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El descubrimiento de Ordesa en 1802

De un modo abreviado y rápido, en las dos entradas previas hemos seguido el proceso que condujo a Louis Ramond hasta la cima del Monte Perdido. Tras un laborioso cerco de quince años, según unos; de un modo un tanto casual y oportunista, según otros. Sea como fuere, desde la cota de los 3.355 metros arrancó, de la mano del de Carbonnières, la crónica montañera del valle de Ordesa. A tenor de sus diversas versiones del Voyage au sommet du Mont-Perdu (1803), se sabe que cierto accidente geográfico llamó poderosamente la atención del pirineísta galo. Así fue su perspectiva desde este último puntal el 10 de agosto de 1802:

“Hacia el sur el espectáculo era muy distinto. Todo el conjunto se abatía de golpe y a la vez. Era un abismo de 1.000 a 1.100 metros […]. Pero lo que más llamaba especialmente mi atención era ver el costado sur de los Pirineos, claramente dividido en dos porciones diferentes. La más próxima a los llanos mostraba unos lomos largos y unos valles despejados que formaban las pendientes de calcáreo a lo largo de las grandes cadenas […]. Había un tan ancho como largo altiplano cuya superficie, vista desde las alturas, parecía quedar al mismo nivel. Únicamente se veían algunas colinas y varios montes poco alzados que separaban los valles, anchos y poco profundos. En mitad de estas irregularidades en la superficie se abrían cuatro o cinco enormes grietas [cañones] cuyas murallas eran completamente verticales. Surgían desde las bases del pico [del Monte Perdido] y se expandían hasta los confines del altiplano [¿de Góriz?], con el cual compartían de modo indistinto las prominencias y vallecillos con los que dividían sus zócalos. Igualmente captaban sus aguas, encerrando bosques tupidos que se distinguían en sus profundidades. Parecía como si estas grietas tan evidentes se hubieran formado ayer mismo, y hubiesen conservado tan bien sus perfiles saledizos y concavidades, las ondulaciones de sus murallas y las de sus cimas. Podía pensarse que sus márgenes aguardaban para unirse otro esfuerzo del poder que las había separado.

”Era preciso observar esas grietas [insisto: cañones] más de cerca, pero parecía impensable descender hacia ellas desde la cumbre. Había un abismo de los que no se desafiaban de forma impune. Por eso decidimos dar un rodeo de unos 53 ó 66 kilómetros en busca de su confluencia, ya en el valle de Broto, ya en el de Fanlo, retomando el camino de las cascadas de Bielsa de forma que al menos tuviésemos la seguridad de pernoctar donde fuese posible encender una hoguera”.

Pues manos a la obra. Apenas completado su descenso del Monte Perdido, Ramond preparó un reconocimiento del Alto Arazas. Permaneceremos un poco más en su compaña gracias a ese Discurso que preparó para el Institut National del 9 de mayo de 1803, publicado inicialmente en el Journal des Mines y luego en los Annales du Museum National d’Histoire Naturelle. Entre sus líneas se describía el primer recorrido de un explorador en lo que sería el futuro parque nacional de Ordesa:

“Me quedaba por ver el altiplano y sus grietas [cañones] inmensas. El 21 de agosto de 1802 me encontraba en Gavarnie y, al día siguiente, crucé el puerto […]. En Bujaruelo verifiqué que el altiplano que se alzaba por mi izquierda resultaba completamente inaccesible, por lo cual fue necesario recorrer el valle hasta Torla, que es una villa de importancia situada como a unos 15 kilómetros. Allí pude ver por el este la confluencia de un valle grande que ingresaba en el altiplano. Se conocía como valle de Ordesa y estaba completamente deshabitado. Después de vadear el río Ara, entré en él y enseguida me percaté de que me hallaba dentro de una de las grietas que había percibido desde lo más alto del Monte Perdido. Su entrada se encontraba a la misma altura que Torla, que mi barómetro fijó en 1.081 metros. Marché unas cuatro horas por dicha grieta, casi siempre bajo las umbrías de un bosque muy frondoso, siempre confinado entre dos muros verticales de una altura terrorífica. Caía el día cuando llegué a su final, llevando el altiplano sobre mi cabeza y sitiado por unos muros que no percibíamos cómo se ascenderían. Pernoctamos bajo un roquedo tapizado con plantas de Genista lusitanica, un arbusto muy raro que utilizamos para encender y sostener la hoguera. Nos hallábamos a 1.802 metros [¿en la cueva de Frachinal?].

