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Donde brota el río de Gavarnie, de Lourdes y de Pau

Entre los nacederos de ríos aragoneses que pueden presumir de una mayor originalidad habría que incluir a varios cursos eminentemente gabachos. Es decir: a unos caminos del agua pirenaica tan caprichosos que, tras venir al mundo en Huesca, fluyen después hacia los llanos de las Galias. Como, pongamos, el conocido como gave de Gavarnie, de Lourdes o de Pau, el pujante tributario con tres nombres del Adour. Cuya búsqueda primeriza de la luz se plasma de un modo fantástico a través de la Gran Cascada de Gavarnie.

Hablar de un río que, hoy lo sabemos, es de origen oscense, implica poner sobre la mesa un puñadillo de citas sobre su vistoso salto inaugural. Solo unas pocas, entre una larga colección donde descollan los viajeros y pirineístas, poetas y literatos. Porque, desde el siglo XVIII, Gavarnie acogió con regularidad a curiosos…, como cierto abogado local, Jean-Marie Noguès, quien supuso erróneamente que era en su circo colosal donde nacía el curso. Así, en 1788 este promotor temprano contemplaba ya el aprovechamiento turístico de sus cortinas de agua “para servir a los extranjeros de todas las razas y todos los sexos, que la curiosidad atraiga en masa a las fuentes de la Gave…, a la cima de la montaña del Marboré, que da la fuente al Gave”.

Un año después, era el científico Henri Reboul quien se fijaba en la salida al exterior de tan enigmática torrentera. El texto resultante sonaba a medio académico, medio lírico:

“Uno de los arroyos del costado este, cuyo volumen sobrepasa al de todos los demás juntos, se precipita desde lo alto del roquedo, que se abalanza en saliente y cae con un ruido horrible a más de 1.200 pies de profundidad. Sus aguas, divididas en el aire, quedan reducidas a polvo, formando en torno a la cascada una bruma suspendida que se despliega ante los ojos del espectador con todo su volumen y velocidad de su caída”.

Por lo demás, alguno de los estudiosos de los cursos de montaña pirenaicos ha aireado otra cita célebre de aquellos Años de las Luces, firmada por el geólogo Bernard de Palassou a propósito del nacedero hoy que nos ocupa:

“No se puede considerar sino con esfuerzo el horrible e imponente espectáculo de las Torres de Marboré, situadas en las fuentes del Gave, que parecen presentar a la imaginación, incluso a la más tibia, la morada sagrada del dios que vierte las aguas saludables de este río”.

El siglo siguiente fue, sin duda, el del circo de Gavarnie. Las crónicas de trotamundos pasmados ante su Gran Cascada comienzan entonces a ser muy frecuentes. Por ejemplo, estos párrafos de 1817 redactados por Friedrich Parrot, quien desde la Prade avistó “la fuente de ese gave de Pau que surge, a 1.662 metros de altitud, de una gran masa de nieve acumulada en el fondo del circo de Gavarnie”. El científico ruso se mostró fascinado con “la célebre cascada del Monte Perdido [sic], que se parece más bien a las cascadas vaporosas de Suiza que a una caída de agua propiamente dicha, donde el agua forma un chorro liso y apretado que, a causa de su gran altura, se divide a mitad de trayectoria en numerosos chorros”. Con una intuición más que acertada, imaginó que aquel chorro de agua que daba lugar al gave de Gavarnie/Lourdes/Pau solo podía proceder del Monte Perdido. Como veremos en la siguiente entrada, Parrot dio en el blanco plenamente.

Como quiera que sea, todos los libros de viajes decimonónicos incluyeron su descripción de este prodigio del mundo hidrológico. A destacar la del Álbum Pintoresco Universal de 1842, donde un anónimo cronista encarrilaba a los posibles veraneantes hispanos hacia el gran hemiciclo del Pays Toy:

“Los muros de rocas que coronan las fuentes de Gavarnie son para ellos lo que a primera vista parece el último confín del mundo. Sin embargo desde las mismas alturas de aquellas gargantas, cuyo recinto parece inaccesible, y no dejan en ninguna parte la menor vía de comunicación con el país que las rodea, ¡qué inmenso campo no se abre a los ojos del viajero curioso y observado… Fijos los ojos en el desenvolvimiento pintoresco de las montañas, y en el valle de Gavarnie, que ocultan blancuzcos vapores, y del cual multitud de cimas parecen salir como de un océano sin límites, busca en vano a su alrededor asuntos propios a sus trabajos”.

Cerraremos nuestro rápido repaso de la salida a Francia de un río subterráneo de Aragón de la mano de cierto escritor de bestsellers del siglo XIX. De un Hippolyte Taine que en 1855 se preguntaba con un puntito de choteo:

“Viene usted de los Pirineos, ¿ha visto Gavarnie? No. Entonces, ¿para qué ha ido a los Pirineos?”.

