por

Recordando a Raymond d’Espouy

Hace hoy justamente sesenta y cuatro años desaparecía bajo una avalancha de nieve en la Frèche uno de nuestros pirineístas más reputados. Un hombre que era familia tanto de Henry Russell como de Henri Brulle, y amigo íntimo de Jean Arlaud. Un cartógrafo que colaboró con los croquis de la guía de Jean Soubiron, rectificando algún error de los mapas de Franz Schrader en los Posets o en el Cotiella. Cuyo nombre pasó, tras su muerte en la montaña, a una cima de este último macizo. Me estoy refiriendo a Raymond d’Espouy.

Nuestro hombre había nacido en tierras del Alto Garona: más concretamente, en Magnoac. Desde muy niño aprendió a dibujar con los sacerdotes de Garaison, por lo que, en cuanto creció, se trasladó a París para cursar Bellas Artes. Durante la Primera Guerra Mundial serviría en las oficinas de la cartografía militar gala, lo cual terminó de fijar su vocación como fabricante de mapas. Amigo y compañero de Arlaud, ingresó prontamente en la sección escaladora del Groupe des Jeunes, dependiente del Club Alpin Français de Toulouse. Tal podría ser la rápida ficha de quien fuera socio de honor de varias asociaciones deportivas hispanas. Entre ellas, de Montañeros de Aragón.

Lo español tuvo siempre gran importancia en la vida de nuestro protagonista. Porque hablar de Espouy es hacerlo igualmente del Papé y del Quijote, dos apodos suyos que se referían tanto a un carácter benévolo y paternal, como al parecido físico con el personaje cervantino. Habrá que explicar en esta primera entrada, un poco por encima, cuál fue su papel como dinamizador de las relaciones entre franceses y españoles al término de la Segunda Guerra Mundial…

Tras los conflictos que recorrieron, cada uno a su vez, ambas laderas pirenaicas, la interrupción de los nexos entre los montaraces de las dos naciones fue casi total entre 1936 y 1945. Puede decirse que la reactivación de lazos se produciría a través de cierta carta de Jorge Ferrera, presidente del Grupo de Alta Montaña del Club Muntanyenc Barcelonès, dirigida al homólogo del Groupe des Jeunes, un 28 de septiembre de 1948. En ella agradecía el envío de varias revistas Altitude y de dos libros de Arlaud por mediación de cierto exiliado en Andorra. Seguidamente se produjeron intercambios epistolares y propuestas de confraternización. Unas iniciativas no siempre comprendidas por las autoridades de uno y otro lado de la muga.

Aquí intervendría Raymond d’Espouy, quien parece que, según el historiador Jean-Victor Parant, ya estaba afiliado desde los años treinta tanto al Centre Excursionista de Catalunya como a Montañeros de Aragón. A tenor del mencionado erudito, Espouy se mostró siempre dispuesto a realizar cuanto fuese preciso para “aproximar a los pirineístas de ambos países”. De hecho, en la Asamblea del mes de diciembre de 1948 del GDJ del CAF-Toulouse fue nombrado responsable de “relaciones franco-españolas”. El pirenaico comenzó a planear encuentros con los deportistas del sur de la cordillera a partir de 1949. Parant explicó en 1990 que “Espouy, quien no perdía el tiempo, hizo preparar las direcciones de las sedes de ciertos clubs españoles”.

Se enviaron, pues, diferentes cartas de salutación, y varios clubs españoles respondieron: en primera instancia, el CEC, el CMB y la RSEA Peñalara. El ya mencionado GAM de la segunda de estas asociaciones fue más allá: mandó una delegación a Francia liderada por Ferrera y cuatro colegas más; entre ellos, Joaquina Baruta… Pero monte atraviesa, en pleno invierno. El quinteto catalán calzó los esquís para acudir a su cita sobre la línea de la frontera, un 3 de abril de 1949. Este histórico encuentro con la delegación gala de Henri Cases tuvo lugar en el nevadísimo Pas de Porc, un portillo de la zona de Núria-Font Romeu. Los catalanes llevaron como regalo una botella vino, siendo obsequiados con cigarrillos franceses…

El siguiente intercambio de insignias y banderines de clubs de ambas naciones tendría lugar pocos días después: aprovechando las vacaciones de Pascua, en el curso de un ascenso con tablas al Aneto, varios deportistas de Francia y España coincidieron de un modo casual.

