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Viaje a Escuaín, el pueblo al que nadie va

No solo de montañas vive el pirineísmo. En su época dorada, los pioneros sintieron igualmente cierta atracción por los ríos de los valles altos. Que era tanto como decir: por los siempre misteriosos nacederos, allí donde surgían a la luz esas gotitas de agua ansiosas por iniciar entre cumbres su peregrinación hacia el mar.

Quienes buceen entre los textos de, pongamos el caso, Henry Russell o Lucien Briet, hallarán bellas páginas destinadas a los cursos más jóvenes del Pirineo. Capítulo aparte merece el geógrafo Franz Schrader, quien en las añadas a caballo de los siglos XIX y XX dedicó con frecuencia su atención a esos caminos del agua que se abrían paso entre las montañas del Alto Aragón.

Una de las aventuras schraderianas más afortunadas tuvo como protagonista al río Yaga. Más en concreto, al tramo situado no lejos de cierta población sobrarbesa donde, al parecer, a nadie se le había perdido nada. Dicho episodio quedó reflejado en el artículo sobre las “Montagnes de Bielsa et pic de Cotiella (Pyrénées françaises et espagnols)” para el Annuaire du Club Alpin Français de 1877 (1878). Acudamos sin demora a estas páginas para asistir al descubrimiento turístico de la garganta de Escuaín.

La campaña cartográfica emprendida por Franz Schrader en el verano de 1877 le llevaría a un terreno que se extendía desde las montañas belsetanas hasta el Cotiella y la punta de Salinas. Nos centraremos en el apartado que dedicó tanto al “Valle de Tella” como a la “Garganta de Escuaín”. Como era costumbre en nuestro erudito, acudió muy bien escoltado por dos habitantes de la zona: como guía llevaba a un tal Gabardous, hombre ya maduro y con fama de decidido, originario de Héas pero establecido desde hacía tiempo en Bielsa para evitar la leva del Ejército galo. Como porteador contrató a un nativo de la referida villa aragonesa llamado Antonio Suárez.

Entre los planes iniciales del bordelés nunca estuvo el de dirigirse hacia la aldea que bien hubiera podido erigirse como el Shangri-La aragonés. Seguramente tampoco estaba en su mente una incursión por el territorio de la toponimia que diferenciara, una vez más, los verdaderos “picos de Añisclo” del ya aceptado como “Soum de Ramond”. De esta manera contó Schrader cómo discurrieron sus indagaciones hidrológicas entre el Cinca y el Ara, los días 17, 18 y 19 de agosto de 1877:

