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A propósito del Soum de Ramond

Tengo un pálpito en lo que respecta a esta gran montaña sobrarbesa: nunca disfrutó de nombre diferenciado sino hasta el último tercio del siglo XIX. Algo parecido a lo que sucedió con los puntales de los Montes Malditos benasqueses, denominados durante un tiempo en genérico, que no de forma individualizada, como Malahita, Malheta y demás derivados. En el caso del Macizo Calcáreo, con el apelativo de las Tres Sorores y sus variantes locales también pudo bastar. Al menos, antes de que los montañeros se interesaran por visitar su colección de cumbres al completo.

Seamos mínimamente realistas: ¿con qué fin le iban a asignar nuestros archiprácticos tatarabuelos un topónimo a cada uno de los múltiples resaltes de sus tierras altas? O a los 160 tresmiles censados en Huesca desde más o menos 1989… Alguno de ellos, poco o nada visible desde las regiones humanizadas. En bastantes casos, ni siquiera perceptibles a ojos de cabreros o de cazadores. Para los nativos, el grueso de prominencias de su terruño tuvo que despertar la misma curiosidad que las estrellas que recubrían el firmamento: con distinguir el lucero del alba y los astros que marcaban el norte era suficiente…

Pero centrémonos ya en nuestra cima ramondiana: yo diría que con la representación de un mítico trío de hermanas hecho roca y nieve, los aragoneses de antaño pudieron manejarse de sobra. Cuando faltaban siglos para que a nadie se le ocurriera ni veranear en el Piri ni atesorar tresmiles… Así, no tendría que sorprender que tanto la situación exacta como la antigüedad toponímica del actual “pico de Añisclo” despierte serias dudas entre los no-politizados: ¿se trataba de la hoy llamada punta de las Olas? ¿O de alguna cima de la corporación Suca-Tres Marías…? ¿Y no sería más bien que los “picos de Añisclo” abarcaban antaño las cuatro cumbres de este último grupo?

Los textos de los siglos XVIII y XIX señalan que la existencia de las Tres Sorores era bien conocida en ambos lados de la muga, donde sus moradores andaban por entonces bastante entremezclados. Durante la albada del pirineísmo, dichos puntales se trataron de identificar, desde el sector de la semiaragonesa aldea de Gavarnie, como “el Marboré, el Cilindro y el Monte Perdido”. Parece que nunca se manejaron otros nombres. En el mejor de los casos, se desglosó a nuestra trilogía como “el Cilindro y las dos puntas del Monte Perdido”.

Por otra parte, debido a una mera cuestión de perspectiva, desde la vega del Cinca se excluyó del trío al primero de estos resaltes, cuya plaza fue ocupada por la actual punta de las Olas, suponiendo así que el Monte Perdido era el posteriormente llamado Soum de Ramond. En fin: la anarquía nominativa reinaba de tal modo en 1797 que los montañeses de ambas vertientes que acompañaron a Louis Ramond en su primer ascenso por el corredor de Tucarroya se empeñaban en presentarle al Cilindro como si fuera el Monte Perdido. Nada le dijeron de esa cima que se alzaba hacia el este, de aspecto discreto según se apreciaba desde el Balcón de Pineta…

A nadie le debiera extrañar semejante caos: sin mapas detallados ni vistas aéreas fue difícil aclararse durante los arranques del pirineísmo. El clásico apostadero de la época para otear la porción central de la cordillera, el Midi de Bigorre, no brindaba perspectivas que explicaran la identidad de las Tres Sorores del Alto Aragón. Topónimo que, he de insistir, bien se ocuparon de registrar los cronistas foráneos de entonces. Aunque fuera en múltiples versionados, que ese es otro asunto.

