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Los pastores del Som de Ramón

Ciertos seres politizados suponen, de forma bastante gratuita, que los pirineístas de antaño nunca hablaban con los habitantes de las montañas. Que jamás se les ocurrió interrogar a quienes más en lo alto permanecían: ganaderos y cazadores, guías y arrieros, contrabandistas y carabineros. Sin embargo, hay abundancia de testimonios que indican que tan grave acusación no es real. Más aún: todo parece apuntalar el hecho de que los pioneros de la época de la exploración visitaban pueblos, cabañas o majadas para recopilar de sus moradores unos datos para ellos vitales sobre nombres, rutas y mil asuntos más de una cordillera que adoraban. La querían, sí, pero no para hacer carrera a su costa.

Vamos ya con la segunda entrada sobre el Soum de Ramond… A modo de complemento de la anterior he reunido varias referencias sobre los contactos de Franz Schrader con los montañeses del sur de la cadena. En realidad, no es sino una mera excusa para conocer a los, sin duda, mejores informadores durante sus rondas cartográficas. Así, desde las “Nuevas exploraciones en el macizo calcáreo de los Pirineos” del Annuaire del Club Alpin Français (1875), el galo narró un encuentro poco fructífero que se produjo en el transcurso de uno de sus recorridos entre Añisclo y Góriz:

“Por el momento se trataba de descender. Henri [Passet] se arriesgó a meterse el primero en un corredor muy estrecho, lleno de desprendimientos deslizantes, que se inclinaba al menos sesenta grados hacia la base de la muralla. Antes de seguirle, tomamos nota del nivel barométrico, según el cual debíamos de encontrarnos aproximadamente a 2.350 metros, por lo que le asignamos a la brecha que íbamos a dejar atrás el nombre de nuestros dos bravos guías [montañeses, claro]: Passet-Pujo. Después llegó el turno de introducirnos en la chimenea, descendiendo durante un cuarto de hora por la muralla de la derecha. De ese modo terminamos encontrándonos sobre el flanco de un barranco de rocas pulidas que descendía entre dos contrafuertes del Soum de Ramond, que tuvimos algún problema para contornear.

”Más adelante hallamos un camino más fácil sobre un resalte de roca que serpenteaba como un verdadero sendero a lo largo de las murallas. Finalmente alcanzamos el fondo del circo, allí donde acababa la garganta, y echamos un vistazo a la cascada que se hundía por debajo. A dos pasos de allí hallamos un rincón encantador, tapizado de césped y de grandes rocas horizontales. Una cascada que caía burbujeante del muro superior, a la que alimentaban dos profundas cuencas de agua azul, impidió que pudiésemos resistirnos por más tiempo a la necesidad de efectuar un alto. Las provisiones fueron desembaladas y extendidas sobre el mantel gris del roquedo. Así, confortablemente sentados sobre nuestros asientos de césped, cenamos con un apetito mucho más feroz debido a que degustábamos la doble satisfacción de haber realizado un auténtico viaje de exploración que terminábamos de forma dichosa.

”Efectivamente: podíamos considerar que ya habíamos llegado. Sabíamos que la meseta de pastos que buscábamos se extendía hacia el sur por encima de la primera muralla. Aunque dicha muralla pareciese muy lisa, tampoco nos iba a espantar después de lo que acabábamos de ver. Por lo demás, debía de haber un dios que se ocupaba de los miembros del Club Alpino: dicho dios adoptó la forma de un español, armado con un gran fusil y acompañado de un perro que empujaba por delante suyo, sobre el remate de la muralla, a un rebaño de carneros. Al llegar encima de nosotros, los carneros descendieron a su aire a lo largo de la pared como sobre una escalera, en tanto que el perro profería prolongados ladridos y el español nos observaba con cierta desconfianza.