Raymond d’Espouy contactó rápidamente con Francisco Peire, otro futuro socio de honor de Montañeros, que por entonces era secretario del CEC para “asuntos exteriores”. De esta manera pudo prepararse el meeting franco-español del 26 de junio de 1949, organizado con motivo de la inauguración del refugio Estasen. A esta cita entre franceses y catalanes, acudirían igualmente los representantes del Peñalara, encabezados por otro de nuestros célebres socios de honor: el madrileño Julián Delgado Úbeda, por aquellas fechas presidente de la Federación Española de Montañismo. Sin olvidarnos del, a no mucho tardar, igualmente socio de honor de Montañeros y presidente del Club Muntanyenc Barcelonès: Ramón de Semir… Todos ellos, unos montañeros consumados que antes de las guerras Civil y Mundial ya habían establecido nexos; sobre todo, de la mano del desaparecido Jean Arlaud.

Al mes siguiente, las reuniones se trasladaron hasta el valle de Benasque con motivo de la inauguración del refugio de Estós. Aquí intervendrían, por fin, los representantes del montañismo aragonés. Espouy y sus delegados atravesaron el puerto de Oô para personarse ante ese nuevo refugio que iban a regir unos amigos añejos de los miembros del GDJ como eran los miembros de la familia Sayó benasquesa. A las salutaciones entre Julián Delgado y Raymond d’Espouy se sumaría el presidente de Montañeros de Aragón, Tomás Tomás Ichaso. Los lazos entre galos y aragoneses se establecieron mucho más firmemente en la segunda jornada del encuentro: durante el ascenso al pico de Posets, la joven francesa Marcelotte Bosc se accidentó, siendo socorrida por el capitán médico José Serrano, un fundador de Montañeros en 1929… Y en el ascenso posterior al Gourgs Blancs para homenajear al fallecido Jean Arlaud con la instalación de una placa cimera, Tomás Ichaso cargó con la misma durante uno de los relevos.

En el verano de 1949 se produjeron nuevos encuentros franco-españoles. Por ejemplo, durante la inauguración del Abrigo Michaud a los pies del Balaitús, donde coincidió el responsable de la Sección de Sallent de Montañeros de Aragón, Antonio Fanlo, con otro socio de honor de esta entidad como Louis Sallenave…

Así y todo, la gran cita de aquella fértil añada se concretó el 27 de noviembre de 1949 en la Fortaleza de Lourdes. El objetivo era retomar un viejo proyecto de Louis Le Bondidier, reactivando esa Federación Franco-española de Montañismo que el lorenés fundara antes de la Gran Guerra. A pesar de los esfuerzos de Delgado y Espouy, el proyecto no fue posible debido a las múltiples suspicacias de la época. Sobre todo, de las autoridades del costado norte. Al menos, de aquella asamblea se lograría una agilización de trámites para que los montañeros atravesaran la raya fronteriza.

El gran momento de la cooperación entre ambas familias montañeras fue 1950. Un año que arrancó el 5 de enero a través de un Congreso Franco-español en Mayrègne. De nuevo Delgado y Espouy fueron sus organizadores. En el curso del mismo se hicieron públicos los nuevos miembros de honor del prestigioso GDJ: Julián Delgado, Ramón de Semir, Francisco Peire, Tomás Tomás… Aunque el presidente maño no pudo asistir a este evento en el Haute-Garonne, cuenta Parant que envió a una representación regional: “Por el lado aragonés vinieron José Ricardo Abad Botella, más conocido como Pepe Abad, miembro de la directiva de Montañeros de Aragón, y Tomás García Pardo, del comité directivo de Peña Guara, Huesca”.

La Jornadas de Jaca del 22 y 23 de abril de 1950 constituirían el siguiente jalón de esta “internacionalización del Pirineo”. Justamente, su objetivo prioritario fue la puesta en marcha de cierto “Comité Francoespañol de Pirineísmo” por la unanimidad de los clubs de ambos lados…, a pesar de las trabas de la administración gala. De esta última nación asistirían Suzanne Bacarisse y Raymond d’Espouy entre otros, siendo recibidos en Jaca por Julián Delgado, Ramón de Semir…, y por los Montañeros Tomás Tomás, Pepe Abad, José María Serrano y Luis Paúl. Con este último deportista barbastrense, Espouy establecería contactos tan frecuentes como amistosos. De tales Jornadas salió un secretario primero por tres años, Pepe Abad, quien sería asistido por Raymond d’Espouy. Éste le impuso la insignia del GDJ al presidente Tomás Ichaso en el magnífico decorado de San Juan de la Peña.

