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Las Tres (o Cinco) Sorores sobrarbesas

El 14 de diciembre pasado asistí a la presentación de un libro coral sobre Nerín. Fue en una sala de la Biblioteca de Aragón zaragozana, y contó con una notable asistencia de público. La mayoría de los allí presentes era o bien nativa, o bien originaria del valle de Vió. Mejor dicho: de la valle de Vió, que ese día a nadie escuché referirse a su terruño como Ballibió, tal y como se oye en otros ambientes más ideologizados.

La porción central del acto corrió por cuenta de Fernando Biarge, quien nos deleitó con su charla y diapositivas. No en vano, el etnógrafo oscense lleva largas añadas recorriendo y documentando aquellos parajes. Iré al grano: ante el referido auditorio, pleno de personas procedentes del flanco sur del Macizo Calcáreo, Biarge habló de la Cima de Ramond, así como de las Tres Sorores, de las Tres Marías, etcétera. Sin otras fantasías de, pongamos, nuevo cuño nacionalista. Y, todo ello, ambientado con la música en vivo de la zona, junto con la interpretación en la fabla local del Aquestes Muntanyes, que ser riguroso con la toponimia no resulta incompatible con nada.

Regresemos, pues, al Soum de Ramond, para surtir con datos objetivos a todo aquel que en verdad lo desee. En una decena de entregas rastrearemos, sobre todo, lo que hoy se conoce a ciencia cierta sobre los diferentes topónimos de esa magnífica porción de nuestro Macizo Calcáreo. Es decir: apoyándonos en la crónica histórica y dejando el universo del Aragón Onírico a otras mentes más imaginativas (y politizadas). Ya avancé alguna cosilla en los dos artículos previos de las andanzas schraderianas concernientes al Soum de Ramond. O Som de Ramón, si se prefiere en una de las versiones más divertidas del catálogo hispano. Insistiremos en la misma línea, ciñéndonos a testimonios seleccionados entre los muchos que se han publicado hasta la fecha, perfectamente accesibles a cualquier partidario de los hechos reales. Habrá que rebobinar un poco en los anales de esta gran montaña sobrarbesa…

Empezaremos con la madre de las preguntas: y esa cima de 3.257 metros de cota, ¿fue alguna vez nombrada en el pasado de forma individualizada? No parece que así lo fuera, a tenor de esos jalones históricos que han llegado hasta hoy. O, mejor dicho: mitológicos, puesto que estas Tres Sorores que nos ocupan parecen haber nacido al calor de las cadieras, arropadas por los parteros de mitos de otros tiempos. Por el momento, tampoco entraremos en el problema de sus múltiples identidades: ya se contemplaran por un flanco o por otro, la tríada estuvo compuesta por los resaltes conocidos en la actualidad como “pico del Marboré-Cilindro-Monte Perdido”, o como “Monte Perdido-Soum de Ramond-punta de las Olas”. Nos hallamos ante Tres Sorores juguetonas que, en ocasiones, fueron Quinteto.

Sigamos con los pies bien plantados sobre la tierra. En este punto, resultará obligado recurrir a cierto cosmógrafo real: Ioao Baptista Lavanha, un lisboeta que el 29 de octubre de 1610 llegaba a nuestra tierra con objeto de trazar un mapa a escala 1:277.587 del viejo Reino. En la propuesta realizada tres añadas antes por los Diputados de Aragón, a Lavanha se le especificó que “recorrería todos los pueblos, montes, ríos, tomando la altura y anotando lo particular que en ellos encontrase”. Ahí es nada.

Pues manos a la obra: el 15 de diciembre de 1610 nuestro erudito se internó por Guara. No buscaba las honduras de los barrancos, sino esos “cerros altos” que brindaban las mejores perspectivas. Atisbando hacia septentrión, pudo así identificar “unas peñas de los puertos de los Pyreneos; el medio y lo más alto de las Tres Sorores”. También nos obsequiaría con diversos dibujitos, como el de las cimas cónicas registradas como Tres Sorores. El 20 de diciembre Lavanha se encaramaba sobre la sierra de Arbe para avistar desde “el medio de las Tres Sorores un cerro muy grande de estas montañas, y que en la grandeza se diferencia de todos”. En estas comunicaciones hablaba del Monte Perdido, claro está, aunque sin darle nombre alguno. Acaso no lo tuviera por entonces, como el resto de sus anónimos acompañantes calcáreos.

