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Un Reglamento centenario para Ordesa

Entre los eventos que deja atrás este 2018 que se despide ya de nosotros, brillan de un modo especial las conmemoraciones por los cien años de la entrada en servicio del llamado Parque Nacional del Valle de Ordesa o del Río Ara. Un espacio que siguió cierto proceso de consolidación progresiva que, debido acaso a la bisoñez de la política hispana en favor del medio ambiente, saldría adelante a través de pequeños impulsos.

Entre las diversas actuaciones que hoy se pueden evocar, ha pasado de un modo un tanto discreto la aprobación de su Reglamento mediante la preceptiva Real Orden del 26 de septiembre de 1918. En cualquier caso, la efeméride constituye un buen pretexto para que repasemos cierto trabajo de Alberto de Segovia para el número 65 de España Forestal (septiembre de 1920) editado bajo el parco título de “Los Parques Nacionales”.

En primer lugar, y para situarnos un poco, veamos primero las consideraciones a caballo pasado que realizara dicho periodista sobre cómo se produjo el nacimiento embrionario del futuro Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Un texto-interview rico en detalles y matices, como pronto se comprobará:

“Para que una idea se convierta en hecho necesita un hombre que la encarne y la sostenga con tenacidad y energía. Los comienzos de su propaganda son generalmente algo heroico en los linderos de lo quijotesco, únicamente respetable para los que profesamos la religión de Alonso Quijano, para los idealistas y románticos, que, a juicio de los hombres prácticos, vivimos en las nubes. Y ojalá viviéramos siempre en ellas, sin tener que sufrir los ásperos, repugnantes contactos con la realidad que exige la lucha por la vida y la relación con las gentes. Después, cuando la colectividad utiliza los beneficios de la idea llevada a la vida suele reivindicarse a sus iniciadores e impulsores, que pasan a ser incluidos en una especie de martirologio, que es como la afirmación de la incomprensión y la ingratitud humana.

”El marqués de Villaviciosa de Asturias, hijo del estadista ilustre que se llamó Alejandro Pidal, tiene en su haber una obra amplia y fecunda. Lo que a primera vista parece constituir exclusivamente un aspecto estéril, de mera diversión personal, su dominio de los deportes, ha sido un vigoroso aliento a las clases aristocráticas hacia la noble belleza y utilidad del entusiasmo por los ejercicios físicos y por la Naturaleza, vigorizadores del organismo y del espíritu en su doble eficacia regeneradora. ¿No es verdad que es vergonzoso y doloroso el espectáculo de la juventud rica, que limita sus perspectivas a los bajos fondos del vicio y reparte sus horas y su capital entre el tapete verde, el alcoholismo y la juerga, bajo la sugestión de esos dos morbos de la violencia y de la lascivia fundidos en su psicología con la abulia más manifiesta en constante servidumbre, esclavitud de las disposiciones, del azar, que a la postre no es más que un encubridor de la holgazanería y la ausencia de estímulos elevados? El marqués de Villaviciosa, Pedro Pidal, campeón varias veces de tiro, alpinista el más hábil y resistente, como que ha sido el único que logró escalar el Naranjo de Bulnes, en los Picos de Europa; cazador de osos [reconvertido a proteccionista]; hombre corpulento y fortísimo; que madruga y no bebe ni fuma; andarín; que goza la voluptuosidad del frío y resiste la acción de todos los agentes naturales sin dejar de sonreír, ¿no es un hermoso ejemplo de conducta que contrasta con la vida de cabaret y casino, insana y degradante, verdadera ciénaga en que se asfixia con el olor de su propia miseria física y moral tanta porción de nuestra juventud rica? Claro está que un vivir consagrado a los deportes no bastaría a justificar la existencia de un hombre, por glorioso que fuera su apellido, aunque difundiese con sus costumbres las ventajas de no ser noctámbulo y de sentir pasión por el aire libre y culto al músculo. Pedro Pidal es un parlamentario estudioso que, burla burlando, entre notas de amena travesura y estridencias oratorias que atraen la expectación de la nación, realiza una labor disectora, fiscal, en cuestiones docentes, y su palabra y su pluma son atendidas por la opinión imparcial con vivo interés y…, temidas por los que originan con su ignorancia, su incapacidad y su proceder inmoral los escándalos de la enseñanza española.

