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El Pilar de cierto Monte Cano

Para muchos zaragozanos el Moncayo constituye su montaña. La relativa cercanía con la Capital del Ebro, aliada con la fotogenia de este dosmil aislado, parece ser la causa de semejante apasionamiento. Los moncaínos son hoy legión.

Tampoco es para desdeñar el hecho de que desde no pocos lugares de Zaragoza se disfrute de excelentes vistas del Techo provincial: los Pinares de Venecia resultan, sin lugar a dudas, la balconada más conocida, sin olvidar el abanico de llanuras que rodean a nuestra ciudad por el sur, e incluso la misma ribera del Ebro, aguas arriba de la ciudad. Entre los maños es casi una tradición buscar con la mirada al Mons Caunus desde atalayas como la Torre de San Francisco del Pilar o la Torre del Agua de la Expo… Acaso sea menos conocida una de sus balaustradas más bellas: el Puente de Piedra sobre el Ebro desde las arcadas de su mitad septentrional.

Por lo demás, el pico más alto del Sistema Ibérico dispone de su propio monumento en forma de silueta engarzada con el astro rey en los Enlaces de la autovía de Madrid: el gran tinglado metálico conocido popularmente como el “chorizo con huevo frito”… Humor aragonés en estado puro.

Nuestro deporte es rico en rituales. Así, resulta frecuente que los socios de Montañeros de Aragón se estrenen sobre este Monte Cano. Hace algunos años, Manuel Ansón me contaba cierta tradición que instauró en su familia: subir con sus hijos hasta la cima de esta montaña no bien cumplían los cinco años de edad, como paso previo al primer tresmil, ya sobre los ocho…

En 2010 se conmemoró en cincuentenario de la instalación de una imagen de la Virgen del Pilar sobre esta cumbre castellana y aragonesa. Hace no mucho busqué a uno de sus promotores del monumento, el veterano José Gainzaráin, quien me explicó algunas cosillas sobre su relación con el Moncayo…

A Gaínza le fascinó desde siempre el Mons Caunus: justamente por tratarse de una montaña que se percibía desde diversas ubicaciones de Zaragoza. Encima, era el pico más alto de la provincia. Y más fácil de acceder que los Pirineos tras la Guerra Civil. Sobre 1940 le surgió la posibilidad de visitarlo por vez primera: tenía doce años y le acompañaba un primo mayor llamado Ramón Martín. La excusa fue un viaje de su tío para probar el nuevo órgano de San Martín de Moncayo.

Llegar hasta el Santuario no resultaba sencillo por entonces, pues casi nadie tenía coche: fue necesario desplazarse en tren hasta Tudela y, desde allí, tomar un ramal secundario que llegaba por aquellos años hasta la ciudad de Tarazona. Para darle servicio a este ferrocarril del Tarazonica, funcionaba una vieja locomotora que marchaba tan lenta que era posible incluso bajarse del vagón en marcha, coger un racimo de uva y volver a subir; todo ello sin sudar en absoluto. En aquella ocasión, el trío familiar tuvo que marchar a pie desde Tarazona hasta San Martín de Moncayo.

Seguidamente acompañaron a cierto mulero, un famoso tuerto conocido como el Tío Macaya, que subía hasta el Santuario las provisiones. Éste les habló de los riesgos que los nativos veían en la cumbre en cuyas faldas vivían: “Es una montaña peligrosa, hace mucho frío y un viento terrible, y si la niebla se cierra, nadie puede salir de ella”.

Así llegaron al Santuario, entonces habilitado de forma precaria como refugio, aunque sin el menor atisbo de comodidades: había que llevar toda la comida de casa e incluso las mantas. Para alumbrarse se recurría a unos carburos que por allí había y que daban al interior un aspecto realmente tétrico. Ni el castillo del conde Drácula.

Nuestro trío se alojó en el Santuario durante tres días, realizando excursiones por la zona. La primera jornada, José Gainzaráin y su primo ascendieron a la cumbre de San Miguel. Aunque este Montañero haya repetido la cima en un centenar de ocasiones, me reconoció que no se acordaba de la ruta que siguieron durante su debut. Sí que recuerda que, para demostrar que habían estado en lo más alto, bajaron al Santuario un bloque de nieve, pues ya solo quedaba por encima de los 2.000 metros, y la gente que estaba con ellos dudaba que un niño de doce años lograra subir.

El panorama desde arriba le pareció tan inmenso como fabuloso a Gaínza, percibiendo sin problema las nieves del Pirineo. Por entonces no quedaba ningún vestigio humano sobre la cima de San Miguel: ni siquiera ese buzón con Libro de Cumbre que instalara Montañeros de Aragón en los años treinta…

El regreso fue, ni que decir tiene, caminando: esta vez, con bajada hacia Vozmediano y los Fayos. En la Ciudad del Queiles les esperaba de nuevo el entrañable Tarazonica para volver a Zaragoza.

