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Cachitos del Paraíso Perdido

Como ya se acerca con grandes zancadas la primavera, nada como ambientarnos un poco para el cambio estacional con lo que podría ser definido como un cuentecillo amable. Para leer mientras miramos de reojo por la ventana, constatando cómo el sol sube cada vez más alto. Unas alegorías ambientadas en Ordesa y con final feliz. Más que acordes con ese centenario de su parque nacional que comenzó a festejarse el año pasado.

Nuestro texto fue firmado, hace poco más de un siglo, por el reputado como Padre de los Parques Nacionales: Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias. Un trabajo que inicialmente se editó desde la publicación Política al alcance de todos, para luego ser reproducido en el número 44 de España Forestal (diciembre de 1918). Un “Amor a la Naturaleza: Parques Nacionales” que merece ser transcrito en extenso, sin mayores preámbulos:

“La verdad es que, si entre el Paraíso Perdido y el Paraíso Prometido no guardamos el Paraíso Poseído, merecemos, por Adanes, quedarnos sin ningún Paraíso.

”La vida de pura imaginación es el onanismo, la debilidad de los pueblos: soñamos con lo que fue; soñamos con lo que será. ¡Necios! Soñemos con lo que es, con lo que tenemos, conservémoslo, mejorémoslo.

”En los Estados Unidos, donde por no haber reliquias de arte pasado no viven colgados de la historia, obsesionados con lo que fue, sienten el Amor a la Naturaleza, a lo que es, como en parte alguna, y crean esos magníficos Parques Nacionales o Santuarios de la Naturaleza, donde van a inspirarse en la belleza eterna de los paisajes y en los encantos sublimes de las selvas, las praderías y las rocas, verdadero templo del Altísimo, en que se oxigenan el alma y los pulmones y se cobran alientos, fuerzas, para seguir con la vida de trabajo por las grandes urbes y por entre casas de veinte, treinta, cuarenta y hasta cincuenta pisos.

”La Religión de la Naturaleza hace un gran contraste con la Religión de las Ciudades, con lo urbano, porque la una es la expansión de los espíritus y la otra el recogimiento de los mismos.

”La vida es contraste, y en ella está el secreto de muchas cosas. El secreto de la Educación —decía Rousseau— consiste en saber hacer alternar los ejercicios del cuerpo y del espíritu. De modo que los Parques Nacionales no solo sirven para valorar la Naturaleza, pues la defienden contra las asechanzas de los animales-hombres protegiendo los árboles, los animales y el paisaje, sino también para valorar la vida urbana, que tanto tiene que absorbernos como centro de sociedad y de trabajo.

”Nada más admirable que el religioso silencio con que cientos de turistas en los Estados Unidos contemplan la refracción de los lagos pintorescos,  habiendo uno en el Yosemite en que se dibujan los árboles y las peñas con tal perfección que, ¡ay del atrevido o del torpe que tire una piedra a ese lago sombrío y tranquilo, vecino de las selvas, en el que beben los osos!

Si nuestra vida tiene algún precio —decía Platón— es por la contemplación del espectáculo de la belleza eterna.

”Desconsiderar, arrasar a la Naturaleza, es lo propio de los salvajes. El salvaje de la Polinesia, que da a la palmera por el pie para coger el fruto, pasa por el ser más bruto del mundo. Pues en los Picos de Europa, por el lado de León, hay gentes tan salvajes que dan a tilos milenarios, estupendos, por el pie para coger las hojas que llevan a vender a la botica. Son los mismos que se oponían no ha mucho a la creación del Parque Nacional.