”El marqués de Villaviciosa de Asturias ha logrado enlazar de la manera más fecunda su amor a la Naturaleza y sus predilecciones por asuntos de educación, levantando la bandera de los Parques Nacionales, que además de lugares de belleza dignos de conservarse, son como escuelas naturales en que la inteligencia aprende mientras la sensibilidad goza y los pulmones se ensanchan, fortificándose el organismo.

Son Parques Nacionales, dice el Artículo Segundo de la Ley vigente, presentada al Senado por Pedro Pidal, aquellos sitios o parajes excepcionalmente pintorescos, forestales o agrestes del territorio nacional que el Estado consagra, declarándolos tales con el exclusivo objeto de favorecer su acceso por vías de comunicación adecuadas y de respetar y hacer que se respete la belleza natural de sus paisajes, la riqueza de su fauna y de su flora y las particularidades geológicas e hidrográficas que encierren, evitando de este modo, con la mayor eficacia, todo acto de destrucción, deterioro o desfiguración por la mano del hombre… El marqués de Villaviciosa es comisario general de Parques Nacionales.

”Lo mismo que un monumento artístico cualquiera es declarado nacional para su conservación, debe nacionalizarse un monte, un valle, un paisaje, con el fin de que no desaparezca. Pedro Pidal, a requerimiento del que suscribe, diserta acerca del interesante tema:

”—Los Parques Nacionales tuvieron su origen en los Estados Unidos de América del Norte. El general Grant, vencedor de los Estados separatistas del Sur, creador de la unidad nacional, creó en las Montañas Rocosas el primer parque nacional de América y del mundo, el Yellowstone, en 1872. Tiene cien kilómetros de largo por ochenta de ancho. En él se admiran los geisers, que elevan al cielo sus columnas de agua hirviendo, los lagos, las cascadas, los rebaños de búfalos, los bisontes, los ciervos wapitis, el alce, los carneros salvajes, el antílope, el puma, los osos negros, pardos y grises, que se acercan al visitante y acuden a las traseras del hotel […].

”En Sierra Nevada, de California, está el Parque Nacional Yosemite, con altas cascadas, gigantescos árboles y hermosos lagos. Los Parques del General Grant son también célebres en los Estados Unidos, donde hay un árbol llamado General Grant, que mide treinta metros de circunferencia; así como Cráter Lake, antiguo volcán, cuyo cráter es hoy un lago; Monte Rainier, Caverna de los Vientos y otros, hasta cuarenta y ocho. Los del Canadá son los del Niágara, Reina Victoria, Lago Luisa, Buffalo Bark, Parque de Hielo, con la caverna de Nakimu y otros. En Nueva Zelanda, Australia, República Argentina y otros pueblos hay parques muy notables.

”—¿Y en Europa?

”—Los primeros Parques Nacionales de Europa los fundó Suiza, que ama y conserva sus paisajes y siente orgullo de ellos. Su Liga para la protección de la Naturaleza cuenta con más de veinticinco mil miembros.

”Alemania tiene la Sociedad para la creación de los Parques Nacionales en Alemania y Austria que ha establecido varios, entre ellos los de los Alpes de Styria, Selva virgen de Hastruch, Isla de Wilvi, Selva de Kubany, en Bohemia, y Bosque del Conde de Dolina-Finckenstein. El profesor Conwentz, de Berlín, merece un elogio. Gracias a su gestión desde la dirección del Gabinete Central de la Protección a la Naturaleza, de la capital de Alemania, no se ha cortado ningún árbol en el lago de la Selva Negra, ni se ha matado ningún castor del Elba. El gato salvaje de Harr tiene un protector en el conde de Asseburg, y el conde de Craislsheim mantiene a cuatrocientas garzas en sus posesiones. Hasta se ha prohibido en Alemania la destrucción de una cierta serpiente (la coronella austriaca) y una gran cantidad de plantas.