Las series del mapa de Lavanha (o Labaña) titulado como “Descripción del Reino de Aragón” fueron muy numerosas a partir del año 1619. Otras representaciones procedentes de la misma familia del lisboeta mostrarían con nitidez a las Tres Sorores sobre el papel: el “Episcopatus Iacensis Vulgo Iaca” (1:235.000) de 1672; el “Episcopatus Oscensis vulgo Huesca” (1:260.000) de 1672; la “Description del Reyno de Aragon” (1:276.000) de 1684; así como el “Aragón” (1:252.525) corregido y aumentado por Tomás Fermín de Lezaún de 1777… No obstante, no fueron tan solo desde las cartas de Lavanha donde nuestro trío de Hermanas legitimizó tempranamente su presencia: figurando bien visibles como Las tres Sorores, aparecerían dibujadas en otros trabajos como el “Mapa del Reyno de Aragón” (1:385.000) de Tomás López en 1675; el “Nova et Accurata Regni Aragoniae cum confinibus Descriptio” (1:380.000) de Juan Seyra y Ferrer en 1715; la “Carte du Royaume D’Aragon” (1:400.000) de J. B. Bourguignon d’Anville en 1719; el “Aragón, con las nuevas divisiones” (1:575.000) de A. H. Dufour en 1836; el “Mapa de Aragón” (1:400.000) de Francisco Magallón en 1880… Durante varios siglos, nadie registró en la cartografía otro topónimo para el trío sobrarbés de montañas.

Sin embargo, en el mundillo literario del siglo XIX se produjo harina de otro costal. Así, registrado claramente como Mont-Perdu, nuestro puntal ingresó de pleno en la prensa hispana desde el número de octubre de 1819 de El Mercurio de España: dentro de su trabajo anónimo sobre “Historia Natural; del límite de las nieves perpetuas en el norte”. Y como Monte Perdu aparecería entre las “Montañas principales del Mundo”, dentro del número 7 de El Instructor (julio de 1834). Finalmente, escrito como Monte-Perdido se materializó en el Tomo I de El Museo de Familias (1838), dentro de sus “Escenas de los Pirineos”… Dicho en castizo: es mentira eso de que a nuestros ancestros jamás les interesó el nombre de cada una de sus montañas. Aunque, en un principio, se fijasen tan solo en la Soror más alta y centrada.

Avancemos un poco en busca de las denominaciones que se constataron por trabajos de corte generalista a lo largo del siglo XIX. Como en ese Diccionario geográfico-estadístico-histórico que de 1845 a 1850 compusiera Pascual Madoz. Un navarro que detalló los Techos del Sobrarbe de un modo más que aceptable:

“Tres Sorores: tres picos de los más elevados del Alto Pirineo, en la provincia de Huesca, partido judicial de Boltaña; se halla a las dos horas al este del boquete titulado la Breca [de Rolando o Roldán]. Estas tres agigantadas moles, más firmes que las pirámides y que no han destruido los siglos, son obra de la naturaleza y tan antiguas como el mundo. Por estar juntas las tres y ser de igual masa y elevación con corta diferencia, no sin fundada razón las llaman hermanas. La pirámide de en medio [un Monte Perdido que no nombra por el momento] es la más alta y la de más difícil acceso: desde la superficie tiene unos 1.124 pasos de elevación; su anchura por la parte que más, y que se pueda andar, es de 400, no pudiendo medirse el grueso por ser muy escarpada. Hacia la mitad de su elevación el grueso es de 632 pies; la corona del pico tiene 72 de largo y 38 de ancho: todo él es de peña negra semejante al carbón de piedra, con algunas vetas de yeso. Este soberbio monumento, además del piso de la superficie, está dividido en otros tres pisos, por tres filones de peña viva, que lo circundan, a que llaman grados en el país. El primer filón tiene 22 varas de alto, y para subirlo es necesario ir descalzo y asirse a los riscos de las peñas; el segundo grado tiene 20 y 16 el tercero. Los vientos, las lluvias y otros efectos naturales han ido desgajando el torreón; así es que toda su capa exterior es un aglomeramiento de piedras sueltas desprendidas por desmoronación. Estos terribles obeliscos, desde cuya cresta se divisan largas distancias, desafían a los picos más elevados de la Europa. Por esta misma razón tienen desterrada de sí la vegetación y la vida animal, pues ni siquiera la perdiz blanca, perenne habitante de la nieve, jamás ha sido vista volar por ellas. Desde este punto se distingue la Montaña Maladeta hacia el norte en el valle de Viella. Los naturalistas creen que es más alta que las Tres Sorores, por estar siempre cubierta de nieve, siendo así que las Tres Sorores se desnudan de ella por el mes de agosto; pero esto puede provenir, de que las Tres hermanas están al sur, aunque al norte de España […].

