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Una Montaner-Rabadá para el León Dormido

En los últimos meses se están conmemorando las bodas de oro de las, acaso, más prestigiosas vías de escalada firmadas por aragoneses. Me refiero a los trazados verticales que abrieron los protagonistas de esa época denominada en nuestra tierra, de forma un tanto extraoficial, como la década prodigiosa. En su mayoría, creación de Ursicinio Abajo, Manuel Ansón, José Antonio y Manuel Bescós, Pepe Díaz, Roberto Ligorred, Ángel López Cintero, Rafael Montaner, Jesús Mustienes, Julián Vicente Nanín, Gregorio Villarig… Sin olvidarnos, claro está, de Alberto Rabadá o de Ernesto Navarro. Han pasado casi cincuenta años desde la desaparición de ésta, la cordada zaragozana más emblemática de todos los tiempos. Sin embargo, su halo jamás se apagó. No son pocos quienes todavía hoy se preguntan qué hubiese sucedido en el mundillo trepador si el Eiger no se hubiera cruzado de un modo tan trágico en el camino de Rabadá y Navarro, aquel 15-16 de agosto de 1963.

 

A despecho del paso inmisericorde del tiempo, el número de admiradores de estos míticos escaladores de Montañeros de Aragón parece no disminuir. Menos aún quienes atesoran, como si se tratara de obras de arte hechas roca, las llamadas Rabadá-Navarro. ¿O mejor debiéramos decir Navarro-Rabadá, para someternos al orden alfabético de sus apellidos…? En cualquier caso, dicho listado tendría que registrar, para ser justo, cualquier ruta abierta por equipos en los que estuvieran incluidos estos aragoneses malogrados en Suiza. Hay unas cuantas: echadle un vistazo al excelente libro de Simón Elías (Rabadá y Navarro, la cordada imposible, Desnivel, 2007), y ya veréis…

 

Por el motivo que sea, alguna de las vías candidatas a nuestra relación no ha disfrutado de excesiva popularidad. Tal podría ser el caso del espolón Noroeste de la peña Oroel. Un itinerario sumamente estético que discurre por el perfil más agreste del llamado León Dormido (o Esfinge), bien visible desde la ciudad de Jaca. Un tanto desprovisto del ambiente severo e indómito de, por ejemplo, el Fire en Riglos o el Tozal del Mallo en Ordesa, pues a sus pies se despliega la Canal de Berdún y la Bal Ancha. Mas no por ello dejará de constituir una interesante pieza en esa lista para uso de los más fervientes rabadaynavarrianos… Aunque, en esta ocasión, se trate de toda una Montaner-Rabadá. Sin entrar en demasiados detalles, aclararé que si bien las combinaciones entre los escaladores que participaron en la década prodigiosa fueron abundantes y muy fructíferas, Rafael Montaner y Alberto Rabadá configurarían con frecuencia un potente dúo de ataque que se anticipó al que más tarde iba a formar el segundo con Ernesto Navarro. Por el decir generalizado de quienes les trataron: este último tándem encajaba mejor con la personalidad de unos trepadores tan temperamentales…

 

Abrevio ya: quienes deseen conocer a fondo las peripecias en torno a esta ruta poco o nada aireada, harán bien en acudir hasta el Boletín de Montañeros de Aragón número 64, correspondiente a abril-junio de 1961. Para las bibliotecas menos exuberantes, serviré al completo ese artículo que con el título discreto de “Peña Oroel”, redactara el jacetano Rafael Montaner en un tono intimista y familiar de lo más seductor:

 

“Si bien por su altura de 1.900 metros escasos [tiene 1.770 metros] y por su situación apartada de la cadena pirenaica, peña Oroel tiene una importancia secundaria como montaña, para mí, que he nacido a su sombra y, durante muchos años, ha sido la primera visión del día, su mole, que alguien comparó con la silueta de un león dormido, es algo muy querido: por donde se iniciaron mis aficiones montañeras en numerosas ascensiones.

 

”Luego, con el transcurrir de los años, las visitas a la gran cruz metálica que corona la montaña se multiplicaron, con divertidas ascensiones veraniegas con pandillas de amigos, donde el mayor aliciente era un extravío previsto o una tormenta repentina. También subidas solitarias, matando la monotonía de un domingo invernal en Jaca, cuando la cadena se mostraba cubierta por el blanco manto invernal, desde los primeros picos del Pirineo navarro hasta las estribaciones del catalán.

 

”Es quizás allí, en su cima, solo, donde se corta el tupido bosque de abetos de la ladera norte contrastando con la aridez de la sur, a la vista de las mayores cimas del Pirineo, donde he pasado momentos que solo se han vuelto a repetir en escaladas difíciles o cuando los elementos arremeten en la alta montaña. Momentos quizás de depresión, al verse tan pequeño ante Tanto, o quizás de oración, como he sostenido a veces, admirando calladamente la inmensa obra del Creador, que es tanto como admirarlo a Él.

 

”Pero, tras bastantes años de ausencia en Jaca, dos sueños tenía sin realizar. Posiblemente el más bonito, pasar una noche de luna invernal en su cima, aún no lo he realizado. El otro, escalar la impresionante proa de roca que surge provocativa de un mar de vegetación, es lo que realicé con mi compañero Alberto Rabadá a primeros de este verano [de 1961], aventura trataré de explicar a continuación…

 

”Habíamos dejado el taxi que nos condujo desde Jaca y tomado una vaguada empinada que subía derecha hacia el espolón. El día de calor se preveía ya a aquellas horas de la madrugada y la gran cantidad de aliagas y arbustos espinosos hacían más agobiante la subida. Afortunadamente, al hacer la aproximación por la vertiente oeste, la misma peña nos libraba del incipiente sol naciente que, aunque no mucho más, hubiese aumentado el sudor producido por el esfuerzo.

