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Una crónica exprés para los Posets

La segunda altura del Pirineo no siempre aparece sobre el papel con la frecuencia que sería deseable. Tradicionalmente, el grupo de Posets/Llardana se ha mantenido en un plano reservado, como si quisiera ocultarse del oropel y de las multitudes. Muchas de las efemérides de su crónica montañera han gozado de muy corta difusión. Aprovechando, pues, la arribada de cierto monográfico en la revista Desnivel, ¿le damos un repasillo a lo más representativo en el historial primitivo del macizo…?

 

Los viajeros ilustrados tardaron lo suyo en pasearse por los basamentos de nuestros Posets. A mediados del siglo XVIII, Guillermo Bowles reconocía el Alto Cinqueta con objeto de estudiar su apartado mineral. Poco habló de las cumbres, limitándose a informar de que “el valle de Gistau se hallaba situado casi en la cima de los Pirineos”. No parece que subiera más allá del puerto de Plan, desde donde observó que dichas montañas “son de altura extraordinaria, compuestas de cinco o seis cerros enormes unos sobre otros”. ¿Se refería a Posets? Al menos, constataría una porrada de nieve para el mes de junio. Aunque su mayor descubrimiento lo realizó en el terreno gastronómico: ¡el carnero de la zona, en guisote de espinacas silvestres!

 

El siguiente visitante famoso lo fue, sobre todo, por ser el abogado del monarca Luis XVI: al igual que su desdichado cliente, terminaría en la guillotina… Hablamos de Philippe Lamoignon de Malesherbes. En 1767, este letrado tan solidario cruzó desde Rioumajou hasta la vega del Cinqueta para examinar, él también, tanto la flora como la minería local. Antes de perder la cabeza, nuestro erudito mencionó que “las alturas del puerto, o las de la gran cresta, son muy estrechas, sinuosas y con piedras hechas de rocas”. Nada dijo de las deslumbrantes montañas que le rodeaban, limitándose a apuntar lo terriblemente escarpado y estrecho del valle hasta San Juan de Plan.

 

Seamos realistas: los pioneros del montañismo no se desvivieron gran cosa por hollar la segunda altura de la cordillera. En 1787, Louis Ramond rozaba su zócalo oriental en su cruce desde el cuenco de Oô hasta la villa de Benasque. Su interés por las altas cotas fue de cero pelotero. Ni reparó en ese compacto macizo que tuvo enfrente durante horas. ¿Acaso pilló a nuestro gigante envuelto entre mil brumas…?

 

Al menos durante su periplo de 1794, Francisco Zamora llegó a observar desde el puerto de Sahún que “las montañas del valle de Gistau, por estar cubiertas de nieve, hacían una vista agradable”. Pero este comisario regio no pasaría de situarse sobre una misteriosa Montaña de Viadós, difícil hoy de identificar. Era el triste destino del segundón: mientras el Monte Perdido o la Maladeta se veían cortejados desde temprano, los Posets ni existían para todos aquellos, digamos, miopes contumaces.

 

Y suma y sigue… En 1823, nuestra montaña era objeto de un nuevo desdén por parte del geólogo Charpentier, quien aludió a cierta “protuberancia inmensa que encierra muchos glaciares y que estoy en posición de creer la cumbre más elevada, llamada punta de Lardana o de Erist”. Sin más. Al menos, identificó adecuadamente a nuestra protagonista.

 

Durante largas añadas, nadie se decidía a aproximarse hasta dicho macizo a pesar de que, en 1832, el comandante Coraboeuf estimara su cota en torno a los 3.363 metros [tiene 3.375 metros]. Pues ni aún sabiendo que era el posible Number Two, le iban a llegar los pretendientes. Por el momento.

 

El destino quería que el pico de Posets ingresara de forma rápida y poco historiada en la crónica pirenaica. Su conquista fulgurante fue mérito exclusivo de dos guías de Luchon: Pierre Redonnet Nate y Pierre Barrau, los exploradores de sus accesos orientales. Cuando estos montañeses creyeron haber acertado con su ruta más fácil, entonces le ofrecieron la primicia al británico Henry Halkett. Los tres ganaban oficialmente el segundo remate de la cordillera un 6 de agosto de 1856: casi seguro, desde Batisielles y luego por el collado de la Paúl. Una vía no demasiado directa, desde luego.

