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Mouno, Munia…, ¿o Almunia (de Doña Godina)?

Es posible que el cumpleaños del parque nacional de Ordesa se extienda hacia el 2020. Hacia ese verano de su inauguración oficial, claro está. Durante dicho lapso parece lógico que se difundan textos y más textos sobre un maravilloso universo calcáreo que siempre sabe reservarnos algo novedoso.

Tradicionalmente se consideraba que lo más granado de la cordillera francoespañola se concentraba en esa suerte de media luna caliza que se extendía desde el Vignemale hasta La Munia, después de vertebrar el espinazo del Monte Perdido. Hoy acudiremos al extremo oriental de esta obra maestra del karst. De la mano de uno de los padres del parque del río Arazas, Lucien Briet, es posible conocer algún detalle no del todo promocionado de la montaña que fuera apodada como la Dama del Pirineo. Con algún toquecillo toponímico, ¡qué caramba!, de esos que aportaban unos estudiosos que hubieran tenido que sentar cátedra en los asuntos concernientes a los nombres de las montañas de nuestra cadena. Los de verdad: los recogidos de labios montañeses durante los siglos pasados, los términos previos a la gran despoblación.

El magnífico estudioso del Pirineo central que fue Briet firmó un trabajo titulado como “La Munia” en el número 1.537 de La Nature, allá por 1902. Cuando todavía no había reorientado sus pesquisas hacia la porción de las Tres Sorores del Macizo Calcáreo. Merece la pena deleitarse con un artículo que sin duda sabe a poco. Es un texto con arranque de gran gala, de tremenda potencia y efectividad, en formato casi cinematográfico. Muy Briet, vamos. Disfrutemos, pues, con este especialista en la presentación y propaganda de los decorados pirenaicos:

“Las cimas de La Munia y del Vignemale, sobre la frontera francoespañola, flanquean por ambos lados ese poderoso macizo pirenaico donde el Monte Perdido reina entre muchos picos grandiosos, como un monarca en medio de sus pares. Por su naturaleza misma y por su situación, estas dos montañas, que parecen jugar un papel de connivencia junto al gigante calcáreo, reclaman simultáneamente el interés que se les destina, en razón, en cuanto a éste [el Vignemale], del majestuoso río de hielo que forma, y aquélla [La Munia], del anfiteatro que corona, el más impresionante y amplio de todas las ubicaciones de la región”.

Salta a la vista que estamos, ante todo, frente a un artículo de divulgación erudita destinado a ese público culto y sensible que frecuentaba las montañas. Se trata de un viaje de descubierta emprendido desde el norte, por la entonces vía de acceso más cómoda y, en consecuencia, la utilizada mayoritariamente a comienzos del siglo XX. Acompañemos un poquillo al parisino para disfrutar de su prosa:

“Tanto desde el fondo del valle de Héas como desde la Peyrade, La Munia ocupa el horizonte con su majestuosidad blanca […]. La noble montaña se oculta detrás de formidables cimientos para reaparecer, con todo su esplendor, una vez que se alcanza el área del circo. Desde una colina reconocible por la estatua de la Virgen que allí se alza, el panorama se vuelve maravilloso. La explanada está encerrada por una especie de herradura donde La Munia ocupa el centro, se compone por la serie de pastos denominados la Montaña de Troumouse, donde un arroyo murmura […].

”Ninguno de los picos que afloran desde la cresta del circo de Troumouse se esmera violentamente por destacar de sus hermanos. Cierto viento de igualdad sopla por esta asamblea de cimas. La Munia se distingue más bien por su posición y por las nieves que la sobrecargan que por su altitud. Se ve flanqueada por dos pasos, el col de La Munia y la brecha de Sierra Morena suficientemente practicables. Una esquina de cielo dividida por la arcada rebajada de un puente, tal es la silueta de La Munia. Sobre este sombrero tan original se estría un encaje de asperezas: la cima ocupa más o menos el centro. Unas gradas espolvoreadas por brumas se nivelan inmediatamente. El Marboré, el Monte Perdido, La Munia, obras del mismo arquitecto, están firmadas por una rúbrica idéntica. Un glaciar vierte una catarata de séracs azulados. El muro del recinto del hemiciclo que forma el zócalo por todo se macula de rebabas ocasionadas por las fuentes primaverales; se une a unos taludes de guijarros finos y muy extensos, el índice de la montaña, como dijera [Louis] Ramond, que se redondean en una cubeta donde el pequeño lago de Las Aires refleja”.