Mas no solo contenía bromas amables la obra de Taine. Desde el exitoso Voyage aux eaux des Pyrénées, el literato divulgó entre sus pródigos lectores la enorme belleza de la surgencia del torrente de Gavarnie:

“Toda esta grandiosidad es austera […]; grandes sombras húmedas se alzan al pie de las murallas. Es el invierno eterno y la desnudez del desierto. Los únicos habitantes son las cascadas reunidas aquí para formar el Gave. Los hilos de agua llegan por millares del más alto escaño, retozan de grada en grada, cruzan sus ranuras espumosas, serpentean, se alisan y caen en doce arroyos que se deslizan desde la última grada en regueros ondeantes, para perderse entre los ventisqueros del fondo. La decimotercera cascada, a la izquierda, tiene mil doscientos setenta pies de altura. Cae lentamente, como una nube que desciende o como un velo de muselina que se despliega; el aire suaviza la caída, la vista sigue con agrado la graciosa ondulación del bello velo aéreo. Se desliza a lo largo de la roca, y más parece flotar que fluir. El sol ilumina su melena con el resplandor más dulce y más amable. Llega abajo como un ramo de plumas finas y ondeantes, y rebota en polvillo de plata, el fresco y transparente vapor se balancea en torno a la piedra mojada, y su reguero, saltarín, sube a lo largo de los cimientos. El aire está inmóvil; ningún ruido, ningún ser viviente en esta soledad. No se oye sino el murmullo monótono de las cascadas, semejante al roce de las hojas que el viento estremece en la selva […].

”Los buenos turistas fatigados se quedan, por lo general, en el albergue, comen copiosamente, mandan poner una silla delante de la puerta y digieren, contemplando el circo, que desde allí parece no más alto que una casa. Después de lo cual regresan, alabando el espectáculo grandioso y muy contentos de haber venido a los Pirineos”.

¿Y cómo se llegó a la conclusión de que este río tan-tan francés tenía, en realidad, procedencia hispana? Pues se trató de un caso de descubrimiento progresivo. Desde las primeras fases de esta exploración hidrológica, diversos montañeros rondaron el boquete por donde salía el agua que formaba la Gran Cascada de Gavarnie. Hacia 1847 el guía Laurent Passet alcanzaba el arranque de dicha cascada a través de la después llamada brecha de Passet. Llevó con él a un turista que buscaba lo novedoso. Dos o tres años después, junto con su colega Bastien Teinturier, guiaría por el glaciar del Gave al matrimonio Alluaud, de Limoges.

Aparte de estas iniciativas turísticas un tanto espaciadas, hasta 1872 nadie más se preocupó por el manadero de la Grande Cascade. Fue el cartógrafo Franz Schrader quien difundió entre el público culto que las aguas del Gave surgían de un agujero de la pared del circo. Ello supuso el inicio de unas discusiones sobre si el agua procedía de los mismos glaciares galos o si, tal vez, llegaba desde más allá de la divisoria. Como nuestros vecinos decían: si el río disponía, o no, de un nacedero “tras los montes”.

En 1907 el escalador Henri Brulle quiso acercarse para estudiar la caverna que pronto llevaría su nombre… En pos de los borbotones de las aguadas, penetró en un reino mágico que calificó “como de cuento de hadas” por los grandes cristales de hielo que pendían de aquella oquedad colgada del Circo. Constató que ese Trou o Agujero de Brulle abierto al cielo sobre los 2.700 metros parecía traer unas infiltraciones que cruzaban por galerías profundas la muga con Aragón.

Entre otros exploradores, Louis Mengaud y Jean Arlaud reconocieron esa misma caverna en los años veinte del siglo XX. También se averiguó que el agua de la Gran Cascada de Gavarnie tenía otro aporte de importancia: la conocida como Surgencia de Joseph Devaux, o gruta de las Hermanas de la Cascada…, avistada por el científico que le dio su nombre, mediante un telescopio, desde el observatorio del Midi de Bigorre en 1928. Por pura casualidad, cuando dicho astrónomo calibraba el instrumento con el que deseaba espiar el cosmos.

Los detectives hidrológicos siguieron adelante con sus pesquisas: por lo que se apreciaba, ambas filtraciones unían sus aguas sobre los 2.300 metros de cota, botaban un par de veces y luego despeñaban sus caudales desde los 2.240 metros de altitud, rumbo al fondo del circo de Gavarnie. También se reparó en que sus entradas quedaban a una veintena metros del Meridiano de Greenwich. Ello le valdría para nuestro Gave el apodo de “río del Meridiano Cero”.