 

La repetición de este mismo itinerario no se haría de rogar, pues Redonnet y Barrau deseaban rentabilizar al máximo sus esfuerzos: veinticinco días después de la supuesta primera, guiaban hasta la cumbre al también inglés Behrens. No lograrían rentabilizar más su novedad: los clientes de los balnearios galos estaban obsesionados con el Monarca Aneto. O la cúspide de la cordillera, o nada.

 

No se conocen nuevas visitas a Posets hasta la realizada, sobre 1860 y desde el valle de la Paúl, por el discreto Charles Packe. El mundo anglosajón se estaba adueñando del pico de Posets. Poco extraña que el historiador Henri Beraldi describiera de este modo onírico cómo ingresaron estas regiones enigmáticas en los anales pirineístas: “Se entraba en un país totalmente diferente que se parecía a los parques verdes y risueños de Inglaterra. A los 2.000 metros, las lomas se alternaban con las barranqueras. Después, venían unos céspedes soberbios… Y ni un solo ser humano. En días, no se veía a nadie. ¡Silencio universal! Era el vastum silentium de los antiguos. ¡La soledad exquisita!”. Con estos antecedentes, era cuestión de tiempo que los espíritus exquisitos se apasionaran por nuestro macizo.

 

¿Hemos hablado de montañeros refinados…? Porque Henry Russell dedicó a los Posets varias campañas de reconocimiento. En 1864, nuestro pirineísta acudía hasta sus basamentos orientales para tomar como guía a un pastor de Estós. A pesar de ciertos despistes, se abrirían paso hasta el collado de la Paúl. Una vez encaramado sobre su cima, el artífice de la cuarta conocida quedó tan fascinado con el panorama como para brindarnos unos párrafos hoy célebres: “La vista desde el pico de Posets es de un esplendor incomparable. Es la más bella y extensa del Pirineo. Gran altitud y aislamiento: tal es el secreto de su magnificencia. Ningún vecino: nada, sino el vacío”. Además, sin haberlo planeado, Russell descendió sobre el pueblo de Eriste, estrenando así una ruta novedosa.

 

En su segunda visita de 1873, Henry Russell repetiría por el valle de la Paúl, emitiendo un interesante juicio sobre la chimenea que situaba sobre la cresta cimera: “Hay escalones por todas partes; habría que estar borracho para caerse por estas rocas”. Asimismo, nuestro explorador hizo alusión a “los dos Monarcas de los Pirineos”, refiriéndose al Aneto y a los Posets.

 

Dos veranos más tarde, el mismo pirineísta ganaba desde Chistau esa “arista lúgubre de un kilómetro de larga que corre de norte a sur para formar la cumbre esquistosa de este bello pico”. Al buscar con la mirada su objetivo, Russell “vio de repente la cima nivosa al este, ¡a tal altitud que se habría dicho el Himalaya!”. El itinerario por el oeste al Virrey acababa de ser inaugurado: desde aquel 29 de julio de 1875, buena parte de los misterios de Posets se dieron por resueltos. Un tanto prematuramente…

 

Con encomiable fijación, los eruditos seguirían rondando el macizo. En 1846, el geólogo José Aldama realizaba un reconocimiento del Alto Cinqueta que lograría que se enamorase de cuantos prodigios naturales vislumbró cerca de Plan. Nuestro científico no se fijó en las elevaciones, limitándose a constatar que el río Cinqueta “se había abierto paso por una inmensa montaña”. En fin: él que se lo perdía.

 

Un colega suyo, se esmeró mucho más. Así, Lucas Mallada quiso promocionar más adecuadamente a los Posets. En 1878, este geólogo oscense se atrevió con una detallada descripción de su cúspide que lo convertía en sospechoso de haberla visitado. Pero nuestro hombre era de lo más lacónico para hablar de sus realizaciones. Aunque no tanto para destinar elogios a esta montaña: “No hay pico en los Pirineos comparable a su cima en cuanto a magnificencia y hermosura del panorama que a la vista se despliega, y hallándose más céntrico que la Maladeta, se ven mejor las mayores crestas”. Sí señor: así era Posets.

