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El viejo contrabandista

Pensando en un ingreso con buena pata en esa añada de 2013 que nos acaba de caer encima, ¿hay algo mejor que servir un cuentecillo que intente esbozar medias sonrisas? Pues, para la ocasión, nada como recurrir a una de esas vivencias que el veterano alpinista y escritor Agustín Faus dispensara desde su trabajo inaugural a papel: la hoy más que agotada Cara a la montaña (Juventud, 1954). Uno de los libros de cabecera para buena parte de los pirineístas hispanos. Tal y como afirmó hace cincuenta y nueve años su ilustre prologuista, Enrique Herreros: “Faus puede tener la seguridad de que su obra escrita quedará al abrigo de las bibliotecas de los montañeros como una bella y moderna palpitación de la literatura española de montaña, de tan escaso número, si bien su calidad sea siempre inmejorable”. Parece que la profecía del madrileño se ha cumplido.

 

En lugar de añadir algún rollo biográfico o bibliográfico, dejaré los preámbulos para atacar uno de los trece relatos de ficción que la aludida obra ofrece. Más en concreto, el titulado como “El Dentallo”. Una aventura que discurre en las cercanías de cierto cresterío fronterizo del Pirineo que Faus no quiere determinar. Su argumento parece bastante divertido: tres escaladores descienden de la montaña convencidos de haber firmado la primicia en una travesía del enriscado portillo al que se denominaba como El Dentallo en el valle. Al día siguiente, un vaquero local con el que charlan con no poco orgullo del tema, les desengaña: el montañés afirma que dicha primera la realizó él mismo hace unos cincuenta años, cuando pasaba contrabando de Francia. Desde las primeras frases del relato del viejo paquetero, degustaremos ese saborcillo a pólvora que deja en el paladar lo furtivo:

 

“Cuando un hombre se enrolaba y le daban un fardo, aquel hombre dejaba de ser él durante uno o varios días, o sea, el tiempo que duraba la experiencia, para convertirse en la máquina que transporta treinta kilogramos de género al otro lado de la frontera. Iba y venía, llevando y trayendo siempre algo a través de los pasos montañosos, luchando contra el viento de las crestas, el frío y la tormenta, huyendo siempre de gendarmes y carabineros, fiel a su fardo y a su jefe, al que tenía que rendir servicio para que a la vuelta le rindiera éste cuentas a él”.

 

Regresemos al asunto que nos interesa sobre aquella hipotética primera… Al parecer, cuando el pastor tenía diecisiete años y realizaba su quinto cruce clandestino de frontera para la banda del Rubio, cayó en una emboscada montada en el lado francés de la muga. La persecución de los gendarmes en mitad de la noche lograría que el chico terminara arrinconado contra un paredón, con la huida hacia España cortada. Como única escapatoria, se podía percibir hacia lo alto esa muesca tallada en la roca de El Dentallo. Vamos a acompañar al contrabandista en su peligrosa escalada:

 

“Y empecé a subir. A poco dejé las últimas pendientes llenas de hierba y seguí trepando por la tartera y después por el ventisquero andando con tiento. Salté la pequeña rimaya y ya solo tuve que agarrarme a las peñas para seguir subiendo. Por momentos la pared era más vertical y me parecía estar convertido en un pájaro, tan menudos veía los árboles bajo mis pies. Los árboles eran el único punto de comparación, pues lo demás lo veía todo sin proporciones. Pero los árboles eran pequeñísimos… Desde allí pude ver dos puntitos, más pequeños todavía, salir de un grupo de pinos y quedarse parados unos momentos. Eran los gendarmes… Después los vi sentarse. Los hombres, seguros de que estaba acorralado, se instalaban a la puerta de la ratonera esperando que no tuviera más solución que volver atrás. ¡Yo, acorralado! […].

 

”Y pensando así iba subiendo, subiendo… Hacía exactamente lo que vosotros practicáis por gusto. Escalaba. Pero yo no llevaba cuerdas, ni ponía clavijas en la piedra, ni me ayudaba ningún compañero… No me paraba a descansar, subía continuamente, subíanme estos brazos, estas sarmentosas manos que veis ahora, pero que entonces eran fuertes… La roca era muy dura y se dejaba coger muy bien. A veces debía dar un paso apoyado en una sola mano, andando sobre el vacío. El bosque bailaba a cientos de metros bajo mis pies. Pero yo no temía nada, tan seguro estaba de mí mismo […]. ¿Bajar? Miré hacia lo hondo a través de la niebla, y vi que era imposible: metros y metros de pared lisa caían a mis pies. Difícil me había sido subirlos y más difícil sería bajarlos. Tenía, pues, que subir forzosamente. Alcé el cuello, poco a poco, con miedo… La niebla, desgarrada, corría veloz a través de la imponente resquebrajadura del Dentallo, que estaba a unos cincuenta metros sobre mi cabeza, separado de mí por una pared desesperadamente lisa, abierta por una única grieta…

 

”Ahora lo explico con mucha facilidad, pero entonces la cosa me pareció muy grande. Vosotros que habéis estado allí y sabéis cómo es aquello, ¿os imagináis lo que sería para mí aquella grieta, estando solo y teniendo que cargar con un fardo? Al recordarlo, me estremezco todavía […].

