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De águilas y de tortugas (pirenaicas)

Estos días del centenario del parque nacional de Ordesa se cita con frecuencia a cierto alsaciano: Louis-François-Elisabeth Ramond de Carbonnières, el divulgador de las bellezas del Macizo Calcáreo. El aclamado como Padre del Pirineísmo suele unir su nombre a las primeras ascensiones al Monte Perdido. No tanto al descubrimiento montañero de la fabulosa brecha del paladín Rolando de Bretaña.

Resulta injusto este olvido en el padrinazgo del gigantesco portillo del Marboré. Ramond lo promocionó, como antes nadie hizo, a partir de su visita de 1787. Desde su primer libro sobre esta cadena, las Observations faites dans les Pyrénées pour servir de suite à des observations sur les Alpes (1789), nuestro galo dedicó un amplio capítulo al sector de “Gavarnie, su valle, su cascada y su puente de nieve, el Marboré y sus hielos; la brecha de Rolando y sus glaciares”. Alguno de sus párrafos, emocionantes como pocos, tendría que ser mejor conocido en tierras hispanas.

Ramond reconoció el collado que hoy nos ocupa durante su primer y breve contacto con estas montañas del estío de 1787. Un viaje de un mes en el que apenas tuvo tiempo para descubrir sino el tramo central de los Montes de Pirene: dos visitas al Midi de Bigorre, otra a la brecha de Rolando, recorridos por los alrededores de Barèges, un ascenso al puerto de Oô, el célebre intento a la Maladeta, su paso por Aran…

Sin duda alguna que el tajo que la leyenda atribuye al sobrino de Carlomagno estaba entre sus objetivos prioritarios. Así, al día siguiente de llegar a Barèges subió al Midi y, ocho jornadas después, holló la mítica Brecha.

Su ascenso al entonces poco accesible collado de los Marborés no iba a ser de carácter turístico: perfectamente acorde con el espíritu ilustrado de la época, deseaba ganar la cota 2.808 metros para “verificar la naturaleza del hielo pirenaico”. En esto, como en tantas otras iniciativas del alsaciano, se reconoce con facilidad su deseo de parecerse a Horace-Bénédict de Saussure, el científico que había trepado al Mont-Blanc en aquella misma añada. Por suerte para Ramond, no se enfrentaría con tantos problemas como el ginebrino para cobrarse la brecha de Rolando.

Vamos con su histórica aventura… Recién llegado a Gavarnie, el de Carbonnières buscó a un montañés para que le llevase por lo que ya era conocido como un camino de contrabandistas. En dicha aldea localizó a un improvisado guía que accedería a conducirle al día siguiente por la ruta Sarradets-brecha de Rolando. No sin dudar sobre las posibilidades de aquel urbanita en los territorios de alta montaña:

“Este buen montañés, que interiormente no creía que yo pudiese llegar muy lejos, no consideró que valiese la pena indicarme las precauciones que él mismo tomaría para aventurarse por ese paso”.

Pero aquel paquetero había medido muy mal a Louis Ramond, quien llegaba con experiencia montañera, pues había aprendido a usar los crampones, el hacha y el alpenstock en una visita previa a los Alpes suizos.

El 10 de agosto de 1787 ambos arrancaban su ascenso de los precipicios del circo de Gavarnie por las entonces complicadas Échelles de Sarradets. Una vez superadas estas escaleras de roca, el guía de fortuna le mostró a Ramond “una especie de barranco de una escabrosidad espantosa”. Seguidamente les aguardaba el valle desolado de Sarradets, aquel verano muy cubierto por la nieve: fue preciso que lo superasen tirando de los sencillos crampones de cuatro puntas del siglo XVIII. Plenamente consciente de la finalidad científica del periplo, Louis Ramond inició sus observaciones pirenaicas desde la misma altiplanicie:

“Tenía la mente dispuesta y los ojos ejercitados. Así, apenas degusté en esta expedición peligrosa sino emociones agradables, como todas cuantas nacen de los peligros evitados. Una vez dominado el anfiteatro de Gavarnie, su recinto no me pareció más que un abismo oscuro. No se distinguía de forma individualizada sino la Gran Cascada, iluminada por el sol. Mientras me elevaba cada vez más, una avalancha recorrió con el ruido del trueno las gradas del Marboré.

