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Una carta para Espouy

En el mundo pirineísta se han dado frecuentes casos de homenajes a ese amigo que ha partido para siempre. Muy emotivos, en su mayoría. Véanse, por ejemplo, las despedidas del colectivo a Henry Russell en 1909 y en otras conmemoraciones de su trayectoria. Pero hoy nos centraremos en el entorno de ese Papé desaparecido en la avalancha en la Frèche de 1955.

Uno de sus más fieles compañeros en el Groupe des Jeunes fue Maurice-José Jeannel. Firmante de un libro, tan encantador como buscadísimo, que ha sido objeto de diversas reediciones: Heures pyrénéennes (1945). En alguna de las tiradas se incrementaron estas páginas con el texto “In memoriam: Raymond d’Espouy”; posiblemente, en la de 1972, más que en la de 1986. Sea como fuere, las líneas que enseguida sirvo constituyen una suerte de obituario hacia quien fuera su maestro y amigo.

No me entretendré con la glosa del firmante del trabajo que hoy nos ocupa, otra de las referencias valiosas de nuestro deporte (fallecido, a su vez, en 1995). Vayamos con las horas pirenaicas y el sentido adiós de Jeannel a Papé:

“Las circunstancias del drama son más que conocidas en todo el Luchonado. Habiendo salido del Hospice [de France] el domingo 20 de febrero [de 1955] con una caravana numerosa del Club Alpin Français de Toulouse, Raymond d’Espouy se separó de sus camaradas al pie de los corredores de la Fraiche [respeto las diversas grafías de los textos]. El lugar era peligroso; especialmente, con tormenta de nieve.

”Rechazada por el viento algo antes de la Escalette, la caravana bajó a su vez hacia el Hospice. Raymond no estaba allí. A la tarde comenzó la búsqueda, que fue abandonada durante la noche. Finalmente, al mediodía de la jornada siguiente [21 de febrero], el cuerpo de nuestro amigo fue descubierto sobre la vaguada, bajo una avalancha de nieve en polvo, por los guías Céréza y Haurillon. Tales fueron, diría yo, los hechos…

”Ese enero último [de 1955], en Saint-Mamet, te vi por vez última con vida, mi querido y viejo amigo Papé. Como en otras muchas ocasiones, bajando de la Tour [de Mayrègne] –de esa Tour donde los jóvenes siempre bailaban–, nos habías hecho el honor de pasar la noche con nosotros. Juliette se había apresurado a limpiar la mesa para que pudieras, según era tu costumbre, desplegar los mapas, cartas y revistas que extrajiste del macuto. Durante largo tiempo discutimos sobre ese puntal que se percibía al este del Ardiden, cuya denominación incierta hacía que considerases, con cierto escrúpulo, un tanto inacabada tu mesa de orientación del Ger. Y, después, leí la página que habías escrito en memoria de tu amigo Ozon, fallecido ese mes de septiembre último [de 1954] en el Balaitús. Te dije cuánto me gustaba el tono que, liberado de cualquier convencionalismo, simple y noble a tu manera, habías dado a ese último artículo: ¡Ya sabes, ya sabes! ¡No me olvido de que cuento contigo para escribir el artículo al que tendré derecho cuando me mate en la montaña! No era esa la primera vez que me lo pedías y, como en las ocasiones anteriores, te respondí sonriendo que podías contar con ello…, ¡pero en acuerdo de reciprocidad! ¡Pensando que ya había pasado tu edad de morir en la montaña! ¡Como si existiese una edad apropiada para morir de amor! ¡Como si hubiera una edad para un corazón ardiente como el tuyo! Tú mismo habías escrito: El pirineísmo es un acto de amor. La discreción de las zapatillas de escalada, el calor del pecho desnudo: he aquí el aspecto de nuestro abrazo… Y hacemos el amor en silencio, como murmuraba la voz de Arlaud durante las veladas…

Papé, ¡si supieras lo pesada que me ha resultado cumplir hasta ahora una promesa que tan alegremente intercambiamos! Tu muerte no me permite olvidar esa grandeza impresionante que te caracterizó en vida, así como tu sencillez y tu indulgencia inagotables. No me siento digno de hablar de ti. Si lo hago es porque tu confianza me obliga a hacerlo.

”Acabo de recibir la carta de uno de nuestros amigos. Avisado demasiado tarde como para que pudiera darte un último adiós, me dijo lo muy disgustado que estaba por no haber podido llevar hasta Breuil algunas presencias capaces de aumentar la comunión de esos sentimientos, que ciertamente se experimentaron, aunque fuese en un número reducido. Terminó con estas palabras: ¡Fue un gran señor, tan humilde y tan puro!