José visitó con frecuencia esta montaña tan recurrente para los deportistas zaragozanos. Más de una vez lo hizo en mitad del invierno, lo cual le reclamó el empleo de piolet y crampones. De estas ascensiones se acuerda una muy especialmente, concretada sobre 1956 ó 1957, en la que participó un grupo mixto de Montañeros de Aragón y del Stadium Casablanca; algunos de ellos, con esquís…

A finales de los años cincuenta, el Casablanca acordó en Junta encargar una reproducción de la Virgen del Pilar. José, miembro de su Sección de Montaña y Esquí, estuvo entre esa veintena de personas que, durante los meses de marzo y abril de 1960, subieron durante los domingos con los materiales para levantar el zócalo y la columna del monumento. Cuenta que, en el curso de estas obras, padecieron un frío tremendo. Además, fue preciso realizar innumerables porteos con el material de construcción. Sin olvidarse del agua, ascendida hasta los 2.314 metros desde casi la base de la montaña. Además de Gaínza, participaron muy estrechamente en esta iniciativa José Chao, Francisco Félez, José Latorre, José Luis Pueyo, José Luis Salinas…

El monumento se inauguró el 22 de mayo de 1960. El cura de San Martín celebró una misa ante un centenar de personas: casi todos, miembros del Stadium Casablanca, aunque con representaciones importantes de Montañeros de Aragón y de Peña Guara. Como al sacerdote se le olvidó la casulla abajo, fue necesario bajar a toda prisa para traer una desde el mismo pueblo.

Durante largos años, cada año se celebró sobre el Mons Caunus una misa cimera. La mayor parte de las veces, oficiada por el célebre padre Prieto. La presencia en las mismas de los Montañeros fue siempre importante, pues muchos de sus socios lo eran también del Casablanca.

A modo de complemento de estas líneas, recurriré a la hemeroteca. Cierto texto anónimo sobre “La Virgen del Pilar en el Moncayo”, publicado en el Boletín de Montañeros de Aragón número 60 (septiembre de 1960), nos puede ampliar la noticia:

“La Sección de Montaña del Stadium Casablanca entronizó el día 22 de mayo en la cumbre del monte Moncayo, una imagen de la Virgen del Pilar, acto que dio lugar a una concentración de personas pocas veces vista en la hospedería de dicho lugar.

”Acompañada la Santa Imagen por cientos de montañeros que se turnaban en su traslado, y colocada en el trono hecho al efecto, se celebró a continuación una misa, comulgando la mayor parte de los asistentes.

”Felicitamos a Stadium Casablanca y a su Sección de Montaña por la brillantez de estos actos, que serán recordados con agrado por los asistentes a los mismos”.

La imagen del Pilarica no se mantuvo durante demasiadas añadas sobre el Monte Cano. Quienes hoy visitan esta venteada cima de 2.314 metros descubren, entre otros vestigios somitales, un viejo Pilar que acaba de cumplir los 58 años. El motivo ideal para que los montañeros veteranos como Gaínza nos cuenten esas historias con las que modelaron el espíritu de alguna montaña aragonesa…

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11 Comentarios

  1. Tiempos fueron en los que cada invierno incluía una subida (o intento, que no siempre se podía) a la cumbre. Y una excursión en autobús de cierto Club, en la que casi todos sus integrantes necesitaron cura (sanitaria no eclesiástica) en Tarazona; por cierto, quienes consiguieron llegar más alto, cayeron desde más arriba.

    • ¿Los antecedentes del Belén Montañero que ahora organiza la FAM…? Pues si no tienes ningún trabajo “infernal” para el Anuario de “Fontaneros” de este año, puedes abordar esta historia “invernal”, que promete… Por mi parte colecciono experiencias de gatillazos invernales en el Moncayo; sobre todo con esquís de montaña… Más saludos, José…

  2. El tema llega acorde con las fechas, ¿eh? Disfrutad de las fiestas del Pilar, amigos… Ya sea en el monte, en Zaragoza o en Torla (donde también están en fiestas). ¡Hasta la vuelta, amigos…!

      • Hola, Luis… Pues es una idea; tal vez cuando la “toponimia tresmilista” me deje algo de tiempo libre… Espero que hayas pasado unas buenas fiestas del Pilar…

    • Muy interesante estas semblanzas del “Moncayo de antes de ayer” Alberto. Otros tiempos que harán las delicias de la “Tribu de los Moncaínos”. Poco a poco vas reconstruyendo la historia montañera de lo más alto de, como dices en tu libro de este año junto a Eduardo Viñuales, “Sierras Celtibéricas”. Seguro que estos datos los hallaste en vuestros minuciosamente documentados “Montes de Zaragoza”. Gracias por volcarlos aquí.

      • Ahí le has dado, Makako: me pirra que no veas saber cuanto más mejor de los montes por los que me acerco… Y, aunque menos surtidos que los del Alto Pirineo, algunos de los puntales de las Sierras de Zaragoza disponen asimismo de su pequeña crónica… En el caso del Moncayo, más que holgada, desde luego… Más saludos algo tardanos…

      • Bueno: a cambio de mi escapada de Mañolandia, patrociné un festival de jotas sobre el Anie, en cuanto nos quedamos solos… Me encantan las luces rojas de la tarde y los descensos al amor del frontal…

          • Ya veo que además de “moncaíno” eres “pilarista”, Doble-A… Te me imagino, el domingo pasado, entonando el “Pobre de mí” tras la última traca de los fuegos artificiales de las fiestas del Pilar… Otro saludo más…