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Ramond y la recolecta de casualidades

No siempre apreciamos el legado de nuestros ancestros. En los últimos tiempos, merced a las reediciones y a los textos en español, el interés por la crónica pirenaica parece haberse acrecentado. Por eso choca que, en el temprano 1898, un historiador ramondiano convencido como Henri Beraldi proclamara desde el prólogo de sus Cent ans aux Pyrénées:

“El Pirineísmo retrospectivo se conoce poco, mal o nada. Ciertamente, el nombre de Ramond ha prevalecido y nadie ignora que subió al Monte Perdido. Pero, ¿quién puede precisar hoy su obra e itinerarios, decir lo que hizo y lo que no? ¿Cuántos son, en la actualidad, no ya quienes han leído el relato de su viaje al Monte Perdido, sino quienes sospechan siquiera su existencia?”.

En esta segunda entrega vamos a airear algún que otro dato relevante de las descubiertas ramondianas del hoy centenario parque nacional de Ordesa. Como, justamente, la irrupción del valle del Arazas en los anales del Pirineísmo. Tras el texto de la aventura inicial de Louis Ramond de Carbonnières en la brecha de Rolando, le acompañaremos ahora en su reconocimiento del más célebre de los cañones sobrarbeses.

Puede decirse que nuestro alsaciano había arribado a la cadena francoespañola un poco de rebote: como parte del séquito de un cardenal de Rohan exiliado tras el escándalo del collar de la reina María Antonieta. Llegó a Barèges un 31 de julio de 1787. Louis Ramond de Carbonnières, entonces con treinta y tres años de edad, reconoció sentirse fascinado por unas montañas que vislumbró en la lejanía desde los altos tarbeses de Laguian:

“Se descubren los Pirineos desde una gran distancia, y en algunos aspectos que presentan aparecen como los Alpes: un amasijo de cumbres recortadas, agudas, erizadas, de las que el color es tan blanco como las nubes y tan azul como el cielo, según reflejen la luz o estén cubiertas por la sombra”.

Una leyenda posterior insinúa que Ramond se interesó prontamente por cierta montaña calcárea un tanto esquiva… Tal es así que, en el curso de sus descubiertas primerizas por Gavarnie, el aludido dijo tener grandes problemas para recolectar datos sobre esa prominencia misteriosa llamada Moum-Pergut que, por lo que se comentaba, constituía el remate de la cordillera. Lo explicó con amplitud desde sus Voyages au Mont-Perdu (1801):

“De todas las molestias, la más seria y menos prevista fue saber dónde se encontraba exactamente el Monte Perdido… ¿Dónde se situaba su acceso, y desde dónde era preciso abordarlo? Unas preguntas a las que nadie estaba en condiciones de responder. La montaña se escondía detrás de unos taludes de aspecto más que incómodo y se rodeaba de desiertos deficientemente conocidos incluso por los pastores… Si consultaba a éstos, iniciaba una competición con todo tipo de jactancias de amor propio y de todos los cuentos de la mayor credulidad. ¿El Monte Perdido?, no había niño que no lo reconociera con los ojos cerrados, sin que se estuviera más de acuerdo ni sobre ese objeto ni sobre sus nombres. Uno lo situaba en Francia, el otro en España. Tal persona lo había visto pasando por la brecha del Taillón, pero, a su vez, había dos o tres Montes Perdidos. Tal otra persona lo trataba con gran familiaridad dado que, en su juventud, había llevado a pastar hasta allí a las ovejas, en tanto que aseguraba que el más osado cazador del país había alcanzado su cima con ayuda del Diablo, quien le condujo hasta arriba. El Monte Perdido de los habitantes de Gavarnie no era otro que el Astazu de los pastores de Estaubé; en tanto que el Astazu de los primeros era el Marboré de los otros y, al mismo tiempo, el Allanz de todos… Estaba claro que nadie conocía el Monte Perdido y que nunca, desde que se nominaba las montañas, hubo ninguna otra tan bien designada”.