Choca más el hecho de que los tempranos visitantes del Monte Perdido no reparasen (excesivamente) en la característica montaña que los flanqueaba, algo más abajo, por su costado sureste. El propio Ramond dibujó en 1802 a su futuro Soum desde el remate central, así como a la otra Soror, el Cilindro. Si bien el número de pirineístas que ganó la cota 3.355 metros durante el tercio inicial del siglo XIX fue corto, conformó un listado de gran calidad. Por no hablar del rol de los guías francoespañoles que les acompañaron, quienes aparentemente nada contaron sobre la tercera de estas Hermanas. ¿Ni siquiera su nombre? ¡Hala, más misterios para la colección…!

De ese modo funcionaban las cosas cuando un geógrafo inicialmente amateur, Franz Schrader, compareció por el Macizo Calcáreo para prendarse al punto de sus montañas. Junto a unos amigos, los hermanos Lourde-Rocheblave, determinó “hacer algo” en el escenario del Monte Perdido, explorando las regiones superiores un poco al estilo del gran precursor, Louis Ramond. En un principio planearon un diorama en tres dimensiones como ese relieve de los Montes Malditos que confeccionara el ingeniero Toussaint Lézat, proyecto que terminó trocándose en una carta del Marboré a escala apropiada para el uso de los montañeros. Una tarea descomunal a la que le dedicarían su tiempo libre durante varios veranos intensos.

El propio Schrader narró con pluma entusiasta las peripecias en este, su primer gran reto cartográfico. Y en repetidas veces, pues al hombre le gustaba ser claro en sus explicaciones. Hoy recurriremos al texto sobre los “Estudios geográficos y excursiones por el macizo del Monte Perdido”, extraído de las Mémoires de la Société des Sciences Physiques et Naturelles de Bordeaux de 1874. Un trabajo asimismo presente dentro del tomo primero de su recopilatorio sobre los Pirineos: viajes y ascensiones (1936), editado hace no demasiado por el Organismo Autónomo de Parque Nacionales. Puede resultar útil que, para entender sus motivaciones, atendamos a la presentación que el geógrafo realizara tanto de las montañas en las que fijó su curiosidad como del pionero que le precedió en sus descubiertas:

“Entre los exploradores que han recorrido después de [Louis] Ramond el cañón calcáreo del Marboré y del Monte Perdido hasta ese momento [1874], si no estoy equivocado, ninguno había emprendido sus recorridos con propósitos exclusivamente geográficos. Aunque la naturaleza de estas montañas se conocía desde mucho tiempo antes, su forma apenas se intuía y aún no existía ningún mapa centrado en esta zona. Así, tanto las circunstancias como el apasionamiento por recorrer las montañas, más que una decisión tomada de antemano, me llevaron a tratar de rellenar esa laguna. Solo ahora, cuando puedo dar cuenta del trabajo realizado, me percibo de que he tenido suerte, si no en la plena realización de la empresa, al menos en la elección de la zona que he tratado de reproducir […].

”Ramond lo comprendió admirablemente, por lo que me sentiría orgulloso si mi trabajo, inspirado por la lectura de sus Viajes al Monte Perdido [de 1802], pudiese contribuir a hacer de esta región lo que él deseaba destacar de ella: el modelo perfecto y clásico de las formaciones calcáreas. Para llegar a esta conclusión, simplemente he tratado de determinar no solo los emplazamientos y altitudes sino, además, la fisonomía y las formas particulares de sus montañas […]. Me he visto holgadamente recompensado con el placer de comprobar cómo coincidían todas las observaciones parciales en un modo más armonioso de lo que me hubiese atrevido a esperar, para que se fijaran en un cuadro de conjunto esos trazos que Ramond esbozó de una manera magistral”.