”No hubiera podido, en tan pocas palabras, describirte ni explicarte mejor. Gran señor, que lo fuiste, como nadie lo es ya. Esa sangre heredada de San Luis, de la que justamente tan orgulloso estabas, esa sangre roja y ardiente que corría por tus venas, era la de los caballeros andantes, más atentos a las causas justas y de aventuras que de los herbazales para el forraje. Tú mismo escribiste: Sobre nuestro planeta, rico en remolinos, no está vetada la distinción entre las dos especies que se agitan para su supervivencia: burgueses en pantuflas y aventureros que persiguen estrellas. Estaremos en el lado bueno si elegimos la Aventura: la Montaña permanece todavía, a pesar de todo, como su terreno de juego. ¿No habían llegado al fondo de tu verdad tus tan queridos amigos de España cuando, con su sentido aún tan vivo de lo épico, te llamaban afectuosamente su Don Quijote?

”Precisamente en ese físico tan justamente revelador de tu alma, algo en ti evocaba de forma irresistible al gran pescador de lunas y al matador de molinos de viento. Esos molinos de viento que eran la mezquindad, la envidia, el odio y la necedad. Eran los intereses implacables ante la pérdida de tu lago de Loustallat [anegado por el embalse del Cap-de-Long] donde, más aún, las mezquinas trampas administrativas alzadas para frenar ese impulso que te había puesto en cabeza de la solidaridad montañera franco-española… Atacando a esos molinos de viento, sabías bien que rompías una lanza tras otra sin abatirlos, arriesgándote a ser arrojado al polvo bajo las burlas de los más corrosivos. ¡Te daba igual! ¡Si era preciso que, por una cuestión de honor, ciertas cosas fueran dichas o hechas, cómo estar allí presente, llamarse Raymond d’Espouy, y no decirlas o hacerlas! Querido Don Quijote: si estuve siempre a tu lado en todos tus combates, no fue sino como tu Sancho Panza. Y eso hace que me sienta mal.

”¡Un gran señor, como tú lo fuiste! No desconfiabas de nada ni de nadie, salvo de los soberbios, de los fascinados por el dinero, el músculo o el poder. Y cuanto más desconfiabas de ellos, más les sonreías. Con la altura precisa para que se sintieran molestos por haber alzado los ojos hacia lo que no comprendían en absoluto –ni querían comprender–, a sus mezquinas acciones y a su mezquina gloria. ¡Un gran señor, tan puro!

”Y, por añadidura, ¡eso iba parejo con ser un gran señor tan humilde! Con los demás, con nosotros, con todos los demás, con los operarios de los teleféricos, las niñas de los albergues, los campesinos de Oueil o de Magnoac, los guías de montaña…, tu superioridad moral no te servía sino para encontrar, a través de la sencillez, el camino de sus corazones. Tú, que conocías bien el precio del riesgo y de los sudores. Ni un ser humano, ni un solo animal en dificultades te hubiera visto pasar sin que tomaras parte de su pena o de su esfuerzo.

”Un gran señor, tan humilde, que guardaba sus vacas bajo una gran boina de pastor. Que iba a recoger el heno de los demás cuando el suyo permanecía bajo la amenaza de la tormenta. Y que iba por nuestros valles, con la frente iluminada por la luz de las cumbres, bajo ese aspecto divino que debía de recordar al de San Francisco de Asís…

”Porque tú vivías bajo la mirada de Dios. No se podría evocar tu memoria sin hablar de la fe ardiente que te animaba. Una fe con raíces profundas, aunque discreta, que jamás le impidió que, por el ejemplo, resplandeciese. Te recuerdo dejando el campamento al alba para acudir a la misa en algún pueblo lejano. O ayudando en las celebraciones de las misas en picos ascendidos para allí comulgar y que tu corazón se elevara a pleno cielo de los tresmiles. Pero cuando el agnóstico que soy saluda al cristiano que tú fuiste, saluda todos aquellos esfuerzos: fue toda una vida amasada por el Evangelio. Si es cierto que el árbol debe de ser juzgado por sus frutos, decir que tú fuiste un buen apóstol de su Señor. Tú fuiste quien le hubiese ayudado a echar a los mercaderes del templo y quien se hubiera alegrado de ver llegar hasta él a los niños. También quien, siguiendo su misma lección, no buscó en esta vida otras riquezas que las del espíritu y el corazón.

