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La muerte de Papé

En una primera entrada hemos repasado, un poco por encima, alguna de las facetas de la notable vida asociacionista de Raymond d’Espouy. Hoy nos centraremos, sobre todo, en ese accidente de esquí de montaña que le costó la vida el 20 de febrero de 1955. Una tragedia de la que hay datos de sobra, lo cual no resulta del todo habitual tratándose de un suceso relacionado con el Groupe des Jeunes del CAF-Toulouse. Al parecer, los archivos de tan importante entidad fueron quemados de un modo casual durante una manifestación política.

Por fortuna, el cronista oficioso del GDJ, Jean-Victor Parant, reconstruyó con frecuencia buena parte de las actividades de los tolosanos. Por ejemplo, desde su obra sobre Jean Arlaud et le Groupe des Jeunes (1991). Hay en dicho libro escenas desgarradoras. Una de las más impactantes, sin duda alguna, es la que bajo el título de “La muerte de Papé”, contenía el informe de Yvon Denard, jefe de la travesía con esquís programada entre el Hospice de France y la Renclusa. Dadas las relaciones de Raymond d’Espouy con las principales asociaciones montañeras españolas, parece oportuno traducirlo al completo:

“Valle de la Frèche, 20-21 de febrero de 1955.

”[Raymond d’Espouy] Se había unido a nosotros el sábado por la noche para ayudar en esa colectiva a la Renclusa que preparábamos desde hacía varios meses y que debía constituir el colofón de nuestra temporada invernal. Pensábamos que todo estaba previsto. Los participantes se habían fogueado tras una salida de entrenamiento en el Entécade. El material estaba a punto. Los monitores resultaban más que abundantes y estaban formados prácticamente por miembros del GDJ de Toulouse. La colectiva había sido fragmentada en equipos de vivac y equipos de marcha. Los problemas de alojamiento, de alimentación y de itinerario habían sido resueltos lo mejor posible.

”Dos reuniones en Toulouse, el miércoles y el jueves, habían permitido ajustar los últimos detalles y cerrar las inscripciones. Solo una carta de la Fonda Sayó de Benasque nos planteó cierta incógnita: las autoridades españolas estaban sobre aviso y era posible que no nos dejaran pasar la frontera. Afortunadamente, la llegada de Papé [Raymond d’Espouy], el especialista en relaciones franco-españolas, vino para resolver este último problema. La marcha hasta el Hospice de France resultó un tanto trabajosa debido al verglás, por lo que nos acostamos bastante tarde.

”El domingo por la mañana nos despertamos a las 6:00 h. Durante la noche había caído una veintena de centímetros de nieve fresca. Todavía caían algunos copos. Hacía frío. Pero el tiempo estaba calmado y el techo de nubes muy bajo. La predicción de la meteorología de Toulouse-Blagnac había dado buen tiempo durante al menos dos jornadas, por lo que decidimos dar la salida pensando en tener la suerte de salir de las nubes antes del paso de la Escalette.

”El equipo de balizaje partió a las 6:45 h, como estaba previsto, y el equipo escoba un poco antes de las 7:00 h. Ese arranque relativamente pronto estaba pensado para permitirnos, con un ritmo tranquilo y pausas generosas, llegar al refugio [de la Renclusa] lo bastante temprano como para organizar la estancia.

”La nieve no se hundía demasiado y trazar la huella resultaba fácil, por lo que la caravana adoptó el dispositivo número uno: el equipo de vanguardia realizó en solitario la huella y los trazadores auxiliares pudieron tomar bajo su tutela a los montañeros de base. Así, fueron constituidos unos grupos pequeños de tres o cuatro que se intercalaron entre los cuatro líderes y el equipo escoba. Para mayor seguridad, habíamos distribuido diez mapas del itinerario, obtenidos a partir del plano del CEC, aunque apenas hubiera probabilidades de perderse. El equipo de vanguardia hizo una huella segura. Una vez salimos del bosque, viró a la derecha. Una llanura amplia fue así atravesada. Nos situamos a la vista de la faja rocosa que cerraba el valle. La traza pasó entonces al otro lado del arroyo. La subida se iniciaba allí; por otra parte, fácil. Se entró entonces en la niebla. El equipo escoba estaba formado por cinco miembros del GDJ entre los que se contaba a su presidente, Raymond d’Espouy. Llevaba dos botiquines, un trineo portátil y espátulas de recambio [para los esquís rotos]. El equipo de vanguardia, una vez viraron a la derecha, abordó entonces esa pendiente de 300 metros que llevaba a la base del corredor de treinta metros que constituía la clave del paso hacia la zona superior.