Pues manos a la obra… En el curso de sus reconocimientos en torno al Macizo Calcáreo, Schrader y sus compañeros se toparon con no pocas sorpresas. Acaso una de las mayores fuese el descubrimiento de la identidad real de la tercera de las Sorores altoaragonesas. En este punto le cederé la pluma al propio cartógrafo para que nos explique cómo se produjo el nacimiento toponímico del Soum de Ramond, o la Cima de Ramond, en el seno mismo de una familia montañera que no pensaba sino en visitar sus rocas:

“El carácter de esta montaña nos impresionó en 1872 de una manera muy especial. Desde unas crestas de ese pic Long que habíamos escalado para abarcar de un vistazo tanto el valle de Cestrède como el complicado cañón de Saint-Sauveur, el Macizo Calcáreo nos apareció con un esplendor inaudito. Sobre dicho observatorio alzado a 3.100 metros […] se apreciaba al completo, por vez primera, la ordenación grandiosa del Marboré y del Monte Perdido, la continuidad y las inmensas inflexiones de murallas o de terrazas heladas y, sobre todo, el sorprendente paralelismo entre todas las porciones de este cañón. Por desgracia, a partir de la frontera nos faltaba la documentación, y el aspecto de las grandes cimas españolas no concordaba con los vagos informes que habíamos podido rebuscar aquí y allí.

”A la izquierda, un tanto por detrás del Monte Perdido, un segundo pico redondeado, nivoso y cargado de glaciares se elevaba casi hasta la altura de la cumbre principal del grupo. Dicho pico, invisible desde el Pimené, el Bergons y el Néouvielle (con rigor, hay que decir que se ve desde el Pimené o el Bergons, pero que es preciso poner una atención extrema, pues surge como una pequeña línea de rocas sobre el lomo nivoso del Monte Perdido), ciertamente se hallaba más perdido que el mismo Monte Perdido. No había sido mencionado jamás: ocupaba el emplazamiento donde, a partir de las descripciones de Ramond, se había situado hasta entonces el cuello de Añisclo. Los guías no conocían su denominación. El nombre de Soum de Ramond le fue asignado de inmediato. En el pedestal de gradas que servía como base a esta montaña soberbia se abría la amplia depresión del collado de Añisclo, mucho más al este de lo que habíamos supuesto. Algo más alejadas se elevaban cuatro pirámides nivosas de altura y formas parecidas [¿los verdaderos picos de Añisclo?], cuyas estratificaciones horizontales brillaban como si fueran cinturones de plata. El resto del macizo español quedaba escondido”.

Fue este un momento clave dentro de la epopeya pirenaica. Al menos así lo entendió el historiador Henri Beraldi, quien en 1902 brindaba su propio relato de este hallazgo sorpresivo del actual Soum de Ramond:

“En 1872 [Franz Schrader] se fue con los hermanos Lourde-Rocheblave, Léonce (quien ya había comenzado un relieve del Monte Perdido) y Albert, para subir al pic Long, o más bien a su cresta […]. Hacia el sur el Macizo Calcáreo surgió con un esplendor inaudito. Por vez primera Schrader comprendió completamente su ordenación grandiosa: he aquí las Tres Sorores, el Cilindro, el Monte Perdido y, a su izquierda, un tercer gran pico, invisible desde el Pimené y el Bergons, nunca antes mencionado, sin nombre. Desde ese momento quedó bautizado: será la Cumbre o Soum de Ramond (¿alguna vez fue Ramond mejor honrado?). Y ello suscitó, por añadidura, su fascinación y apasionamiento por el Marboré […]. Los mapas del Dépôt de la Guerre todavía incluían el tan imaginario como famoso lago del Marboré. En consecuencia, ¡sería preciso tomarle el relevo a Ramond y realizar el esclarecimiento cartográfico de estas maravillas! Schrader y sus amigos decidieron que, de forma ininterrumpida, ¡harían del Macizo Calcáreo un asunto suyo!”.