”Los pastos de la parte septentrional de este valle de Vio son de lo mejor del Pirineo, pues que perteneciendo a este cantón los llamados puertos de Góriz, a sea las laderas meridionales del monte Perdido y de sus empinadas colaterales, las Tres Sorores, posee lo más exquisito, interesante y sano del ramo herbario. Estas laderas, a pesar de su escabrosidad, ofrecen subida, bien que difícil y expuesta a la cima del monte Perdido [¡nominado!]; pero que tal vez sea el único que la haya pasado [sic] el señor don José Duaso, capellán de honor de Fernando VII”.

Ni que decir tiene, la bien documentada denominación local de estas montañas saltaría sin problemas hasta la vertiente septentrional. Desde al menos 1859, Germond de Lavigne citaba a “las Tres Sorores”. Cuando el listado de ascensionistas era notablemente corto. Y cuando, en el costado meridional, prevalecían los textos mitológicos, que no los deportivos. No resulta nada complicado el rastreo de las Cúspides del Sobrarbe desde, pongamos, esas Historias y leyendas (1899) de Víctor Balaguer, quien quiso enmarcar “La Misa del Diablo” en unos decorados de categoría:

“Tiene su origen [el río Cinca] en el límite mismo de los valles de Bielza; brota al pie de la ermita consagrada a Nuestra Señora de la Pineta, la Pilarica de aquellos valles peregrinos; lo alimentan las neveras y los heleros de las Tres Sorores; ve transcurrir sus mocedades deslizándose retozón y barullero por entre las colladas y cantaleras de los Pirineos; penetra en los profundos lachares y estrechos de la sierra […]. Al desembocar con su pequeña jauría en un claro del bosque, vio salir una jabalina de un espeso matorral que asomaba al otro lado de impetuoso torrente, engrosado por las nieves de las Tres Sorores”.

Podemos cansarnos de recolectar Hermanas en este ámbito legendario. Mejor será que saltemos al mundillo de los eruditos ilustrados de finales del siglo XVIII. Así, acaso el primer explorador que se fijó en el Monte Perdido y, quizás, tanteó los accesos hacia su cumbre fuera Henri-Irenée Reboul. En 1786 arrancó en el Anie una serie de campañas de medición de cotas con las que pretendía determinar la identidad del Techo del Pirineo. En su producción literaria destacan estas líneas donde explicaba ciertas descubiertas por el Lavedan efectuadas en 1787:

“No se puede considerar sino con esfuerzo el horrible e imponente espectáculo de las torres de Marboré [el Casco y la Torre], situadas en las fuentes del Gave, que parecen presentar a la imaginación, incluso a la más tibia, la morada sagrada del dios que vierte las aguas saludables de este río”.