Pero Lucien Briet estaba muy interesado, desde los arranques del siglo XX, en abrir al mundo turístico el costado aragonés de la cordillera. Una auténtica terra incognita para quienes deseaban recorrer sus montañas. No por eso se iba a arredrar este pirineísta irrepetible al que tanto hemos de agradecer al sur de la línea de aguas:

“Visto por el otro lado, La Munia es más gigantesca todavía. Lanza un espolón por el lado de Barrosa que crea dos circos en uno solo. Bajo el col de Las Louseras [hoy, Robiñera], las pendientes se ven interrumpidas a mitad de camino por un asiento abrupto, en tanto que hacia La Géla, la masa entera se condensa en un rompeolas, un pedestal mágico que ofrece y dedica a las terrazas desnudas sobre las terrazas nivosas… Es la porción menos conocida, la menos frecuentada de La Munia –me refiero a los alpinistas, que no a los cazadores de Aragnouet–, el que sería más dificultoso para dibujar en gran escala y con exactitud sobre los mapas. Se aleja tanto de los caminos habituales…

”La Munia se perfila con la forma de un cono el cual, desde el litoral de la Mer de Glace del Monte Perdido no tendría importancia alguna si no fuera el más alto punto del paté de montañas inmovilizadas allí. Al oeste, es decir, en la cresta del pico de Barroude, la muralla del circo de La Géla rellena de tal forma el cuadro que apenas se ve sino ésta [La Munia].

”Toda la gloria de La Munia consiste, pues, en dominar Troumouse, ese croissant monstruoso que unen las dos ramas de Sierra Morena y Bounéou. Culmen esquistoso, se encuentra aquí y allí una pizarra excelente: el conjunto, más o menos puro, venoso, variado y en descomposición, se dispone en lechos verticales cuyas puntas agudas explican la estrechez de la cresta y las dificultades de su ascenso”.

Lo dicho: el turismo verde en el Alto Aragón le debe mucho a Lucien Briet. También la toponimia de sus montañas. No en vano, este hijo de la ciudad de París se molestó en recabar informes entre los naturales, ya fueran cultos o no, sobre cómo se llamaban los accidentes del Sobrarbe. En el caso de la Dama del Pirineo, este sería su resumido análisis topo-histórico de 1902…, donde resulta clamorosa la ausencia de cierto término que hoy nos han encasquetado desde la Lista Soro sin la menor explicación:

“La altitud de La Munia alcanza los 3.150 metros. El nombre de ese pico parece derivar de moenia, plural que quiere decir murallas mortificadas. Del latín se han extraído algunas denominaciones locales como las Parets (parietes) de Pineta, por ejemplo. ¿Algún servidor de la capilla [¿de Héas?] habría designado así la periferia del gran anfiteatro? En cualquier caso, quien lo inventó lo vio con exactitud. En la época de la exploración de la región de Barèges se desconocía su nombre. Ramond dibujó bastante confusamente a La Munia bajo el epíteto de Montaña de Troumouse, error grave por su parte, puesto que confundía la circunferencia con el círculo, y la Montaña de Troumouse simplemente no estaba en la lengua y el espíritu de los nativos sino como la superficie de céspedes del circo.