”Es admirable la labor del Comité para la defensa del paisaje y de los monumentos italianos, creado en 1913 en Milán.

”En Francia se abrió en 1919 el primer Congreso internacional para la protección de la Naturaleza. En 1906 se dictó en Francia la ley organizando para los sitios pintorescos un régimen análogo al establecido para los monumentos históricos en 1887.

”En el mismo país existe la Asociación de Parques Nacionales.

”En España se creó la Comisaría Regia del Turismo, que desempeña insustituiblemente el marqués de la Vega Inclán, encargada, entre otras cosas, de “vigilar la conservación eficaz y procurar la exhibición adecuada de la España artística, monumental y pintoresca”.

“Como usted sabe —termina diciéndonos el marqués de Villaviciosa—, tenemos ya dos Parques Nacionales: el de Covadonga y el que se inaugura ahora en el Valle de Ordesa”.

Tras esta entrevista realizada a nuestro Padre de los Parques Nacionales, es de suponer que a las puertas del verano de 1920, Alberto de Segovia se centraba en el espacio protegido de Ordesa. No sin dejarnos una nueva colección de nombres que tendría que suscitar el celo de los toponimistas (mínimamente) trabajadores:

“La pluma no puede dar idea de su grandiosidad, de su hermosura. Es un valle paralelo al Pirineo, de origen glaciar, en forma de U, producido por un río de hielo que descendió del Monte Perdido.

”Hecha esta rápida referencia geológica, y agregando que sus rocas son calizas cretáceas, permítase una reserva al observador. Más que valle parece una grieta en el macizo montañoso que sirve de cauce al río Ordesa, con algunos ensanchamientos que forman verdes praderas.

”Limitado por altísimos muros, su entrada natural está en donde sale el río para desembocar en Ara, que viene del Norte.

”No es nuestro intento hacer una digresión terminológica. Algunos geógrafos y excursionistas franceses (Saint-Saud, entre ellos) llaman a este valle, no de Ordesa, sino de Arrasas, y con el nombre de Arazas figura en ciertos mapas. Nosotros hemos preguntado a diferentes vecinos de Torla acerca de ello, y todos llaman al río Ordesa, río Ara.

”—Entonces —les replicamos—, si ese río es el Ara, ¿cuál es el que recoge sus aguas al abrirse el valle?

”—Pues…, el río de Bujaruelo —nos han contestado coincidentes entre sí.

”Aquí se plantea un problema: el río que se forma en el valle, ¿es el Ordesa o el Ara? En el segundo caso, ¿no debe designarse el valle con el nombre de valle de Ara o de Arazas? [se explica así el nombre originario de Parque Nacional del Valle de Ordesa o del Río Ara]. Pero dejemos la cuestión a la ciencia, que ella la resolverá [¿ a través de alguna Comisión Asesora de Toponimia?]. No podemos abordarla en una nota periodística hecha sobre un breve estudio del valle.

”El valle de Ordesa (llamémosle así, ya que es su nombre oficial consagrado por el Real decreto de 16 de agosto de 1918) tiene unos quince kilómetros de largo, y está poblado de pinos, abetos, hayas, algunos álamos blancos, numerosísimos mazorrales de boj, innumerables florecillas y abundante cantidad de fresas y frambuesas.

”En su parte oriental se precipita el río en cascadas, algunas de ellas, como la de Soaso, que vimos, realmente imponente, de sesenta metros de altura, socavando la roca de caprichosa manera y penetrando el agua por un túnel, cuya boca se ve desde arriba, para salir por una serie de curiosas fuentes unos metros más lejos.

”Los tonos azulados, verdosos, del agua en el fondo de la cascada, después del torrente espumoso en que se quiebran como en un sistema infinito de prismas los rayos solares, son de un efecto fantástico.

