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Turismo y galiparlantes

A caballo pasado, los buenos proyectos que salen adelante suelen contar con mil promotores. Todos ellos bien dispuestos a hacerse con la banqueta de privilegio en el desfile de las mayorettes, como se dice en el Aragón Profundo. Así y todo hay procesos en los que, sin duda alguna, el éxito fue resultado de la unión de múltiples y variopintas voluntades.

En los prolegómenos del hoy Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido intervinieron personajes de muy diversa procedencia. Alguno de ellos, incluso desde Huesca… Tal es el caso de un brillante periodista llamado Ricardo del Arco y Garay, quien desde diferentes tribunas abogó de un modo temprano para que se estableciese un espacio protegido en torno al río Arazas.

Entre los alegatos de Del Arco en favor del parque figura cierto artículo publicado en el número 157 de la revista Gran Vida (junio-julio de 1916). Nuestro oscense de adopción lo tituló con tino: “A propósito de un Proyecto de Ley. El valle de Ordesa, futuro Parque Nacional”. Unas líneas poco reproducidas que merecen el examen detenido por su fecha de redacción, por su demostrado conocimiento del mundo pirineísta, por su perspectiva turística del medio natural, por su entusiasmo conservacionista, por su actitud de pesimismo frente a nuestras autoridades… Un texto redondo, a mi entender, por parte del futuro fundador del Instituto de Estudios Oscenses.

Pero vamos ya con el galardonado periodista y con sus ruegos de hace ciento dos años para que la preservación de Ordesa fuese cuanto antes una realidad:

“Tengo para mí que el proyecto de ley leído y defendido últimamente en el Senado por su autor, el marqués de Villaviciosa de Asturias [Pedro Pidal], no pasará de ser tomado en consideración. No están todavía en España suficientemente arraigados estos ideales pro natura, acaso porque primero el trajín del desastre [de Cuba] y luego el letargo de la decadencia, no le han dejado fijarse en su propia conveniencia y en su medro, pensando en la conveniencia y en el medro ajenos.

”El Estado protege al arte, que en cierto modo es hijo de la naturaleza, en los viejos monumentos (castillos, catedrales, templos ricos en su fábrica y abundantes en objetos arqueológicos), librándolos del humano ataque y de las injurias de los siglos. ¿Cómo, pues, el Estado no protege (o protege tan poco) en nuestro país a la misma naturaleza, como acontece en otras naciones, librándola de bravos y graves atentados?

”A toda hora estamos leyendo que nuestros añosos bosques se van despoblando, que nuestras montañas son escarpas secas y desoladas, todo ello por obra y gracia de nuestro abandono y, ¿por qué no decirlo?, de nuestra incultura.

”A la par de la afición del estudio directo de las obras de arte en su propio y legítimo marco, va creciendo la afición a la contemplación de la naturaleza en sus puntos privilegiados y exquisitos, esos vastos escenarios, depósitos de maravillas naturales. Ocioso es insistir sobre este extremo. Y fruto de ello es el paulatino desarrollo del excursionismo (turismo lo llaman los galiparlantes [francoparlantes]) y sus derivados.

”Yo estoy seguro de que si por arte de encantamiento el Senado y el Congreso hubieran podido trasladarse al valle de Ordesa, al corazón del Pirineo alto-aragonés, acto seguido de dar lectura el prócer asturiano a su proyecto, éste se aprobaría sin tardanza, y dentro de unos meses el ángel tutelar del Estado velaría por la integridad del maravilloso vergel de Ordesa.

”Pero ¿qué es el valle de Ordesa? Preguntémoslo, no sin sonrojo, a los extranjeros, que ellos nos lo dirán, pues que en España ante tal interrogación nos encogeremos de hombros. De poco vale que fuera un español, el ingeniero Heredia, el descubridor del incomparable cañón de Ordesa en los últimos años del siglo XVIII. Su nombre yace en el olvido; los datos que él aportó, o se han perdido o permanecen ignorados; y, en cambio, Ramond, Arbanère, Charpentier, Wallon, Schrader, y, últimamente, Briet, han sido los pregoneros de las bellezas de Ordesa en sendos trabajos científicos y de divulgación.