 

”Sin que cediese la pendiente, alcanzamos la base de la pared por un retorcido itinerario entre pinos arrasados por la procesionaria y carrascas, salvo cuando buscábamos alivio a los arañazos por empinadas canales de tierra dura, no sé si de peor trato que los matorrales y árboles bajos.

 

”Al pie de la pared descansamos, mientras trazamos vía en el vertiginoso espolón de doscientos metros que nos separa de la cima, eligiendo una fisura diagonal a su izquierda que parecía el punto más vulnerable, pero que se perdía en la altura deformado por la perspectiva desde el pie, dejando en una incógnita la parte superior. No obstante, la formación de la roca, de conglomerado descompuesto en la superficie, pero con base sólida, y varias canales más apartadas, dejaban entrever una solución sin dificultades extremas.

 

”Los dos primeros largos de cuerda, con buena roca y profusión de cornisas, no nos entretuvieron demasiado. Fue la tercera en la que peña Oroel nos empezó a enseñar los dientes, pues la chimenea, base del itinerario, con el principio en franco extraplomo, muy descompuesto además, opuso un serio obstáculo, difícil y arriesgado de pasar. Más arriba, decayendo algo la dificultad, requería todo el esfuerzo para poder subir. Otro extraplomo brusco lo sorteamos por la izquierda en un largo de cuerda aéreo pero fácil, quedando en la base de la segunda parte de la chimenea, cuyo principio obstruía un bloque acuñado de aspecto muy poco tranquilizador.

 

”El paso de este bloque fue otra de las cosas serias de esa escalada, solo de ésa, pues una vez arriba, con unos golpes de martillo, la piedra salió disparada, produciendo un ruidoso alud que escuchamos con la tranquilidad que daba que ocurriera por debajo.

 

”Otro extraplomo nos forzó a salirnos a la pared, esta vez a la derecha, por donde tras salvar un par de panzas pequeñas, alcanzamos una gran faja que cruza las paredes norte y oeste, a dos tercios de la altura. Allí descansamos un buen rato, sabiendo que de la cima solo un trozo corto de pared nos separaba, a la que además se le veían posibilidades de ataque por varios sitios.

 

”Elegimos para seguir una fisura en la parte oeste del Espolón, en principio trabajosa y difícil por lo estrecha, pero pasados los primeros metros, convertida en una chimenea muy buena que se acabó en la misma tirada bajo una serie de cornisas. Aprovechamos éstas para volver a la cara norte, ganando altura entre una y otra sin esfuerzo, hasta que nos reunimos en el collado de una pequeña aguja adherida a la pared. Un muro sobre ella de pocos metros, que suponía la última dificultad, y desembocamos en un escalonamiento de cornisas sin pasos intermedios de dificultad que nos condujeron directamente a la cima.

 

”Un buen rato de descanso a la sombra de la cruz, comiendo hasta que apuramos toda el agua, y el calor, más que otra cosa, nos hizo emprender el camino de descenso, contemplando, mientras cruzábamos el lomo cimero, las airosas siluetas de las cumbres pirenaicas que habían servido de marco incomparable en aquella jornada de escalada”.

 

Y nada más. Por desgracia, en el Boletín ni se especificaba la fecha exacta de aquella primera, ni los posibles intentos previos, ni se daban mayores detalles sobre la ruta ni, menos aún, su texto llegaba acompañado de un croquis con el trazado. Tampoco serían demasiado explícitos en la nota para la revista Altitude, en su número 34 del mes de diciembre de 1961, donde unas escuetas líneas se limitaban a presentar la vía al público galo:

 

“Jaca: peña Oroel, espolón NW, primera ascensión por A. Rabadá y R. Montaner, el 30 de junio. Itinerario de 200 metros, seis horas, muchos pasos de V”.

 

En fin; así se perfilaba la fecha de apertura y graduación. Al menos, aquella Montaner-Radabá en la proa de la peña Oroel había dejado impreso su relato de escalada. A partir de aquel verano de 1961, los habitantes de Jaca podían recordar a los desaparecidos Rafael Montaner y Alberto Rabadá cada vez que alzaran la vista hacia el sur para buscar la característica silueta de su León Dormido.

 

Por mi costado, añadiré una sugerencia del todo asequible: quienes no se sientan con ganas o no anden sobrados de técnica para embarcarse en el filo de este espolón Noroeste de Oroel, siempre pueden poner en práctica el segundo de los “sueños jacetanos” de Rafael Montaner. Es decir: pernoctar sobre dicha cima, bien blindados contra ese aire gélido que tan a menudo la ronda, para espiar a los grandes colosos del Pirineo Occidental cuando lucen su atuendo de invierno. Si se elige una noche con luna, promete ser una experiencia memorable.

16 Comentarios

  1. Querido alberto: lamento aparecer aqui como un pesado pero deveras que me encanta tu dedicacion al que llamas monarca del pirineos. No se si atreverme a preguntar si vas a sacarle un libro que espero que sea. Un abrazo de: josemaria.

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  • Peña Oroel, espolón NorOeste, vía Montaner-Rabadá | empujatrenes 18 febrero, 2014

    […] el texto de Alberto Martínez Embid , todavía dan más ganas de ir para allá, y tras intercambiar opiniones con el amigo Pincho que […]