”Y en Madrid, en la capital de España, que debiera ser la capital del mundo, por el Retiro y por el parque del Oeste, ¿no acaba de escribir Mariano de Cavia un artículo hermosísimo, sobre la salvajada que urdían algunos cafres de cortar los cedros del Líbano que están en el Museo del Prado? Id a ver esos cedros. En todos los Parques Nacionales de los Estados Unidos, en toda Suiza, en todo el Líbano, no encontraréis cedros tan estupendos. Deberíamos admirarlos tanto como a los cuadros de Velázquez que están en el interior del Museo. Como dice Cavia en su notable artículo: Años ha, dieciocho o diecinueve (crecieron desde entonces), hallábame yo ante el Museo del Prado en la ilustre compañía del pintor francés Carolus Duran, ferviente velazquista y espíritu abierto a todas las impresiones de luz y de nobleza. ¡Soberanos cedros! —decía, contemplando los que dan guardia de honor al Museo—; para vosotros, los españoles, deben ser más sagrados que los del Líbano, primero, por lo magníficos, y luego, porque son los custodios de Velázquez.

”Ese instrumento fatal, odioso, que se llama el hacha, que querían esgrimir algunos incultos sobre esos cedros soberanos, parece que está pidiendo sus cabezas.

Si no hubiese explotadores ni explotados —decía Lamartine— todos preferirían un paisaje o un libro.

”La doctrina de renunciamiento a la Naturaleza debe ser de renunciamiento al despotismo, a la tiranía, a la injusticia, a los monopolios, no a los árboles ni a la libertad, que son los esplendores de la vida.

”En España lo entendemos de otro modo y declaramos guerra a los árboles, que es guerra a la Nación, porque los árboles son los pilares de la Patria. España es un país montuoso: le quitan los árboles, cuyas raíces aprisionaban la tierra en las laderas, y cuando llueve, se plantan las aguas con las tierras de golpe y porrazo en el valle, cegando los ríos y produciendo esas inundaciones que todo lo devastan. Ahí está Málaga como muestra.

”¡Pantanos! —dicen— ¿Para qué pantanos, si las aguas que proceden de montes sin árboles los rellenan de tierra? ¡Para qué pantanos con los aterramientos! Los pantanos se convierten en cascadas.

”Una nación sin árboles es, además, desde el punto de vista estético, como una mujer sin pelo, cejas ni pestañas [recuérdese: es un texto de hace cien años].

”¿Qué no sería la bahía de Santander si hubiese árboles en las laderas, hasta el mar, como en la de Río Janeiro?

”Los que nacen en lo feo, no se dan cuenta de lo que es; pero, en cuanto salen de casa, se quedan con la boca abierta.

”Dos Parques Nacionales se han creado recientemente en España: El de la Montaña de Covadonga, verdadero Olimpo de los Dioses, y el del Valle de Ordesa, verdadero Paraíso enclavado en el Pirineo. El uno, es una elevación, una pirámide, una montaña; el otro, es una hondonada, un valle estrecho, un cañón, como dirían los americanos.

”Encargado el que suscribe, como Comisario General de Parques Nacionales, de formarlos en España, tuvimos el honor de llevar a Cambó el Real Decreto creador de los mismos. Cambó publicó el articulado que le dimos, pero no sabemos por qué razones no publicó el Preámbulo de ese Real Decreto que le entregamos, sustituyéndolo por otro. Decía así nuestro Preámbulo:

Señor:

Habiendo posibilitado la Ley de Parques Nacionales el que por el Estado se salvasen de la destrucción o deterioro las joyas de la Naturaleza patria, aquellos sitios o parajes excepcionalmente pintorescos, forestales o agrestes del territorio nacional que, con la riqueza de su fauna y de su flora y las particularidades geológicas e hidrológicas que encierran, constituyen el más bello ejemplar de la Naturaleza espléndida, exuberante y brava que podemos ostentar y de la que tanto habemos menester como contraste o contrapartida necesaria a la vida excesivamente artificial y urbana que llevamos, el Gobierno de Su Majestad, inspirándose en lo propuesto por la Junta Central de Parques Nacionales, tiene el honor de someter a la aprobación de Vuestra Majestad, a más de la creación de Parque Nacional de la Montaña de Covadonga o de Peña Santa en los Picos de Europa asturiano-leoneses, ya efectuada por una Ley, la creación del Parque Nacional del Valle de Ordesa o del río Ara en el Pirineo del Alto Aragón.