”Hasta algunos picos y parajes llevan sus nombres. Y aumentemos esta dolorosa afirmación diciendo que a un inglés, Charles Packe, cupo el honor de haber intentado por vez primera la vulgarización de Ordesa en una Guía especial de estas montañas pirenaicas.

”La apología del valle de Ordesa nos la da hecha brillantemente el indicado el señor Lucien Briet, ese patriota francés que ama a España con el fervor que la amó Alfred de Musset, y que allá en su casa del Aisne [el río Marne, en realidad] (que ha presenciado estremecida la invasión germana) espera con ánimo sereno, templado, tal vez en las alturas, los acantilados, los abismos y precipicios de nuestras montañas alto-aragonesas y en el fragor de sus cataratas, la liberación de su patria, para de nuevo dedicarnos su actividad y sus entusiasmos. Briet, pues, ensalzó el valle de Ordesa en una pequeña pero jugosa monografía [en realidad, dos muy similares: 1911 y 1913].

”Y quiero alegar aquí algunas de sus expresivas palabras, palabras de un extranjero, que no pueden ser recusables:

¡Con cuánta facilidad —dice [Briet]— se extasía el ánimo ante la añosa y robusta selva del gran cañón de Ordesa! En sus sotos impenetrables, en sus troncos esparcidos por doquier y blanqueados por su edad, en sus escarpas superpuestas, en su torrente de espuma agitada por salvaje alegría, nos ensena lo que era la naturaleza antes de aparecer el hombre sobre la tierra, y surge el deseo de que se perpetuara, siempre joven y siempre espléndida, para admiración de los tiempos venideros.

”De lugar único en Europa califica Briet al valle de Ordesa. Y es que, por mucha costumbre que se tenga de contemplar soberbios panoramas, ante aquella mole del Cotatuero, bajo la cual se juntan en tan poco espacio prodigios tantos, el ánimo se extasía. Allí, hayas centenarias, pinos, pinabetes, prados esmaltados de flores, el río Ordesa, múltiples cascadas, al amparo de aquellos ciclópeos baluartes, rivalizan en belleza y magnificencia.

”El valle de Ordesa necesita, exige en su majestad augusta, la protección oficial, si no en la cuantía que se prodiga en el Canadá, los Estados Unidos, Alemania e Inglaterra, por lo menos en la que esté a nuestro paupérrimo alcance. Para los españoles, dos vías hay para llegar a Ordesa; pero las dos imperfectas y asaz fatigosas; en ferrocarril hasta Sabiñánigo, automóvil hasta Biescas, y desde allí a Broto, Torla y Ordesa, cruzando el puerto de Cotefablo a caballo la una; la otra, por la carretera de Barbastro a Boltaña y a Broto.

”Es lamentable que el valle de Ordesa sea, en cierto modo, la leñera del de Broto; van desapareciendo, al golpe cruel del hacha, hayas y pinos (en el umbral es visible este atropello); cazadores de gamuzas y rebecos y pescadores de truchas campan por aquellas abrupteces sin dar paz a la mano; y claro está que ello demanda una solución ciertamente armónica, pero radical, si se quiere que el Paraíso de los Pirineos se conserve en estado que justifique la universal admiración.

”Briet esboza el programa a realizar: expropiar las propiedades privadas y las servidumbres, alejar los rebaños de las praderas, repoblar los bosques. ¿Que todo esto es amplio? Por algo hay que comenzar.

Si no existe en España —añade [Briet]— una Sociedad para la protección de los paisajes, pueden suplir su cometido la Diputación Provincial de Huesca y la Real Sociedad Geográfica, con personalidad bastante para interesar al Gobierno de Madrid en favor del valle de Ordesa. Si éste impusiera su voluntad, el divino cañón se transformaría en la Península en un parque nacional portentoso, reflejo del creado por los norteamericanos en las orillas del Yellowstone; un parque nacional donde florecerían las siemprevivas de montaña, donde se producirían sosegadamente los rebecos y las truchas, y donde, por último, la venerable selva de los Pirineos seria respetada como una abuela; los sonadores acudirían de todas partes a solazarse en plena naturaleza salvaje en un asilo cerrado por muros olímpicos, perfectamente conservado, y el cual se aparecería a las generaciones futuras, fatigadas por el desarrollo de las artes y de las ciencias, como una reminiscencia de la Edad Dorada o del venturoso Jardín del Edén.