”Al cabo de unos minutos, satisfecho sin duda por su examen, descendió a su vez hasta nosotros y, viéndonos realizar los preparativos de salida, se detuvo a cincuenta pasos con el fusil en la mano. Unas palabras de nuestros guías hicieron pronto de él un amigo. Se trataba de un pastor de Fanlo: un hombre apuesto, robusto […]. Ignoraba el nombre de esta grieta: para él era un barranco, similar a todos los barrancos. Pero sabía que los pastos estaban allá arriba, que la muralla era fácil y que en una hora estaríamos en la cabaña de Góriz. Todo aquello resultó exacto. La muralla estaba formada por cornisas superpuestas y muy fáciles de ascender.

”En cinco minutos nos encontramos sobre el remate de la meseta de pastizales. Cambio de panorama: ante nosotros las suaves pendientes del collado de Góriz y las cumbres de la Custodia. La cabaña de igual nombre debía de encontrarse un poco más a la izquierda, al este del collado de Góriz. Al sur, una inmensa extensión de pastos escasamente ondulados de los que no se veía el final, escondían España. Al norte, los contrafuertes del Soum de Ramond y del Monte Perdido, una ciudadela de mil metros de altura y de tres kilómetros de longitud. No había nada tan majestuoso ni tan uniforme. Los muros superpuestos comenzaban en un extremo y no terminaban sino en el otro, sin doblarse ni romperse. Hacia abajo, sobre las pendientes más suaves, un rebaño de carneros y de vacas se iba reuniendo según las órdenes de sus pastores, pues la tarde caía y las grandes sombras de las montañas se alargaban sobre las praderas. Paz suprema, una calma quizás más sublime que el primer aviso de la mañana […]. El sonido de nuestras pisadas se apagaba en la hierba espesa y mullida, tan horizontal, tan compacta como la superficie de un lago. ¿Dónde estaban las pérfidas murallas de hacía un momento? Nada recordaría las asperezas de la montaña, si unas largas filas de rocas blancas o negras, no interrumpiesen a veces el tapiz de vegetación, o si las grandes cimas de la derecha no brillaran cada vez más fantásticas, a medida que el sol se abatía. Alcanzamos el collado de Góriz […].

”Jamás olvidaré la profunda majestuosidad del crepúsculo en mitad de los grandes herbazales de Góriz. Dos mil cuatrocientos carneros y cabras se habían juntado allí: llegaban de todas partes, dando tumbos sobre las largas gradas de calcáreo que formaban las praderas en fajas superpuestas. Los innumerables balidos, entremezclados con el distinto repique de las esquilas, parecían dotar de una voz a la melancolía de la tarde. El Monte Perdido se apagaba poco a poco. Las rocas o los picos ocultaban sus grandes dimensiones, mediante una dulzura extraña, en las profundidades del cielo. Después, los corderos se amontonaron en sus recintos de piedras, las estrellas se encendieron y el silencio de la noche, ese gran silencio de las montañas, descendió lentamente sobre nosotros”.

Disfrutemos un poco más con un segundo cuadro de los, digamos, ambientes montañeses de otros siglos. O, mejor dicho: seamos testigos de un nuevo encuentro en mitad del Macizo Calcáreo de un nativo con Schrader y sus compañeros. Es una bonita anécdota extraída del texto sobre “Algunos recuerdos” en La Montagne del 20 de noviembre de 1907. Acudamos ya junto al gran cartógrafo bordelés a los praderíos ganaderos del Góriz de antaño:

“El pastor español, un guardián de millares de carneros que durante el día hacían sonar las esquilas por los pastos esquilmados, los llamó a la caída del sol. Apretados en una majada formada por piedras calcáreas apiladas a lo largo de las cuales se amparaba la estrecha cabaña, dormían o, a ratos, se estremecían con el murmullo sordo de todos los vellones refrotados. A lo lejos, un perro ladraba al presentir al oso por el borde de los precipicios del Arazas.

”Sentados en un banco de piedra aún tibio por el sol, comimos, con la luna decreciente, una sopa espesa elaborada con leche salada de oveja, sazonada con pan negro. El pastor nos contó que, durante la última Guerra Carlista, fue por algún tiempo el capitán de su compañía cuando perseguían a los insurgentes por las montañas de Fanlo, allá abajo, hacia el sur.