“Salí a la mañana siguiente, partiendo desde Bielsa rumbo a Tella y a las montañas de Añisclo. Tenía algunas dudas de lo que encontraría en mi ruta: abandoné el camino de Salinas antes del final de la garganta para ascender hacia la derecha por un sendero en zigzag hacia el melancólico collado de Tella (1.200 metros). Había allí bellas vistas hacia el sur sobre la cuenca de Salinas, la peña Montañesa y el desfiladero de las Devotas, así como, hacia el norte, sobre los declives rojizos en forma de defensas y torretas derribadas que aparecían sobre los bosques milenarios del Pirineo aragonés. Había un puente sobre el barranco con una bella fuente a ocho o diez metros: no se olviden de beber allí. El sendero giraba al sureste. Después se alcanzaba un altiplano bastante amplio que apenas se ondulaba y que formaba un collado. Vimos una buena fuente con abrevadero a la izquierda del camino, por el lado del collado. Seguramente se pueden hallar huellas del ganado si se buscan. Había un panorama grandioso, aunque bastante triste, sobre la vertiente meridional de Ets Parets y de las nieves del Soum de Ramond. Hubiésemos tenido que bajar a la izquierda para acudir hacia Tella, pero nos dirigimos a la derecha para alcanzar Revilla con el fin de ganar las montañas de Añisclo por cualquier rampa. Al ver las redondeadas cimas que formaban la base de los picos de Añisclo, con todo el aspecto de sustentar el Monte Perdido, pudimos convencernos de que no careceríamos de accesos. Proseguimos por el flanco de la montaña, marchando en dirección oeste-noroeste sin preocuparnos por los senderos que se interrumpían o que volvían a materializarse sin continuidad alguna. Ets Parets nos dominaban por la derecha, enviándonos el calor del sol: se hubiera dicho que el mismo astro rey iba a incendiarse; la sequedad era desesperante. Todos los barrancos ardían, no había ni una gota de agua y, solo de forma excepcional, se veían unos pocos árboles. Cuando llegamos a unos cien metros por encima de Revilla, un pueblo melancólico en un lugar melancólico, tanto la sed enloquecedora como el olor dulzón de los bojes nos obligaron a realizar un alto. Más en concreto por Gabardous, quien, algo indispuesto, pidió poder echarse una siesta. Por su parte, el porteador Antonio Suárez, de Bielsa, se sentía bien. Durante unos instantes nos adormecimos sobre un roquedo al sol, después de haber bebido unas gotas de un agua tibia enriquecida con fango verde, el único líquido que había en el fondo de un orificio del barranco. Tanto la fuente como los habitantes de Revilla permanecían invisibles en ambos casos. Más abajo la torrentera susurraba bajo los abetos y las encinas. Me desperté enseguida, insistí para que siguiésemos adelante y volvimos a salir.

Pero Gabardous, quien verdaderamente padecía, me propuso que renunciáramos a cruzar hasta el valle de Añisclo en esa misma jornada, acudiendo para pernoctar a Escuaín. Me sorprendió ese nombre tan extrañamente vasco que escuchaba por primera vez:

Entonces, ¿qué es eso de Escuaín?

Un pueblo adonde jamás se va; al pie del Marboré.

”Respondí a Gabardous que en aquella ocasión se equivocaba, puesto que nos hallábamos separados del Marboré por dos valles y por toda la masa del Monte Perdido. Pero él insistió, sosteniendo que conocía muy bien Escuaín, ya que había estado allí, y que la Gran Garganta, la más profunda de los Pirineos, llegaba hasta el fondo del Marboré. Indudablemente aún quedaban inesperados asuntos para esclarecer en mitad de estas grandes montañas que incluso desconocían las gentes de la comarca. Eso me recordó que los habitantes de Gavarnie, cuando le mostraban a Ramond el Astazu, lo señalaban como si fuera el Monte Perdido.

”Adelante, pues, hacia lo desconocido. Continuamos hacia el oeste. Ante nosotros apareció un gran amurallamiento en tonos marrones que se alzaba muy alto para cerrar el valle. Alcanzamos su base y, en un principio, nos encontramos al borde de un torrente que surgía de una grieta profunda, abierta en zigzag entre las masas rocosas: era una desolación admirable con agua fresca, encinas y abetos. Dicha quebrada, me dijo Gabardous, era el inicio de la Gran Garganta. Cruzamos la torrentera, aunque no sobre un puente del que no quedaban más que los pilares, sino sobre las piedras que obstruían su lecho. Luego subimos hacia el sur por un sendero malo, por el medio de un gran caos de bloques calcáreos desgajados del pico del Castillo Mayor, un soberbio bastión de unos ochocientos metros. Veinticinco minutos después, llegamos al remate de esa gran muralla que cerraba el valle. Pasamos junto a un campo de patatas y luego junto a otro de judías, alcanzando después unas casas del mismo color que el pan quemado. Era Escuaín, una aldea que escalonaba sus pocas cabañas y su pobre iglesia en una meseta de amplios estratos calcáreos, dominada por la derecha por bosques, grandes muros con almenas rojas y cumbres nivosas. Los habitantes, que bailaban ante su iglesia, se detuvieron para rodearnos: reconocieron a Gabardous, quien había venido a Escuaín hacía treinta y dos años, y al que algunos jóvenes habían visto después en Bielsa. Me enseñaron ese famoso Marboré que, efectivamente, dominaba el pueblo, pero en el que reconocí a los cuatro picos de Añisclo, que se parecían extrañamente, hay que confesarlo, a la hilera de las cimas del Marboré vistas desde Gavarnie, aunque en sentido inverso. Después de tales entreactos, nos trajeron vino y un vaso en el que bebí, después lo hizo Gabardous, luego Suárez y, seguidamente, los principales asistentes: todos del mismo vaso. Era una costumbre tan sorprendente como instintiva que equivalía a la adopción del extranjero, que podía dormir sin temor en Escuaín. Un hombre rico, don Jacinto, nos llevó a su morada. Evitaré dar detalles sobre ese perfume penetrante y esos insectos, aún más penetrantes, que invadían la casa.