”Enseguida comprobé que las nieves que se presentaban ante mí estaban expuestas al norte, sosteniéndose hacia levante, y que no resistían sino de manera accidental los rayos del sol poniente y del mediodía. Reconocí que los amasijos que recubrían las gradas del Marboré contenían verdaderos glaciares que, perfectamente accesibles, no podían ser observados sino de cerca, puesto que las nieves los habían recubierto. Igualmente me convencí de que el oliváceo gris que barría la brecha de Rolando era un verdadero glaciar, el cual comenzaba a desgajarse de sus nieves, y que el torrente que corría por debajo de mí salía de sus cavidades. No podía dudar ni de su extensión ni de la dureza de sus hielos, dado que mi guía me dijo que, una vez, estando enteramente al descubierto, fue preciso tallar allí escalones a golpe de hacha.

”Me detuve algún tiempo para contemplar la Furchetta, el pico de Allanz y la Frazona [Astazu], desde donde cae la Gran Cascada. Las capas de estas montañas se muestran todas ellas alzadas y casi verticales, aunque sean calcáreas, lo que les da un aspecto áspero y erizado. A pesar de todo, vi allí espaciosas porciones de césped: un rebaño español, como caído del cielo, pacía por allí, al borde de un precipicio espantoso. El Marboré, por el contrario, que aquí forma la cresta [fronteriza] de los Pirineos, se prolongaba en la dirección de la cadena, en una larga muralla sobre la que caían perpendicularmente las direcciones aparentes de estos montes. El Marboré no estaba cubierto sino de nieves; su masa regular, recortada en grandes tajadas que, vistas en este sentido, parecían tan horizontales como un cúmulo de aguas tranquilas, presentaba desde estas alturas formas de una extraña simplicidad.

”Después de haber franqueado los glaciares, me encontré frente a un portón gigantesco”.

Se trataba, desde luego, de la brecha de Rolando. Al llegar a la pendiente final que la franqueaba, el joven Ramond vio cómo una gran grieta, producto del deshielo originado por los rayos de sol que pasaban desde España a través de su resquicio, le impedía traspasarla. El de Carbonnières tuvo que trepar por uno de sus contrafuertes rocosos laterales auxiliado por su contrabandista. Pero el esfuerzo bien valdría la pena: sus célebres líneas sobre La Brecha no iban a ser, hablando con precisión, las primeras noticias que de este accidente recibiría el mundo civilizado. Sin embargo, sí que gozaron del privilegio de constituir la descripción más temprana, detallada y personal, a varias generaciones de visitantes:

“Imagínese una muralla de roca de trescientos a seiscientos pies de altura, alzada entre Francia y España, a las que separa de forma física. Imagínese esta muralla curvada en forma de croissant, de manera que la convexidad quede vuelta hacia Francia. Imagínese, en fin, que en medio mismo, Rolando, montado sobre su caballo de batalla, hubiera querido abrir un paso y, que de un golpe de su famosa espada, hubiese producido una brecha de trescientos pies de abertura. Así se tendrá una idea de lo que los montañeses llaman la brecha de Rolando. El muro tiene poco espesor, pero adquiere todavía más del lado de las Torres de Marboré [entonces, el Casco y la Torre] que se elevan majestuosamente por encima de la puerta y de todas sus avenidas, como una ciudadela que Rolando hubiera situado para defender el paso.

”Además de la puerta, dos ventanas están abiertas en el mismo muro, en medio de los dos cuernos del croissant, a una distancia igual de la puerta. Y frente a las dos puntas de estos dos cuernos, dos montes piramidales, colocados a distancias parecidas, sirven de antecuerpo al edificio, como para proteger el circo que él encierra. Porque aquí todo es simétrico, dado que Rolando trabajó sobre un plano que hizo honor tanto a su inteligencia como a la fuerza de sus brazos”.