”En dicha ladera Raymond d’Espouy decidió volverse al Hospice, pues sus esquís estaban mal reglados y eso le estorbaba en los giros. A decir verdad, hasta ese momento habíamos encontrado todo eso normal, y pensamos que era la solución más prudente.

”La prueba acababa de empezar, el refugio [Hospice de France] estaba a una media hora de esquí y el itinerario resultaba evidente siguiendo la huella que acabábamos de trazar. Sin duda, entonces estábamos preocupados sobre todo por el paso del grupo por el áspero corredor que nos dominaba. Estaba fuera de toda duda que ni Papé, ni ninguno otro de los nuestros tuvo la menor sospecha de estar cometiendo una imprudencia. Pensábamos que nuestro amigo tenía la misma posibilidad de unirse a nosotros encabezando a un segundo grupo que debía de abandonar el Hospice más tarde, si es que el tiempo se despejaba.

”El equipo de vanguardia estaba ahora en mitad del corredor. La nieve parecía buena y los pasos se daban sin esfuerzo sobre esa costra. La caravana comenzó a atar los esquís a las mochilas y a surtirse de ramitas para balizar la ruta en caso de tener que regresar entre la niebla.

”Raymond d’Espouy me propuso darme el salvoconducto que llevaba en la mochila para facilitar nuestro cruce de la frontera. Me negué, para evitar que perdiera más tiempo. Si hubiera aceptado, se hubiese salvado, pues hubiera bastado que perdiese o ganara un minuto para no quedar atrapado en la única colada que iba a descender durante esas dos jornadas en todo el valle. Pero no teníamos la menor idea de eso. Nos abrazamos, como siempre, sin la menor tristeza ni sombra alguna de presentimiento. Y nos separamos.

”Por debajo del corredor, una media hora más tarde, un golpe de ventisca descendió de las mesetas superiores, obligando al equipo de cabeza a buscar otro camino. Tras un breve consejo de guerra, pensamos que era mejor no tratar de forzar el paso, decidiendo el regreso. El corredor fue descendido a pie, y después la gran pendiente con los esquís, siempre entre la niebla. Algunos apreciaron por la izquierda una avalancha que no habían visto durante la subida.

”Hubo reagrupamiento general sobre la meseta. Fue entonces cuando el tiempo se despejó por completo unos minutos: las mesetas de Campsaur brillaban bajo el sol. Sin embargo, era demasiado tarde para volver a salir hacia la Renclusa. Regresamos al Hospice poco antes del mediodía.

”Raymond d’Espouy no estaba allí.

”Lo primero que pensamos fue que había subido hacia el Campsaur para aprovechar el buen tiempo, con un grupo de Montauban de quienes vimos sus trazas. Sin embargo, entre todas las conjeturas que contemplábamos cierta inquietud comenzó a formarse. Finalmente decidimos subir para ver más de cerca la avalancha del valle de la Frèche.

”Estábamos allí en tres cuartos de hora. Un fragmento de cornisa se había desprendido del sector de arriba, bajo el pico de la Mina, arrastrando una nieve fresca que fue más abajo canalizada por un cuello rocoso. La pendiente fue barrida en toda su amplitud y la colada terminó como un cono de aproximadamente treinta metros de anchura hasta el arroyo.