”La montaña no podía sino darte esas cosas, por lo que ella colmó tu vida. Tu ciencia como cartógrafo y tu talento como pintor hallaron allí un terreno a su medida. Nosotros les debemos tu mapa de los Posets, así como tus vistas panorámicas de Laguian y de la Côte de Ger, por no citar sino las obras que te resultaban más queridas. Pero, a los sesenta y tres años, tú tenías cosas mucho mejores que hacer que regodearte en el pasado. Tu entusiasmo y maravillosa juventud eran fértiles en sueños novedosos, como tus proyectos de dibujar la mesa de orientación del Taoulet o de reconstruir la del pic du Midi [de Bigorre]: Ya lo verás; cuando vayas al Midi, acudiré para que podamos reunirnos, y entonces… Para ti era la perspectiva de un nuevo poema donde la Ciencia y el Arte se aliaran para expresar su cariño por las montañas. No era sino [Franz] Schrader y el espíritu de la Pléyade [de Beraldi] los que decían a través de su pluma: Cada uno de nosotros ha descubierto en un macizo lejano ese valle secreto –como Russell su Valle Azul [de Salenques]–, o reencontrado en el curso de alguna ascensión un laguito tranquilo, ignorado por todos, ausente de los mapas… Esas alegrías –ya lo hemos visto– todavía son posibles. Pero cuando los últimos desiertos pirenaicos hayan sido conquistados, no será sino en la exactitud perfecta de las futuras producciones cartográficas y en una búsqueda de la expresión del efecto del relieve, buscando hallar el parecido de los altos macizos como a seres vivos, como degustaremos la mejor de las satisfacciones: la del sabio concienzudo, la del artista sensible o la del simple turista que hallan en esa obra honesta finalmente realizada toda la belleza del modelo.

”No hubieras amado tanto a la montaña si tu alma de artista no te hubiera regalado esas alegrías puras. Solo le faltaba que ese clima que uno había elegido como el mejor, supiera florecer la amistad. Porque la amistad fue también una de las palabras claves de tu vida. Sobre tu viejo anorak figuraban estas letras bordadas en rojo: A. M. ¿Quién sabía que tales eran las iniciales del club a la par muy cerrado y muy abierto en el que tú soñabas y que hubiera tomado el nombre de Amitiés Montagnardes [Amistades Montañeras]? En tu espíritu y en tu corazón había reunido allí a los compañeros de alegrías. Allí hubieran podido codearse desde el ardiente escalador hasta el viejo cartógrafo alimentado de archivos, desde el brillante esquiador hasta el literato capaz de devolvernos el sentimiento de las montañas. Allí se hubiese hallado al veterano de los campamentos de Arlaud, todavía fiel a sus ideales y a sus canciones, junto con el espeleólogo con el que ibas en busca de nuevos motivos para admirar los esplendores del mundo y amar la vida.

”Era un sueño lo de esas Amitiés Montagnardes… ¿Pero acaso no lo realizaste ese día en el que tu muerte nos reunió a todos?

”Para ti, la amistad era, ante todo, la alegría de dar. La comida que llevabas en tu mochila la habías elegido en función de los gustos de los demás. Tu saco de dormir y tu hermosa chaqueta de duvet [plumas del cuello de la oca], ¡cuántas veces sirvieron a los mal equipados! Tú jamás tenías hambre, ni frío, ni sed, sino después de todo el mundo. Tu temor a molestar a los demás no tenía igual, sino comparado con el de nunca molestarte con lo de los otros. En tus últimos instantes, sin duda que fueron tus últimas preocupaciones: que nadie se molestara por ayudarte o por morir contigo…

”Un día tuviste que dejar a un camarada agotado en las alturas del Bachimala. Descendiste sin él a Pouchergues. Pero fue para volver a subir con los duvets y vivaquear junto a él. Tiritaste durante toda la noche. Cuando conocí la historia, te reprendí por haber llevado a esa aventura a un compañero así. Tú me respondiste: ¡Si hubieras visto lo bellos que estaban los Posets aquel día! Ese hombre no lo olvidará jamás. Le habías dado algo mejor que tu ayuda y tu saco de dormir: un recuerdo imperecedero. Dar, siempre dar, y lo mejor de uno mismo. ¿Qué importaba que los beneficiarios no estuvieran a la altura del regalo? Tú subrayabas mediante un toque de ironía que no eras en este mundo el más incauto, pero que te comportarías tan indulgente y bondadoso como si lo fueras.

