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Un saqueo germano en Chistau

Vamos a permanecer en el entorno del Virrey del Pirineo. Pero, ahora, rondaremos sus cercanías no con temas montañeros, sino de minería de alta cota. Más en el ámbito de la antropología del Aragón Profundo, que en el de la crónica pirineísta. Eso sí: a través de una serie de historias bastante originales que discurrieron por las zonas superiores de Chistau durante los siglos XVIII y XIX. Que huelen a delito que no veas: timo, agresión e incluso asesinato. Antes de nada, prefiero confesar de forma espontánea: como tan a menudo sucede, en la recolecta y entrelazado de los datos que sigue, mucho ha tenido que ver la pura casualidad…

 

Cuando me tropiezo con el topónimo Chistau en no importa qué revisión de texto, siempre se me enciende una luz roja en el coco. ¡El sector no se prodiga en exceso desde la literatura pirenaica! Por ello, presté especial atención a cierto capítulo que ofrecía una “Descripción mineralógica de las montañas que se alzan en torno al valle de Chistau”, por cuenta de Bernard de Palassou. Así nos lo explicaba este abate francés desde el interior de su más que denso tochazo sobre el Essai sur la minéralogie des Monts Pyrénées (1781):

 

“Hay tres minas de plomo y una de cobre en las cercanías de Plan, la villa principal del valle de Chistau. El señor Bowles expuso a la acción del fuego un trozo de mineral de plomo que había extraído de una montaña de pizarras que se llamaba Sahún, y descubrió que era tan abundante en metal que ahora rinde cincuenta libras de plomo por cada quintal. El valle de Chistau dispone de una mina de cobalto arsenical de un tono gris ceniza que da por ganga una especie de pizarra dura y reluciente”.

 

Nada, nada: como uno es muy curioso, me pareció una buena idea el escarbar un poquillo más para obtener alguna cita sobre el tal Guillermo Bowles. Así, nuestro erudito foráneo, ya fuese irlandés o galo de procedencia, redactó una Introducción á la historia natural y á la geografía física de España (1775), donde se podía leer esta historieta tan entretenida:

 

“A comienzos del siglo [XVIII] un habitante de este valle [de Chistau], descubrió que sus piedras de cierto lugar de la alta montaña que se halla enfrente y al nordeste de Plan, pesaban más de lo normal. Supuso que eran mineral de plata. Tomó una y la llevó a Zaragoza para que la examinara un particular que pensaba sabía de mineralogía. Dicha persona realizó todos los ensayos imaginables para ver si allí había esa plata que esperaba hallar, pero al final terminó decepcionado y tuvo que reconocer que se trataba de mineral de cobalto. Envió algunas muestras a una fábrica de tintes azules en Alemania para que los analizasen. Estos alemanes las juzgaron perfectas, por lo que pensaron aprovecharse de la riqueza de la mina sin decir nada a los españoles. Para no descubrir ni su valor ni su secreto, enviaron un comisionado alemán para tratar con los aragoneses para obtener la concesión de las minas del valle de Chistau. A cambio, accederían a proporcionar al Rey, cada año, una cierta cantidad de plomo a buen precio. La Corte [de Madrid] estuvo de acuerdo con esta propuesta, al no conocer que existiera mineral alguno en dichas minas. El alemán y el español sellaron un trato secreto mediante el cual el segundo se comprometía a proporcionar al primero todo el cobalto que extrajera de la mina, a razón de treinta y cinco libras por quintal en bruto.

 

”Como las gentes de la zona entendían muy poco de la explotación de minas, se hizo venir desde Alemania algunas personas para que les enseñasen, y se comenzó a extraer el cobalto, que se hallaba hacia la mitad de la montaña, por encima de otra mina abandonada que se llamó la Mina de Felipe IV, dado que fue explotada durante su reinado. Ignoro el metal que de allí se pudo extraer, aunque sospecho que se trataba del mismo cobalto, pues se abandonó su explotación al descubrir que allí no había nada de plata. Entonces no se conocía bien este metal [cobalto], ni el provecho que de él se podía obtener, pero no entiendo cómo se pudo cerrar, mientras que dejaron abiertas otras en el mismo lugar de plomo y de cobre.

 

”Durante largo tiempo, los alemanes extrajeron de quinientos a seiscientos quintales de cobalto cada año. Dicho cobalto se enviaba a través del puerto de Plan hasta Toulouse, para allí embarcarlo y, por el canal del Languedoc, hacerlo llegar a su fábrica pasando por Lyon y Strasbourg. Cuando aquellos alemanes terminaron de desnatar, por así decirlo, nuestra mina, de la que sacaron tan buenos beneficios con comodidad, al ver que su explotación ya no podía darles más, la abandonaron, y se marcharon en 1753, un poco antes de que yo llegase”.

 

¿Hace una tercera noticia sobre los yacimientos del Biello Sobrarbe para que nos anime el cotarrillo? Esta vez, obtenida de un libro muy poco difundido con textos de Ramón Lasaoso y Juan Carlos Sarasa: Chistau en la memoria (1999). Sus autores apoyaban el relato de Bowles, indicando que las prospecciones a las que aludía nuestro geólogo se hallarían en Berdemené, no lejos de la punta Suelza. Tal vez, un tanto apartadas de esa zona de Sahún antes citada por Palassou… Por lo demás, aportaron este otro relato truculento, aunque sin precisar ni nombres ni fechas:

 

“Las minas dieron trabajo a mucha gente del valle [de Chistau]. Era una tarea dura. El sueldo no era alto, pero sí necesario. Cuentan que en una ocasión el pago comenzó a retrasarse y el encargado, inglés, decía a los mineros que ello se debía a que los dueños no le enviaban el dinero, si bien en realidad era él quien se lo quedaba. Finalmente los obreros de enteraron y, justamente indignadas, pues había estado jugando con su sustento, a pesar de los desmentidos del ladrón lo lanzaron al río, muriendo en la caída. Aun hoy se conoce a este lugar como el Salto del Inglés. Aunque también he oído la versión de que fue ahí donde unos ladrones robaron y se deshicieron de la persona que traía, desde Francia, el dinero para el pago de los trabajadores de las minas”.