”La inspeccionamos con atención: nuestras huellas de subida evitaban completamente esta avalancha, pues pasó por la otra orilla. Ninguna huella de descenso aparecía cortada por el alud, aunque algunas pasaban sobre el cono inferior y lo utilizaron para pasar el arroyo. Subimos a pie toda la zona sospechosa, buscando en vano un objeto que pudiera dar un fundamento objetivo a esa inquietud que comenzaba a tomarnos. Finalmente, sondeamos sistemáticamente con nuestros bastones toda la zona de formación de la colada, que parecía poco espesa.

”Como no había en el Hospice una sonda de avalanchas, agotamos nuestras posibilidades de actuación.

”El regreso de la caravana del Campsaur nos arrebató nuestras últimas esperanzas razonables. Un equipo permaneció en el Hospice. Otro descendió a Luchon para prevenir a nuestros amigos del Socorro en Montaña y ponernos a su disposición. Courrèges y Prada tomaron desde ese instante la dirección de las operaciones, y el grupo de auxilio fue organizado por los CRS.

”Al día siguiente, durante toda una jornada bella y fría, trabajamos en la avalancha bajo la dirección de Malus y de Céréza. Sondeamos con varas de hierro todo el cono del alud y excavamos hasta el arroyo unas zanjas de tres metros de profundidad sin encontrar nada.

”Una esperanza loca comenzó a renacer. No quedaba más que una zona de diez metros por explorar. Y fue allí donde una sonda hizo contacto con la mochila, a dos metros de la superficie. Con una presteza silenciosa excavamos un foso y enseguida vimos esa mochila con los esquís fijados detrás, atravesados, todavía con sus pieles de foca puestas.

”Entonces fue cuando llegó Philippe d’Espouy junto a su mujer, y Dencausse, quienes arribaron directamente desde Toulouse. Formamos un círculo, barridos por la emoción, cuando Haurillon, ayudado por Marcel Parant, desenterró con lentitud los esquís y después la mochila, apareciendo seguido el cuerpo de nuestro amigo. Estaba apoyado sobre el lecho mismo del arroyo, en lo más profundo de la avalancha. Hicimos una cadena para sacarlo de allí. Marcel le cerró los ojos.

”Subimos el trineo y colocamos encima el cuerpo. Las sombras ya tomaban el fondo del valle. Todo el grupo estaba allí, unido cerca del trineo que iba a escoltar. Entonces iniciamos con lentitud el último y conmovedor descenso, llevando a Raymond d’Espouy al valle”.

Sigamos con las fases últimas del drama. En un principio, Raymond d’Espouy fue enterrado en Magnoac. Así, el 23 de febrero de 1955 un multitudinario cortejo fúnebre acompañó a su cuerpo, trasladado hasta la iglesia parroquial sobre un carro recubierto de flores, tirado por dos bueyes blancos. Luego sus restos serían llevados al cementerio; esta vez, a hombros de sus compañeros del GDJ, quienes eran precedidos por Marcel Jolly y Maurice-José Jeannel, portadores de su piolet y de su cuerda. Más adelante, en el mes de agosto de 1956, Papé fue trasladado hasta el camposanto de Mayrègne, donde actualmente descansa.

Como es natural, se escribieron obituarios a uno y otro lado de la divisoria pirenaica. Nos quedaremos con los de la vertiente sur. Entre ellos, destacan estas palabras que le dedicara José María Colomer Torrent:

“Para nosotros, los montañeros españoles, pirineístas por encima de todo, su muerte fue una dura pérdida. Al otro lado de la cadena fronteriza, era nuestro mejor capitán, nuestro Don Quijote, como le llamaban nuestros camaradas aragoneses. Siempre dispuesto a romper una lanza en favor de sus amigos españoles. Siempre luchó contra la indiferencia y la incomprensión de uno y otro lado, con el fin de que las relaciones montañeras franco-españolas fueran lo que siempre hubieran tenido que ser: una gran familia unida por los mismos ideales”.

