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Donde sueñan los novatos

El artículo que se presenta más abajo llevó una vida agitada. Es de confección relativamente moderna, y hubiera tenido que publicarse en cierto especial sobre Riglos que editara Montañeros de Aragón en 2003. Sin embargo, no llegó a tiempo y quedó en una especie de limbo literario. Del que surgiría, brevemente, dentro del Anexo del Boletín Digital número 25 (marzo-abril de 2012). Siete años después, este “Sueño de principiantes” vuelve a materializarse entre nosotros.

El autor del texto es Carmelo Royo, quien quiso contarnos cómo fueron sus experiencias de iniciación junto a otra figura de la escalada zaragozana: Ursicino Abajo. No haré esperar más a los apasionados de las escaladas durante la llamada Decada Prodigiosa. Formemos ya cordada con Carmelo y Ursi para imbuirnos en ese ambientillo tan especial de los trepadores aragoneses de los años cincuenta del siglo XX:

“Corre el año 1959, es primavera. El pasado otoño, habíamos realizado nuestro primer curso de iniciación a la escalada, con los monstruos de la época como profesores; entre ellos, Alberto Rabadá, Julián Vicente, Pepe Díaz, etcétera, etcétera, y unas primeras ascensiones en Riglos y Mezalocha, acompañados por algunos de los veteranos que se dejaban engañar.

”Después de escalar las agujas más clásicas, nuestro sueño era el Pisón, y comenzamos a recopilar información, para auto convencernos de que podríamos con la clásica vía Pany-Haus, y finalmente nos decidimos. En principio, estábamos Ursi y yo, pero posteriormente se añadió otro compañero, de cuyo nombre no consigo acordarme, pero cuyo apodo era el Dalai Lima (porque comía como una ídem), y convencimos a uno de los veteranos, para que se viniera con nosotros.

”El jueves anterior, en el club, recopilamos el material necesario, cuerdas, martillos, clavijas (¡qué clavijas!), algún estribo, etcétera, y con todo ya preparado, el veterano que iba a venir con nosotros, nos anuncia que ese fin de semana no podía acompañarnos.

”Horror, ¡qué hacemos!

”Deliberaciones urgentes, valoración de alternativas y decisión final.

”–Hala, ¿vamos?

”–Pues que vale, ¡vamos! El sábado en la estación, para coger el Canfranero hasta Riglos.

”Tras las consabidas cervezas y bocata en el bar que entonces atendían Don Justo y señora con su rapidez característica, repaso al Libro de Riglos (en aquella época era como un ritual, casi obligatorio, para controlar las incursiones de los catalanes), y después de una corta tertulia, con una noche estrellada que augura buen tiempo para el día siguiente, remontamos las estrechas callejuelas del pueblo para llegar al pajar de Don Justo, donde nos instalaremos para dormir.

”Aunque nadie decía nada, creo que no dormimos mucho.

”Poco antes de amanecer, alguien da la voz de arriba, que ya es hora, y sin que nadie se pare a pensar si realmente es hora o no (aún estaba oscuro), comenzamos a tragar lo que nos habíamos traído para desayunar, cogemos el material, nos llenamos los bolsillos de frutos secos y alguna cosa más, para sobrevivir durante el día, y con los anoraks a la cintura (en aquella época, generalmente se escalaba sin mochila, para no llevar peso y tener más libertad de movimientos), dejamos las mochilas con el resto de las cosas en el pajar, y salimos en dirección a la vía Pany-Haus, con la incertidumbre de si seremos capaces de subir o cuando menos de volver a bajar.

”Comienza a amanecer. La peña Ruaba se perfila majestuosa en el horizonte, al otro lado del río Gállego, con las primeras luces del alba, que auguran un día soleado.

”Nos encordamos con nuestras cuerdas de cáñamo, repartimos el pesado material, mosquetones y clavijas de hierro dulce, martillos, anillos de cuerda, estribos con cuerda de cáñamo y peldaños de madera, e invocando a la Santísima Virgen y a todos los Santos conocidos, iniciamos el contacto con la roca, calzados Ursi y yo con chirucas y el otro compañero, con alpargatas de suela de esparto.