Unos párrafos memorables, pues mostraban una tempranísima recolecta de sensaciones montaraces. Aquel 10 de agosto de 1787 Louis Ramond comenzó la crónica de nuestro deporte, justo tras su experiencia debutante del Midi de Bigorre.

Una vez situado en el boquete fronterizo, el joven alsaciano decidió “sentarse sobre una piedra, a los dulces rayos de un sol sin nubes pero carente de ardor”, para así saborear el montañero goce de “la pereza de proceder y de pensar que se respira poco a poco con el aire de las alturas”. En cuanto a sus impresiones sobre las vistas desde la divisoria, Ramond las iba a relatar con amplitud:

“A pesar de todo, me encontraba en un espantoso desierto: nada de vegetación y nieves acumuladas por el lado de Francia hasta una altura considerable. Eran más raras en el lado de España y menos duraderas: dichas nieves, a pesar de los ardores del mediodía, descubrían unos barrancos largos y las vastas ruinas que la Naturaleza todavía no había fecundado. Había rocas de todas partes, más ásperas y erizadas por el lado de Francia, más degradadas por el lado de España, así como suspendidas sobre los precipicios de una forma más amenazante. Los montes más amontonados y altos quedaban hacia el norte, donde la forma y blancura de sus cumbres sin igual recordaban la idea de unas olas encolerizadas. Por su parte, las cumbres verdes y redondeadas de estas montañas, que siempre iban a abatirse hacia el Sur, parecían las ondas de un mar más tranquilo.

”Se abría aquí una inmensa perspectiva: a través de las ventanas del circo, por encima del circo mismo, el ojo podía recorrer Aragón. En efecto: nada se elevaba entre el marco de este circo maravilloso y las llanuras que huían hasta los bordes del horizonte. Se veía también cómo los montes se abatían insensiblemente y los valles tortuosos se abrían cada vez más para perderse en las campiñas”.

La excursión del erudito francés no pudo haber resultado más fructífera. Descendiendo con cuidado entre las rocas del contorno del glaciar, Ramond halló el tesoro científico que tan afanosamente buscaba:

“Estaba entonces sumergido bajo cuarenta pies de nieve, y distinguí allí todas las capas. Vi allí cómo los inviernos famosos separaban perfectamente los años. Reconocí los veranos ardientes en las bandas más débiles y las más transparentes”.

La glaciología pirenaica echaba a andar. Este viaje iniciático hasta los accesos de la alta montaña, además de permitirle examinar “el hielo verdadero, el hielo azul de los Alpes”, le descubriría a lo lejos un increíble macizo que su guía “nombraba Plan del Aubo, en tanto que el ángulo bajo el cual lo veía me llevaba a pensar que era el Vignemale”. Sin embargo, el tan corto como tormentoso estío ramondiano de 1787 no dio para que se acercara hasta aquellos otros heleros permanentes.

Nuestro pirineísta regresó al gran collado de las Montañas de Mármol en 1792, inmerso en sus exploraciones en torno al Monte Perdido… El Padre del Pirineísmo envió hasta el portalón de Rolando a varios científicos amigos suyos, como Mirbel y Pasquier, quienes tuvieron serios problemas con los hielos del glaciar en 1797. También dirigiría hacia la Brecha del Marboré a su colega La Boulinière para que buscase fósiles marinos en sus paredes…

Curiosamente Ramond nunca consideró que en La Brecha estuviese la más evidente ruta desde Francia hacia ese Monte Perdido que tanto ansiaba ascender. Sin embargo, a no mucho tardar, cientos de compatriotas, rehaciendo sus pasos de 1787, preferirían ganar la cúspide del Macizo desde el prodigioso portillo calcáreo.

