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Asuntos Milagrosos SL

Por las fechas en que nos encontramos, parece oportuno cerrar esta añada de 2010 con algo vagamente parecido a un cuento de Navidad. Y acabo de hallar uno nada difundido entre nuestro colectivo. Mas, como no pertenece a la crónica de la cuerda y el piolet, recomiendo a los más cañeros que se lo salten directamente y que pidan cita en enero. Un consejo que hago extensible a quienes mayor fe reserven para nuestra particular Ciudad de los Milagros pirenaica…

El verano pasado, Lourdes apareció en los titulares de prensa por asuntos escasamente piadosos, adscritos a las páginas de sucesos. Por un lado, debido a unas amenazas de bombas. Por otro, en atención a esa red de contrabando que utilizaba falsos peregrinos para mover, a través de la frontera francoespañola, sustancias que no eran ni rosarios ni agua bendita. Ya se sabe: los acérrimos del  pirineísmo siempre andan con un ojo puesto sobre cuanto sucede en esa villa tan tumultuosa como agitada.

Antes de entrar en materia, un pequeño rodeo sobre bibliografía pirenaica… Me consta que hay otros colegas (al norte de la divisoria) que rastrean mil textos en busca de la menor referencia hacia ésta, la cordillera de sus amores, entre estantes de la más variopinta temática. Sin llegar a una devoción de la que he sido testigo en no pocas ocasiones, reconozco que es bueno efectuar pequeños ojeos/hojeos de vez en cuando. La liebre salta donde uno menos espera.

Tal ha sido el caso del libro que hoy nos concierne, que luce el título de Papeles para la pequeña y la gran historia (1991), finalista del Premio Espejo de España. Su autor es el madrileño Torcuato Luca de Tena (1923-1999), nieto del fundador de la revista Blanco y Negro y del diario ABC. Del currículo del periodista al que aludo, destaca su destitución en el cargo de director del referido diario en 1953, al poco tiempo de asumirlo, debido a diversos expedientes incoados contra él por, entre otras cosas, citar a Franco como “Jefe del Estado” que no como “Caudillo”. Nuestro Torcuato Luca de Tena fue Procurador en Cortes, Académico de la RAE, Premio Nacional de Literatura, Premio Planeta y Premio Espejo de España, amén de firmar una cuarentena de libros diversos. Pero el apellido Luca de Tena debería encender las alertas de cualquier pirineísta: esta familia fue acreedora del Marquesado del Valle de Tena, título que han portado varios miembros de la saga. Antes de regresar a los asuntos sobrenaturales, voy a entretenerme un poquillo más sobre este último particular, para servir un chascarrillo del Alto Gállego… Hoy, ¡tocan divagaciones!

Hace cuatro o cinco años, durante cierta reunión en Sallent, pude enterarme de la existencia del Marqués del Valle de Tena, título nobiliario poco conocido en Aragón. En 1929, fue otorgado por el rey Alfonso XIII al abuelo del escritor que hoy nos ocupa, para “premiar los grandes y constantes servicios que a la nación y a la monarquía ha prestado”. Tal Marquesado ha ido pasando a sus descendientes… Tenía curiosidad por conocer las reacciones de los tensinos presentes en la cena al plantearse el tema: pintaba mal, pues la transmisión oral proclamaba que, en su día, nadie se puso en contacto con la gente de La Bal para obtener consejo o asentimiento. Desde luego, es éste un privilegio del Rey de España, quien no ha de encomendarse a nadie para tomar decisiones así… El escollo mayor para los pobladores de la montaña, siempre tan apegados a la tradición, era que jamás había existido un título “ni remotamente parecido en Tena”, por el decir de las fuerzas vivas presentes en la tertulia. Mas, a despecho de la extrañeza que mostraron todos por la iniciativa del abuelo del actual Monarca, su decisión no sentó mal en Sallent. Incluso alguno apuntó que promocionar aquel título nobiliario “podía ayudar al turismo de la zona”…, quien sabe si desde las páginas del ABC, de golosa difusión nacional.

