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En la arista de los Murciélagos al Aspe

A comienzos de este mes de septiembre fallecía nuestro amigo, Manuel Ansón Navarro. Es lo que tiene pertenecer a Montañeros de Aragón: allí puedes trabar amistad, sin ningún impedimento, con auténticas figuras de la escalada aragonesa, quienes te cuentan gustosos sus mejores historias y vivencias de otros tiempos. Cuando nos dejan, el Club queda desolado…

Del zaragozano Manuel Ansón, se puede decir que fue un hombre que desde muy joven llevó las montañas en el alma. Sin embargo, no pudo acceder a ellas sino en fechas tardías; una vez que terminó esos estudios de Derecho en los que se volcó. Como suerte de compensación del Destino, su primer puesto de trabajo sería en la ciudad de Huesca, donde pudo iniciarse debidamente en su gran ilusión juvenil, contactando con los aficionados del club Peña Guara. En la Ciudad de la Hoya aprendería los rudimentos del montañismo del gran maestro oscense, Julio Nogués. Pero Manuel Ansón buscaba algo más que las marchas de sus comienzos: apenas ingresado en la asociación oscense, allá por 1956, se vinculó con el grupo de escaladores que adiestraba Ángel Lorés. Con estas cordadas abordaría algunas repeticiones “sencillas” en los muros conglomerados de Riglos y Vadiello. Después llegaron las rutas más complicadas en el mallo Delgado Úbeda o en las crestas del Borón. Sin embargo, nunca dejó de visitar con frecuencia Zaragoza, donde también se relacionaría con escaladores locales como Alberto Rabadá o Pepe Díaz, con quienes ya había coincidido en el Pirineo. De este modo, cuando consiguió plaza en su ciudad, sobre 1960, fue del todo natural que ingresase en Montañeros de Aragón. De esta segunda etapa de su vida trepadora, Manuel siempre conservó grato recuerdo de una repetición del Tozal del Mallo…, donde fue el encargado de recuperar el material que habían dejado en la pared los hermanos Ravier. No todo serían aventuras pirenaicas: también realizó diversas salidas a los Alpes; la primera, seleccionado para un curso de la Federación Española de Montañismo. Así, con setenta años cumplidos, todavía escalaba a buen nivel en la cara este de la Pène Sarrière, lo que le acreditaba su buen pie y mejor mano sobre la roca.

Entre sus peripecias verticales más emocionantes, sin duda que hay que colocar en sitio privilegiado la apertura de la arista de los Murciélagos [o del Murciélago] al pico del Aspe (2.643 metros). Según Manuel, una experiencia entrañable: “Una pared francamente bonita, una colección de recuerdos de una trepada gratificante y, todo ello, en la compañía de unos amigos que representaron mucho en mi vida”. Debido a todos estos motivos, se decidiría a rememorar la inauguración de esta vía, cuando ya habían pasado siete lustros, en una de las publicaciones de su Club. Para homenajear a nuestro amigo, nada como reproducir íntegro este artículo sobre la “Primera de la arista este del Aspe…, o de los Murciélagos”, tal y como se publicaba en el Anuario de Montañeros de Aragón (1996-1997). Atentos tanto a la crónica de la escalada como, más aún, a las opiniones sobre los más diversos asuntos que Manuel nos obsequia desde dicho texto:

“Después de treinta y cinco años, recordar no es fácil para mí cuando el recuerdo se va convirtiendo en una visión difusa, sin el relieve determinante de los detalles que podrían dar nitidez a aquella historia sin importancia. Solo el conocimiento de esta familiar montaña, tantas veces ascendida con posterioridad, me permite situar aquella ascensión en su lugar exacto.

”Esta vez, habíamos optado por las comodidades del viejo refugio de Montañeros de Aragón de Santa Cristina en Candanchú, donde pernoctamos antes de abordar la arista del Aspe. En aquella ocasión, no sé porqué, no paramos en el Ruso, aquel tétrico caserón de piedra que un alud arrasó en uno de aquellos durísimos inviernos de antaño en que la nieve se acumulaba en cantidades que tal vez la memoria acrecenta todavía con el tiempo.

”Tantas cosas han cambiado desde entonces, que no puedo evitar la evocación de aquel viejo caserón, siempre de noche, pues apenas parábamos en él para pasar la noche, con la estufa de leña que nos calentaba mientras comíamos alguna cosa, iluminados por la luz vacilante de alguna vela, en un ambiente en el que cualquier relato fantasmal encajaba perfectamente. Podéis imaginaros, sin embargo, que lo que aquello propiciaba eran las bromas más bestias y disparatadas.