Tras leer estas líneas, a nadie le resultará extraño que el alsaciano fuese un ídolo en su tiempo y que sus libros se devoraran con pasión. Así, en el año 1792, otro de los ancestros de la conquista pirenaica, Jean Dusaulx, obsequió a su maestro con un apodo muy de la época: “Sois el Águila de los Pirineos; nosotros no somos sino tortugas”. Dijo bien: al lado de Louis Ramond de Carbonnières, todos somos tortugas.

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Comentario

  1. Precisamente estos días estaba releyendo “La conquista del Pirineo”, de Marcos Feliu, obra donde se da buena cuenta de las andanzas de Ramond y
    de toda la pléyade de pireneistas galos. Y estos días también me he dado el tradicional paseo otoñal por Ordesa; fantástico, aunque todavía faltaba alguna que otra jornada más para el gran espectáculo.

    • Pues, entonces, te interesarán las dos siguientes entradas de nuestro amigo Louis Ramond, ya verás… Ahora mismo cuelgo la primera, para viajar a la Ordesa de 1802…

  2. Fantásticos estos “nuevos datos” sobre la brecha de Rolando, Alberto… Por cierto, me ha llamado mucho la atención tanto la Frazona (Astazu) como el Plan del Aubo (macizo del Vignemale)… ¿Estaban controlado estos topónimos? De cualquier modo, esa charla-proyección patrocinada por el Club Alpino Universitario tiene una pinta increíble…

    • A nada que se arañe por la superficie de la crónica pirineísta, aparecen datos y más datos, reclamando todos ellos, por parte de los estudiosos serios (atento a esta última etiqueta) un mínimo de consideración. Si es que, lo que se desea, es sacar adelante un trabajo serio y riguroso. Lo cual debería requerir bastante tiempo, me temo, para no incurrir en la “chapuza regional” o en algo peor…
      En cuanto a la charla para el CAU, pues ciertamente que quienes acudan podrán disfrutar de toda mi colección de ticks y gestos histriónicos de costumbre, mientras escuchan datos poco conocidos sobre las primeras añadas del pirineísmo en el teatro ordesiano…
      Más saludotes…

  3. Es posible que alguien desee conocer mejor las peripecias en torno al futuro parque nacional de Ordesa de pirineístas como Louis Ramond, Henri Reboul, Franz Schrader, Lucien Briet… En tal caso, puede pasarse por cierta charla-proyección patrocinada por el Club Alpino Universitario: será el martes próximo, 23 de octubre, a las 19:30 h, en el Aula 2 de la Facultad de Ciencias del Campus de San Francisco zaragozano:
    http://www.clubalpinouniversitario.com/general/node/845

    • Bien. Ahora resulta que si tuvieran más lecturas los “New Toponimisters” hubieran podido endosarnos otro cambiazo de un tresmil. Frazona en lugar de un Astazu que ahora quieren que se llame “Marmolillo del Cul Gran” o algo parecido.

      • Hey, Makako: lo de “New Toponimisters” (on the Block) suena a grupo musical para adolescentes anglos… ¿Lo tienes registrado?
        Respecto a lo del Astazu en su versionado nazionalista, pues decirte que es más viejo de lo que parece: alguien se lo sacó de su manga o chistera, por arte de birla-birloque (sin la menor explicación), desde ese “mapa autóctono” verde-rana a 1:25.000 de “Ordesa y Monte Perdido. Parque Nacional” fechado en el año 2000. Por allí se leía: “Picos de Astazu. Marmorés d’el Cul Chicot. Marmorés d’el Cul Gran”. Las cosas de los misteriosos Sabios Autóctonos desde sus Olimpos, del todo ajenos a servir explicaciones a los simples mortales que andamos por los suelos…

        • Muy bien, Alberto. Al Ramond sólo hubiera faltado inventar un aparato fotográfico para deleitarnos con los hielos de su época. ¡Chapeau!

          • Tienes razón, A.A.: solo le hubiera faltado algo así, pues la pluma del alsaciano, en contra de lo que se dice, me parece de lo más vívida (para el siglo XVIII). Saludos…