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Nubes, montañas…, y Grandes Espacios

No todos los días celebra una publicación de naturaleza y aire libre su ejemplar número 250. Lo mismo que en la entrada anterior, vamos a felicitar a los responsables de este éxito del Grupo Desnivel, su revista Grandes Espacios, de la mano de quien, sin duda, hubiera escrito muy a gusto entre sus páginas. Contando con que los más acérrimos seguidores de Henry Russell disculpen esta segunda digresión histórica…

El texto del Señor del Vignemale que por aquí se presenta va sobre “Nubes y montañas”. Aborda ciertas ensoñaciones russellianas para mí absolutamente maravillosas que, según todo parece indicar, fueron editadas en un principio desde la Pau-Gazette en fechas aún desconocidas. Así, no se ha podido rastrear una aparición más madrugadora de estas “Nuages et montagnes” hasta el número 5 (del año III) Bulletin Mensuel de Biarritz-Association (mayo de 1898). Con posterioridad, el mismo texto fue incluido dentro la colección servida por el libro Pyrenaica en 1902, así como, resulta más que lógico, desde el capítulo final de los Souvenirs d’un montagnard en su edición de 1908. Hasta ahora, creo que solo había sido traducido al español desde el libro, no a la venta por ser la iniciativa de un Aparthotel de Torla, de Villa Russell (2005).

Tampoco tendría que extrañarnos semejante proliferación de inclusiones: muchos pirineístas coincidirán en que el texto que enseguida publicaremos al completo,  es uno de los más afortunados que salieron de la fértil factoría russelliana. A través de estas líneas, nuestro pirineísta se atrevió a mostrar algún repliegue de su sensible espíritu mediante diversas parábolas de naturaleza. Así, siguiendo el devenir de las nubes sobre las grandes cumbres, se entiende que su prosa poética originara (y origine aún) tanta vocación montañera.

Pongámonos ya cómodos para disfrutar, sin cortes ni interrupciones, de la traducción de estas “Nubes y montañas” que, desde las postrimerías del siglo XIX, nos regalara el más lírico Henry Russell:

“Nunca se admira lo suficiente a las nubes. Acaso sea por eso por lo que viajan tanto: quizás la indiferencia de los hombres las vuelva volubles. Y, sin embargo, ¿hay algo en la naturaleza que se muestre más gracioso, fantástico y grandioso que las nubes? Sobre todo en el Ecuador, donde adoptan unas formas inimaginables y unos colores que no tienen traslación en idioma alguno. Son mucho mayores que las montañas. Al atardecer, cuando el sol desciende con toda solemnidad, dispuesto a morir, sobre los mares adormecidos de los Trópicos, se ve cómo suben y se ondulan por el horizonte unas nubes escarlatas, tan gigantescas y amenazadoras que inspiran una suerte de estupor. Se diría que son infiernos circulares encendidos sobre las olas que remedan el incendio de un continente lejano. A medianoche todavía permanecen incandescentes como las brasas, bien rebosantes de resplandores, aunque ya sin truenos. Entonces no se escucha nada, ni siquiera una ola…

”Si bien las grandes nubes del Norte pueden mostrarse a veces casi tan rojas, nunca poseen esa calma suprema, esa fijación de formas y esa soberbia inmovilidad de las enormes nubes que hay en el Ecuador, en los Andes o en el Himalaya. La majestuosidad de estas últimas parece hipnotizar a cuantos las contemplan. Las nubes fogosas de estas regiones frías, donde son barridas sin cesar por el viento, resultan turbulentas y caprichosas. Perseguidas por las tempestades, vuelan, se retuercen y se rasgan, giran sobre sí mismas y emprenden la fuga como si fueran unas perturbadas aterrorizadas. Les falta recato. Parece como si nos halláramos más bien frente una batalla que ante unos decorados. No obstante, es un espectáculo grandioso. Sobre todo cuando los truenos vuelven los cielos más sonoros que la tierra, y cuando tales escenas aparecen iluminadas entre resplandores. El cielo del Norte brinda unas cóleras sublimes.