”Aquella tarde del 21 de septiembre de 1962, desde la estación internacional de Arañones, que entonces tenía ese carácter, subimos, como de costumbre andando, con nuestras pesadas mochilas hasta Candanchú, para descansar en el rústico refugio de Santa Cristina, que era todo un lujo en aquellos tiempos.

”Decía que muchas cosas han cambiado desde entonces, pues nos faltan algunas y, sobre todo, sobran muchas otras. Faltan las que configuraban aquella montaña romántica y entrañable de la que formaban parte tanto el Ruso como el refugio de Santa Cristina. Sobran todas aquellas que han venido a congestionar nuestros parajes, que podíamos recorrer casi en solitario, inventando nuestros propios caminos.

”De aquella ascensión que ahora recuerdo, falta sobre todo aquel formidable líder que era Alberto Rabadá. No voy a decir ahora nada que no se haya dicho de él, pero quiero que quede constancia de que del corazón, más que de la memoria, de los que tuvimos el privilegio de ser sus amigos, no desaparecerá jamás.

”En la aproximación desde Candanchú al collado de Aísa, donde se inicia la arista este, pasamos por el collado del Pastor cargados con unas mochilas inevitablemente pesadas por culpa de un material más bien primitivo. Sin embargo, aunque el material lo habíamos repartido entre los cuatro, por alguna extraña razón, la mochila de Rabadá pesaba mucho más que las nuestras, sin que quisiera darnos más explicación que sus habituales bromas. Solo antes de encordarnos, descubrimos la razón de aquel peso, pues de su mochila salió un enorme melón que pretendía subir hasta la cumbre con la mayor inocencia. Conseguimos que lo dejara allí mismo, enterrado en un pequeño nevero, para disfrutar a la bajada de aquel lujo asiático. Recuerdo el detalle del nevero, porque hoy resulta sorprendente que quedara nieve todavía en aquella fecha, 22 de septiembre, a menos de 2.000 metros de altitud.

”El día era magnífico y el ambiente tan disparatado por culpa de las bromas, que Rabadá, que se había encordado con Luis Alcalde, atacó la arista antes de llegar al collado, por una pared rocosa de la cara norte que le permitió acceder a la arista más arriba, por la única razón de que por allí era más difícil y por provocarnos a todos en su más puro estilo del cuanto peor, mejor, que en tantas ocasiones le oí repetir a grandes voces. Sin duda fue aquel tramo el más difícil de toda la escalada, que luego se fue desarrollando dentro de la más pura ortodoxia.

”La otra cordada la formábamos Julián Vicente y yo, y andábamos disfrutando, provocándonos continuamente. Iniciábamos una ruta nueva cuyo mayor atractivo era precisamente ése: apenas sabíamos nada sobre la escalada que acometíamos. Conocíamos el perfil de la arista, visto desde la distancia, definiendo un itinerario lógico y elegante a la cima del Aspe, y teníamos el privilegio de poder ser los primeros en recorrerlo. Sabíamos que aquella arista era virgen.

”El atractivo de lo desconocido da a cualquier ascensión una mayor valía. Todavía hoy disfruto especialmente cuando puedo ascender a alguno de los picos que todavía quedan en el Pirineo de los que apenas se sabe nada, sea por su modesta altura o por su lejanía de las rutas habituales. Por modesta que sea la ascensión, tan atractivo resulta atacar un pico, inventando tú mismo la ruta a seguir que, cuando puedo evitarlo, prefiero no preguntar antes muchos detalles y reservarme las posibles sorpresas que pueda depararme, recreándome en su descubrimiento.

”Comprendo que no resulta fácil evitar el planteamiento habitual y prosaico de saber exactamente adónde vas, por dónde vas a pasar y las dificultades que vas a encontrar. Creo que es mejor que te quede alguna incógnita por despejar; de lo contrario, es como si vas a ver una buena película de misterio y algún simpático te priva de la sorpresa, diciéndote quién es el asesino. Hay que respetar en cada ascensión, siempre que sea posible, un componente de aventura mayor o menor. Lástima que la palabra aventura haya quedado devaluada por un turismo que utiliza ese calificativo para cualquier viaje organizado que resulte mínimamente incómodo.

”Pero estábamos en la arista este del Aspe, encordados con un día excelente, disfrutando en la superación de las dificultades que la roca nos presentaba. Sería ingenuo e inútil tratar de recordar y graduar los distintos pasos de una arista que está perfectamente clasificada después de tantos años, pero sí quiero recordar ahora cómo denominamos aquel día a la aguja intermedia.