En efecto: de ese modo confuso se referían los habitantes de los valles altos a una montaña mítica que, por el decir de cabreros y de cazadores de sarrios, se alzaba “perdida hacia la frontera con España”. Por su flanco norteño, la silueta del Coloso apenas podía apreciarse con claridad sino desde el Midi de Bigorre, el Pimené, la Hourquette d’Ossoue, las granjas de Coumely, el llano de Agos… Como observó el propio Ramond: “El Monte Perdido, que cuando se sube a otros picos se ve desde todas partes, no sale por ninguna desde los valles”.

Sin embargo, en los planteamientos ramondianos chirría un poco cierto dato aireado recientemente: en el verano de 1787 Henri Reboul y Jean Vidal coincidieron con él en Estaubé, cuando medía el ángulo de las capas geológicas. Y le indicaron, con croquis incluido, dónde quedaba con exactitud ese Moum-Pergut. Una montaña que, por lo demás, se veía apuntar desde allí, alzada sobre las murallas de la muga…

Cambiemos al siguiente cuadro. Tras su mes de debut pirenaico en 1787, el de Carbonnières regresó a Barèges el 4 de agosto de 1792. Durante esta segunda estancia, más o menos de unos ocho años de duración, comenzaron sus tratos con un peculiar habitante de Gèdre que estaba emparentado con el célebre hostelero Périssère: Gregorio Taula, de supuesta procedencia hispana, a quien se le apodaba Arrondou o Rondo, e incluso el Intrépido.

Los análisis minuciosos que se están llevando a cabo con los diarios del explorador galo indican que su interés por el Monte Perdido, durante este periodo, fue muy relativo. Hoy en día se tiende a creer que el asedio a la mayor de las Tres Sorores, se supone que realizado “con gran tesón y esfuerzo” entre 1787 y 1802, es una fábula creada a posteriori. Al parecer, durante estas añadas intermedias nuestro naturalista se centró en unos macizos del Midi de Bigorre y del Néouvielle que tenía mucho más a mano desde Barèges. Lo cual no quita para que tuviera un ojo puesto sobre la cima que terminaría procurándole fama. Sobre todo a resultas de sus dos visitas por Tucarroya al Balcón de Pineta del verano de 1797…

La más primeriza, concretada un 12 de agosto dentro de la numerosa expedición conjunta con Philippe Picot de Lapeyrouse, entró de pleno en la hagiografía de nuestro deporte por cuenta de la escalada al “corredor de hielo de la Tuque”. Hay historiadores que han querido fijar el Año Cero del Pirineísmo en esos precisos momentos en los que Louis Ramond ganaba los 2.666 metros de la brecha de Tucarroya entre las nieblas:

“Nos apresuramos, nos abalanzamos, alcanzamos jadeantes la meta deseada. Un grito alegre anuncia el cambio de escena: un silencio triste le sucede ante el aspecto de un nuevo mundo, de profundidades que nos separan, de los glaciares que lo rodean y de la nube que lo cubre, ¡un espectáculo horrible y sublime del cual se colman todas nuestras facultades! […]: ¡aquí está el Monte Perdido!, ¡aquí está el Monte Perdido!, nos decíamos unos a otros. Sin embargo, nadie lo distinguía aún entre aquellos caos de rocas, de nieves y de brumas. Era el dios cuya presencia se presentía más que se percibía, manifestándose en todo cuanto le rodeaba antes de revelarse él mismo”.

No extraña que Ramond prefiriera, con mucho, su segundo ascenso a Tucarroya del 7 de septiembre del mismo año, dado que disfrutó durante el mismo de un clima más benigno. Así narraba, ya en 1813, esta nueva trepada de cinco largas horas uno de los integrantes del grupo, Étienne-François Dralet:

“El señor Ramond da el orden de la escalada, que se intenta sobre el costado occidental [del corredor de Tucarroya]. Se prueban los crampones y los bastones de hierro, que resbalan sobre la superficie de hielo sin penetrarla. Pero estamos bien provistos de instrumentos cortantes y nuestros guías los emplean para tallar los escalones. Subimos entonces sobre una escalera de hielo y no dudamos que sería un camino de rosas en comparación con el que habíamos sido obligados a abrirnos paso. El hielo nos presentó un abombamiento que en vano se podía franquear. Fue preciso evitarlo y ganar el roquedo vecino, pues era inaccesible en este lugar. ¿Qué hacer? Rebajamos la viva arista que terminaba lateralmente el glaciar, arriesgándonos como sobre una cuerda extendida entre dos precipicios hasta el momento en que se aproximó a otros roquedos menos amenazadores. Tocamos tierra al fin y no la abandonamos sino cuando un promontorio nos obligó a tallar nuevos escalones sobre el hielo, que se había vuelto practicable”.