”Querría hablar de nuestra amistad, de la amistad entre nosotros dos. ¿Pero qué podría decir de ese Lézat bajo la nieve en una tarde de octubre, de ese Marboré con esquís en un maravilloso día de abril, o de tantas otras jornadas? Y, por lo demás, resulta demasiado difícil. Nuestra amistad se pierde en esa noche de los tiempos en la que los campamentos de Arlaud agrupaban sus tiendas en las orillas risueñas de Sant Maurici. Tú llegaste tarde y habías colgado la tienda-paraguas de tu tío [Henri] Brulle de las ramas de un pino, cerca de la mía. Debías de estar soñando cerca del lago cuando percibí unas llamas. Tu tienda ardía. Entre los dos sacamos tu pequeña [tienda] Benedict, incluso sin estar del todo despiertos.

”Algunos cabellos grises coronaban ya tu frente amplia. Tenías cuarenta y un años y yo dieciséis. Me impresionaste con tu aureola de veterano de la epopeya arlaudiana. Tú eras el Señor de los Posets, su cartógrafo, el primero en haberlos ascendido con esquís. Y tu Espina d’Espouy decía tu nombre en los desiertos al sur del monte Ausera. Eras un montón de cosas que admiraba, aunque a una distancia respetuosa.

”En la actualidad, Breuil, tu casa, ha sido como nuestra casa. Anne, tu mujer, se convirtió en amiga de mi mujer; tus hijos, nuestro hermano y hermana, así como mi hijo se convirtió en uno de esos nietos con los cuales la porción de infancia que se salvaguardó en ti se llevaba tan bien.

”No me acuerdo de cuándo me atreví a tutearte, ni de cuándo nos convertimos en amigos, ni de cuándo se encanecieron tus cabellos. Ni siquiera sé cuándo te convertiste en Papé. Esos recuerdos se ahogan entre la bruma de unas lágrimas que no puedo reprimir. Es mejor guardar esos recuerdos, demasiado dolorosos e íntimos, pensando en el pudor sentimental que te hacía describir de esa montaña tan amada: Un ligero sedimento en el fondo de la memoria, algunas cristalizaciones en el corazón, ¿no es todo cuanto debe de quedar de los regresos de allá arriba?

”Si pudiera servir como consuelo a quienes tanto te amaron, vestido con tu viejo anorak, has muerto en pleno combate, tal y como habrías elegido morir. Pero aún no era el momento. Teníamos necesidad de ti, de tu afecto, de tu ejemplo. Sin ti, los Pirineos no serán más bellos jamás. No lo serán porque a sus nieves y rocas, a estas montañas, les va a faltar el alma que tú sabías darle, allí donde nos reencontramos tus amigos.

”Adiós, Papé, Gran Señor de los Montes, tan humilde y tan puro”.

Aquí dejaremos el respetuoso recuerdo de esos días intensos que enmarcaron la desaparición, hace sesenta y cuatro años, de Papé. El asunto de cómo fue otorgado su nombre a una cima del grupo del Cotiella en 1957 quedará para mejor ocasión…

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Comentario

  1. Después de leer todo esto, se hace inevitable pensar que algo se ha perdido en la montaña; que ya nada es como antes. Pero no hay por qué lamentarse, puesto que no se trata sino de un signo de los tiempos, en perpetua evolución. En fin, que nos vamos haciendo viejos…

    • Hola, José… Desde luego que sí: algo se ha perdido en la montaña; eso es evidente…
      Hace nada, participaste en una encuesta sobre tus “Primeros pasos” en Montañeros de Aragón… Cuando se edite, a no mucho tardar, los primeros 50 testimonios recogidos, fíjate lo que dicen a este respecto los socios con carnet “de tres cifras”…
      De todas formas, sería optimista: creo que parte de lo perdido se puede recuperar… O preservar, lo que sea…
      Más saludos… Esperando que a Carmen le fuera muy bien en la presentación de su Poemario…

  2. Menudo homenaje, Alberto… Tenía que ser realmente especial ese Papé… En cualquier caso, muchas gracias por esta tríada de entradas para enmarcar!!

    • Disculpas, Xavi (y demás amigos), que estoy viajando mucho esta semana… Ya lo creo que era especial nuestro “Quijote Francés”… Muy buena persona, muy buen dibujante, muy buen sentido del humor, muy buen montañero… Presente, por cierto, en la hipotética primera al considerado como “último tresmil del Pirineo”: el pico de Le Bondidier…

  3. si que es terrible que tuviera que esperar tanto para rehacerse y mandar la carta al amigo muerto como habia acordado alberto

    • Horrible, diría yo… Cuando tiene lugar una pérdida de este tipo, lo último en que piensas, si lo trataste en las distancias cortas, es en redactar su obituario… No quiero ni pensar en los desgarros que esas líneas tuvieron que producir en Jeannel…