 

”Me armé de valor y proseguí firmemente hacia arriba por la grieta, viéndome a cada momento a punto de dar la gran voltereta y caer hecho un ovillo hasta el hondísimo pedregal que la deshecha niebla dejaba entrever, aplastado por la altura, debajo de mí.

 

”Dios me ayudó. Fui ganando altura de la manera más inverosímil y como vosotros, que siempre usáis cuerdas, no podéis siquiera llegar a imaginar. Pero entonces me sentía de un modo nuevo, como con un nuevo ser […]. La niebla estaba desapareciendo y podía verse muy bien todo el abismo por debajo de mí. A veces las presas me fallaban, debía buscar otras nuevas… Pero no titubeaba ni un momento, me lanzaba siempre hacia arriba. El Dentallo estaba ya casi a mi alcance.

 

”Al fin llegué a la brecha. Me quedé allí tumbado, chorreando sudor, martirizado por el frío viento que corría veloz de Francia y del que hasta entonces había estado protegido. Jadeaba como nunca. No recuerdo exactamente lo que pensaba en aquellos momentos, pero vosotros que conocéis esos instantes felices que siguen a la victoria, podéis figuráoslo […]”.

 

Las angustias de este trepador nativo no terminarían aquí. Aún quedaba la parte peor de su correría en el Dentallo: el descenso por el lado hispano. Una vez más, será preciso que le cedamos el puesto a ese pastor pirenaico que Faus nos colocó como cronista de sus propios lances verticales:

 

“Cuando quise mirar hacia abajo, de nuevo se apoderó de mí un miedo atroz. ¡Dios mío, qué tajo! Allí la pared caía a mis pies, cortada a pico en un corte de más de seiscientos metros […].

 

”A medida que la tenue luz del alba fue esparciéndose por el firmamento, todo lo que me rodeaba se fue presentando blanco. Un espeso grosor de nieve lo cubría todo. La noche había llegado en verano y se iría en invierno […]. Esta vez, el corazón tampoco me falló. Algo animado, busqué un lugar por el lado español para empezar a descender. Me descolgué unos palmos, puse los pies en un pequeño repecho, tuve que sacudir a patadas la nieve acumulada allí… Las manos, heladas, perdían tacto y mi cuerpo temblaba. Comprendí que sería imposible seguir bajando de aquella manera, que me caería al fin. Pero me daba lo mismo. Tenía el ánimo fuerte y quise seguir hasta el final.

 

”El final… No tardó mucho en llegar. Los dedos que me sostenían no eran ya míos: tenía la impresión de llevar unos guantes repletos de serrín en vez de manos. No me mantuvieron como hubiera deseado, perdí la estabilidad, un pie resbaló y ya me tenéis por el aire… ¡Qué espanto, Señor! Me hundí en la opaca niebla de copos de nieve y caí rápido como una piedra, alejado de la pared. Bajaba, bajaba… A cada instante esperaba recibir el golpe fatal. De pronto me vi terriblemente cerca de la roca y topé con ella instantes después, pero sin sentir un dolor fuerte. Reboté más abajo y seguí cayendo, cayendo. Después oí un ruido sordo, noté un choque violento y me quedé inmóvil, como muerto”.

 

No; desde luego que nuestro protagonista no despertó rodeado de querubines que interpretaban música celestial con sus arpas doradas… Porque el paquetero había amortiguado el impacto con el fardo de lana que aún conservaba a la espalda, para caer seguidamente sobre un gran montón de nieve fresca. Gracias a su transporte clandestino, medio siglo después podría dejar atónitos a unos jóvenes escaladores con la narración de sus peripecias. Así, cuando los tres deportistas abandonaron la cabaña del vaquero, no dejarían de interrogarse sobre la veracidad del relato. Para llegar a las siguientes conclusiones:

 

“Nuestra ascensión ha sido buena y nadie nos la quita. En el pueblo nos dirán si es verdad o no la historia de ese viejo. Allí veremos qué es lo que nos ha tomado, si el pelo o sesenta años de delantera”.