Sin embargo, el hallazgo de fósiles marinos en el Balcón de Pineta pudo enfriar las ganas de Louis Ramond por hollar una cima que, desde aquel flanco septentrional, prometía ser poco menos que imposible: el logro de sus objetivos científicos a través de las expediciones por Tucarroya pareció desviarle de un viaje incierto hasta la cota 3.355 metros. Aún con todo, nuestro inquieto alsaciano realizó en 1798 nuevos reconocimientos de los puertos de Pineta y de la Canau, de Troumouse, de la brecha de Allanz y del Pimené. Su regreso a París en 1800 para ocupar un puesto como Diputado por los Hautes-Pyrénées podía haber significado el final de su trayectoria montañera. En este sentido resultan interesantes las declaraciones pesimistas que afloran, como de rondón, en unos Voyages au Mont-Perdu (1801) que huelen un poco a punto y final de sus peripecias pirenaicas:

“Si el testimonio de un cazador fuera una autoridad suficiente, conozco a uno que pretende haber llegado a la cumbre [del Monte Perdido] por una ruta parecida, pero, por tres veces, me ha hecho tres relatos diferentes y no he sacado nada en claro de la topografía de los lugares: todo lo que he podido inferir de la relación y de sus variantes es que si realmente había llegado a una cima, fue a lo sumo a la del Cilindro”.

El supuesto desapego ramondiano por el Monte Perdido se evaporó de repente en el estío de 1802. Fue a raíz de que se enterara de la inminente partida de la expedición de Isidore Lapeyrouse rumbo a dicha montaña. Una cumbre de la que nuestro alsaciano decía, por aquel entonces, que resultaba absolutamente impracticable y que, además, no brindaría excesivo interés para la Ciencia tras sus “exitosas” campañas de 1797.

La continuación de la historia resulta bien sabida: el 7 de agosto de 1802 ganaban la cima del Gigante Calcáreo un pastor belsetano y dos guías del Lavedan, enviados para que exploraran sus faldas meridionales. Una cumbre que el presuroso Ramond subió tres jornadas después, entonando el célebre: “¡Todos los Pirineos estaban a mis pies!”. Por no hablar de cierta grieta o cañón misterioso que, desde tales alturas, no podía ofrecer un aspecto más tentador…

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Comentario

  1. ¿Sabremos algún día todos los detalles sobre el “descubrimiento de los Pirineos”? Tampoco importa mucho, si la leyenda es maravillosa, pero no dejes de escudriñar todo lo que puedas. A esta lado de Pyrene no quedan muchos que puedan hacerlo con rigor.

    • Yo creo que sí; José: cada vez sabremos más de las andanzas de nuestros antecesores. Unos hombres y mujeres con sus luces y sombras, desde luego, pero a quienes cuanto más se conocen, más se aprecian… Por suerte, nuestros vecinos del Norte no pierden el tiempo en tonterías nacionalistas e investigan con seriedad por cartas y diarios de pioneros que aparecen por las casas de subastas, desmontan las torretas de cima para buscar cuadernos y tarjetas antes de reconstruirlas, vuelven a traducir algunos textos con mayor cuidado… En fin: que desde revistas rigurosas como “Pyrénées” seguiremos disfrutando de buenos artículos pirineístas. Y, como bien sabes: solo se ama bien lo que bien se conoce… ¡Vaya una arenga la que te he endilgado!

        • Alberto: no sabes como siento no haberme enterado antes porque me hubiera gustado mucho asistir a tu conferencia. ¿Piensas repetirla en otro sitio?

          • No te preocupes, A.A.: a mediados-finales de diciembre tengo cerrado otro acto similar en Zaragoza, aunque sea con otra temática… Ya te daré un toquecillo cuando se difunda, por si quieres venir para disfrutar con mi pintoresca gestualidad y chistes macarrónicos durante estas charlas pirineístas… También surtiré de datos-datos-datos a quienes acudan, claro, junto con las mejores imágenes pirenaicas que pueda pillar…