación y que los siete hombres estuviesen por aquí, preparados para cerrarnos el paso. Lo cual, a pesar de todo, me animaba a proseguir con tranquilidad nuestro proyecto primitivo, puesto que ningún turista había bajado nunca por allí. De tener malas intenciones, nuestros adversarios hubiesen debido situarse cerca del único camino frecuentado, el que nos hubiera conducido a la cabaña de Góriz. Nuestra salvación radicaba en la misma rareza de nuestro recorrido y en las dificultades desconocidas que nos separaban del fondo del valle de Añisclo, excavado a pico a nuestros pies.

”Consideramos este razonamiento acertado. El instinto de Sarrettes nos condujo, sanos y salvos, al pie de los taludes. Allí, en un claro, hallamos al único habitante de este valle prodigioso. En mitad de una pradera estrecha, sentado sobre una peña, esculpía unas cucharas de boj. Se levantó ante nuestra presencia, como sorprendido por la aparición de seres sobrenaturales. Sin embargo, su desconfianza enseguida se apaciguó y, unos minutos después, como nuestro vino se había terminado y nuestras gargantas estaban secas, compartió su cantimplora con nosotros”.

Una odisea poco convencional para un cartógrafo asiduo del Pirineo, ¿no? Por aquí y por allá, aparecerán textos similares en la literatura de estas montañas. Ya para rematar el tema de nuestros Empecinados particulares, aportaremos un nuevo testimonio de Justin Cénac-Moncaut. Este galo serviría diversas valoraciones sobre el bandolerismo que se daba «de la ciudad de Huesca hacia el norte», desde su estudio sobre L’Espagne inconnue. Voyage dans les Pyrénées de Barcelone à Tortosa (1870):

“¡Qué veo ahora, en el recodo de un sendero!: un hombre a caballo acompañado por otro que porta un trabuco. Será un bandido y su compinche […].

”El aragonés lleva la carabina como el navarro y el catalán el cuchillo, o como el italiano el estilete. Ningún vecino de Tudela [sic], de Zaragoza o de cualquier pueblo de Aragón, osará aventurarse más allá de los paseos de su ciudad o de la huerta de su poblado sin tener un fusil a mano. No es que el país esté agitado por partidas: en ese tema, los peligros han disminuido, especialmente desde la conclusión de la última guerra civil. Pero los vagabundos no pierden la ocasión de dar un mal golpe, y más de un campesino desocupado se entretiene gustoso tirando sobre su enemigo. La vendetta está muy en boga en el Pirineo aragonés. ¿Y quién puede asegurar que no tiene un enemigo? Un vecino puede envidiarle el campo, su mujer, sus mulas […].

”Si la miseria alcanza ciertos límites, la moral se quebranta; es preciso decidir. Se duda cierto tiempo. Luego, con una ingenuidad brutal y caballeresca, se acaba por adoptar los remedios que las sociedades primitivas ponen a su alcance: el oficio de mendigo en el propio país, el de jornalero en el extranjero y, en último extremo, el de contrabandista o el de bandido. Tras tentar estas cuatro industrias, elige la que se acomoda mejor a su talante o la que le proporciona mayores beneficios […].

”El aragonés coge el puñal o la escopeta por dos motivos: por satisfacer una venganza que cree legítima y, entonces, mata sin robar; o por satisfacer una necesidad imperiosa de dinero y, entonces, roba sin hacer daño. Demanda la bolsa o la vida honestamente, con el sombrero quitado: dadle vuestro dinero y lo perderéis de vista. No tocará ni uno de vuestros cabellos y se dignará dejaros cinco o seis francos para que podáis seguir viaje hasta el próximo pueblo, dándoos escolta si es preciso, a través del bosque”.

Como colofón de estas consideraciones, Cénac-Moncaut explicaría el caso de ese bandolero de origen italiano que, sobre 1816, operaba en las cercanías de Barbastro. A la vista de que una familia rica había aceptado las condiciones económicas impuestas tras un secuestro, el cabecilla consideró ante su partida la posibilidad de incrementar la cuantía del rescate. Esto originó una disputa que acabaría con la muerte del codicioso jefe:

“Imposible -repuso un segundo bandido-: la mala fe va contra los principios de los aragoneses… Cosa prometida, cosa hecha, aunque te cueste el cuello. Desafiadme a subir a la cima del pico de la Maladeta, que nadie ha escalado jamás; puedo negarme, pero si acepto, debo subir o morir en la empresa”.