¿Y ese cuento prometido con aires navideños? ¿Acaso el abuso del cava y mis atracones de turrón van a provocar nuevos desvaríos…? Tras estas disquisiciones, ahora mismo llega. Se trata de una historia real que se desarrolló sobre 1927 y que fue protagonizada por Torcuato Luca de Tena cuando tenía solamente cuatro añitos de edad. Atención a las vívidas descripciones del Lourdes de entonces y a su sorprendente remate:

“Regresamos pronto a la capital guipuzcoana porque el doctor López Durán, antes de que abandonásemos Madrid, había recomendado con mucha insistencia que, a cambio de los rayos ultravioletas que él me suministraba, debía tomar baños de sol en la playa sobre la rodilla enferma, de tal hora a tal hora, pero no más tarde, en que la influencia de los rayos infrarrojos eran perjudiciales. Así se hizo. Y recuerdo mi indefensión al quedar expuesto a los ataques de mis enemigos naturales, los niños de mi generación, por estar tumbado y desprovisto de mi poderosa arma: el aparato de hierro del que estaba tan orgulloso y que en otras circunstancias protegía mi pierna coja. Y aconteció que madame Lambeye sugirió a mi madre por aquellos días que me llevase a Lourdes para sumergirme en la famosa fuente milagrosa que nacía en la gruta donde se apareció la Virgen a Bernadette Soubirous […].

”Recuerdo la impresión que me produjo presenciar, desde el balcón del hotel en que nos alojábamos, la procesión nocturna de las antorchas con toda aquella multitud cantando el Ave María. Mas como era de noche no me horroricé tanto como al día siguiente ante la presencia de los enfermos que, en colas interminables, conducidos en sillas de ruedas por enfermeros voluntarios, acudían a la gruta de la aparición, a la basílica de los exvotos o a los famosos baños milagrosos. Algunas de las ofrendas por los favores recibidos que colgaban de los techos y paredes de la basílica, me llenaron de espanto. Una mujer había donado su pelo natural, que caía como una siniestra melena enmarcando su propia fotografía, lo que daba al retrato el aspecto de estar vivo. Centenares, millares de muletas, escayolas, aparatos semejantes al mío, brazos de cera, medallones, hasta remos rotos de barcas, colgaban de todas partes dando a la iglesia más que apariencia de templo, traza de museo del horror. Mas si toda aquella escenografía muerta causaba espanto, ¿qué decir de la de los vivos? Toda la miseria del mundo parecía concentrada aquel día en Lourdes: enanos, mongólicos, paralíticos, epilépticos, llagados, escrofulosos. No podía apartar la mirada de un hombre con un cuello tan grande como un toro, cuya enorme papada, mayor que su cara, le caía sobre el pecho, y de una mujer que temblaba, y de un joven sentado en silla de ruedas, caída la cabeza, turbios los ojos, la boca abierta por la que fluía un hilillo de baba. Yo quería huir de allí. No quería curarme. Estaba muy satisfecho con mi pata tiesa que me diferenciaba de los demás niños. Y al pensar esto, tuve el presentimiento infantil –que no he desarraigado del todo de adulto– de que todos esos enfermeros y familiares también estaban orgullosos de exhibir a sus monstruos, y tanto más satisfechos cuanto más diferenciados. Mi madre me sacó pronto de la capilla, sin esperar a que terminara la Misa de los Enfermos, como creo que la llamaban. Mas ya era tarde. Vomité un líquido verde y amargo, como otras veces me ha acontecido en casos de grandes conmociones.

”Mi madre estaba muy impaciente, y mi abuela más. Las vi detenerse sorprendidas cuando nos introdujeron en la menos bucólica y pía de las estancias. Para mí, que ambas imaginaban que los enfermos, que acudían a millares de todas partes del mundo a implorar su curación, se sumergían, como Cristo en el Jordán, en un arroyo plácido y cristalino que correteaba desde su fuente natural por campos perfumados por lavándulas florecidas. Nada más lejos de la verdad. La fuente había sido entubada y discurría por caños hasta unos grifos que llenaban unas enormes tinas situadas por docenas en unas naves, como de hospital, con azulejos blancos hasta el techo. El suelo, de cemento mal alisado, estaba lleno de charcos embarrados y de huellas de zapatos sucios. Olía a humedad sudada. Unos enfermeros de camisas arremangadas, y cubiertos los cuerpos por gruesos delantales de hule, tomaban en sus brazos al primero de la cola de tullidos, lo sumergían unos segundos en el agua helada de la bañera, lo sacaban y, en tanto sus familiares le secaban, ya otro enfermo era introducido en el mismo líquido y secado al punto con la misma toalla. Mi abuela Esperanza, mujer de extremada delgadez y suma delicadeza, sufría un tic muy característico que únicamente le sobrevenía ante algo que desaprobaba o le disgustaba profundamente […]. ¿No habría peligro de contagio de las mil enfermedades que padecían los que allí acudían a remediarlas? Le respondieron que el mayor milagro de Lourdes –y milagro cotidiano– es que nadie se contagió jamás de una enfermedad ajena.