Es el primero, Señor, aparte de las razones que puedan sublimarlo en el orden histórico y religioso, un Parque de Montaña, de excursiones, de vistas, de horizontes, de contemplación de rocas y de abismos, de picos esbeltos, atrevidos, que rebasan las nubes y que se elevan sobre el verde infinito de praderías inclinadas, vertientes sobre el precipicio, de que emergen los bosques, que brotan por gargantas de ríos, cual el Cares y el Dobra, que se deslizan y despeñan por los desfiladeros más abruptos, solitarios y salvajes. Allí se detuvieron las legiones del César y allí quedó aplastado el poder de la Media Luna, bastando una ligera contemplación del paisaje, una mera asomada a los ríos o a los riscos, para darse cuenta exacta de los acontecimientos de la Historia.

Es el segundo, Señor, un Parque de Valle más que de Montaña, de recogimiento más que de expansiones, paradisíaco más que olímpico, podríamos decir, en que no se precisa ascender para encontrar la emoción estética insuperable, porque el Valle de Ordesa, Señor, cuajado de flores, fresas y frambuesas, es el circo fantástico de murallas rojizas verticales, altísimas y superpuestas, con vegetación por arriba y por abajo, y todo un sistema de bosques cornisas inaccesibles, que suspenden el ánimo del turista, embelesado, además, por el rumor continuo, más o menos lejano, de la cascada y de la fronda. El haya y el roble, el pino y el abeto, el abedul y el tilo, el sauce y el enebro, se mezclan en conjunto armonioso de variados verdes, y allá por lo alto, en el límite del bosque con la peña, descubre la imaginación, cuando la percibe el catalejo, la célebre capra hispánica, fauna eminentemente nacional que en ninguna parte del Pirineo existe más que en Ordesa.

Al tratar de enaltecer el suelo de la Patria como se merece, podríamos decir, Señor, sin hipérbole, que si el macizo de Peña Santa es el Olimpo, el valle del río Ara es el Paraíso.

”En España tenemos de todo: de Europa, de África, de América. Solo necesitamos no ser monopolistas y salvajes los españoles, respetar los árboles y la libertad. Libertad y Paraíso, son los exactos componentes de la Gloria”.

En este 2019 (y en los años venideros igualmente) viene muy a cuenta programar una visita al actual territorio del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. En busca, ¿quién sabe?, de nuestro trocito de Paraíso Perdido.

Y, en tanto hallamos ese cachito paradisíaco, va una sugerencia: este 20 de marzo, a las 19:30 h, tendrá lugar en la sede de Montañeros de Aragón (Gran Vía 11, bajos, Zaragoza), la presentación de un libro espléndidamente sorprendente: los “365 días en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido”, de Eduardo Viñuales. Este miércoles que viene, su autor hará que pasemos una tarde inolvidable en este Paraíso Encontrado. Sin duda alguna.

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Comentario

    • Bueno, Xavi, para presentar al protagonista de la noche, Edu Viñuales, pues en Montañeros echaron mano de un tipo con pintas de nervioso que pasaba por allí, que enganchó el micro y empezó a hablar, y hablar, y hablar… Fuera de bromas: ha sido un acto de lo más entrañable, muy entre amigos y en familia… Todos han aplaudido a rabiar al autor, claro está…

  1. Toda una declaración que me produce sentimientos encontrados, los que provienen de nuestro espíritu destructor y, enfrente, los de una necesidad de preservar nuestro entorno, a veces mal entendida. En fin; ahí queda Ordesa para recordar que, bien o mal, con mesura o exageración, las medidas conservacionistas han rendido un espléndido fruto. Y que, sin ellas, tal vez Ordesa sería hoy un pantano o una urbanización (de lujo, eso sí). De todas formas, sigo abogando en pro de parques más al estilo del francés.

    • Sí: aun con los comentarios propios de hace cien años, se trata de un texto de lo más llamativo, que explica un poco cómo fue creado el Parque de Ordesa… Unos tiempos más ingenuos, no cabe duda… Y, acaso, más ilusionantes… Saludos gordos, José…