Por el decir de los visitantes foráneos del siglo XIX, tales eran los forajidos que merodeaban por el Pirineo oscense. Es una pena que el director Quentin Tarantino no se haya informado sobre las posibilidades cinematográficas que brinda este tema: Javier Bardem quedaría de miedo, armado con un trabuco y ante la Brecha de Rolando, mientras planea el rapto de Scarlett Johansson o de alguna otra rubiaza de vértigo.

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

14 respuestas a «Bandoleros en las montañas de Huesca»

Gracias, Jesús, por la aclaración, pero eso de que el conde «nunca se inquietó lo más mínimo» ante la posibilidad de toparse con una partida de montañeses… ¿Acaso llevaba el revólver que adquirió tras su desagradable experiencia en Chistau para cazar jabalíes?

Y dale con los de Tudela… que si no podemos salir sin el trabuco a los campos de alrededor, que si llevamos cuchillo al cinto como los catalanes. Pues como os pille a Jesús o a tí por estos lares ya veréis lo que es bueno. (Enhorabuena por estas entradas…)

Mira Nano: Estás confundiendo las churras con las merínas.
Esos asaltadores a los que tú te refieres eran de por los Monegros y Alcubierre, sitios muy secativos, sin interés para nuestro conde. Además esos tiraban de faca y trabuco, o sea, que te «limpiaban» a la minima. Solían tener cuentas pendientes con la justicia, vaya, que eran unos criminales.

Nada que ver con la gente del Pirineo, inofensivos por completo aunque curioseando por si pueden ganarse unos dinerillos, y eso lo sabía perfectamente el conde Russell que nunca se inquietó lo más mínimo al toparse con alguna partida de montañeses.
La gente del Pirineo es la más buena e inocente del mundo, Nano. De eso puedes estar bien seguro.

Igual os interesa saber que sobre bandoleros aragoneses (algunos de los cuales campaban por Pirineos en las mismas fechas que Russell visitaba la vertiende hispana), José Antonio Adell y Celedonio García han escrito un par de libros: «Historias de bandoleros aragoneses» y «Otros bandoleros aragoneses», entre los que estaban «el Cucaracha» y otros…

Me gustaría cerrar esta reflexión sobre el «consejo» del conde Russell precisando que lo relata en el transcurso de una de sus exploraciones en el grandioso Circo de Gavarnie cuando descubrió el pasaje desde «Les Rochers Blancs» hasta la Brecha Passet.
Estas vivencias, este pirineismo, nunca perderá el intenso sabor de la aventura, y lo digo con conocimiento pues me fascinan las rutas pirenaicas del conde Russell, y ya llevo seguidas unas cuantas, su vocación troglodita y sus gustos refinados y aristocráticos.
Creo en la igualdad de los hombres, muy por cierto, pero te aseguro querido Alberto que no me hubiera importado nada ser el mayordomo de nuestro irrepetible conde Russell.

Buen consejo Jesús, gracias. La verdad, no conocía esa cita de Russell. Me la guardo que me ha gustado y me fió de los que sabéis… Un saludo Jesús.

Pues si, Alberto.
Russell lo relata en sus memorias montañeras y a mí me vino a la mente en aquella brecha del Comaloforno.
Luego el resalte, de aspecto muy rígido y vertical, estaba dotado de unos solidísimos y esplendidos agarres, pero eso lo descubrí cuando me lancé a pasarlo, cargado con todo mi equipo, una tarde de otoño.
Esa noche, aún baje andando por la normal hasta la cola del embalse donde vivaqueé.
Era el último «tresmil» que me faltaba por subir en Catalunya.
Un abrazo.
Jesús Vallés

Pues mira Hugo, «mete-sacas» aparte, de los textos del conde Russell me quedo con un muy sabio consejo para cuando estás embarcado, sólo y sin cuerda y te encuentras un paso difícil y expuesto como me ocurrió a mí subiendo al Comaloforno por una cresta que se inicia en el embalse de Cavallers, una ruta directa y elegante.
Casi al final del todo me topé con un resalte vertical de unos seis metros en una brecha con caida mortal a los dos lados y había una cinta como si de allí se hubieran descolgado.
Recordé la frase de Russell: «Como empieces a mirar y a reflexionar el paso, entonces ya no lo haces», y sin pensarlo dos veces me encaramé por encíma ya de la cinta y por suerte pille unos magníficos «orejones» de granito y conseguí superar el obstáculo.
Ya ves, Hugo, fíate de los «pichas-bravas» y de los fornicadores que, en general, son buena gente y saben de lo que hablan.

Muy buenas, para variar, estas dos dos últimas entradas del blog. Aunque no menos interesantes son los comentarios en ambos. La de cosas se aprenden por aquí. Ignorante de mí, que siempre había tenido a Russel como un ser cuasi asexual, y resulta que era un «fornicador» jajaja. Muchas gracias Alberto y Jesús. Saludos.