Insistiendo en la línea de buscar la significación que adquirió Papé entre nosotros, resulta igualmente conveniente atender a cierto párrafo que le destinó Enrique Herreros un 26 de febrero de 1955. Bajo el título de “Ha muerto Raymond d’Espouy”, así hablaba desde la revista de la RSEA Peñalara:

“[…] Raymond d’Espouy era el decano de los pirineístas franceses. Para él los Pirineos no tenían frontera con nosotros. Él se extasiaba con las cosas de España, por minúsculas que fuesen, como yo me puedo extasiar en el Louvre […]. Una estirpe de montañeros galos se extingue con él. Puede decirse que era el continuador de la línea que empieza con Ramond y sigue en Russell […]. Raymond d’Espouy ha muerto en la nieve de una avalancha –empleamos el galicismo como un homenaje más– formada en una ladera de sus Pirineos. ¿De los nuestros? ¿De los suyos? Es igual, para él todos los montañeros eran hermanos. Estoy seguro que en el último segundo él vio la mano del Señor, llamándole a su seno”.

Vamos a cerrar, por ahora, con otro de sus camaradas del sur de la divisoria. El entonces presidente de Montañeros, el zaragozano Tomás Tomás Ichaso, se ocupó de la redacción de estos párrafos dolientes que anunciaban que “Raymond d’Espouy ha muerto”. Una despedida emotiva desde el número 30 del Boletín de Montañeros de Aragón (marzo-abril de 1955):

“El domingo 20 de febrero [de 1955], Raymond d’Espouy no regresó de una excursión por el Pirineo. Salió del Hospicio [de France] con una caravana del CAF de Toulouse. Al pie del couloir de la Fraiche, d’Espouy se separó de sus camaradas. Después…

”Rechazados por la fuerte ventisca, ante el paso de la Escaleta, la caravana [de esquiadores] retrocedió al Hospicio de Luchon. D’Espouy no regresó. A media tarde fue iniciada su búsqueda, que hubo de abandonarse con la noche. Al día siguiente, después del mediodía, su cuerpo fue encontrado por los guías Céréza y Haurillon, en una vaguada bajo un alud de nieve.

”La noticia llega a nosotros y nos llena, por lo inesperado, de sorpresa. No podemos creer que Papé haya desaparecido. Que aquel montañero, aquel hombre bueno, aquel amigo entre los amigos, aquel camarada montañero entre los camaradas de la montaña, nos haya dejado.

”Después, el dolor. Dolor por la pérdida del hermano mayor en la montaña, del maestro, de uno de los mejores de nosotros.

”Más tarde, tras la oración, la resignación, el recuerdo.

”Cierro los ojos y veo a Raymond d’Espouy cuando todavía era para nosotros el buen Papé, venciendo grandes dificultades, llegar al campamento de Pedraforca. Aquella noche, en aquel fuego de campamento, fue ya Papé.

”Su accidentado viaje hasta Pedraforca tuvo solamente un objetivo, hablarnos de España y Francia como él sentía que debían ser las relaciones entre nuestras dos naciones hermanas. Nos habló del Pirineo y nos decía que no era, no debía ser, la frontera natural que nos separase, sino el lazo que nos uniera. En su amor sin límites por el Pirineo, en su amor por España, veía en aquél como el escenario donde debían liquidarse para siempre todas las rencillas que, a través de la Historia, han separado a España de Francia.

”Luego, merced a su infatigable y afortunada labor, juntamente con la también intensa de nuestro presidente nacional [de la FEM], Delgado Úbeda, fue creado el Comité Hispano-francés de Pirineos. En Jaca y organizado por Montañeros de Aragón, se celebró la primera reunión conjunta de este Comité. Allí estuvo también Papé, y allí su palabra nos dio lección de amor a la montaña, a la nuestra, al Pirineo.

”Al año siguiente fue Lourdes el escenario de la segunda reunión del Comité. Allí fuimos nosotros y allí nos recibió Papé. Estábamos en Francia y, sin embargo, junto a él estábamos en casa, estábamos en España, tal era el españolismo que su sola persona irradiaba.

”También en Estós, en la Renclusa, en… todos los sitios. Allí donde hubiera un campamento de españoles, allí, si D’Espouy lo sabía, estaba Papé.