Sin duda alguna, aquellos fueron los mejores años del “asamblearismo pirenaico”: en septiembre de 1950, Margalida Le Bondidier acogía en la Fortaleza de Lourdes una reunión del llamado Comité Franco-Español Pirenaico. Entre los hispanos se contó con la presencia de Julián Delgado, Pepe Abad, Tomás Tomás, Luis Paúl, Ramón de Semir…

En diciembre de 1950 se consolidaba aquella edad de oro de la confraternización entre franceses y españoles con la elección de Raymond d’Espouy como presidente del elitista Groupe des Jeunes que fundara Jean Arlaud en 1920. Entre otros, le votaron varios Montañeros presentes como Delgado y Tomás. Seguido se abordaron cuestiones pendientes en asamblea con participación de delegados aragoneses como Pepe Abad y Andrés Izuzquiza.

Bien se ve: de 1948 a 1950 se pusieron las bases de la actual colaboración y amistad que reina entre los colectivos montañeros de Francia y España. Contando entre sus artífices a Tomás Tomás, Pepe Abad o Andrés Izuzquiza: unos directivos de Montañeros que tuvieron a bien nombrar socios de honor de esta asociación a personalidades tan destacadas como Julián Delgado Úbeda, Francisco Peire, Ramón de Semir, Suzanne Bacarisse…, y Raymond d’Espouy.

Fue este un proceso de reciprocidad que discurrió a lo largo de 1950, tras el nombramiento del presidente de Montañeros de Aragón, Tomás Tomás Ichaso, como miembro honorario (con el número 254) del GDJ. En la misma tanda sería otorgado ese privilegio poco usual a otros socios de honor de Montañeros, como el madrileño Julián Delgado Úbeda (nº 249, 1950), el barcelonés Francisco Peire Autran (nº 250, 1950), el barcelonés Ramón de Semir Arquer (nº 253, 1950). Hasta entonces, el GDJ solo había concedido esa distinción a unas dieciséis personalidades del alpinismo como Henri Beraldi (1928), Henri Brulle (1928), Georges Cadier (1933), Armand Charlet (1947), Jean de Costes (1938), Jean Fourcassié (1945), Georges Gaubert (1941), Karekine Gurekian (1950), Jean Lescaméla (1947), Louis Mothe (1921), Robert Ollivier (1937), Rudolf Pilat (1934), Louis Robach (1946), Louis Roustan (1924), Jean Senmartin (1925) o Pierre Vergez-Lacoste (1953). Un listado de lujo.

Así se explica que el montañismo aragonés sintiera de un modo especial la muerte de Raymond d’Espouy. Sobre todo, en su club de Zaragoza. El número 30 del Boletín de Montañeros de Aragón (I Época), correspondiente a marzo-abril de 1955, recogía su pérdida en varios apartados, como desde el texto donde se hablaba de la inauguración del local de Gran Vía 11, un 21 de abril de 1955. Andrés Izuzquiza tuvo que adelantar tan pésima noticia:

“El reverendo padre Agustín Díez, agustino, bendijo el local y, a continuación, rezó un responso por los socios fallecidos; en especial, por el eterno descanso de nuestro socio de honor, el señor Raymond d’Espouy, muerto el 20 de febrero último en accidente de montaña cerca de Luchon”.

Aquí lo dejamos hoy. En próximas entregas volveremos a recordar a ese gran amigo del montañismo español que fuera Raymond d’Espouy…

Comentar

Comentario

  1. Una gran colaboración la tuya, que nos permite saber mucho acerca del protagonista. Conocía algo sobre Ramond d’Espouy, pero me has dejado a la altura del barro, Alberto. En fin, sigue, sigue…

    • Ya sabes, José: me encanta leer cosas de estas, y casi tanto el compartirlas con quienes tienen gustillos similares… De todas formas, con Espouy aún no ha terminado la cosa… Más saludos…

    • Bueno, Luis, eso es anticiparse un poco, que la Comisión de Toponimia se quedó en los tresmiles. Y esta legislatura autonómica da para poco. Aunque me da, me da, que a ese francés no lo tocarían. Saludos…

      • Alberto: parece mentira todo lo que había que hacer para que entre Montañeros hubiera autentica Hermandad. Que siga muchos años así.

        • En general, era lo que sucedía hasta hace no demasiado, cuando las montañas eran espacios de encuentro donde la nacionalidad y, mucho menos, el nacionalismo (llegara con la etiqueta que llegase), no tenían espacio… Donde las diversas lenguas unían y no separaban con sus exclusiones y despotismos interesados… En fin: otros tiempos, que acaso regresen…