”El primer largo lo vamos superando con mucho miedo, aunque sin demasiada dificultad, y ya dentro de la chimenea, seguimos ascendiendo, hasta llegar al primer techo, que es la primera dificultad seria de la vía, según lo que nos habían contado. Por esos azares que nos depara el destino, me toca a mí arrancar como primero de cuerda, por lo que sin demasiadas ganas, comienzo la ascensión, tal como me habían explicado; primero por la pared, hasta que la canal se estrecha lo suficiente, como para subir en oposición, con un pie en cada pared. Claro que esto debe de ser para los que tienen las piernas un metro más largas que yo, porque no me llegan ni con mucho.

”Por fin, después de dar mil vueltas y cambiar de posición otras tantas, consigo con los pies en una pared de la chimenea y con los brazos en otra, ascender lo suficiente como para llegar a una zona más estrecha y salir a la gran plataforma, donde se puede montar una reunión segura.

”Más arriba, llegamos al segundo techo, que nos cierra el paso de forma aparentemente infranqueable, pero que de alguna forma habrá que superar, porque en caso contrario, vamos a tener problemas para bajar desde aquí, con las cuerdas y el material que llevamos y nuestra rudimentaria técnica.

”Utilizando todas nuestras argucias, llegamos hasta una clavija ya colocada, donde se cuelga un estribo, desde el que intentamos, uno detrás de otro, superar el techo directamente, para acabar de golpe, dando vueltas, suspendidos de la clavija, que afortunadamente está sólidamente anclada a la pared. Mientras los demás descansan, el que le toca el turno, se debate una y otra vez, contra el maldito paso, que debido al cansancio que se va acumulando, con el paso del tiempo se va haciendo más difícil. Nos tomamos un receso, con nueva consumición de frutos secos, trago de agua, para que no decaiga la moral, y mientras tanto nueva deliberación, dándole vueltas a cómo salimos de ésta.

”En uno de los innumerables intentos, vemos cómo finalmente al Dalai Lima, se le ocurre elevarse un poco de otra manera, alcanza una buena presa para la mano, y vemos que va corriendo la cuerda poco a poco, por lo que aunque no le vemos, notamos que va ganando altura paulatinamente.

”–¡Que salgo! ¡Que salgo! –exclamaba desde arriba.

”–¡Dale! ¡Dale! –a coro, los de abajo.

”Después de múltiples intentonas, y partiendo de la excelente presa de mano, había descubierto que, estirando las piernas, se podía salir en chimenea, con un pie en cada pared al principio, y después un poco más arriba, con la espalda en una pared de la chimenea y los pies en la otra, que es como se pasa habitualmente este paso, sin demasiada dificultad. Claro, ¡las cosas, para saberlas!

”Después de haber perdido cerca de dos horas para franquear el segundo techo, seguimos ascendiendo por la chimenea, ya con normalidad, aunque con la preocupación de que ahora, necesariamente, hay que salir por arriba (porque, para nosotros, es imposible redescender por donde hemos subido), hasta llegar a las canales de salida, que conducen al collado. Todavía quedan tres largos, para nosotros desconocidos, hasta llegar a la cima, no sin cierta complicación para unos aprendices de escaladores como éramos en aquella época.

”Recordando las referencias y la descripción de la vía que nos habían dado, y siguiendo los indicios que vamos encontrando (algún clavo, anillas de cuerda, etcétera), llegamos a la gran cornisa bajo el último largo. Las panzas estaban sin equipar, y aunque conseguimos colocar algún clavo intermedio, nos movíamos en un terreno desconocido, casi mítico.

”Al fin, la cumbre. Nos abrazamos emocionados, lo habíamos conseguido.

”Pero esto no se acaba aquí. Hay que bajar hasta el suelo.

”Ya avanzada la tarde, montamos los primeros rápeles, que nos conducen hasta el collado. Ahora, se trata de localizar la canal de bajada, que no conocemos muy exactamente, y sin perder demasiado tiempo, ya que probablemente nos va a anochecer antes de llegar abajo. Al principio, tratamos de correr un poco, pero ya vemos que no vamos a llegar a coger el tren de regreso, por lo que optamos por tomarlo con más calma.