 

Sin embargo, Faus tampoco quiso entrar en este particular, dejando que cada lector optara por un final a su gusto. Mas a despecho de su carácter de ficción, casi se puede aventurar que la proeza de aquel hombre del Pirineo jamás figuraría en ficha alguna de escalada. Ni ésta ni prácticamente ninguna otra que procediera de los habitantes de las montañas.

 

Remataré esta ascensión novelada con otros testimonios similares del pirineísmo nativo, aunque, para la ocasión, del todo reales. Los situaremos en el macizo que es considerado como el más alpino de nuestra cordillera: Vignemale/Camachibosa. Si rebuscamos por su costado de Torla, se pueden recopilar no pocos relatos de ascensiones montañesas. Por ejemplo, a partir de un texto de 1935 firmado por el guía galo François Boyrie, quien se encontró sobre la misma Pique Longue con dos pastores que guardaban sus ganados en Bujaruelo. Ambos usaban ropa campesina e iban calzados con abarcas. Cuando les preguntó Boyrie, los aragoneses le dijeron que se habían encaramado hasta allí para “admirar el paisaje, después de estar buscando a una cabra perdida”.

 

Va otro jaloncillo más de una incursión local por las alturas, protagonizada ahora por el torlense Antonio de Casa Matietas… En 1941, unos corderos que se encaramaron hasta las Marmoleras y el corredor de la Moskowa como consecuencia de una gran nevada, le obligarían a subir tras ellos. Para recuperarlos, tendría que arriesgar constantemente su vida por aquellas rampas vertiginosas con la nieve llegándole más arriba de las rodillas… A este respecto, Carlos Mur nos aclarará desde Torla:

 

“Aparte de algún pastor inquieto, pocos son los locales que habían hollado la Pique Longue hasta la segunda mitad del siglo XX… Algunos habían ascendido en excursiones improvisadas al Gran Tapou o al más accesible Baziás, pero el Gran Vignemale quedaba lejos”.

 

Y este texto de regusto postnavideño, ¿pretendía dejar caer algún mensaje con doble intención? Desde luego que sí: a través de estas vivencias montañesas, deseo vender el burro de que, más allá del historiador Henri Beraldi, puede haber infinidad de testimonios pirineístas que fueron excluidos de la crónica oficial de nuestra cordillera. Sobre todo, procedentes de la vertiente meridional. Si no, atentos a las dos entradas que vendrán a continuación…

12 Comentarios

  1. Pues estás de suerte, Jaume: en breve, Agustín Faus va a sacar a la calle un nuevo libro. Me suena que llevaba por título «La larga excursión». En cuanto me entere de más, te lo cuento…

  2. Alberto, nuestro «encuentro» con la canal Sita no es ningún misterio, sólo casualidad. Resulta que el traductor del precioso libro /Montañas pirenaicas/ de J.L. Pérès y J. Ubiego (Ed. Juventud, 1976), es A. Faus, que es también coautor del libro porque introduce algunos fragmentos que no aparecen en la versión original francesa. Pues bien, en la página 95 se menciona precisamente la canal Sita. Con esa referencia, mientras preparábamos nuestro artículo, nos pusimos en contaco con el autor para situar el itinerario con exactitud y, por supuesto, lo realizamos para disfrutarlo y para reseñarlo.

  3. Mira Alberto: Cuando un montañero como el señor Faus nos propone subir al Aspe tomando la telesilla del Tobazo o ascender al Collarada subiendo en coche hasta la Trapa yo es que me siento agredido, porque a mí el Pirineo me duele, Alberto. Los Pirineos son montañas pequeñas y modestas, y encima se las «trampea» para eludir unas pequeñas caminatas de aproximación. Esto mismo ya se lo he dicho en persona a Agustín Faus y él mismo aceptó y entendió mi punto de vista. Si yo me interesé por tu blog fue precísamente porque describes aquel pirineísmo auténtico, esforzado, severo e integral, cuando nuestra hermosa cordillera no estaba domesticada y descafeinada como ahora. Por eso mismo he disfrutado tanto con la aventura del «paquetero». Un saludo y gracias por tu comprensión.