Como se ve, de la masa de rocas anónimas comenzaba a destacarse alguna cima de forma individual. Aunque fuese desde su vertiente norteña. Mayor importancia tendría alguna de sus intentonas en busca de la cumbre del Mont Perdu, esbozadas en 1788 junto con un interesante dibujito de la cumbre de marras:

“No abordaré aquí la descripción detallada de la montaña del Marboré desde donde caen las cascadas. He intentado varias veces en vano el llegar a sus cimas, y cuando abandonaba estas montañas siempre me llevaba el deseo y la esperanza de colmar algún día esta tarea tan penosa como instructiva. Aquí está verdaderamente el Mont-Blanc de los Pirineos: sus laderas se abren por todos sus flancos en inmensos barrancos y valles profundos, y sus cimas sobrepasan en altitud a todas las demás de la cadena [dato erróneo que sostuvo hasta 1817]”.

El Monte Perdido iniciaba así su idilio con los precursores dieciochescos. De hecho, existen sospechas de que su cima pudo ser visitada en 1791 por algún integrante de los grupos de exploración del geodesta Vicente de Heredia. Una tesis defendida desde 1972 por los cartógrafos Luc Maury y Henri Baudrimont a partir de los documentos recopilados en 1877 por Léon Maury. Estas conjeturas sobre los éxitos del militar español se apoyaban en la lista de las cotas que había determinado y señalado mediante torretas, enviada a su colega Reinhard Junker en el otoño de 1791 y recogidas en un viejo cartón denominado “Pyrennées”:

“Al Sur y al Este del Circo de Gavarnie, no ha construido más que una cadena geodésica apoyándose sobre las cumbres siguientes, todas provistas de señales: Mondarruego, 2.848 metros (“Montexuego”); punta Tabacor, 2.760 metros (“Fraucata”); Monte Perdido, 3.355 metros (“Tres Sorores”); Castiecho, en los picos de Añisclo, 2.809 metros (“Seza”); y peña Montañesa, 2.179 metros (“San Victoriano”), y sobre dos cumbres francesas, no provistas de señales, el pico Rojo de Pailla, 2.784 metros, y el Astazu Occidental, 3.072 metros (“Estanzou”), y sobre otras cumbres más al sur”.

Merece la pena detenerse unas líneas en esta posible primera al Monte Perdido. Es muy factible que, o bien Heredia, o bien sus subordinados, visitaran el remate de las Tres Sorores en el mes de agosto de 1791. El historiador Henri Beraldi se ocupó de tan interesante cuestión en su estudio sobre Le sommet des Pyrénées (1923), mencionando que “una Señal de Las Tres Sorores, con las coordenadas del Monte Perdido (remarcad el nombre español Sorores); el Monte Perdido, ampliamente sobrepasado, tiene una señal “de Zega” (pico de Añisclo)”. Vamos, que desde finales del Siglo de las Luces tanto el Monte Perdido como cierto pico de Añisclo (hoy conocido como el Sucón y otros nombres derivados), acaso acogiesen a los trazadores de la frontera entre Francia y España…

Por añadidura, una segunda cuadrilla española pudo acceder hasta los 3.355 metros de cota en el mes de noviembre de 1794. Esta vez, la presunción recayó sobre la caravana de cierto Comisario Real llamado Francisco Zamora. Durante su inspección de las posibilidades defensivas del valle de Bielsa frente a los franceses, introdujo esta sugerente nota en su informe:

“A la izquierda de la ribera de Pineta está la famosa montaña que llaman tres Sorores, por ser tres picos iguales que se elevan sobre la misma cordillera; se ven desde veinte leguas por su glaciar. Están casi siempre cubiertas de nieve: subí a la más alta y vi hasta Calatayud y más allá”.

Hay más, pues nuestro Comisario se acercó igualmente por el valle de Puértolas, surtiéndonos con nuevas pistas sobre los topónimos montaraces de finales del siglo XVIII:

“Desde Escalona, que está al final del valle por la parte de abajo, hasta las Tucas [o Tres Marías], que están en lo más alto del valle, hay cinco horas; y de ancho, comprendidas dichas montañas, unas cinco horas”.