El proceso que siguió la nominación de nuestra montaña era un dato poco difundido hasta que fue descubierto por Eduardo Sánchez Abella. Un investigador minucioso del Macizo Calcáreo que me pasó el siguiente párrafo de un reputadísimio cartógrafo, el entonces capitán Jean-François Massié, autor del artículo sobre “La conquête du Mont-Perdu par Ramond. Essai d’histoire pyrénéiste”, publicado dentro del número 270 de La Montagne, en junio de 1935:

“Las tres cimas del Monte Perdido se designaban en España bajo el nombre de Las Tres Sorellas o Tres Sorores: las tres hermanas. El mazacote compacto era el Cilindro; la cumbre más elevada, el Monte Perdido. La tercera cima no tenía nombre. Ramond deseaba unir su recuerdo al macizo que había conquistado, pero no fue sino hasta setenta y tres años después de su conquista, hacia 1875, cuando esta tercera cima de más de 3.000 metros fue bautizada como Soum de Ramond a través de una asamblea de grandes pirineístas como Russell, Schrader y Wallon, a propuesta de Schrader”.

O, dicho de otro modo: el entonces mayor experto en la alta montaña pirenaica, junto con los dos cartógrafos que dibujaban los primeros mapas a escala detallada de la vertiente hispana, acordaron (posiblemente junto a otras personalidades de la descubierta de nuestra cordillera) cómo se llamaría en sus respectivos trabajos una montaña que, hasta donde todos ellos sabían, permanecía innominada. Acertadamente, cuantos vinieron detrás atendieron el buen criterio de estos reconocidos especialistas. Hasta el año pasado, claro…

Volvamos con el cartógrafo de Burdeos. Como es lógico, las referencias dentro de su obra hacia la cumbre que acababa de nacer para el montañismo fueron frecuentes. Complementadas siempre con importantes observaciones sobre la toponimia de la época. Insistiremos algo más en su texto de presentación, para acompañar al erudito en las exhaustivas rondas de 1873 por ese Macizo Calcáreo que de tal modo supo ganar su afecto:

“El horizonte por el suroeste se volvía cada vez más amenazador y las brumas se mantenían todavía sobre los 3.400 metros, rozando apenas la cima del Monte Perdido y recubriendo la mitad de los Pirineos con una cúpula tan negra como la pizarra contra la que se destacaban las grandes cimas nevadas con su fantástico resplandor […]. Después del rodeo que realizamos en torno al Cilindro, observamos ante nosotros, a la misma altura, la interminable fila que era preciso atravesar de las cumbres de Gavarnie, resplandecientes de nieves. Jamás pensamos en poder encontrar tanta nieve sobre la vertiente meridional. El Marboré, las Torres [los picos de la Cascada y la Torre], el Casco y el reverso del Cilindro no eran sino un inmenso desierto blanco, apenas interrumpido aquí y allá por amplios afloramientos de rocas grisáceas. Las nubes quedaban todavía muy altas. El Cilindro, el Monte Perdido y el Soum de Ramond se alzaban bajo el cielo sombrío con un terrible esplendor, perfectamente emparejados los tres, pues el monte del medio apenas sobrepasaba a los otros dos.