Así se mostró al mundo, durante la llamada Edad de Oro del Pirineísmo, el célebre salto pirenaico. Una cascada que creó su propia leyenda: la de ser, con sus 423 metros, la de mayor caída de toda Europa… No; no lo era, dado que se conocía otros chorros en Noruega que le aventajaban en bastantes metros. Aunque sin duda fuese una de las más visitadas del mundo y, sobre todo, la reina entre las fotografiadas o pintadas. Con el permiso del Niágara, claro.

En cuanto al origen oscense del río de Gavarnie, de Lourdes y de Pau, tuvo que aguardar todavía unos añitos para que se desvelaran sus secretos…

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Comentario

  1. Pues resulta que el mítico “lago de Monte Perdido” era muy real… Eso es lo que la flouorescina demostraría más tarde; lo que no conocía es la unión de los torrentes de la gruta Brulle y de la Devaux. Acceder a esta última es una tarea que tengo pendiente pero que probablemente nunca llegue a intentar.
    Excelente tema, Alberto. Espero con impaciencia la próxima entrada.

    • Enseguida la cuelgo, José… Yo también espero tu próximos trabajos sobre los picos del Infierno y, más aún, ¡sobre las surgencias de Brulle y de Devaux!

  2. Mira por donde que puedo participar en este festejo añadiendo una cita que seguro conoces Alberto. Es de Henri Russell en 1898. Habla de la Cascada de Gavarnie como solo pocos pueden hacer:

    Sus ondas se resuelven mediante una especie de muselina y dedica 19 segundos a llegar hasta el fondo. En verano aparece poco surtida y sigue la roca de cerca adaptándose a sus asperezas. Pero en primavera y con la fundición de las nieves está completa de belleza y cae de un solo trazo en toda su altura. En invierno todas las cascadas se congelan formando columnas de hielo con extrañas esculturas.

    • Muchísimas gracias, erudito Makako. Mejor tú para difundirlo, que yo bastante recurro a Russell, como verás en la siguiente entrega…
      Es un texto muy bonito el del “Señor del Vignemale”, desde luego. A modo de reciprocidad, alargaré los de esta primera entrada con otro de Victor Hugo en 1843, donde se sirve la siguiente descripción del circo de Gavarnie:
      “De una brizna de hierba a la roca, del roble al matorral, todo el horizonte alrededor del Circo tiembla: el Gave tiene miedo; los picos, mojados por las tormentas, tienen un escalofrío entre las sombras, y el pastor despierto y pálido escucha entre los abetos centenarios cómo ruge durante toda la noche este foso de los truenos”.

        • Hey, Luis…
          En efecto: este otoño va a resultar muy “fluvial”, ya verás… Entendiendo que voy a fomentar cuanto pueda las visitas a esos lugares tan especiales donde nacen algunos cursos que a mí me parecen resultones:
          Aragón Subordán (surgencia de la Fontaza); Gave de Aspe (surgencia de Esper); Aragón (ibones del Escalar y de Astún); Gállego (circo de la Grallera); Bolática (Rincón del Verde); Aurín (ibón de Bucuesa); Río de Santa Orosia (fuente de la Plana); Arazas (surgencia de la cueva de Garcés); Gave de Pau (ibón Helado del Monte Perdido); Cinca (ibón Helado del Marboré); Yaga (fuente de Escuaín); Bellós (surgencia de la Fuenblanca); Alcanadre (fuente de Campo Alto); Río Mascún (fuente de Letosa); Ésera (ibones de Villamorta); Garona (circo de Barrancs); Flumen e Isuela (surgencia de Bonés); Río de la Pillera (surgencia de Fuendeguaril); Formiga (fuente de Fondarrés); Vero (surgencia de Fuendebaños); Arba de Luesia (fuente de los Trece Medios); Arba de Biel (fuentes de Arba); Huecha (fuente del Baladre); Río Piedra (Ojos de Cimballa); Grío (fuente de la Hoya Vedada); Jalón (Ojos de Pontil); Ginel (surgencia de la Magdalena); Perejiles (manadero de Langa del Castillo); Jiloca (Ojos de Monreal); Huerva (balsa de la Costanilla); Aguasvivas (manaderos de Allueva); Segura (charca del Puente Quebrado); Guadalaviar (fuente de la Muela de San Juan); Tajo (fuente de García); Cabriel (Ojos de Cabriel); Alfambra (fuente de la Teja); Mijares (fuente del Chaparral); Guadalope (fuente de la Partida Alta); Pitarque (Ojal de Malburgo); Río Matarraña (surgencia del Parrizal).
          Los cuarenta son ríos aragoneses…, ¡en origen!