”Evoco el pudor infantil de verme desnudo ante la gente que esperaba su turno para inmersión; la frialdad del agua de la tina por donde corría la corriente continua de la fuente milagrosa, el tic de mi abuela Esperanza al ver cómo me chapuzaban en la misma agua en que acababan de bañarse los escrofulosos, paralíticos, hemipléjicos o poseídos del mal de San Vito, que parecían endemoniados al debatirse como posesos en el fluido en que les sumían. Es todo lo que recuerdo. Me enfundaron de nuevo mi aparato de hierro y mi bota compensadora de alturas y regresamos a San Sebastián, en cuya playa seguí recibiendo, los días luminosos, el benéfico efluvio de los rayos solares […].

”El caso es que cuando madame Lambeye me condujo –de regreso de las largas vacaciones estivales–, a la clínica del doctor López Durán en Madrid, éste, muy nervioso y agitado, declaró que mi tumor blanco había desaparecido. Tenía el doctor un hijo llamado Juan, especialista en huesos como él […], y no he olvidado el asombro de ambos al palparme la rodilla izquierda y confirmar que ya no existía el tumor. De ahí a aceptar un hecho milagroso dista un abismo. No obstante, mi madre regaló al santuario de Lourdes un corazón de oro con mis iniciales, que nunca he podido ver en mis escasas visitas entre los miles y miles de exvotos que cubren las venerables paredes de la basílica. Con mi padre nunca pude hablar del tema porque, aun siendo hombre creyente y practicante, aunque poco piadoso, le escuché decir malhumorado que jamás tuve lesión alguna en la rodilla y que todo fue un diagnóstico errado de los médicos, seguido de las fantasías médico-religiosas del tríptico formado por mi madre, mi abuela y madame Lembeye”.

Aprovecharé este periplo navideño por los inquietantes terrenos pirenaicos del Más Allá, para romper una lanza en favor de la lectura… Durante estas Fiestas, emplead los días de fríos extremos, de nevadas bestias o de riesgo elevado de avalanchas para dejaros caer por alguna librería o biblioteca, aunque sea gorroneando a un colega. Si os pica la curiosidad, buscad este texto de Luca de Tena del que he extractado la anécdota milagrera: entre sus páginas aparecen otros párrafos interesantes sobre aspectos poco trillados de la crónica histórico-política pirenaica, como esa historia del avance de banderas sobre las cimas de la divisoria fronteriza o la del Fuerte de Guadalupe hondarribiarra en 1936. Algunos textos pueden transportaros más lejos que las botas más curtidas…

¡Felices Navidades a todos, pacientes lectores! Y que vuestra entrada en ese 2011 que ya se nos echa encima sea de las mejores, amigos.

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

5 respuestas a «Asuntos Milagrosos SL»

Hola Alberto, me he leído de un tirón lo del marqués del Valle de Tena y el paso por las aguas milagrosas de Lourdes… Ufff, qué bendición estar sano y no tener que sumergirnos en esas aguas, con ese terrible ambiente. ¿O ha cambiado la cosa?
Por cierto, te guardo unas cosas del curso de iniciación al montañismo del que te te hablé y para que las veas… cuando quieras.
Feliz Año 2011 lleno de montañas, de libros y de esas historias que tanto nos gustan, amigo mío.

Siempre me estás sorprendiendo querido Alberto.
Que el año 2011 siga generoso con esa inspirada energía que derrochas a raudales.

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