”Su casa fue la casa de todos los españoles. En Magnoac hemos estado muchos. En la Tour, la famosa Tour de Mayrègne, hemos pasado jornadas inolvidables.

”Veo a Papé, alto, seco, enjuto, cabellos blancos al viento. Su estampa física y moral nos recordaba siempre la de nuestro Quijote. El Quijote francés, le llamábamos, y este quijotismo suyo le llevaba a dar a todos, todo lo que le pertenecía: su casa, su consejo, su ayuda.

”Su cargo de Delegado en Francia de la Federación Española de Montañismo le exigía mucho, pero él sabía dar más, mucho más de lo que su representación le obligaba.

”En fin; mi pluma, llevada por el conocimiento de su persona y de lo que él hizo  por el pirineísmo, no pondría fin a su labor, si el espacio disponible lo permitiera.

Papé: la montaña que tanto nos da, que tanto te dio a ti, que tanto nos exige, pues se lleva aquellos de los nuestros mejores, te ha llamado consigo. Católicos fervientes, como eras tú y somos nosotros, respetamos el destino que Dios se digne concedernos, pero no podemos dejar de envidiar tu paso al Más Allá. Tu gran amor fue la montaña. Dios por su mediación te llamó y tú acudiste a su llamada y en sus brazos dejaste este mundo de miserias para alcanzar, así lo deseamos todos, la felicidad de la montaña eterna en el Cielo.

”Pero tú, nuestro Papé, no te has ido de nosotros.

”Si bien tu cuerpo ya no está aquí, si ya no podemos estrechar en nuestro pecho, el tuyo de hermano, tu espíritu, tu recuerdo, sigue y seguirá perenne a nuestro lado, y quiera Dios que el día que nos llame Él, estemos juntos de nuevo y hagamos juntos otra vez escaladas, excursiones, travesías por las gloriosas montañas celestes de las que tú ya gozas.

”Raymond d’Espouy, Papé, por tu alma: Padre nuestro…”.

Aun estiraremos un poco más el recuerdo del Quijote Francés. Con una especie de carta de adiós de lo más sorprendente, redactada por uno de sus mejores amigos, años después del drama. Pero eso será ya en la siguiente entrega…

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Comentario

  1. La verdad es que el relato nos llena de nostalgia. El GDJ de Toulouse, el GPHM, tan glorioso ayer, en profundo estado de letargo… Arlaud, d’Espouy y tantos otros… Por cierto, estuve rastreando los Carnets de Arlaud y encontré un precio sorprendente: ¡mil euros!; supongo que sus razones ocultas existirán. Así que no deja de ser un regalo los textos con los que nos obsequias.

    • ¡Ostras, mil euracos…! De todas formas, Arlaud tiene incondicionales que no veas «tras los montes» (hacia el norte, se entiende)… Y eso que hay dos ediciones en circulación: sería de la primera… Más saludos, José. Enseguida aporto una tercera «piedrecilla» en este paseo por tan nostálgicos tiempos…

      • Alberto es magnífico que retomes la serie interrumpida de accidentes. Siempre se aprende algo que evitar. Algo que cuidar cuando estamos en la montaña. Por el tema didactico y no por lo morboso. Siguiendo con el morbo me pregunto si alguien está preparando una versión de la llamada «Lista Soro de Tresmiles». Ahora con los Dosmiles del Pirineo. Y si en tal caso va a desaparecer el Pico Espouy porque era de fuera.

        • Tenía estos textos por ahí, guardadillos desde hacía tiempo… Pero como tuve que interrumpir la serie, más o menos cronológica, por ocuparme de otros asuntos…
          En cuanto a tus «temores simiescos», pues qué decir: si nuestro Consejero Soro quiere, aprovecha lo que le resta de legislatura autonómica, resucita a la Comisión Asesora de Toponimia para que repita sus memorables actuaciones de los Tresmiles en el terreno de los Dosmiles, pues…, hagan lo que hagan con sus nombres, ¡así es nuestra democracia!