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¡Felicidades, Grandes Espacios!

La revista Grandes Espacios acaba de alcanzar su número 250. Y lo hace en forma de ejemplar especial que cubre los meses de enero y febrero de 2019. Sin duda alguna, será un objetivo tanto para los amigos de esta Casa, como para los coleccionistas de tiradas señeras.

Su director, Dioni Serrano, lleva al pie del cañón desde el arranque de esta revista mensual, tratando de servir al público trabajos de calidad sobre decorados naturales por todo nuestro terruño. Pero pasemos un tanto a un territorio más onírico… No me cabe la menor duda que, de haber seguido entre nosotros (acaso por cuenta de una abducción extraterrestre que evitase su fallecimiento en 1908), hasta el propio Henry Russell se hubiera sentido feliz por colaborar en esta publicación…

Acronías imaginativas aparte, vamos a hacer que, desde donde quiera que ahora esté, el Señor del Vignemale felicite a todos cuantos han hecho posible la larga andadura de esta revista del Grupo Desnivel. Por ejemplo, a través de cierto trabajo de 1886 que hubiera encajado perfectamente con la, digamos, Filosofía de los Grandes Espacios.

Porque va sobre Filosofía el asunto. Así, esta otra “Philosophie des ascensions” que aquí he traducido al completo debutó en la prensa escrita desde las páginas de la Revue de Comminges en su tomo II de 1886. Con el tiempo, la misma publicación haría doblete en su tomo XXI de 1906. En cuanto a su aparición en formato de libro, decir que se efectuaría en el seno de Pyrenaica, obra editada por la casa Vignancour en 1902 donde, justamente, abría la selección de veintiséis trabajos russellianos. Con posterioridad, el texto fue incluido en la tercera parte, o “Varia”, de la segunda tirada de los Souvenirs d’un montagnard, producidos igualmente por Vignancour en 1908. En consecuencia, estas líneas estuvieron asimismo presentes en las reediciones de Privat en 1930, de Slatkine en 1979, de la Librairie des Pyrénées & de Gascogne en 1999…

No obstante, parece que este texto nunca ha sido traducido al español, salvo para el libro sobre Villa Russell (2005) que ofrecen a los clientes de un conocido Aparthotel de Torla. En fin; este encantador tratado sobre los condicionantes que arrastran hacia la práctica del montañismo no debería confundirse con el opúsculo sobre Les Pyrénées, les ascensions et la philosophie de l’exercice, aparecido en el temprano 1865. Aunque en ambos casos sean vibrantes apologías de las montañas como últimos paraísos terrestres. Según el, para muchos, gran filósofo del pirineísmo…

Bien; pues ya tenemos la ficha catalográfica. Solo nos resta servir sin mayor tardanza el texto de esta “Filosofía de las ascensiones” que Henry Russell regalara al mundo en 1886:

“Se han alabado de todas las maneras posibles los maravillosos efectos de las ascensiones en el organismo humano, la robustez o la longevidad. Y con razón, pues la salud es algo bueno. Ya en el terreno de la sicología y de su influencia moral, esa huella profunda, imborrable y saludable que deja en el alma tanto el culto como el trato frecuente con las altas montañas, parece asimismo interesante y muy digno de ser estudiado con seriedad filosófica. Sin embargo, es este un tema que no ha hecho sino aflorar. Nos hallamos ante un aspecto bastante abandonado del alpinismo. Entonces, solicito el honor de poder decir algunas palabras al respecto.