”Fue preciso detenernos para corregir un error geográfico. Desde las llanuras de Aragón se distinguía por encima de los Pirineos las tres cimas dominantes que llevaban el nombre de Tres Sorellas (era, al menos, el nombre que les daban los montañeses, pero parece verosímil que el de Tres Hermanas fuese el más empleado fuera de la cadena). Los geógrafos franceses, ignorando la existencia del Soum de Ramond, habían creído hallar esas tres hermanas en el Monte Perdido, el Cilindro y el Marboré. En este tema la duda ya no era posible: las tres hermanas que ya habíamos reconocido desde el pic Long el año anterior [1872], nos aparecían ahora en el orden inverso, con un relieve todavía más acusado. Ese Marboré que se extendía al norte no era en absoluto un pico, sino más bien una plataforma aplastada, poco definida y poco individualizada, a través de la cual las estratificaciones calcáreas dibujaban en la nieve unas gradas paralelas. Por su parte, el Cilindro se veía bajo un nuevo aspecto. Era como un amplio pozo o como un enorme coliseo cuyas paredes se abrían hacia el suroeste, para elevarse muy altas hacia el norte. Un glaciar agrietado ocupaba toda la depresión y venía a morir en medio de las nieves que recubrían la meseta. El muro sur del Cilindro no se interrumpía completamente y se podía seguir bajo las nieves su continuo alzamiento: se alargaba paralelamente en la dirección de la cadena pirenaica, del Monte Perdido, de las cimas de Gavarnie o de las mil pequeñas gradas del Marboré, y se enderezaba con lentitud para formar la segunda cumbre de la alineación de puntas gemelas que se distinguía desde Gavarnie, por debajo y a la derecha del Marboré. Las otras puntas, situadas más cerca de la cima, no eran sino resaltes, aunque singularmente desgastados. En cuanto al bloque que les precedía a todos, dominando la Gran Cascada por el lado francés, que [Édouard] Wallon llamaba Hombro [Épaule] del Marboré, surgía de un amplio glaciar allanado con un orgullo soberano”.

No extraña que la calidad de los textos y mapas de la factoría schraderiana sigan maravillando en nuestros días. Nos despediremos por hoy de este cartógrafo siempre sincero, como buen protestante que era, para retomar su testimonio en la próxima entrada: es lo menos que se merece un pionero de semejante calibre, responsable de un topónimo nuevo dedicado a otro explorador de similar valía. En una montaña de primer orden, sí, y del Sobrarbe, desde luego, que probablemente estaba privada de designación fuera del coral de las Tres Sorores y demás mutaciones localistas. Vamos, nada extraordinario: lo mismo que había pasado con las otras dos hermanas (Cilindro y Monte Perdido) desde al menos el siglo XVIII, bautizadas antes que nuestro Soum debido a su mayor visibilidad. Con topónimos que en la actualidad están perfectamente asentados en Francia y España.

Pues bien: al no comulgar con cánones provincianistas, no me molesta que esta individualización de los Techos del Macizo Calcáreo llegase desde el norte. Ni que, con los lustros de empleo por parte, sobre todo, de montañeros, tales designaciones se consolidaran y perdurasen en ambas vertientes. En el caso de la más joven de las Tres Sorores, el Soum de Ramond, nominada desde hace la friolera cifra de ciento cuarenta y seis años.

Me admira, eso sí, que los actuales gurús de la toponimia autonómica aborden este hecho de forma separada, cuando en los tres casos se siguió un proceso bastante parecido. ¿Se han cargado a Ramond por pura fobia a cuanto pueda oler a francés? Ellos sabrán: mayores enigmas hay en las Caras de Bélmez…

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15 Comentarios

  1. Alabado sea el santísimo si existe.

    En este asunto se junta el hambre con las ganas de comer. Llevamos años buscando datos esclarecedores. Llevamos años luchando contra los caprichos indocumentados de los toponimístas/cartógrafos de sillón, y no solamente con aquellos que citas y todo el mundo tristemente conoce. Poco a poco aparecen esos datos para acallar bocazas desautorizadas que, bajo las recursivas ínfulas de titulaciones universitarias, no aportan, ni llevan intención de aportar, nada que justifique el ultraje cometido. Y si aparecen es porque llevan muchisimos años escritos. Así que, por alusiones; por favor, yo no he descubierto nada porque sencillamente estaba ahí. Sí cuando, hace meses, compré la revista que mencionas, a un anticuario de Barcelona, llego a saber que desconocías los datos del bautizo de la menor de las monjitas, te la hubiera llevado directamente a tu casa. Sin duda, una de de las mejores compras que he realizado en años y que bien merece la sobresaliente disertación que te has marcado ¡Enhorabuena, amigo!