”Añadamos a propósito de moenia y de munia que a priori no es preciso rebuscar la etimología de los nombres en sus similitudes. Munia es sencillamente la corrupción debida a los paseantes extranjeros del nombre Mouno. La Munia en el dialecto de Barèges se llama Et Soum d’éra Mouno. Es decir: el Soum de la Mouno. El nombre de la última casa de Héas –el de la antigua familia propietaria– hace mucho tiempo que se ha instalado sobre el pico… El puente de Lartigue en Sia, el bosque de Benqué en Gèdre, etcétera, fueron por lo demás bautizados por las chozas cercanas. Además, ¿el Astazu no quedó transformado en la Stazona y la Frazona por ciertos autores? La última casa de Héas pertenece en la actualidad a François Lavignolle, guía y cazador, a quien se le llama familiarmente como Francès de la Mouno. Fueron los primeros visitantes de Héas quienes descubrieron a La Munia. Cuando realizó su famosa marcha de 1788, [Jean Florimond de] Saint-Amans se extrañó ante cierta “alta montaña por completo recargada de nieve, totalmente recubierta por glaciares azulados”, que se alzaba sobre cualquier perspectiva, pero a la que no se acercó sino diez años más tarde y en compañía de Ramond. El vencedor del Monte Perdido y su amigo se limitaron a ganar el pie de las paredes de La Munia, bajo el corredor de la Clef du Curé, que es descrita de un modo muy reconocible […].

”En el mes de agosto de 1826 los oficiales geodestas [Jean-Pierre] Peytier y [Paul-Michel] Hossard hicieron de La Munia un punto [geodésico] de primer orden mientras lo avistaban desde el Balaitús, el Midi de Bigorre, el Montespé y la tuca de Maupas, y usaron por su parte ese nombre indeterminado de Troumouse que su jefe respetó en su Memoria, y que originó más tarde una confusión lamentable. Muchos han creído que se trataba en lugar de La Munia del pico de Troumouse; es decir: del de las puntas de la cresta de Sierra Morena donde se destaca la arista fronteriza continuando por el pico de Barroude y los puertos comunes de los valles de Aure y de Bielsa. Sin embargo, estos valientes ingenieros geodestas estaban perfectamente establecidos sobre La Munia, aunque no sobre la misma cima, sino al este de dicha cresta y por debajo, sobre un pitón secundario donde su señal está en pie todavía, una torreta de piedras planas de dos metros de altura y delgada como si fuera una columna […].

”Los lagos de La Munia fueron seguidamente registrados sobre los mapas con sus curiosos alrededores por [Franz] Schrader y, dos años más tarde, en 1877, la vertiente meridional española quedaba igualmente representada en la persona del circo de Barrosa, donde los alpinistas podían aventurarse ahora con sobrado conocimiento de causa…”.

Aquí nos despediremos del siempre extraordinario Lucien Briet. Confiando en que su modus operandi logre que alguno de los toponimistas politizados que pululan por las faldas del Poder se caiga de su montura (¿acaso un burro autóctono?) y vea la luz durante su camino a Damasco (¿al Pignatelli más bien?): recolecta lo más completa posible de datos en circulación, discusiones eruditas sobre el historial toponímico y sus variedades, exposición pública en un gran medio…, ¡y nada de imposiciones dictadas en plan Dedazo de Dios!

Por lo demás, al menos para mí, la Dama del Pirineo siempre será La Munia. Y Lucien Briet un gran maestro.

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11 Comentarios

    • Hola, José… Bueno: tengo mis dudas sobre si estos jalones de la “vieja toponimia” interesan a los artífices de la Lista Soro. Más bien repesco “textos clásicos” para que los nuestros, los montañeros, vean cómo fue el proceso de darle un nombre a cada montaña, según el caso. Y, sobre todo, que los pirineístas de corazón sientan orgullo por el cuidado que nuestros ancestros pusieron en enterarse o interpretar el nombre de esas cimas que amaban…