”Le dije sonriendo: Así es la suerte; llegasteis a ser capitán de hombres y hoy sois capitán de carneros. ¿Qué es lo que preferíais?

”Él dejó descansar su cuchara en la sopa, reflexionó un instante y respondió: Hombre, lo que importa no es lo que hice, sino cómo lo hice. Si estuvo bien, entonces fui un hombre. Si no, no fui nada.

”Reinaba el silencio, el perro todavía ladraba, ahora más lejos, probablemente haciendo huir al oso por las cornisas del Arazas y, en la calma de la noche de agosto, dos estrellas errantes se deslizaron en mitad del cielo”.

Bien se ve que los pirineístas clásicos jamás-jamás charlaban con quienes se encontraban por las montañas… Nos despediremos momentáneamente de Franz Schrader con su texto sobre “Gavarnie y Arazas”, publicado en el órgano del CAF en abril de 1913. Atentos, pues contiene uno de los párrafos más interesantes de la crónica toponímica del joven Soum de Ramond:

“Cinco personas en una tienda de dos metros cuadrados es mucho en apariencia. En realidad resulta perfecto, una vez que la gente está bien estibada. Además, la temperatura permanece tibia durante toda la noche. Al amanecer, el crepitar de una tormenta sobre la tela nos despertó de forma desagradable. Pero constaté que el barómetro indicaba augurios bastante buenos y, enseguida, saliendo bajo un chaparroncillo, vimos agruparse a las nubes bajo los primeros rayos de un sol bastante pálido para ser de España.

”Aunque las grandes cimas quedaban todavía escondidas, a pesar de todo, no nos faltarían los puntos de referencia. Los veíamos alrededor nuestro, por todas partes. Al oeste y al sur de nuestro campamento, el muro del Arazas caía verticalmente sobre el valle. Enfrente, las murallas se alzaban, y los primeros corredores que, desde la meseta de Góriz, se abrían hacia la estrecha llanura de Soaso, aparecían en su conjunto, a la vez rítmico y complicado. Todo el grosor de la roca había sido aserrado mediante cortes verticales, infinitamente variados, sobre trescientos o cuatrocientos metros de espesor. Todos los colores convergían hacia una grieta central, donde el torrente descendía alternativamente en caídas y remansos hasta la cascada de Soaso, que se desplegaba como una cabellera regular sobre las capas finas de calcáreo, a más de trescientos cincuenta metros a nuestros pies.

”De inmediato, nos pusimos a trabajar [Maurice] Heïd y yo, cada uno en lo suyo. Para interpretar mejor los detalles del fino corte de los colores superiores, elegimos dos estaciones, una al oeste y otra al suroeste del campamento, en tanto que Pujo salió en busca de un pastor al que conocía, y cuyo rebaño apareció a lo lejos, concentrado bajo una peña extraplomada. Al cabo de tres cuartos de hora regresó, no con un pastor, sino con dos. El mayor frecuentaba la región desde hacía dieciséis años, luego la conocía a fondo. Para asegurarnos, primero le preguntamos sobre todo cuanto sabíamos tan bien como él. Así, nos informó de todos los nombres de las cimas, de los collados, de las mesetas que se veían y de las que no, y descompuso a las Tres Sorores de hace cuarenta años, en Cilindro, Monte Perdido y Som de Ramón. ¿Acaso adivinó que tenía ante sus ojos a quien, en 1872, atribuyó dicho nombre a la segunda cumbre [sic] del Monte Perdido? Fue una extraña sensación la de escuchar en España, al sur del macizo, cómo resonaba un nombre que pronunciamos en Francia hacía cuarenta años [desde la cresta del pic Long]. Sin embargo, es así como se constituye la historia: motita a motita de polvo.