 

A nuestra particular colección de cerebritos, se le añadirían las nuevas remesas llegadas desde Francia: casi coetáneo con Mallada, Franz Schrader quedaría fascinado ante ese “pico de Posets recortado en circos y erizado en estrechas murallas que lanza a la base de esas murallas la nieve que el viento deposita en él”. Hacia 1880, el sabio bordelés le obsequiaría con un mapa a escala 1:100.000 donde ya figuraba tanto el Pic des Posets como Las Espadas. Lo que no era poco.

 

La era exploradora gastaba ya sus últimos cartuchos. Mucho antes de que el turismo asediara sus vertientes, se iban a personar en este macizo muchos de los pirineístas más célebres: en enero de 1880, Roger de Monts y Célestin Passet hollaron su cúspide helada. La invernal a los Posets ingresaba así en el catálogo.

 

La búsqueda de la dificultad comenzó pronto a hacer furor. En agosto de 1903, los hermanos Cadier se encaramaban sobre la cresta que conducía desde el collado de Eriste hacia las Espadas: tras varias horas de trepadas, se dieron por vencidos en el Tucón Royo, debido al “aspecto de lo que les faltaba”… Y al mal tiempo amenazador, claro. Fue un gatillazo más que comentado en su época.

 

Dos años después, Le Bondidier y los suyos resolvían fácilmente dicho cresterío, aunque en sentido opuesto, “siguiendo constantemente la arista entre las pendientes impracticables al este y los precipicios al oeste”. Quedaba descerrajado el camino del cordal sudoeste de Posets, una ruta muy buscada en la actualidad.

 

Pero las altas regiones no habían terminado de desvelar sus penúltimos secretos: por ello, Henry Russell recomendó a su amigo Henri Brulle que las explorara a fondo. Así lo haría éste durante sus campañas escaladoras de 1911, 1913 y 1914. Entre otros trofeos, sus equipos se cobraron las primeras al Diente de Llardana y al pico de Llardanita. Esta última, definida por Henri Brulle como “la más bella ascensión de su vida”…

 

Y, llegados a este punto, voy a recomendar (ladino de mí) que quien desee saber cómo prosiguieron las descubiertas verticales por una de las tapias más célebres del grupo de los Posets, que se haga con un ejemplar de la revista Desnivel del mes de diciembre (el número 329). Os lo aseguro: la fastuosa muralla de Bardamina bien que se lo merece…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

17 respuestas a «Una crónica exprés para los Posets»

Iba a darle a Jose la referencia del libro de J. Escudier, pero ya lo has hecho tu, Alberto. He mirado si la obra està disponible en Iberlibro y de momento no aparece ningún ejemplar. Es cuestión de ir probando. La verdad es que el libro vale la pena.

Aprovecho la ocasión para dar la referencia de dos trabajos míos (uno de ellos elaborado junto con mi amigo Eloi Saula) sobre el Posets. Perdona, Alberto, si abuso de tu amabilidad para hacer un poco de difusión, pero diría que se me puede perdonar porque no estoy vendiendo nada, sino que comparto experiencias.

Se trada de dos textos en catalán, pero creo que se pueden entender fácilmente o, en todo caso, se puede aplicar con bastante efectividad el traductor de google:

“Vocació pirinenca”: http://meditacionspirinenques.blogspot.com.es/search/label/Pirineu%20central

“Al fil d’allò que és possible”:
https://docs.google.com/file/d/0B5t1Mf0Icc4FNTcxMGE4ZWItMDBjZS00Y2ExLTg4N2YtNGYzNWY2NzMyN2Mw/edit?hl=en