    • Mejor no aburrimos al personal con otra tanda de nuestros, digamos, alardes de personalidad… Así que zanjaré este asunto en plan: ¡anda, dame un antojillo de embarazado! Y aunque sea por no desentonar: fíjate un poco en el tono sosegado que se pretende dar a estos textos y trata de no tomarla por aquí con nadie, Jesús…

  4. Paquetero, ¡Sencillamente acojonante! ¡Sí señor, eso es escalar y lo demás son pamplinas!
    Precioso relato.
    Respecto a la vía «Faus» en la cara sur del Aneto, pues la he subido en dos ocasiones y la encuentro más bonita y con mejor roca que la cresta LLosás.
    Es cierto que el señor Faus trasmite acción en sus relatos pero su guía montañera del Valle del Aragón me decepcionó absolutamente: Promovía todo tipo de chanchullos y artimañas para disminuir las aproximaciones, o sea, telesillas, pistas 4 X 4 y otros truquillos para no caminar.
    Con todo, es un buen tipo y lo admiro aunque a veces me dá pampurria como lo adulan al hombre, periodistas y montañeros «institucionales» siempre buscando la oportunidad de arrastrarse y hacer la pelota sea como sea.
    Faus, sí claro, pero yo: ¡Me quedo con el paquetero!

    • Andrés: muchísimas gracias con tus aportaciones…

      Pero bueno, Jesús: si sigues por estos derroteros, terminarás en el Caldero de Pedro Botero, donde solo hay piolets oxidados y crampones sin afilar…

  5. Magnífica primera entrega de una serie muy prometedora. Celebro que abordes el tema de esos montañeros nativos que quizás no serían tan anónimos si los que se atribuyeron algunas primeras no se hubieran esforzado tanto en sumergirlos en el olvido.

    Comparto tu parecer sobre Agustín Faus. En efecto, creo que es un gran escritor de montaña y un gran alpinista. He leído algunos libros suyos, entre los que me quedo con /Huellas profundas/, que contiene unos relatos preciosos. Por cierto, creo que abrió una vía en el Mulleres o en el cercano pico de Salenques.

    Y añado un detalle curioso: abrió un itinerario glaciar muy bonito en el Aneto (la canal Sita, dedicada a su mujer) que durante un tiempo permaneció completamente desapercibido y sobre el que, junto con mi amigo Eloi Saula, reclamo el honor de haberlo rescatado para el público montañero en un articulo que publicamos en Desnivel hace algunos años. Lo menciono como un humilde homenaje a su obra.

    • ¡Bravo, Jaume!: eso de hacer revivir las vías olvidadas es formar parte del pirineísmo más militante… Algún día tendrías que contarnos al detalle (ya en esta misma rinconada, ya en tus “Meditacions Pirinenques”), cómo os topasteis Eloi y tú con el corredor Sita al Aneto… Entre tanto, me pones a huevo que copie esta reseña del colega Alberto Hernández:

      “Pico Aneto (3.404 metros). Canal Sita a la cara Sur.
      ”Primera ascensión: Agustín Faus y Sita Faus en 1957.
      ”Desnivel y horario: 300 metros. Entre dos y tres horas de escalada.
      Dificultad y observaciones: AD+, 50º con algún trozo aislado a 60º. Según las condiciones nos podemos encontrar algún paso de roca de III/IV. Peligrosa sin nieve, siendo recomendable entrar pronto.
      ”Descripción: se trata de la siguiente canal a la de Llosás, a su derecha; tiene las mismas características que ésta, pero incrementa algo la dificultad, con un bloque en la primera parte del corredor que sin nieve puede suponer un largo de IV. En el centro, la pendiente puede llegar a 60º. El final coincide en la arista de Llosás y se sigue hasta la cima del Aneto”.

      Ya sabéis; si os interesan las rutas verticales (y las tirando a horizontales, claro), de los Montes Malditos, acudid a pillaros el libro de esta Casa:

      “Aneto. Guía montañera. Ascensiones, travesías y escaladas”, Desnivel Ediciones, Madrid, 2007.

  6. Hey… ¡Que se me pasaba…! Más de un “peñalaro” hará arqueado su ceja al detectar por aquí el nombre de uno de sus ilustres: Enrique García Herreros Codesido (1903-1977). A quienes les interese la obra periodística del montañero madrileño, pueden acudir por estos andurriales:

    HERREROS, Enrique, “El sábado, a la Sierra”, RSEA Peñalara y Comunidad de Madrid, Madrid, 2004.

  7. Me voy a adelantar a las hipotéticas preguntas sobre Agustín Faus, quien sigue gozando de una salud envidiable. Este mismo otoño de 2012, la Federación Aragonesa de Montañismo y Montañeros de Aragón le dieron sendos Premios, pero no por su dilatada trayectoria sino por cuenta de una de sus actividades estivales. Quien desee saber más del asunto, deberá dejarse caer por esta dirección:

    http://www.montanerosdearagon.org/html/fondo_boletines.asp

    Seguido, buscad el correspondiente al BD28 (sep-oct 2012) y acudid al apartado sobre: “3.01.Agustín Faus en el Naranjo de Bulnes/Picu Urriellu”.

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