”En cuanto amaneció fuimos para observar los muros y, después de dos tentativas infructuosas, finalmente logramos escalarlas corriendo grandes riesgos. Una vez sobre el altiplano, todo cuanto percibíamos había cambiado tanto de aspecto que no acertábamos a reconocer el lugar. El Monte Perdido y el Cilindro, con sus muros y tajaduras, se hallaban ante nosotros, pero no sabíamos de qué modo diferenciarlos frente a semejante caos de roquedos amontonados. Fue necesario que recorriésemos una porción del altiplano [¿de Góriz?] para relacionar las observaciones realizadas sobre la cumbre.

”Consulté el barómetro varias veces en distintos lugares del altiplano, que dio algo más de 2.430 metros de media. Dicha altitud, en contraste con la registrada en el fondo del valle […] daba 896 metros de profundidad media de esta grieta […].

”Con el retroceso de las aguas se trazaron en estas montañas los primeros valles donde se habían reconocido ciertos vestigios. Una vez que estas aguas regresaron a sus actuales niveles lo dejaron todo al desecamiento y a la gravedad. Hubo hundimientos tanto generalizados como parciales que conformaron las grandes grietas meridionales, quizá trazando igualmente todos los valles excavados por el norte y el este, que surgían de un modo divergente con el Monte Perdido como centro.

”Sin duda que tales grietas comenzaron siendo unas fisuras estrechas. Poco a poco irían ampliándose con el desmoronamiento de sus muros […]. Al sur [del Monte Perdido] la tendencia de las capas había sido la de cortarse de forma vertical en todas las direcciones, produciendo persistentes escarpas perpendiculares por detrás de las vertientes derrumbadas, por lo que esta destrucción, que se ejercía siempre de igual modo sobre los materiales idénticos, había ampliado sin tregua estas fisuras con tajos en paralelo a su primera dirección, por lo que los ángulos que salían y entraban habían mantenido por todo su correspondiente original”.

El ejemplo de Ramond resultaría contagioso. Sus textos y artículos originaron, desde los mismos arranques del siglo XIX, cierto goteo de imitadores. Como, pongamos el caso, Gabriel-Étienne Arbanère, un natural de Sète que ya había visitado el Macizo Calcáreo en 1806. Sin embargo, hasta catorce añadas después no lograría su objetivo de encaramarse sobre la cúspide del grupo. Cuando aún se creía que el Monte Perdido constituía la “llave de la bóveda del gran edificio de los Pirineos”…

Lo primero que hizo este seguidor de Ramond fue buscar en Gèdre a su antiguo guía Rondou. Por desgracia, el compañero del alsaciano se encontraba enfermo y no podía ascender a las montañas con la ligereza de antaño. Así, le ofreció a cambio los servicios de su hijo, Jean-Grégoire. Arribados sin novedad por la vía de Góriz-las Escaleras a las pedrizas cimeras, de este modo registró Arbanère la subida final hacia la más céntrica de las Tres Sorores:

“La cumbre, por el lado de España, no ofrecía sino rocas rotas y secas. La nieve, en un banco que no decía nada de su espesor, estaba amontonada del lado francés [sic], sobre el reverso; después, se curvaba en un pequeño valle para alzarse y formar una segunda cresta paralela y más alta que la meridional de cuatro metros aproximadamente… Al fin, la masa entera de los Pirineos estaba bajo mis pies [¿remedo de la frase de Ramond?], y el cielo más puro lucía sobre mi cabeza […]. Pude seguir todo el arco interior de este valle [de Ordesa], casi siempre sobre la arista de sus altas murallas, sobre todo en una cornisa azarosa que se extraplomaba sobre su base, y que nuestro guía Joseph llamaba Facheloigné [¿faja-lejana?]. Constantemente veo estos muros parecidos por su regularidad a los de un edificio de hombres…”.

Louis-François-Elisabeth Ramond de Carbonnières no solo fue el descubridor de los parajes más significativos del Macizo Calcáreo: también destacó como uno de los adelantados teóricos de nuestro deporte. Sus escritos sobre esta actividad nos revelan a todo un ideólogo del montañismo que animaba, desde el temprano 1789, a seguir su impronta:

“Cualquiera que no haya practicado las montañas de primer orden, se formará difícilmente una idea justa de lo que resarce de las fatigas que allí se prueban, y de los peligros que allí se corren. Se figurará todavía menos que esas fatigas no llegan sin placeres, y que estos peligros tienen sus encantos; y no podrá explicarse la atracción que lleva allí sin cesar al que los conoce, si no recuerda que el hombre, por su naturaleza, ama vencer obstáculos; que su carácter le lleva a buscar los peligros, sobre todo las aventuras; que es una propiedad de las montañas la de contener, en el menor de los espacios, y de presentar en el menor tiempo, los aspectos de regiones diversas, los fenómenos de climas diferentes; de reunir los sucesos que separan largos intervalos; de alimentar con profusión esta avidez de sentir y conocer, una pasión primitiva e inextinguible del hombre”.