Abusa, abusa cuanto quieras, Jaume… Tus reseñas siempre son oportunas, pero en este caso que nos ocupa, mucho más… Pues, aunque la obra de Escudier es de lo más recomendable, adolece de un defectillo: los hispanos apenas salen en ella… Y, sobre todo a partir de los años cuarenta, nuestros compatriotas han abierto un montón de vías por los Posets…
A disfrutar con ellas, paisano José… No cuesta ningún trabajo tirar de los traductores gratuitos de catalán-español, ni siquiera a reconocidos cyber-katetos como yo…

Y hablando de librerías de viejo, va una mala noticia… Seguramente, el “Posets” de Escudier podía andar en cierta librería de Escaldes que era una verdadera pasada en cuanto a fondos… El periodista Andrés Luengo acaba de pasarme la noticia, que por aquí mismo cuelgo:

Buenos días, Alberto, después de mucho tiempo, te adjunto pdf y link

http://www.elperiodicdandorra.ad/cultura-i-oci/31190-ltima-cordada-a-cal-caball.html

con la noticia de la clausura de la librería Caballé de Escaldes. Te lo envío porque cito un comentario tuyo (elogioso) sobre la librería, en una entrada de tu blog, y porque he creído que te podía interesar.
Estamos en contacto.

Estimados Alberto y demás seguidores de este interesante y esmerado blog. El silenciamiento absoluto con que las revistas DESNIVEL y CAMPO BASE han boicoteado el homenaje a los escaladores aragoneses Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, recientemente celebrado en Mezalocha (Zaragoza), me han conminado a cancelar mi suscripción a estas dos publicaciones. En consecuencia me abstendré de visitar tambien su formato digital, privandome, muy a mi pesar, de participar en este y otros blogs.
Un saludo.
Nos vemos por la montaña.
Jesús Vallés

Acabo de llegar del monte: mis disculpas por el retraso en responder…

José Molina: ¿te importa que mañana te responda a tu pregunta sobre el Posets de Escudier? Es que huelo a rayos… Tengo un hambre de cosaco… Y estoy muerto de cansancio… Muchísimas gracias por tu comprensión, paisa-¿no?

Jesús Vallés: no te preocupes, “Perro de Roca”, que por aquí seguiremos para cuando se te pase el disgusto… Hasta entonces…

Te cuento, José… Sobre Posets/Llardana, hay más bien pocos textos en circulación… Si te apasiona tu historia (algo muy razonable), deberías hacerte con un ejemplar de este libro no demasiado fácil de encontrar:

ESCUDIER, Jean, “Une grande montagne: les Posets”, Librairie Parisienne, Pau, 1982.

¿Y dónde pillarte este texto…? Pues, a la “antigua usanza”, tendrías que ir de peregrinación por las librerías especializadas de la vertiente norte pirenaica… Cada vez hay menos de las que trabajan en libro viejo: de las dos que hubo en Pau, este verano vi que habían cerrado la última… Quedan, con fondos “antiguos”, la de Argelès-Gazost, la de Bagnères-de-Bigorre y las de Luchon… También puedes dejarte caer por el Musée Pyrénéen, cualquier miércoles a las 9:00 h, y consultarlo allí durante las cinco horas que te dejarán, en dos sesiones (es de entrada gratuita para la biblioteca)…
¿Y en Zaragoza…? Eso es más chungo, paisano… Lo mejor es que, en lugar del libro, busques los textos “troceados” de la obra de Escudier… En seis cachos, para ser más precisos: las entregas que publicó en la revista Pyrénées, entre el número 117-118 (1979) y el 127-128 (1981)… Esta publicación, que yo sepa, está presente en diversas bibliotecas más o menos accesibles de nuestra zona… Te apuntaré una: en Montañeros de Aragón… Pero tendrás que hacerte socio, chacho…
Además, te queda la búsqueda a la “nueva usanza”… Es decir: te metes en la Nube, introduces los datos del libro en el buscador, y curioseas por las ventas de libros on line… Hace tres o cuatro entradas, Jaume Llanes explicaba cómo hacerlo, dentro de uno de los Comentarios… Échale un vistazo, anda, si no has comprado todavía por ese sistema…
¡Que la Fuerza te acompañe, posets-adicto!

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