”El efecto más palpable e infalible que la vida en las montañas ejerce sobre nuestro carácter, a poco que su duración se prolongue, es el de convertirnos en personas paradójicas, singulares, independientes y despreocupadas ante la opinión pública. También un tanto caprichosas. Resulta del todo natural. Únicamente el clima, con sus variaciones e ímpetus, bastaría para lograr tales efectos. En sí mismas, ¡las montañas resultan tan excéntricas! Parecen quedar fuera de las leyes corrientes. Son, como los grandes enigmas, unos accidentes geográficos tan enormes como misteriosos. ¿No tienen el aspecto de reírse y de retar a todo el mundo, de ser insociables, de no obedecer ley alguna y de no tener necesidad de nada? Son unos monstruos sublimes, unos fantasmas eternos, unos huracanes solidificados. Son unos seres aparte, tan feroces como inviolables, que terminan por imponer su opinión a quienes los frecuentan, como a veces se puede observar en algunas parejas. El primer sentimiento que inspiran es el de espanto: el amor no llega sino algo después. El montañero termina por ser sensible ante ellas, pues la naturaleza, su modelo y hermana, lo es siempre: la ternura da aquí la nota dominante. Pero pueden resultar casi tan salvajes como tiernas: las montañas siempre guardan algo de abrupto, inaccesible y áspero. Sus almas saben rodearse de precipicios, de soledad e incluso de nieve. Y entonces aparentan tener frío: es como una especie de advertencia que nos llega desde el cielo. Cuando un ser humano alcanza semejante estado, se encuentra rozando la misantropía, e incluso el egoísmo. En tales casos, parece como si se fuera por el mal camino: uno se asemeja en demasía a una montaña, por lo que vale más regresar a las llanuras. Algo que no se evidencia hasta que no se hiela nuestro corazón.

”Otro de los efectos de la montaña sobre las personas que están enamoradas de ella, es el de transformar en soñadores melancólicos a quienes se disgustan con muchas de esas cosas que suelen apasionar aquí abajo. ¿Cómo no sentir un poco de desapego ante las alegrías estruendosas y los falsos placeres tras haber permanecido embotado por la libertad sobre las sábanas de nieve? ¿Tras vivir a 3.000 metros por encima de los enojos, las tristezas y las cadenas que nos impone la tiranía de este mundo? Vistas desde tan arriba y desde tan lejos, las dinastías, las repúblicas y los imperios pierden todo su encanto e interés: tales asuntos no producen ya efecto alguno, y no se piensa en ellos jamás. Se termina por considerar que incluso las piedras parecen ser más sabias que los hombres, pues ninguna desea ocupar el lugar de su vecina. ¡Qué lección tan buena la que nos dan allí arriba!

”Sí; las montañas hacen reflexionar… ¡Cómo no volverse soñador y romántico después de haber convivido con las nubes, tras compartir su existencia nómada, serena y poética en mitad del espacio! Inmersos en una luminosidad tan sobrenatural, la de las llanuras no pasa de pálido crepúsculo frente a un horizonte ilimitado, incandescente y vaporoso donde cielo y tierra se confunden. Ante semejantes silencios, cuando una simple piedrecita cae, ¿no logra que experimentemos una especie de escalofrío? ¿Cómo no sentir lástima de las farolas de gas, de la luz eléctrica o de los fuegos artificiales cuando uno ha visto, en las noches sosegadas del verano, cómo se alzaba la luna entre resplandores sobre los austeros glaciares de la Maladeta? Hasta el carácter menos flexible cambia frente a tales espectáculos. Bien lo sé: me acuso de ello sin alegar excusa alguna. Me apenan aquéllos a quienes la naturaleza y las montañas dejan insensibles. Les falta algo: son como instrumentos estropeados o como campanas que suenan mal.

”Pero las montañas no desarrollan únicamente el sentimiento de la Belleza. También poseen el don de hacer amar el Bien. Esencialmente se trata de unos lugares moralizantes. Tan cierto como que la Belleza bien entendida y mejor sentida conduce al Bien, del que no es sino un reflejo: ambos son hermanos.

”En la forma misma de las altas montañas, en sus líneas afiladas, en su pose orgullosa, en su serenidad, en su empuje soberbio hacia el infinito y el azul eterno, ¿acaso no existe en todo ello una especie de símbolo un tanto contagioso, irresistible y enervante? ¿No llega casi a cambiar la naturaleza del alma, para despegarla de la tierra y elevarla hacia el cielo? Tal vez se podría expresar en metros el límite superior de las malas pasiones. Pues se vive mejor a 3.000 metros que sobre el nivel del mar: ninguna mancha, ningún mal instinto logra subir tan cerca de Dios.