”Estábamos los cuatro escaladores repartidos por la arista de manera que uno estaba en la aguja característica y, los otros, más arriba, cuando se inició uno de esos pintorescos diálogos a gritos para tratar de situarnos, y explicar a algún torpón por dónde debía ir desde la aguja Dondestastú a la aguja Dondestanestos. Tanto repetimos lo de la aguja Dondestastú, y tanto nos reímos con aquella ocurrencia, que la conocida aguja quedó inevitablemente bautizada como Dondestastú.

”Del resto de la ascensión, apenas recuerdo otra cosa que el ambiente relajado de una escalada sin verdaderos problemas. Sin embargo, por agotar mis recuerdos de aquella ascensión, hay dos apuntes que conservo en mi memoria con absoluta claridad. El primero, la carrera apresurada de una manada de sarrios por una amplia cornisa de los Lecherines, frente a nosotros. Siempre ha sido un espectáculo de mi predilección estas exhibiciones de agilidad y gracia. El segundo, el hallazgo de un edelweiss de gran tamaño en una cornisa en la que hicimos reunión. Todavía lo guardo y se conserva perfectamente, pese a que era época tardía y a que parecía estar un poco cansado.

”Superado el torreón final, terminamos una estupenda jornada. Solos sobre la cumbre, privilegio de aquellos años, habíamos vivido un día más en aquel mundo silencioso que nos pertenecía. Pero no quiero terminar mis recuerdos de aquella primera sin una breve reflexión, dirigida principalmente a los montañeros próximos a mi generación. Tenemos la suerte de que la montaña, más inteligente y humana que nuestra sociedad, no nos jubila. Jubilado para la sociedad, todavía he subido muchas montañas, y pienso seguir haciéndolo.

”La sociedad en que vivimos decide por ley que un día somos útiles al cien por cien y al día siguiente inútiles en la misma proporción. ¡Qué estupidez! Afortunadamente la montaña sigue estando allí y solo nos jubila gradualmente. Hay objetivos que ya no puedes o no debes plantearte; sin embargo, muchas cosas que antes podías hacer brillantemente, puedes ahora seguir haciéndolas bien, a base de economía de esfuerzos, técnica, experiencia y entusiasmo. Entusiasmo que ahora puede producirte actividades evidentemente modestas en sentido absoluto, pero que tú sabes apreciar muy bien desde la perspectiva de tu veteranía. El ser un viejo montañero me sigue resultando atractivo y explica la satisfacción que me produce ser calificado de tal, aparte de chalado y todas esas lindezas que dicen de nosotros. Mi entusiasmo no se ha enfriado, ya que mis modestas ascensiones de hoy las sigo valorando íntimamente en mucho.

”Tengo que pedir perdón por estas reflexiones de un viejo montañero, jubilado y nostálgico, que sin duda os habrán resultado un poco solemnes, pero es que mi memoria no ha sido capaz de aportar mucho más sobre aquella primera de la arista este del Aspe, que bautizamos como arista de los Murciélagos. Para mí no solo ha sido agradable revivir aquella escalada, y tantos recuerdos como han ido aflorando mientras escribía estas líneas sino que, además, han hecho despertar el deseo de repetirla. Estoy seguro de que no me faltará un compañero con quien encordarme”.

Todos te suponemos ahora, Manuel, encordándote con esos amigos que partieron por delante como Luis Alcalde y Alberto Rabadá…

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

4 respuestas a «En la arista de los Murciélagos al Aspe»

Hey, Edu… No te lo creerás pero, en su día, hablé con tres de los cuatro aperturistas del asunto del nombre, y no llegué a ninguna conclusión válida… Son las cosas del pirineísmo aragonés, ya sabes… Otro saludo melonero (y jinjolero) más…

Interesante relato, Alberto. Me gusta lo que cuenta del melón en un nevero ¡a 2000 metros en pleno mes de septiembre!… y también lo de los sarrios y la flor de nieve… o la reflexión del turismo prefabricado que es tildado como «de aventura» por tener una cierta incomodidad.
Lástima que no cuenta por qué es llamada «de los murciélagos» ¿?
Un saludo:

Eduardo Viñuales.

Hey, Edu… No sé si te lo creerás, pero hablé en su día con tres de los cuatro aperturistas de la referida arista y no llegué a conclusión válida alguna respecto a su nombre… Otros pirineístas más modernos me han dado sus conjeturas, claro… En fin; son las cosas del montañismo aragonés… Otro saludo melonero (y jinjolero)…

Hey, Edu… No te lo creerás pero, en su día, hablé con tres de los cuatro aperturistas del asunto del nombre, y no llegué a ninguna conclusión válida… Son las cosas del pirineísmo aragonés, ya sabes… Otro saludo melonero (y jinjolero) más…

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