”No obstante, es durante los días serenos, en pleno corazón del verano, cuando se distinguen en nuestras latitudes las más hermosas nubes. Especialmente en las montañas. Jamás olvidaré una de mis ascensiones al Pimené, una cima de 2.804 metros en la que, casi siempre, he hallado la soledad. Ver las nubes bajo los pies y dominarlas desde la cumbre de una montaña no tiene nada de extraordinario: resulta incluso habitual. Sin embargo, el frío suele acabar con estos vapores, que prefieren los climas tibios, las altitudes medias y los valles. Pero aquel día en cuestión, durante las tres horas que pasé en lo alto del Pimené, fui testigo de un espectáculo tan inusual como emocionante: el de una marea creciente de nubes. Pues, a simple vista, estas subían lentamente con una regularidad astronómica: no se puede imaginar algo más extraño ni majestuoso que el movimiento ascensional y uniforme de ese mar tumultuoso de brumas, tan blancas como la nieve, que recubría por completo los Pirineos franceses hasta la cota de los 2.500 metros. Apenas dejaban emerger sino las cimas que sobrepasaban dicha altitud. Cada pico era como una isla y cada grupo de picos formaba como un archipiélago, con sus cabos azulados y promontorios salvajes orientados hacia el norte, batidos por unos oleajes irritados de vapor que saltaban por encima como la espuma. Me recordaron esas islas lúgubres que bordeaban las costas, tan nevadas como desgarradas, de la Patagonia, allí donde los restos humeantes de Sudamérica se zambullían en los mares australes…

”Desde el Pimené, vi cómo aquellos promontorios más o menos altos se hundían, uno tras otro, bajo la marea siempre ascendente de las nubes. Los macizos se troceaban en islas cada vez menores, oscureciéndose como si constituyeran unos escollos, para enseguida ser devorados de uno en uno. La bruma subió trescientos metros en pocas horas. La tierra simulaba tener cierta disposición a desaparecer bajo un nuevo diluvio, mostrando una inmensa tristeza. Pronto no quedó sobre el horizonte nada más que la porción eternamente nivosa de los Pirineos. En ese momento no tuve ante mí nada más que una especie de archipiélago de Spitzberg desolado, adormecido bajo el hielo y blanco por completo. Unos islotes de nieve que se erizaban por todas partes, pasando desde el blanco hasta el rojo por el lado donde el sol se ocultaba.

”Las nubes quedaban ya a mi altura… Me lamían los pies… Me llegaba el turno de desaparecer… Las sentía, pues la niebla de las regiones altas tiene un olor muy acentuado, como el de los casquetes de hielo polares, cuya vecindad se adivina, debido a su aroma característico, mucho antes de verlos. Me sentía verdaderamente turbado, por no decir agitado. Cuando me vi sumergido hasta el cuello, cuando yo mismo me hundí en un océano de nubes taciturnas, lo mismo que un navío que se precipita entre las olas, creí hallarme solo en este mundo. Alzando la cabeza, no vi nada más que el sol y esa cúpula resplandeciente a 3.352 metros del Monte Perdido que, aunque fría, nivosa y lúgubre, como si constituyera una suerte de Arca de Noé, flotaba en solitario sobre un mar infinito, silencioso y desértico. ¡Parecía un arcángel caído, iluminado aún por un último reflejo del cielo y glorificado por la sonrisa postrera de Dios! A pesar de que me guste tanto la soledad en las montañas, allí la tuve en demasía… Mi corazón notó el frío… Me tomó cierta ternura por la humanidad y sentí que, a pesar de sus miserias, todavía amaba a los hombres… De todo aquello me habló la soledad…

”Pero volvamos con las formas y los aspectos tornadizos de las nubes. ¿Cómo definirlos? ¿Cómo pintarlos? Si algunas poseen tantas sombras y se muestran tan salvajes que no se dejan amar, ¡ved la gracia, la transparencia y coloridos de las demás! Ligeras como ninfas que flotan en el azul, entre los hombres y el cielo, estas hijas etéreas del sol, como simbolizando una alianza entre la inocencia y la dicha, brindan tonalidades desconocidas sobre la tierra. Son como las flores del cielo, variadas hasta el infinito. Puede decirse de ellas que resultan comparables a las hojas de los árboles, pues en todo el universo no hay dos iguales. Y, a pesar de esta cualidad, ¡ved cómo aceptan los designios dispares de la providencia! Se resignan con el mejor talante del mundo: saben que todo eso resulta inevitable, dado que no constituyen sino un mero accidente aunque la naturaleza las haya sembrado por doquier. Se diría que son mucho más listas que nosotros: aunque también existan algunas belicosas, por lo general, viven todas en buena armonía… Especialmente en la ciudad de Pau, donde las nubes se muestran igual de pacíficas que sus habitantes: resulta extraño que se enfaden…