    • Hola, Xavi… Creo que ya lo he dicho antes: a tenor de la absoluta desaparición de cuanto tiene ver (a favor) de la Lista Soro, da la impresión de que la pobre anda ya medio muerta, tal y como dijera Florian Jacqueminet en su Editorial del año pasado. Da un poco de pena seguir clavando la tapa de su ataúd (virtual), pero mejor no fiarse… Además, tengo unos cuantos textos alusivos listos para subir a la Nube, de aquí a la (esperemos) derogación definitiva… En fin: el repaso de los topónimos de las grandes montañas aragonesas es un poco el desfile de su crónica histórica…

  1. Que me perdonen la broma del título los muchos amigos que tengo en La Almunia de Doña Godina, población zaragozana a la que estimo de veras, y que fue tan importante durante los inicios de mi vida sentimental…

    • Bueno Alberto tú dale bien al martillo que quienes recurren al “Dedazo de Dios” nunca sangran. Retóricamente lo digo. Si estan calladicos es porque cuentan que todos se olvidarán de sus nombrecicos pero que como nadie la va a tocar algún día la resucitarán. Aunque vayan de aragoneses por la vida se ve que no contaban con la cabezonería aragonesa.

      • Hola de nuevo, Primate…
        De todas formas, si quieres que sea sincero, te reconozco que no preparo estos textos para los, digamos, seres politizados que han creado o aplaudido la Lista Soro. No solo sirvieron en plan “trágala” una toponimia que, hasta que se demuestre lo contrario, para mí es de lo más creativa: también se dedicaron a denostar al gremio montañero… Los artículos sobre “toponimia real” son para tranquilizar al último estamento, hasta cierto punto “criminalizado” para así colar su Alto Aragón imaginario…
        Supongo que los señores de las Comisiones y de las Asesorías leen entre poco y nada estos trabajos, pues parece que van más a lo suyo: a que les encarguen nuevas misiones de elucubración toponímica…, hasta apurar la presente legislatura autonómica.

          • Hey, Luis… Pues, mira, con estos textos no es que pretenda “sentar cátedra” ni sacar a pasear el “Dedo de Dios”, que eso se lo dejo a ciertos políticos y a sus burócratas. Me conformo con esbozar un poco lo complicado que resulta dar con el nombre más acertado de una montaña. Tanto entonces como ahora. Y, de paso, mostrar cómo los eruditos de antaño, como el para mí incomparable Lucien Briet, se esforzaron hace ciento dieciséis añadas por buscar pistas, publicar teorías…, ¡y nunca-nunca imponer nada!
            Entre tú y yo: a la “Dama del Pirineo” yo le seguiría llamando por su nombre de siempre, tras considerar la viabilidad o no de las razones “brietanas”… Un toponimista que, ¡mira por dónde!, trabajaba de veras, se explicaba y difundía sin malos modos.

          • Pues oye Alberto que te plagio. Fijo que si los misteriosos caballeros de la “Comisión asesora de Toponimia” de Soro hubieran conocido lo del “Tarazón/Taillón” igual hubieran enarcado las cejas. Ajá. Como quizá con lo del “Mouno/Munia”. Tal vez les pareciera más “creativo” que lo de la “Almunia” que le clavaron. Me hubiera gustado más pues aunque el “Mouno se vista de seda Mouno se queda”. Toma slogan chulo para difusión exterior de los Tresmiles del Pirineo.

          • Pues, sinceramente, no quedaría mal lo del “Mouno que se viste de seda”, no…
            Pero a mí lo que más me ha chocado es que, según Briet, a los términos Mouno-Munia (vistan o no de seda) les adjudica una procedencia norteña. Que nuestros sabios autóctonos hayan tenido a bien “aragonesizarlos”, o lo que sea que han hecho, emparejando a la montaña pirenaica con la localidad zaragozana, La Almunia de Doña Godina, con ese topónimo de procedencia morisca que podría designar a algún hortal… Pues, eso: que huele a apañico que no veas.
            Lo dicho: aguardo, cada vez menos esperanzado, tanto esta como las 159 explicaciones restantes sobre los tresmiles aragoneses. Ya vengan revestidas de seda o no.