”Respecto a los muros rocosos que cierran el valle, exceptuándolas zonas inferiores, guarnecidas de arboledas tan espesas que asemejan un ceñido ropaje por donde parece que no puede penetrar la luz del día, el resto hasta las cimas es inaccesible.

”Se concibe en tales parajes, por lo selváticos y absolutamente vírgenes, la existencia de la cabra montesa. Todo se condensa en una sensación total de hondo, de suave, de dulcísimo reposo. Se cree el espíritu transportado a otro siglo y aun a otro lugar muy lejano del planeta. Suscribimos la opinión de los distinguidos compañeros que afirman que ningún otro sitio merece como éste haber sido consagrado Parque Nacional.

”Así lo pensó, en efecto, el ilustre Comisario Regio del Turismo, marqués de la Vega Inclán, cuando el día 14 de agosto de 1915 comunicó al Ayuntamiento en pleno de la villa de Torla que Su Majestad el Rey personalmente, desde hace tiempo, conoce y se interesa por el maravilloso valle de Ordesa, y que seguramente, cuando las dificultades de carácter internacional lo permitan [tras la guerra de 1914-1918], se construirán carreteras, especialmente la que une a Broto con Biescas, con un ramal al valle de Ordesa y probablemente otra que siga por el puerto Bujaruelo a Francia. La Comisaria Regia del Turismo, es decir, su alma, el marqués de la Vega Inclán, se preocupaba de este asunto desde hacía dos años cerca de la Dirección de Obras públicas, inspirándose en los estudios del ingeniero Diz Bercendoniz, mientras estuvo al frente de las carreteras pirenaicas.

”La Comisaría pensaba someter al Gobierno la declaración del valle de Ordesa como primer Parque Nacional, así que se aprobara el proyecto de ley presentado por el marqués de Villaviciosa de Asturias.

”El citado día, el marqués de la Vega Inclán, entregó al secretario del Ayuntamiento de Torla quinientas pesetas para colaborar a la obra que este pueblo hace en pro de las comunicaciones y mejoramiento del valle de Ordesa; constituyó allí una Junta de Turismo y recomendó la conservación de la fauna y flora del valle, evitando que se cace la capra hispánica para que no se extinga la especie.

”El pueblo de Torla ha demostrado su gratitud al marqués de la Vega Inclán, poniendo su nombre a una de sus calles.

”Después se creó primero el Parque de Covadonga por motivos explicables de significación histórica, dada la epopeya patriótica que recuerda la Peña Santa en los Picos de Europa asturiano-leoneses, consagrada como primer Parque Nacional.

”Refiriéndonos al de Ordesa, tiene por límites, según el decreto de su creación: al norte, todo lo largo de la cúspide de las murallas que asoman al valle, desde Mondarruego a la cascada de las gradas de Soaso. Al este, la cascada de las gradas de Soaso. Al sur, desde esta cascada a la cumbre de las murallas, siguiendo ésta por encima de la Faja de Pelay, hasta dar vista a Torla. Por el oeste, desde donde empieza la Faja de Pelay, mirando a Torla, al puente de los Navarros, Solepiana, San Guino y Mondarruego.

”Con arreglo al concepto del Parque Nacional, en el Reglamento del mismo, aprobado por Real Orden de 26 de septiembre de 1918, se dispone que se respete la vegetación, la fauna y, en general, el paisaje del valle de Ordesa, prohibiéndose todo género de explotación forestal, fabril, hidráulica, minera, etcétera.

”El acceso a Ordesa es largo y difícil. De Madrid, en tren hasta Barbastro, o sea desde las seis y treinta y cinco de la tarde, que salimos en el correo de Zaragoza, hasta la hora de almorzar del día siguiente, que llegamos a esta vieja e histórica ciudad. Después, ciento cinco kilómetros en auto hasta Broto, con un pintoresco camino: valle del río Cinca, el puerto de Naval, Aínsa, Boltaña, el curso del río Ara. De Broto a Torla, donde pernoctamos, y de Torla al valle, en mulo, unos diez kilómetros escasos, por senderos de herradura, en parte tallados como cornisas en la roca, al borde de precipicios.