”Durante más de una hora entremezclamos los apelativos conocidos con algunas otras cuestiones sobre las que nos queríamos informar. Ningún otro control parecía más eficaz. Se trataba de una auténtica triangulación. Dicho examen resultó satisfactorio, demostrando que nuestro informador conocía la zona. ¡Cuántas veces, para encontrar algún cordero perdido, debió de recurrir a esos conocimientos que ahora compartía con nosotros!”.

Imagino que los artífices de la Lista Soro desconocían esta versión tan aragonesa del nombre de la cima ramondiana. Si no, ¡igual la hubieran hecho suya! Podían incluso haber elegido otras. Ya hemos hablado, hace no mucho, de ese “Pic Ramond” al que, un tanto a regañadientes por no existir otro topónimo, pareció recurrir el geólogo oscense Lucas Mallada hacia 1878… Varios lustros después, los más diversos términos, digámoslo sin sombra de reproche, un tanto deformados, habían hecho fortuna entre nosotros para designar a la Soror Innominada. Pondré tres ejemplos tan solo de esos que pueden hallarse entre las crónicas del montañismo con tal de saber leer en el idioma español, demostrar un mínimo de interés por el asunto y disponer de un pelín de tiempo:

En 1928 Anselmo y Francisco Solanes hablaban del “Sum de Ramond” desde las páginas del Heraldo Deportivo

En 1929 Victoriano Rivera Gallo se decantaba más bien por el “Som de Ramond” desde un artículo para España Forestal

En 1930 Arnaldo de España aludía al “Sum de Ramón” en su trabajo para el diario El Sol

¿Más pruebas reales, que no elucubraciones de salón (nacionalista)? De las obtenidas en labios de los guías locales del pasado cercano, quiero decir. Ya he hablado anteriormente del reconocimiento efectuado en agosto de 1903 por Lucien Briet, quien distinguía sin titubeo alguno entre ese “Soum de Ramond” situado en el costado noroccidental del cuello de Añisclo, y esos “picos de Añisclo” que se alzaban justo al otro lado del portillo… Revisemos ahora cierta tournée entre Panticosa y Benasque realizada por el ingeniero Deffner en 1916. Esto podía leerse en su detallado informe para la Revista de Alpinismo Peñalara número 40 (abril de 1917):

“El collado superior de Goris [en muchos textos pretéritos se prefiere este término al actual de Góriz] estimo deberá tener una altura de unos 2.500 metros (pico Gordo), pues el Soum [de Ramond, según especificara anteriormente] queda a muy poca altura más y los mapas indican para el collado inferior, más al sur, 2.393 metros. El puerto es ancho, formado por un montón enorme de losas deshechas por la acción del tiempo durante siglos. El panorama es grandioso. Se extienden sobre el grupo del Monte Perdido y Marboré, hasta la aguda punta de la Torre, de 3.118 metros de elevación, el Casco, de 3.150 metros, y el Taillón, de 3.140 metros. Estos últimos picos ya los había visto desde las faldas del pico de Otal, bajando de la collada de la Tendeñera, habiendo rodeado desde entonces todo el macizo.

”Al otro lado del collado se presenta una nueva vista, casi más magnífica aún que la anterior. A mi izquierda se eleva la Cega, o el pico de Añisclo, con la collada de Escuaín, delante de la cual va a parar una estribación en el Fon Blanca. Desde aquel foso baja el valle de Añisclo, por el que serpentea el río Bellos, y que está formado por montes de extravagantes aspectos”.

No; no son casos excepcionales: aunque el sector del macizo del Monte Perdido que hoy nos ocupa no era de los más frecuentados por los bípedos montaraces, resulta relativamente sencillo que, quien en verdad lo desee, pueda enterarse de la toponimia que por allí imperaba a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Me refiero a las designaciones que usaban por entonces tanto montañeses como montañeros. Porque, cuando no existían los helicópteros de rescate, ¡era esencial no perderse por enredarla con un nombrecito inexacto!