”Pero podía afrontarse todo aquello a cambio de ver la Garganta (gorge), que resultaba sorprendente. Rodeaba el pueblo por el norte y lo separaba de las montañas de Ets Parets y de los picos de Añisclo. Se trataba de una hendidura de la que no me atrevería a tasar su hondura, puesto que no se podía comparar con ninguna otra garganta del Pirineo. Desde las cumbres de Añisclo (de unos 2.850 metros) hasta debajo de Escuaín (entre los 1.000 y los 1.100 metros), descendía como una fractura de aristas vivas y paredes rojas. Por el fondo rugía el torrente de Escuaín que, más abajo, se transformaría en el de Tella. El Cotiella, que aparecía por el este en toda la gloria del atardecer, remataba con orgullo semejante perspectiva.

”Recomiendo la amabilidad, cocina y precios de don Jacinto. Dado que eran las tarifas de inauguración, esta fue la cuenta: tres cenas —sopa, dos platos y postre—, tres camas, seis tazas de chocolate, un litro de leche, seis litros de vino para llevar, un litro de rancio (como regalo), dos kilos de queso, dos kilos de carne, cuatro kilos de pan, doce huevos duros. En total: trece francos con cincuenta céntimos.

”A la mañana siguiente hacía un tiempo radiante. Se trillaba el trigo en todas las eras, haciendo trotar por ellas a unas mulas. Salimos a las 6:00 h, remontando la orilla izquierda de la Garganta durante tres kilómetros. Aunque era gigantesca, las paredes que se alzaban por el norte lo eran más todavía.

”Este macizo al que nadie se había acercado aún se mostraba soberbiamente salvaje. Lo que hacía que la altitud de sus picos resultase más sorprendente todavía, era la brusca disminución de las alturas. Al sur de Escuaín las montañas se doblegaban, ondulándose en amplios praderíos rodeados de bosques entre los 1.500 y los 2.000 metros.

”A tres horas de Escuaín por la orilla de la Garganta, o dos horas en línea recta, franqueamos una de las depresiones que se abrían al inicio del valle (bastante desolado) de Puértolas. Después, atravesando en diagonal dicho valle en su punto de arranque, nos hallamos enseguida en la otra vertiente (oeste), por una brecha que nos colocó al mismo nivel que los inmensos pastizales de Añisclo. Por el norte se escalonaba el Monte Perdido, por encima del corte extraño de ese barranco de Fuen Blanca que visité en 1875 con mi amigo Lequeutre. A nuestros pies, el abismo del valle de Añisclo. A la izquierda, las interminables pedrizas de los Sestrales, cortadas en millares de profundas fisuras, aunque dominando un panorama admirable, inesperado, sobre esos Pirineos de Fanlo al oeste, de Vio al sur, y sobre el cerco de las grandes montañas, desde el Cotiella hasta la peña Collarada, girando hacia el norte. Desde aquí volvía a las regiones conocidas, pues aunque no habían sido recorridas todavía, al menos pude examinarlas y alzar a placer sus principales puntos desde lo alto de la cadena […].