”No obstante, también tienen algunos caprichos singulares. Sobre todo en esos días ardientes y tormentosos del Pirineo, durante los meses de julio y agosto. Hasta el mediodía el sol suele dominar por todas partes: el cielo está tan azul y tan puro como en el Sahara. Pero, de repente, desde el fondo de alguna garganta o desde el borde de un abismo, se forma misteriosamente una nubecita a pocos pasos del espectador: revolotea alrededor de éste, le muestra todos sus rostros y gira sobre sí misma como si le gustara ser admirada. Después se desploma sobre el lugar, lo mismo que la nieve, para desaparecer. Ya no queda nada de ella. Se trata de una nacida muerta que no vive sino unos instantes. Minutos después aparece otra, algo mayor y más opaca. Seguido ya son dos, que se miran, se atraen y acaban por unirse para formar una sola. Sin embargo, esta otra no va a deshacerse: amenazadora, eléctrica y muy negra, no anuncia nada bueno. En efecto: por la tarde estalla la tormenta. Resulta infalible, así que el alpinista debe interrumpir su ascensión para emprender la fuga en mitad de los resplandores de la tempestad y el granizo.

”En verdad que sería interesante estudiar la historia de una nube para poder escribir sobre ella: ¡mucho más que sobre la vida de ciertas personas…! Pero, sobre todo, resultaría más curioso que lográramos seguir a las nubes para así observarlas en las montañas. ¡Cuántas sorpresas y placeres montañeros nos prodigan! Cuando uno se encuentra entre una nube blanca y el sol, volviéndose hacia el astro rey consigue ver cómo se perfilan su sombra y su silueta sobre la bruma. Se aprecia tan claramente como sobre un muro de nieve: este retrato puede resultar muy chocante. Pero la naturaleza tiene el gusto de embellecer semejantes cuadros mucho más aún, dado que rodea la cabeza del allí presente con un maravilloso arco iris. De tal forma, ¡el peor de los pecadores puede obtener el aspecto de un santo, llevando una aureola sin mérito alguno! Aunque la verdad es que esta dura apenas unos instantes…

”En cierta ocasión en que me hallaba en la montaña, vi cómo una nubecita blanca, similar a un lirio, nacía por un costado para posarse sobre uno de mis hombros. Mientras tanto, una mariposa aterrizó en mi cabeza. Seducido por ambos, quise acariciarlos a la vez, pero no pude tocar ni a la una ni a la otra. Mientras la primera se disolvía, la otra se echó a volar. Me encontré completamente solo, tan abandonado por esos hijos menores de la naturaleza que mi corazón se entristeció. Me dije, acaso demasiado tarde, que hubiera tenido que elegir… Quizás alguna se quedase… Porque, para poder amar, no es necesario nada más que formar un dúo… Se hubiera dicho que ambas lo sabían tan bien como yo, por lo que recibí un justo castigo por haberlo olvidado”.

Tampoco olvidemos nosotros: ya está a la venta el número 250 de la revista Grandes Espacios (enero-febrero de 2019) con toda clase de propuestas prácticas con las que reventar (bien a gusto) vuestras botas favoritas. Hasta el propio Henry Russell se hubiera bajado desde sus Cuevas del Vignemale para conocer alguno de los grandes decorados naturales que entre estas hojas nos proponen…

  1. ¡Vaya historia nubosa! Encantadora, por demás. Trae a mi memoria otra nubecilla, de esas muy oscuras y plante amenazador, que en cierta ocasión se cernía sobre mí, momentáneamente atrapado en cierta cresta… Se portó bien, aquella nube.

  2. Como el de la entrada anterior, un texto lleno de frases para enmarcar, Alberto… Para releer muchas veces… Sin duda un acierto de traducción… De cualquier modo, ¡larga vida a Grandes Espacios!

    • Mejor todavía que el anterior Alberto. Ojalá Russel escribiera aún en revistas. Cosas así.

    • Que no se me olvide Alberto. Asi como el catedrático de Parques Nacionales Martinez de Pisón dijo lo de «para mí siempre será el Soum de Ramond». En otro caso similar. Yo desde la modestia digo: «Para mí siempre será el Pico Russell». En este caso.

      • Me pilláis fuera de casa, amigos, y liado a base de bien; ya disculparéis por los retrasos y la brevedad… A cambio, prometo servir más textos russellianos dentro de nada, que (a mi entender) son tan encantadores como poco conocidos por tierras hispanas… Nuestro Señor del Vignemale no solo redactó tempranas topoguías, bien se ve… ¡Hasta la vuelta!

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