También llama poderosamente la atención este otro parrafito de Zamora, redactado a resultas de su reconocimiento con ojos de militar del valle de Vio:

“La montaña donde están los tres puertos se llama Góriz. Esta montaña es en sustancia el agostero de los ganados […]. Las montañas de las tres Sorores pertenecen a este valle aguas vertientes a él […]. Nótese que la Montaña de Arazas, destinada para Soaso, esto es para dejar las ovejas viejas, pertenece su pasto al valle de Vio, Solana y Torla […]. En la Montaña de Soaso además de las veinticinco mil o treinta mil cabezas lanares entran quinientas vacas. En la Montaña de Sesa que pertenece al valle de Puértolas entra mucho ganado y tiene pasto excelente”.

De hacer caso a los antiguos, de suponer que estos, como buenos profesionales en comisión de servicio, preguntaban los topónimos a los nativos, reuniremos la más primitiva colección de nombres de las montañas del Macizo Calcáreo. Lo que no es poco.

Se puede añadir algo más: la reseña del primer explorador de esta cadena a quien le interesara el posteriormente designado como Soum de Ramond. Es lo que se deduce a partir de un apunte que apareció dentro de cierta Memoria publicada en el número 37 del “Journal des Mines” (1797). Firmada por el naturalista Philippe Picot de Lapeyrouse, un sabio de prestigio mundial que, además, puesto que hablaba la lengua occitana, entendía las altoaragonesas:

“Desde lo alto del puerto de Pineta el Monte Perdido tiene tres cumbres, por lo cual los españoles le denominan Tres Sorellas [¿nombre arcaico o desliz de transcripción?]. Estas tres cúspides van en altura ascendente; la más baja está al Mediodía; por eso es probable que, dando la vuelta al Monte Perdido por España, yendo a Torla por el puerto de Gavarnie y subiendo inmediatamente por Fanlo y por el torrente de Ordesa, se llegaría hasta el pico más bajo de las Tres Sorellas”.

De este modo puede resultar un rápido paseo entre los textos históricos del pirineísmo. Donde se materializan resultados en ocasiones confusos e incluso insatisfactorios. Sin embargo, salirse de estos senderos bien documentados supone el ingreso en otros territorios: los de la fabulación. Algo que a ciertas personas les parece más estético para sus dictados e imposiciones nacionalistas. En cualquier caso, a falta de datos objetivos, tendrían que advertir a los lectores cándidos de la fuerte carga imaginativa de cuanto sirven desde sus listados. Hay individuos etiquetados como expertos que, diría yo, más bien ejercen como juglares o como apóstoles de un aragonesismo (para mí) pésimamente entendido.

Tratando de que nos aproximen lo máximo a la realidad, aguardan nueve entregas más de la crónica toponímica del Soum de Ramond. Con datos en absoluto politizados.

13 Comentarios

  1. Hola queridos disidentes de la conducta administrativa:

    Existe un colectivo, vilmente adoctrinado por ciertos cerebros titulados, desde hace más de veinte años y del que se pueden leer en diversas RR.SS. cosas como —literal— que los topónimos afrancesados son invenciones tardanas adjudicadas entre amiguetes (ni más ni menos que los pioneros) porque los reales son poco menos que inmemoriales, que se han dicho así de toda la vida por los autóctonos del territorio, o que bla, bla, bla; hasta llegar a tal punto en el que se agradece el, tremendo y afortunado, trabajo de su recuperación. Pero al final, y con muy poca insistencia, aparece el colapso por imposibilidad de mostrar una justificación documental de su aberración. Pero, es igual; como me enseñaron mis padres, viene aquello de «para ti la perra gorda y para mi lo que te compres con ella. ¡Que tristeza, que obcecación e insistencia! ¡Querido Padre Alberto, perdónalos porque no saben lo que dicen!

    Sus diez capitulos van a irritar ciertas pieles sensibles a los frescos vientos procedentes del norte que, tambien, se verán agravadas antes de cicatrizar cuando desde mi humilde muro, facebookiano macizomonteperdidista, veamos algunos detalles importantes acerca de los «inventados» cuatro Picos de Añisclo.