”–Escucha, escucha, ¡se oyen voces!

”–Imposible. ¡Los buitres no hablan!

”–¡Que sí, que sí!

”Efectivamente, por fortuna para nosotros, se oían voces. Eran de nuestros amigos y maestros, Rabadá, Montaner, Bescós y Julián Vicente, que salían de concluir la primera ascensión al Mango del Cuchillo, y bajaban hacia donde estábamos nosotros. Ya nos habían visto, y nos gritaron para que les esperásemos para bajar juntos.

”Proseguimos el descenso con ellos, utilizando, por primera vez en nuestra vida, las cuerdas de nylon. Gracias a ellos, pudimos descender el emocionante rápel volado de la Cueva, en una tirada, con sus cuerdas de sesenta metros, evitando así la pequeña aventura de montar un rápel intermedio, que además habríamos tenido que buscar, porque no sabíamos dónde estaba. Aun así, nos cogió la noche a todos, perdimos el tren y volvimos a dormir al pajar de Don Justo, mientras pensábamos en lo mal que lo iban a pasar nuestras familias, al ver que no llegábamos a pasar la noche en casa (no había teléfono para llamar), y en cómo íbamos a explicar, al día siguiente, nuestra ausencia en el trabajo o en la Universidad”.

Un magnífico relato de Carmelo Royo que merecía, sin duda, mayor difusión. Máxime, cuando el Club al que pertenecen todos sus compañeros de aventuras, en ese Riglos nostálgico de 1959, es ese Montañeros que ahora cumple noventa añadas…

  1. Qué tiempos aquellos, y qué batallitas. De la Pany, recuerdo que la chimenea en la zona alta era bastante ancha y casi no me llegaban las piernas… (y eso que las tengo bastante largas).
    ¡Buen rescate este texto, Alberto!

    • Ya lo creo que sí, José… La pena es que no llegase al Anuario especial sobre Riglos, donde hubiera hecho muy buen papel… Solo se echan de menos, en el relato de Carmelo, las presas más lavadas en la Pany: eran otros tiempos, desde luego…

  2. En efecto: Montañeros de Aragón anda estos días de cumpleaños… Así, todos los martes últimos de mes (salvo julio y agosto), en su sede de Gran Vía 11 de Zaragoza, habrá programa doble de exposición-conferencia… Hoy mismo, martes 30 de abril, se inaugura a las 19:30 h la muestra de fotos de Miguel Vidal en 1956, durante la Entronización de la Virgen del Pilar en el Aneto… Seguido, un viejo conocido de esta casa, mi «socio» Alberto Hernández, nos deleitará con un audiovisual sobre sus mejores vivaqueos y otras experiencias de altura… Entrada libre, desde luego…

    • ya he visto en face book que vuelves a la carga alberto muy bien con el sum de ramond

      • Ya, ya veo que sigues mi FB, Luis… Pues si te interesa el Soum de Ramond, vas a tener una buena ración, pues he preparado diez entregas sobre esa zona del Macizo Calcáreo… Saludos…

    • Precioso sin paliativos, Alberto. Se lo tengo que decir a Carmelo en cuanto me suba a Formigal. Confío en que no te canses en tus pesquisas de artículos perdidos.

      • Hey, A.A.: y, si puedes, le das un toque a Carmelo para que, ahora que se acaba de jubilar del todo, nos escriba otros textos de sus trepadas, que sin duda serán tan interesantes como esta… Hasta otra…

    • Muy bueno Alberto. Esto si que es un fantástico cumpleaños para todos. A ver si nos pones las noventa velitas con estos textos tan fabulosos. Supongo que habrás guardado alguno para los cien.

      • Muchísimas gracias, Makako… Ya ves que está siendo un aniversario bastante activo, tanto en lo cultural como en lo deportivo… Pero, respecto al centenario, ¡sin duda que se lo dejo a otros colegas de Fontaneros!

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