Pues en los carrascales de Purujosa y Calcena, al sur del Moncayo, ocurrieron unos terribles crímenes entre los leñadores y carboneros que se disputaban las últimas encinas de la sierra.
En la oscuridad de la noche, prendieron fuego al chozo donde dormía una familia de carboneros y al intentar huir los remataron a garrotazos.
Ante la duda de si uno de los quemados todavía estaba con vida le cortaron un «tasajo» de carne y al no quejarse lo dieron por muerto.
Pero sobrevivió y los asesinos, otros miserables leñadores, fueron llevados ante la justicia y acabaron en prisión. Esas atrocidades no eran infrecuentes a principios del siglo XX en un medio rural mísero y superpoblado que ya había deforestado, casi por completo, los encinares del Moncayo.
Jesús Vallés Gracia

¡Y otro añadido más, llegado no por este conducto de los Comentarios, sino a través de mi correo electrónico! De cualquier modo, lo adjunto. Se trata de una cita del año 1838 que viene firmada por la escritora y pirineísta apodada como George Sand, ahora de viaje por Cataluña:
œLos facciosos recorrían todo el país en partidas vagabundas, cortando las carreteras, invadiendo ciudades y pueblos, ocupando incluso las poblaciones más pequeñas, eligiendo como domicilio las casas de recreo hasta una media legua de la ciudad, y saliendo por sorpresa de los agujeros de las rocas para pedir al viajero la bolsa o la vida.
En estas condiciones, ¿quién podía pensar en montarse una excursioncita por las montañas ibéricas?

Este relato todavía me ha gustado más ya que se pasa en lugares que conozco bien y conforme leía me estaba imaginando los canchales del Marboré o la estría del Barranco La Pardina con los malhechores prestos a salir pitando cuando se les planta cara con un buen revolver.
¿Porque no te documentas sobre los terribles asesinatos en Calcena, a principios del siglo XX, en la cara «oculta» del Moncayo?
Había un dicho: De Purujosa y Calcena la cárcel llena.

Desde luego, Jesús, ¡mira que eres malvado!
No; no voy a contar aquí nada de lo sucedido en Calcena, donde por cierto tengo familia¦ Pero ya que has puesto la miel en los labios a los lectores, te voy a pasar a ti la patata caliente para que cuelgues el pertinente comentario explicativo. En honor a los menos informados, me limitaré a aclarar que Jesús es un especialista de ese macizo del Sistema Ibérico al que alude; no en vano, firmó una guía más que recomendable que lleva por título:

VALLÉS MARTÍNEZ, Jesús, Guía montañera del Moncayo, Sua Edizioak, Bilbao, 1991.

¡Hala!, Perro Viejo: mueve tú ficha¦

¡Entre trabucos anda en juego! Así, no me resisto a reproducir aquí mismo cierto extracto de un texto que me envió su propio autor, Eduardo Martínez de Pisón. Se titula œConsideraciones sobre una excursión; el sentimiento del Guadarrama, y fue publicado en Lenguajes y visiones del paisaje y el territorio (UAM, 2010):
œ[¦] Cuando Carlos Dembowski se empeña en recorrer España entre los años inquietos de 1838 y 1840, encuentra los caminos mayores bloqueados y peligrosos. Y, tras atravesar la sierra de Madrid a Segovia, relata lo siguiente: œCaminaba a pie unos cientos de pasos delante de la galera, cuando de pronto gentes armadas se muestran en el camino. La aparición fue tan brusca y su aspecto de una extrañeza tan poco tranquilizadora, que prudentemente me apresuré a reunirme con mis compañeros de viaje. Díjoseme que era la escolta de Segovia que venía a nuestro encuentro para asegurarnos el paso del puerto de Navacerrada¦ Este puerto, difícil de pasar en invierno, ha gozado siempre de triste celebridad en los anales del bandidaje. Los ladrones, bajando de la cresta de Siete Picos, se emboscan al paso de los viajeros y tienen asegurada la retirada por la cresta del Paular, donde hay una cartuja¦ En tiempo de Fernando VII, un llamado Banda obtuvo autorización para armar una guerrilla, comprometiéndose a acabar con los salteadores. Pereció en 1834 víctima de su valor llevado a la temeridad sin haber podido cumplir su promesa. Las cartas que relatan estos viajes las dirigía Dembowski, entre otros, a Stendhal y a Mérimée. No estaba todavía, pues, la sierra para éxtasis más sublimes.

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