”Tras haber dormido bajo un roquedal que servía de cabaña a un pastor de Añisclo, justo al borde de los precipicios del río Bellós, a la mañana siguiente bajamos al fondo del abismo para subir al otro lado hasta los pastos de la Custodia y seguir la orilla izquierda del singular barranco de la Pardina hasta sus inicios, al sur de la Collada Baja, o collado inferior de Góriz. Había unos hermosos cobijos de roca ocupados por soldados en la parte superior del barranco de la Pardina, en la orilla izquierda. Parecían mucho mejores que las cabañas de Góriz o que las de Añisclo. No se veían sino después de haber sobrepasado la entrada, que era un boquete…, “tortuoso, estrecho, rudo, y tan erizado de zarzas y ortigas que solo un hombre podía defender la salida”.

”Toda esta comarca era muy peculiar y el contraste que producía el manto infinito, apenas ondulado, de los pastizales, las montañas heladas que la dominaban por el norte con las grietas de varios centenares de metros que la cruzaban en todos los sentidos, resultaba sorprendente.

”Tras haber contorneado el barranco de la Pardina y tomar un momento de reposo en los abrigos de los que acabo de hablar (alvéolos en las murallas del Barranco), volvimos a marchar hacia el oeste, bordeando esas bases inclinadas suavemente del Pueyo del Cadiello (2.370 metros), para llegar enseguida al pasto absolutamente horizontal del plan de Ripalés, tan amplio como el Champ-de-Mars. Por el extremo opuesto, una brecha entre dos colinas nos permitió virar hacia el sur. Se produjo un cambio de panorama: estábamos ante un estrecho valle sin hierba ni roquedales, pleno de guijarros grisáceos, y embellecido con cardos raros que descendían con suavidad hacia Fanlo. Lo seguimos durante veinte minutos y, luego, viramos a la derecha. Fanlo surgió por debajo, si bien las pendientes que nos separaban aparecían erizadas de esas agujas de gres que volvían la muralla del Arazas y el pico de los Sestrales tan fatigosos: quien se hubiera internado en ese laberinto no hubiese salido antes de la noche […].

”Una vez que llegamos a la base del declive y al pie del montículo de Fanlo, que se elevaba hacia el sur, nos encontramos sobre una especie de dique que arrojaba hacia el oeste las aguas del río Xalle y hacia el este las del gran barranco que acabábamos de bordear por sus murallas. Este último torrente, el río Aso, se dirigía hacia Nerín, y se encontraba un poco más allá con el río Bellós, en la salida del valle de Añisclo.

”Fanlo se hallaba a caballo entre los dos valles del Xalle y del Aso. El pueblo era negro, salvo la torre de la iglesia, que había sido blanqueada con cal. Allí se alojaba uno en la Casa del Señor: no sabría qué más sería preciso añadir para mejorar dicho alojamiento, debido a la escrupulosa pulcritud de la casa y la extrema amabilidad de sus dueños”.

Tal fue el itinerario lacustre que siguió esta expedición cartográfica para conectar el Cinca con el Yaga, el Bellós, el Jalle, el Aso, el Ara… Aquí nos despediremos del activo Franz Schrader y de sus auxiliares, unos montañeses establecidos o nativos de Bielsa llamados Gabardous y Antonio Suárez. Un trío que, desde Fanlo, marchó seguidamente hacia Sarvisé, Broto y, por un puerto de Bujaruelo batido por la tempestad, hasta Gavarnie.

A modo ya de cierre, uno se podría plantear la siguiente pregunta: ¿acaso los habitantes de Bielsa y de Escuaín eran tontos de remate y desconocían en 1877 cómo se llamaban las montañas de su tierra? En tal caso, menos mal que, justo en el mes de junio de 2017, se materializó entre nosotros cierta Comisión Asesora de Toponimia para sacar a todas aquellas gentes de sus graves errores respecto a los “picos de Añisclo”. Y, de paso, para vertebrar un poquito más nuestro territorio (¿de tontos?), que buena falta nos hace. Pero bien que ha merecido la pena esperar ciento cuarenta años a este glorioso advenimiento.