”La transparencia del aire a gran altitud, la intensidad de la luz, el azul marino del cielo, la claridad luminosa que logra que todo resplandezca y ese relieve extraordinario, casi espantoso, que adquieren todos los objetos, hasta los más alejados… Todo eso posee también una poderosa acción moral. Uno cree que ya no permanece sobre la tierra. Queda deslumbrado. Es preciso cerrar los ojos: incluso así, todavía seguimos alucinados ante semejante luminosidad. No acuden sino pensamientos felices, dorados y risueños, tan elíseos como radiantes: el ideal del Paraíso se vuelve un océano de nieve iluminado por el sol. Desde lo alto de un pico nivoso se comprende que los paganos adorasen al sol, pues uno queda frente a frente: el prestigio del astro siempre termina por redoblarse. Ciertamente, es el corazón ardiente del universo y el símbolo de Dios en la naturaleza. El sol posee una enorme pujanza moral. Sobre todo cuando ilumina los glaciares eternos. La atmósfera desempeña un gran papel en la dicha de los montañeros y de los salvajes.

”Digo dicha a propósito de los salvajes, puesto que no está demostrado que sean menos felices que nosotros. Y si los enlazo con los montañeros es porque, en realidad, hay más de una afinidad entre ellos, suponiendo que se entienda correctamente tanto el valor como el sentido de mis palabras. Pues no ha de designarse con el calificativo de montañero a esos ciudadanos pedantes y afectados que trepan solamente por la vanidad o por la pose, condenados a caer enfermos después de cada excursión… Por el contrario, llamo montañeros a quienes completan las ascensiones por gusto, vocación, entusiasmo o pasión, de tal manera que ponen sus músculos y pulmones al servicio de su causa. Es cierto que resultan escasos y que, con frecuencia, se profana su nombre: de los sesenta mil alpinistas que forman hoy los diversos clubs llamados alpinos en Europa, ciertamente, no se hallarían en total ni seis mil verdaderos montañeros. Es decir: un diez por ciento, ¡que ni siquiera es la mitad…! Pero resultan suficientes, puesto que sería preciso sacrificar bastantes cosas si se diese a los montañeros demasiada cancha en la vida.

”No tienen más que una excusa: esa fascinación, ese magnetismo animal, esa calma inexplicable que ejerce, sobre las naturalezas sensibles, soñadoras y apasionadas, la visión de las montañas mágicas, sublimes y siempre blancas donde comienza el Eterno Desconocido y donde la tierra cede su plaza a lo Infinito”.

Lo dicho: que la Filosofía de los Grandes Espacios siga entre nosotros durante muchas, muchas, muchísimas añadas…

    • Felicidades también a los Colaboradores. No llegó la revista a tiempo de que escribiese Henry Russell. Habrá que recurrir a la guija. Pero este 250 que tengo delante lo abren firmas de lujo de Dioni Serrano, Pedro Nicolás, Alberto Martinez Embid, Eduardo Viñuales, Rafael López Moné, Joan Garrigós, Alberto Luque, Eduardo Martinez de Pisón, Anxo Rial, Sebastian Álvaro y Ángel Pablo Corral. Seguido van los reportajes de Rubén Marcos, Pedro Casero, Carlos Lamoile, Oscar Alemán, Victor Barro, Bego Masdefiol, Eduardo Viñuales, Francisco Mercader, Anxo Rial y Dioni Serrano. O sea que todos los lectores de Grandes Espacios estamos de enhorabuena.

    • Unas líneas admirables, Alberto. Ese Russel es un fuera de serie.

      • He estado fuera, amigos, mis disculpas… Gracias por vuestras amables palabras, ya lo creo que sí…

        • En efecto: no todos los textos “russellianos” entran dentro del registro de la topoguía (subir al este, bajar por el sendero, vadear el arroyo, ganar la cima”)… Uno se pregunta si los, digamos, expertos de la Comisión Asesora de Toponimia tuvieron en cuenta los haberes tanto literarios como filosóficos, desde su perspectiva del siglo XIX, antes de quitar el nombre histórico de pico de Russell para sustituirlo por otro sin dar una explicación aceptable (fuera de los tópicos de siempre, ¿apoyados en aire?). ¿Será que estos respetables caballeros a los que tan bien les va a la sombra de cierta Consejería del Gobierno de Aragón, se sienten ajenos a esta “Filosofía de las Ascensiones”?

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