¿Extraña, pues, que a este hombre irrepetible se le considere como el Padre del Pirineísmo? Con todas sus luces y sus sombras, desde luego…

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Comentario

    • Nada, nada: pues esta semana nos vamos hasta el Soum de Ramond para ver cómo fue el bautizo de esa punta de las Tres Sorores (vesacando la ropa elegante de ceremonia, que la ocasión bien que la merece)… Hasta entonces, Doble-A!!!

    • Muy bueno, Luis, muy bueno… Pues, en fin, puestos a buscar a un “Abuelo del Pirineísmo” (gracias por darme la oportunidad de erigirme en su postulante), o acaso un “Tatarabuelo”, yo me decantaría por el rey Pedro III de Aragón, apodado como “el Grande” (Valencia, 1240-Villafranca del Penedés, 1285)… Ya sabes: a quien el monje Salimbene de Parma adjudicó un ascenso al Canigó para vérselas con el dragón de su lago… Vamos: que nuestro colectivo tiene un “Tatarabuelo” valenciano (Pedro el Grande) y un “Padre” alsaciano (Ramond)… Un día de estos tengo que traducir la página del cuento de “El Rey y la Gran Lagartija”, por cierto…

      • Ya veo que Ramond era un máquina, Alberto… Muchas gracias por las aclaraciones… Pero en referencia a los acestros de nuestro colectivo, ¿puede que otro de los Tatarabuelos fuera Valerius? Creo haber leído que pudo encaramarse al Mont Valier allá en el siglo V?

        • Ya lo creo que sí, Xavi: ese obispo montaraz sería el Ta-ta-ta-tarabuelo de Ramond. Bueno, con el permiso de Ötzy, quien ya rondaba por los Alpes (y Ramond era alsaciano) hacia el 3.255 a.C. o así… Más saludetes!!!

  1. Pues sí, con todas sus luces y sombras… Mas resulta fascinante seguir sus descripciones de un paisaje y unas exploraciones que hoy serían algo así como la primera mirada a Marte. ¿Qué pudo sentir en su primera visita a Ordesa? Solo podemos imaginarlo leyendo sus impresiones, esas para las que esta entrada supone un gran aliciente. Gracias.

    • Buena comparación, José: en efecto, para medir en su justa media al de Carbonnières, nada como imaginarse a un cosmonauta posando su vista sobre la superficie marciana… El Pirineo de comienzos del siglo XIX era un gran reto, y afrontar sus grandes montañas (entonces mucho mayores por cuenta de los hielos y neveros recrecidos) requería hombres especiales… Con frecuencia se le ha achacado a nuestro “Padre del Pirineísmo” que fuera demasiado “frío”, “científico” y “alemán” (nació y se educó en Estrasburgo) en sus textos: sea como fuere, a mí me fascinan sus descripciones de esa cordillera que exploró entre 1787 y 1806…

  2. Impresionantes crónicas, Alberto… Pero, por favor, no nos dejes así y dinos cuáles son esas sombras a las que te refieres…

    • Hey, Xavi… Bueno, pues alguna de las “sombras ramondianas” se pueden intuir en los tres textos precedentes: acaso acomodó la realidad de lo que verdaderamente pasó durante su supuesto “asedio sin tregua” al Monte Perdido para adaptarlo a una carrera política. ¡Nada hay nuevo bajo el sol!: los políticos ya coqueteaban con las montañas desde el siglo XVIII, lo mismo que ahora. Pero dejemos, por el momento, el asunto de la Lista Soro de tresmiles aragoneses: Louis Ramond, en lo que quizás fuera una de sus “sombras”, le hizo la pelota a base de bien a Napoleón Bonaparte, llegando a escribir un texto (“Natural y Legítimo”) para justificar su acceso al Poder… Y, claro está, como todos cuantos se arriman al Poder sin el menor pudor, acabó como Prefecto, Caballero del Imperio… Insisto: que conste que no hablo de la denominada “Comisión Asesora de Toponimia”; ya lo haré en las dos entradas siguientes, que hay material de sobra…