 

¡Por fin llegaban los crímenes a nuestra película! Pero unas historias de calibre tan grueso merecían nuevos rastreos. O, al menos, otro relato que engrosara la colección. Pues esto último es justo lo que se podía descubrir dentro del siguiente libro de Justin Cénac-Moncaut: L’Espagne inconnue. Voyage dans les Pyrénées de Barcelone à Tolosa (1870). Nuestro visitante del Norte se hallaba inmerso de pleno en una diatriba contra los usos bandoleros de los montañeses hispanos cuando, para echar más leña al fuego, se le ocurrió largar el siguiente chascarrillo:

 

“Hace treinta años [¿1840?], unos industriales de la Bigorra compraron al Gobierno de Madrid la concesión de una mina de cobalto y de plomo situada junto a Bielsa [no lejos de Chistau]. Nuestros compatriotas se trasladaron allí y construyeron casas y fábricas para comenzar la explotación. De pronto, los vecinos se reunieron, se amotinaron y atacaron a nuestros trabajadores, a quienes hicieron huir, quemando sus barracones y destruyéndolos completamente. Ningún capitalista ha vuelto a intentarlo: la mina se ha cerrado y los aragoneses de la zona se han quedado en la miseria, pero a cambio ningún francés inquieta, con su presencia, su orgullo y su paz”.

 

Sí; ya sé que, con todos los datos disponibles, resulta complicado situar con cierta aproximación esas minas malditas de las que hemos rascado una parte de su pasado. Por fortuna, estos retazos desordenados se podían reorganizar mínimamente merced al ingeniero militar Lorenzo Almarza. En diciembre de 1932 y desde el número 87 de la revista Aragón, este riojano servía un revelador trabajo sobre los “Yacimientos mineros en el Pirineo aragonés”. Acudamos a sus conclusiones sobrarbesas para tratar de comprender mejor los textos precedentes:

 

“Cobalto: lo tenemos en Gistaín en filones irregulares con glaucodoto, cobaltina, níquel y óxido de cobalto y níquel, cuya riqueza llega al doce por cien de cobalto y siete por cien de níquel. Estas minas fueron explotadas desde muy antiguo. Los primeros datos que se tienen son del año 1730, y lo eran por una compañía alemana como resultado de un análisis hecho en el citado país de minerales procedentes de las mismas, por encargo de Juan Antonio Esteban, de Zaragoza, que había conseguido Real Cédula para trabajar minas de plomo y cobre en el valle de Bielsa, terminando su explotación en 1752. En 1755, se constituyó otra compañía en la cual intervinieron capitalistas franceses, pero a base de obreros especialistas alemanes. Los españoles quisieron recuperar esta riqueza y en 1781 consiguieron Real Orden prohibiendo a los alemanes la extracción del metal. Estos dificultaron en todo lo posible los propósitos de los españoles, que al final tuvieron que reunirse a capitales franceses para continuar la explotación. En 1792 se abandonaron por la retirada de los capitalistas franceses a causa de la Revolución, al ser incendiadas las fábricas construidas en Saint-Mamet. En 1830, se registró la mina Santa Cristina, que fue abandonada durante la Guerra Civil. Al terminar esta, se registraron nuevas minas, siendo explotadas poco tiempo, cayendo de nuevo en manos extranjeras, quienes perfeccionaron su explotación, quedando por fin paralizadas”.

 

Las inmediaciones del Segundón del Pirineo sirven crónicas así de pintorescas. No todas relacionadas con el piolet y los crampones, desde luego. ¿Ya he hablado de ese número de abril de Grandes Espacios donde Posets es el gran protagonista…?

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

15 respuestas a «Un saqueo germano en Chistau»

José: Pues mira que Yenefrito es una región que frecuento, y de esa mina «Pilar» ya no queda ni rastro, vamos, al menos no se aprecian huellas de explotación minera en esa barranca afluente del Bolatica.

Como apunte curioso final:
En concreto, se trata de la mina Pilar, en la costera de Yenefrito. Al parecer se explotaban desde la Edad Media y se abandonaron hacia 1950.

Pues ahora que lo pienso, me viene a la cabeza otra historieta de picaresca y minería… Resulta que, en el siglo XIX, se supone que existía una mina de oro cerca de la Forcanada, en las inmediaciones del llamado Forau del Toro. Y a los veraneantes del aristocrático Luchon de entonces, eso de ir a visitar lugares pintorescos de donde se extraían metales preciosos, les tiraba un montón… Pero como el lugar estaba muy alejado de todo, a los pillines de sus guías no se les ocurrió otra cosa que mostrarles el Forau de Aigualluts como si fuera el Forau del Toro: se ahorraban así una buena caminata, ¡y todos tan contentos con la excursión! Seguro que los incautos más curiosos tratarían incluso de hallar alguna pepita de oro entre las arenas del Forau de Aigualluts (que no del Toro). En muchos mapas y guías gabachos, esta oquedad benasquesa terminó con esta última denominación…
De cualquier forma: muchísimas gracias, José y Jesús, por vuestras aportaciones mineras…

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