”Sin embargo, el esfuerzo que supone el viaje es más que suficientemente recompensado con la magnífica impresión estética que ofrece el valle de Ordesa. Además hay unas truchas excelentes y unas frambuesas agridulces que ocuparían lugar de preferencia en la mesa de un sibarita”.

Así analizaban los ojos del periodista Alberto de Segovia el primero de los espacios protegidos de Aragón, allá por el mes de agosto de 1920. Mucho se ha escrito desde entonces sobre Ordesa. Aun con todo, siempre se pueden hallar datos poco o nada difundidos…, si se rasca (mínimamente) por la hemeroteca.

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13 Comentarios

  1. Ordesa es un enclave único, así que daremos por buena la normativa que protege al valle y a los espacios limítrofes. Pero, a veces, se tiene la impresión de que el ansia prohibicionista tiene más de fin que de medio. No me atrevo a criticar la regulación, tanto porque estoy de acuerdo con su espíritu, como porque, a grandes rasgos, ha cumplido su importante misión; pero quizá fuera preferible un reglamento más compatible con las actividades humanas, al estilo de lo que se lleva en la vertiente gala de nuestros queridos Pirineos. Por supuesto, da miedo la invasión de las hordas incivilizadas que podrían arrasar este hermoso paraje.

    • Hola, José… Imagino que ya te has pasado por mi FB para ver las sencillitas regulaciones de hace un siglo, tan poco alambicadas y poéticas… Cuando ni se soñaba con las hordas y más hordas de vehículos rumbo a los aparcamientos del Parque… Debe de ser muy difícil el hallar un equilibrio en esta espinosa cuestión…

  2. Aunque se trata de un Reglamento encantador, no he querido engrosar (más aún) esta entrada. Las normas iniciales para el parque de Ordesa aparecían, por ejemplo, en su primera guía:
    RIVERA GALLO, Victoriano, “Pirineo alto-aragonés. El Parque Nacional “Valle de Ordesa”. Guía monográfica”, Espasa-Calpe SA, Madrid, 1929.
    Quienes estén interesados, pueden pasarse para consultar esa porción a la que aludo en mi FB…

    • Hala Alberto. Con lo que sacas a la luz ya podias hacer un libro sobre los “100 Años de Ordesa”. Seguro que pronto sacan alguno que solo lleva colorines y textos de paja. Tan difícil debe ser sacar textos interesantes. Enhorabuena de nuevo. Pero enhorabuena para nosotros que los disfrutamos gratis.

      • Nada, nada: tú te pasas a papel todos estos textos, les metes unas grapas a modo de encuadernación y te los puedes leer en las largas noches de insomnio… Así, me haces tu “libro de cabecera”, o “mesillero”, una figura de la literatura más que loable… Otro saludo, Makako lector…

    • Ay. Tambien me maravilla que la TOPONIMIA salga en todos tus textos. Es una pasada. Ahi va otro libro que los “desnortados” tendrían que comprar.

      • Bueno, Makako: la historia y la toponimia (la buena, la de verdad), suelen ir con frecuencia de la mano… A mí antes no me interesaban en exceso estas batallitas lingüisticas, siempre tan imprecisas y subjetivas, pero, ¡lo que son las cosas!, ahora me fijo más en cuanta palabreja me sale por ahí, sin rebuscar en exceso… Y lo aireo todo, claro, que no hay nada más caritativo que señalar el Norte a quienes lo han perdido… En este caso, en los andurriales del Monte Perdido (o Repunta-Farabunta deras Tres-Erols, o como lo llamen).

      • No, no: que me hubiera quedado una entrada, más que larga (como es habitual), eterna… Y me dio por la vagancia, fotografiando las tres páginas del Reglamento de 1918 y colgándolas en el FB… Así puedes bajártelas y, si te gustan, plastificártelas para llevarlas en la cartera cuando visites el actual Parque, ¿eh? (bromita tonta). Más saludos, A.A.