A modo de despedida, prefiero insistir en el más que demostrado buen hacer del cartógrafo Franz Schrader: tal y como él mismo detallara, siempre buscó el contacto directo con los naturales de las montañas cuando atravesó sus territorios. Es más: se sabe incluso que quedaba un tanto decepcionado cuando sus informadores demostraban no conocer en exceso la zona sobre la que les interrogaba. Y que desconfiaba de muchas de estas noticias, de las que simplemente tomaba nota hasta conocer su valía real. Una actitud obvia, dada su pasión por legarnos unos mapas lo más exactos posible. Tanto en el relieve como en los nombres.

Por lo demás, no parece que Schrader viajara por el Alto Pirineo llevando en su mochila el carnet de ninguna camarilla política…

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Comentario

  1. Una magnífica entrada, Alberto. Por no abundar más en todo lo dicho y comentado, me queda por resaltar el riesgo que introduce el caos toponímico, que no es cuestión baladí. Citas, medio en broma, el lío para los rescatadores; pero también los rescatados han podido extraviarse por culpa de una información confusa.
    Un abrazo.

    • Sí, sí que es un problema… Fíjate que, en breve (ya la están maquetando), una publicación de la editorial que sustenta este Blog, la revista Desnivel, saca una monografía del pic Long. Es una montaña con mil nombres, ya verás, y rodeada por varios “picos malos”. Pero todas esas historias quedan para los medios especializados: los mapas IGN-f no podrían ser más claros y limpios, dejando impresos los topónimos tradicionales de los principales usuarios de la alta montaña del Néouvielle: los montañeros, que no los folkloristas y demás fauna pintoresca… Saludos, José…

  2. Fantásticos estos encuentros con los nativos, Alberto… Además de ser argumentos de lo más esclarecedores en lo que a toponimia se refiere, son unas lecturas absolutamente apasionantes… Tal vez la causa de que los artífices de la Lista Soro no hayan tenido acceso a ellas sea que estos textos no están disponibles en versión digitalizada… Como hoy en día hay tal dependencia de la tecnología…

    • Te entiendo, Xavi, ya lo creo que sí. A mí también me resulta emocionante viajar al Pirineo de finales del siglo XIX, acompañando a Franz Schrader y a sus amigos en estas exploraciones cartográficas, tratando de aclarar un poco cómo era el relieve de las tierras altas del Macizo Calcáreo…
      En cuanto a la digitalización, pues paciencia: tal y como avanza el asunto, no quiero ni pensar qué se habrá colgado en la Nube dentro de cinco años sobre pirineísmo. Aunque sea un “dinosaurio” amante del formato a papel en libros y mapas…
      Respecto a los hoy archi-desaparecidos artífices de la Lista Soro; en fin, cualquiera sabe dónde demonios han trasladado sus actividades tras el memorable trabajo que nos han endilgado (se quiera o no) sobre los tresmiles aragoneses… ¿Habrán pasado ya a los dosmiles…? Misterio gordo.

    • alberto a mi me gusta mucho los despliegues de buen saber que haces y me lo leo todo varias veces porque disfruto de veras pero creo que no deberias hacerle a trabajo a los otros

      • Hola, Luis… De nuevo he de tranquilizarte: lee estos textos sin temor alguno, que a las personas que (imagino) aludes no les importan un pimiento; dudo mucho que lean ni a Schrader ni a nadie “de su cuerda”. Lo dicho otras veces: esos caballeros no necesitan revisar nada de nada, pues ya están bien arrimados al Poder, por lo que con alegar el clasicísimo “se ha dicho así de toda la vida”, les basta. Y si no, se inventa lo que sea, que todo vale mientras lleve el cachirulo bien calado en el molondro.

          • No, no, Doble-A: el Soum de Ramond lleva mucho tiempo entre nosotros, y es un nombre que sin duda ha cuajado. Sobre todo, porque lo más seguro es que no había otro… Las rarezas y variaciones sobre un nombre, mejor los dejo para los libros especializados o, en su defecto, los blogs como este. No sea que termine como el Zum de Ramonzín, o algo así…