    Y para terminar, si me permites, un pequeño detalle geográfico como apreciación de mis atribuciones profesionales. El Soum de Ramond (que no solo su cúspide) está alineado visualmente con el eje de la Dehesa de Soaso y no con la cabecera del Vellós. Por lo tanto, y a diferencia de la Punta de las Olas, no es visible desde el interior del gran Cañón, ni siquiera desde el espectacular mirador de las Cruces, resultando pues totalmente impropia su relación con él.

    ¡Mil gracias!

    • Muchísimas gracias por tus amables palabras, Eduardo… ¡Vas a lograr que incluso vuelva a la práctica de la religiosidad!
      En cuanto a tus puntualizaciones, siempre bien meditadas y mejor fundamentadas, sabes perfectamente cuánto las valoro… Desde 1999, cuando acudí a ti, como reconocido experto en el Macizo Calcáreo que eras ya, para que me revisases los manuscritos de mis primeros libros para Ediciones Desnivel: “La Brecha de Rolando” (2000) y “El Monte Perdido” (2001)…
      Más saludotes para la colección, amigo…

      • Y no te olvides del “tío Schrader”, mi buen Makako: ¡ole-ole-ole por los buenos cartógrafos de antaño, los que recorrían de verdad las zonas altas del Pirineos rescatando del olvido el patrimonio cultural aragonés! Pero, rediós, ¡qué mal pagadores somos en esta puñetera Tierra…!

  2. Para quienes se reincorporen ahora, aquí va la, digamos, “serie histórica ramondiana”… Las entregas recientes, quiero decir:

    https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2018/01/23/viajes-ramondianos-al-neouvielle-2/
    https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2018/02/01/mas-alla-del-culo-de-cabra/
    https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2018/10/17/de-aguilas-y-de-tortugas-pirenaicas/
    https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2018/10/22/ramond-y-la-recolecta-de-casualidades/
    https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2018/11/06/el-descubrimiento-de-ordesa-en-1802/

    Tras media hora de lectura, uno puede hacerse una idea sobre si Schrader tenía razón y Ramond merecía que la familia montañera le rindiese algún homenaje. O no, vamos…

  3. ¡Gran trabajo! Y de lo más esclarecedor, tanto por lo que se refiere a las Tres Sorores, como a la toponimia en general. Por desgracia, la miopía de algunos seudoinvestigadores no sirve más que para introducir confusión donde no debía existir.

    • Para grandes curradas, ¡las del bueno de Schrader! No veas sus pateos por esos montes, perdidos o encontrados, del Macizo Calcáreo, acarreando los orógrafos, cámaras de fotos y trípodes, para luego trazarnos los primeros mapas decentes… Por lo demás, estos datos no estaban, en su mayoría, demasiado escondidos: sobre todo, hubiesen tenido que estar muy a mano de cualquier comisión asesorista y gubernativa que se precie… Durante el verano de 2016, en los divertidos foros de opinión en los que entré, me chocó la desinformación sobre este tema que circulaba. Con alegría y desenfado, eso sí… Más saludos, José…