11 Comentarios

  1. Desde luego, los nombres autóctonos, quizá mal pronunciados o con diferencias según quien los verbalizara; escuchados por un oído en otro idioma, y posteriormente llevados a la escritura, sufrirían con facilidad serias deformaciones. Y, a pesar de todo, nos han llegado con tal riqueza y precisión como para ser reconocibles y válidos. Lástimas que se haya menospreciado tan rico caudal toponímico para optar por soluciones simplonas y en algún caso, inauditas.

    • Al menos algo bueno ha quedado de todo este asunto: el interés por la toponimia, por los estudios lingüísticos bien realizados quiero decir… Está pendiente, diría yo, pero se ha avanzado un tanto al determinar lo que no se debería de volver a realizar, ni en el fondo ni en las formas… Quizás los siguientes pasen de «hacerle la cama» a ningún partido político, y se decidan a estudiar la tradición oral y la escrita, los mapas, las guías, el catastro… Como se hizo, por ejemplo, en el valle de Ossau a finales del siglo pasado… Más saludos, José…

  2. ¡Qué va, Alberto! En todo caso, los tontos de remate son los políticos designados a dedo, a los cuales les interesa que la ciudadanía no piense para que no se rebele… No hay más que ver el sistema educativo que tenemos… De cualquier modo, gracias por compartir esta aventura schraderiana…

    • Bueno, he de reconocer que la etiqueta de «tonto» me la estaba aplicando a mí mismo… Durante largos años me fié, pensé que no jugarían como han hecho con la toponimia pirenaica, que no se atreverían a usarla para cierta finalidad política muy, pero que muy concreta… Fíjate que, ante la carencia de explicaciones durante casi quince años de «penetración lingüística» en guías y planos autóctonos, salvo el tan consabido como dudoso «siempre se ha dicho así», incluso los defendí ante las voces críticas que llevaban años clamando en el desierto que esos nombrecitos pintorescos y con aire de aragonesizado (eso sí), simple y llanamente, «se los inventaban» entre «cuatro gatos»… Tonto de mí, sí, tonto de mí, me tragué la versión que supuestamente llegaba «Made in Mountain»…

      • Pues anda Alberto, que si tú te pintas como tonto vamos buenos. Muy bueno el artículo de Escuain: cuando me lleven de nuevo lo miraré con otros ojos gracias a tí.

        • En realidad, si lo deseas, A.A., puedes viajar al Escuaín poblado, al de 1877…, de la mano del «cronista», Franz Schrader. Que yo no paso de mero «copista», vamos.

  3. Antes de que termine este otoño, revisaremos varios asuntos relacionados con los más bellos Nacederos de Aragón… Para más datos: ¡pasad por mi FB, amigos!

    • Y el día 20 de diciembre estaremos en el Museo de Ciencias Naturales para ver que nos cuentas Alberto. A las siete de la tarde.

      • Ya preguntaré si dejan entrar en la sala a los animalillos tropicales de cualquier pelaje… ¿Estás al día de tus vacunas, no…?

    • A todo esto ya lo has dicho otras veces Alberto pero me maravilla que logres hablar de cualquier tema sacando a la luz datos sobre toponimia. Eso debería hacer pensar mucho a ciertos personajes Innombrables.

      • No, no te creas, Makako: la toponimia sale así, porque sí, sin buscarla mucho… La toponimia real, quiero decir, que no la inventiva y politizada… Sucede que antes estos temas no me interesaban en exceso y me centraba más en lo deportivo o antropológico: ahora, no temas, que enfocaré la linterna en la nomenclatura pirenaica…

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