    ¿Hay algún Médico en la sala? Necesitamos recomendación acerca de la mejor cremita para las laceraciones de la revolución. :-O

    • Pues que conste, Eduardo, que he esperado con toda la paciencia del mundo a que alguna voz autorizada (o no, que ya me daba lo mismo) desde cierta Comisión Asesora de Toponimia (o de sus aledaños a la sombra del Poder) nos regalara sus «160 razones», explicando sobre todo los cambios más apabullantes de la llamada «Lista Soro». Pero no, no parece que se animen… Entonces he pensado: acaso, si les echo una manita y les hago parte de su trabajo, quizás ellos sigan adelante. Dicho y hecho: llevado por mi mejor afán de servicio les he realizado una parte de sus deberes, obsequiándoles con el análisis detallado de una cima de nombre tan controvertido como es el Soum de Ramond (en ocasiones nombrado como pico de Añisclo). ¡Seguro que ellos están haciendo trabajos parecidos con otros tresmiles oscenses! En fin: al finalizar mis diez entregas, les quedarán las denominaciones de 159 picos/tuquetas/pundas/repundas que explicar…, ¡esperemos que de un modo objetivo y racional! Que de politiqueos y elucubraciones nacionalistas algunos estamos estamos muy hartos…

  2. De nuevo es de matricula alberto. Ya me dirás si me equivoco. No se si hay aquí cosas nuevas que no salían en tus artículos sobre esas «monperditerías» que pululan por las «listas sorianas». Y que me perdonen el chiste los familiares y amigos de la provincia hermana.

    • Simio atento, vale por dos. Sí, sí: hay datos nuevos que no conocía, por ejemplo, cuando Desnivel me publicó la monografía sobre el Monte Perdido, hace casi veinte años. Muy lógico, ¿no? Por eso me gusta tanto este blog: me permite rectificar y/o actualizar cosillas. Por cierto que lo de la Lista Soriana es un chascarrillo curioso. Más saludos makakiles…

  3. Eso, eso, Mon Perdito. ¿O me vas a decir que no es ese el nombre original y autóctono, preclaro y singular; el nombre primigenio, la madre (perdón, la mai) de los nombres…? Así que lo de Ramón, sin ton ni Som… ¡tampoco es de extrañar!
    Gran artículo, como de costumbre.

    • Cierto: «Repunda Farabunda dero Monperdito», que es, según los investigadores más punteros de nuestra Comunidad Autónoma, el nombre que descubrió una excavación reciente que penetró en las entrañas del Macizo Calcáreo, donde se halló, justo a 3.000 metros bajo su cima, la inscripción al fuego con ese topónimo exacto, firmada por el propio Yahvé en el día mismo de la Creación… Para que luego digan que no sirven de nada las Comisiones Asesoras de lo que sea. Más saludos, José…

    • Toma Jeroma, Alberto: pero este artículo, o medio libro, o lo que sea, es mucho mejor. Mis felicitaciones por tanto como dices y por cómo lo dices.

      • Me alegro de que te guste, Doble-A, porque hay nueve entregas más, listas desde este invierno (he aprovechado los fines de semana de mal tiempo), que iré publicando en racimos, de aquí al verano. Será una temporada muy del Soum de Ramond, la punta de las Olas, los picos de Añisclo… Saludos cordiales…

        • Es que es muy bueno, Alberto. Lo leo y releo y me gusta cada vez más. No se nota nada que me gusta mucho el Monte Perdido. El Monte Perdido de siempre.

          • Pues resérvame nueve sesiones más dedicadas a este flanco sureste del Monte Perdido, Doble-A. Si te las copias, te sale un libro gratis…

          • muy bien alberto y reservame tambien las nueve sesiones a favor de los nombres de siempre que yo me apunto

          • No te preocupes, Luis, que por falta de lectura no será. Ni de visiones objetivas, desde luego, pues yo diría que tengo registrado a los principales topónimos tal cual fueron apareciendo en la crónica real, que no imaginaria, del Monte Perdido. Ya verás, qué follón se montó con las designaciones del Soum de Ramond… Como para que ciertos caballeros solventen la cuestión con cuatro afirmaciones que, por muy categórico que sea el tono en el que las formulen, no logran ocultar su sesgo doctrinario y una clamorosa carencia de datos. Enseguida va la segunda entrada…

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