  4. En el mundo del Pirineísmo (ni politizado ni de amiguetes) colgarle la etiqueta de “reputadísimo” implica tener delante, cuanto menos, una bibliografía de este calibre. Lo cual le permitiría hablar con solvencia sobre historia, cartografía y toponimia a, por ejemplo, Jean-François Massié:
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “La cartographie des Pyrénées. Étude”, Section des Hautes Pyrénées du Club Alpin Français y Lesbordes, Tarbes, 1934.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Le ski à Barèges (Hautes-Pyrénées)”, Section du Sudouest du Club Alpin Français y Ski-Club Bordelais, Burdeos, 1935.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “La conquête du Mont-Perdu par Ramond. 10 août 1802, 22 thermidor An X”, Legrand et Fils, Melun, s. f. (1935).
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Essai d’histoire pyrénéiste. La conquête du Mont-Perdu par Ramond, 10 août 1802 (22 thermidor an X)”, Imprimerie Legrand et Fils, Melun, s. f. (1935).
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Notions de météorologie”, 1945.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Contribution à la recherche et à l’inventaire des elements de fortifications, d’après l’archéologie et la toponymie”, Institut Géographique Nationale, 1958.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Les camps et les mottes dans le département des Basses-Pyrénées. Contribution à la recherche et à l’inventaire des éléments de fortification d’après l’archéologie et la toponymie”, Institut Géographique Nationale, París, 1958.
    FERRON, coronel médico, y MASSIÉ, coronel Jean-François, “Pardies, bourg vicomtal”, 1964.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Contribution à la recherche et à l’inventaire des elements de fortifications, d’après l’archéologie et la toponymie”, Institut Géographique Nationale, 1965 (1ª edición de 1958).
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Les camps et les mottes dans le département des Basses-Pyrénées. Contribution à la recherche et à l’inventaire des éléments de fortification d’après l’archéologie et la toponymie”, Imprimerie Commerciale des Pyrénées, Pau, 1965 (1ª edición de 1958).
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Le château de Gramont”, 1967.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Le camp du Mus, à Doazit”, Castay, Aire-sur-Adour, 1969.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Aspects de la participation d’Orthez à la guerre de 1870-1871” (2 volúmenes), Castay, Aire-sur-Adour, 1970.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Le château-fort de Mongissard”, Imprimerie Commerciale des Pyrénées, Pau, 1970.
    LOUBERGÉ, Jean, y MASSIÉ, coronel Jean-François, “Cartographie des castéras et enceintes en terrassement dans le Béarn”, Bibliothèque Nationale, París, 1971.
    MASSIÉ, coronel Jean-François, “Le général Charles de Nansouty. Dijon 1815, Dax 1895. Créateur de l’Observatoire du Pic du Midi de Bigorre”, Amis du Musée Pyrénéen, Lourdes, 1978.
    LAMICQ, P.-C., MASSIÉ, J.-F., STAES, J., y TUCOO-CHALA, P., “Morlanne”, Pau, 1983.

      • Muchas gracias por tus “piropeos”, Luis: ya sabes que esas cosas me sacan un poco los colores, pero, en fin, sé que tu intención es de apoyo…
        En cuanto a las Caras de Bélmez, como bien te consta que soy un descreído en los temas del Más Allá, pues entiendo tu extrañeza: es un mero chistecillo a través del cual comparo los “enigmas” de Bélmez (también podía haber recurrido al de la base extraterrestre que algunos juran hay en el fondo del ibón de Cregüeña) con los de la Lista Soro, a mi limitado entender, muy similares.
        Si lo prefieres, con los temas del Más Acá recurriré en adelante al asunto de los OVNI. Porque la opinión generalizada en nuestro colectivo es que la Lista Oficialísima y Obligatoria de Tresmiles Aragoneses está, la pobre, muertecilla, pero seguiré sirviendo textos sobre toponimia real, que no imaginaria y politizada, hasta obtener (si llega) el certificado de defunción, acaso tras las próximas Elecciones Autonómicas…
        Vamos: que continuaré un poco más ejerciendo como “ufólogo” amateur, tratando de desentrañar los misterios arcanos de ciertas comisiones que han coleado a la sombra de la Consejería más original del Gobierno de Aragón…

        • Oye Alberto yo que creía que lo había leido todo del Perdido y me encuentro con lo de abajo que te copio. Es un dato de los extremadamente nuevos: “En el mejor de los casos, se desglosó a nuestra trilogía como el Cilindro y las dos puntas del Monte Perdido”. De donde lo habrás sacado.

          • Se ha oído poco lo de “las dos puntas del Monte Perdido”, ¿eh? Un poco de paciencia, Makako, que estoy preparando una crónica del Soum de Ramond más completa que las dos primeras entradas, que no eran sino un pequeño aperitivo, una especie de adelanto. Tendrás que esperar hasta…, ¿febrero?