”Las transcritas frases valen mucho más que cuanto yo pudiera decir. Si el proyecto del marqués de Villaviciosa de Asturias (en verdad, proyecto nacional) no fracasa o no se estanca, antes al contrario, llega a vías de ejecución, ésta tendrá que empezar por el valle de Ordesa. Todo acude en su abono; él deberá ser el primer parque nacional de España.

”No; no es una quimera, no es meramente romántico el proyecto citado, aun en los tiempos de negación que corremos.

”Precisamente ante la desolación reinante, ante el salvaje atavismo de los demás, debe brotar más pujante en nosotros el anhelo de reconstitución; y el enunciado es, al fin y a la postre, un aspecto, y no ciertamente de los menos interesantes.

”A la Comisaría Regia del Turismo incumbe propiamente ser el auxiliar poderoso del Estado, de las Cortes, en esta ocasión, y lo mismo al marqués de la Vega Inclán, su presidente, que al de Villaviciosa, les consta por propia y directa observación los merecimientos sobrados del valle de Ordesa para ser declarado parque nacional.

”Facilítese luego la comunicación, acabando la construcción de la carretera de Biescas a Broto (que, a lo que parece, es la pesadilla de los pueblos de aquel valle de Broto) y creando otra, que lo demás (hoteles, servicios, etcétera) ya vendrá de añadidura.

”Por de pronto, el excursionista que hoy acude a Ordesa encuentra allí un albergue decente y relativamente cómodo. Y el camino hasta llegar al término de la expedición está asimismo sembrado de bellezas, y el arqueólogo tiene, además, el aliciente de poder detenerse a su sabor en Barbastro, en Aínsa (villa de encantador aspecto medieval, de lo más típico) y otros lugares. Como epílogo, solo me ocurre preguntar en tono un tantico pesimista: ¿Será realidad este proyecto?”.

Bien puede verse, a nada que nos paseemos por una hemeroteca: Lucien Briet no estuvo solo. En la génesis del Parque de Ordesa hubo incluso algún hispano, como Ricardo del Arco, empeñado en que dicho proyecto saliera adelante…

  1. Me adelantaré a la pregunta: ¿de dónde pudo sacar Ricardo del Arco sus más que aceptables conocimientos sobre la crónica pirenaica del sector de Ordesa? Pues, quizás, leyendo alguno de los tomos de los “Cent Ans” de Henri Beraldi. Sin embargo, más probable resulta que extrajera sus datos de Lucien Briet…

  2. Magnífica entrada, Alberto… Lo mismo que la anterior sobre la Fuente de Escuaín… Por cierto, es la primera vez que hablas de Ricardo del Arco, ¿verdad?

    • Hey, Xavi… Me pillas aterrizando… Los textos añejos sobre el arranque de Ordesa tienen, para mí, un sabor especial… En este caso acrecentado por el hecho de su autor, un andaluz nacido en Granada que terminó como oscense de corazón… En efecto: me encanta cuanto tiene que ver con Del Arco… Saludotes gordos…
      Y para quienes deseen conocer mejor al periodista que hoy nos ocupa a través de varios textos suyos:
      https://es.wikipedia.org/wiki/Ricardo_del_Arco_y_Garay

      • Estoy disfrutando como un auténtico mandril leyendo de atrás adelante estos tres regalazos que le has hecho a Ordesa. Con o sin galiparlantes que anda que no tiene gracia la palabreja de Ricardo Del Arco. También me ha encantado que uno de los mayores defensores del Parque Nacional fuese granaíno precisamente.

        • Desde luego que sí, Mandril: Del Arco terminó como un oscense de corazón, que en lo de querer a una tierra no debiera de entrar el lugar de nacimiento…

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