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La identidad de cierta Montaña de Añisclo

Durante una decena de entradas nos moveremos entre los exploradores y montañeros de otros tiempos. Hollando decorados pirenaicos donde imperó cierta confusión por términos como Soum de Ramond, punta de las Olas o picos de Añisclo. Pero, centrándonos ya en esta última denominación, quizás resulte oportuno conjeturar sobre dónde y cuándo pudo ser utilizado dicho nombre por vez primera en algún texto.

El autor del, acaso, bautizo literario de nuestro resalte en su versión como Montaña de Añisclo, fue el propio Padre del Pirineísmo. Así, Louis Ramond de Carbonnières se erigiría como patrocinador del topónimo en el curso de su reconocimiento de este sector del Macizo Calcáreo, un 10 de agosto de 1802. No se sabe de ningún otro documento que citara y detallase la morfología de dicha montaña, fuera del texto del Voyage au sommet du Mont-Perdu: una Memoria para el “Journal des Mines” del 9 de mayo de 1803 y para los “Annales du Muséum National d’Histoire Naturelle” del 20 de junio de 1803. Constatemos, a través del célebre itinerario ramondiano desde Pineta hasta el Monte Perdido, cómo situó y describió nuestro alsaciano a la entonces conocida como Montaña de Añisclo:

“Desde allí hasta lo alto del puerto de Añisclo [el francés dice siempre Niscle], no hubo mayores dificultades que las originadas por la gran inclinación de sus pendientes. Confirmé que la altura del puerto, que estaba al mismo nivel que el puerto de Pineta [diría Pinéde], así como del borde de esa terraza donde está el lago del Monte Perdido […]. Me hallaba ahora en la prolongación de los cimientos que soportan las cimas del Monte Perdido […]. La montaña que dominaba el puerto por Oriente, al estar cortada a pico, me mostraba un tajo transversal tan claro como perfectamente caracterizado por las capas que formaban las cimas que iba a ascender […]. Lo que acababa de ver en la Montaña de Añisclo [posiblemente, el hoy Sucón] lo podría comprobar cuando subiera a la cima del Monte Perdido de un modo más detallado, entre nieves y hielos, en mitad del desorden y de la ruina […]. Los primeros pisos del Monte Perdido se mostraban por Occidente del puerto de Añisclo, alzándose de forma repentina con una altivez que presentaba con dignidad las avenidas de su cúspide [o sea: donde más tarde se situaría al Soum de Ramond]. Cuatro o cinco terrazas apiladas, las unas sobre las otras, que constituían otros tantos escalones recubiertos parcialmente por nieve o rocas. Eso facilitaba un tanto el acceso a esos amurallamientos que, en caso contrario, hubiesen sido inaccesibles. Los primeros obstáculos eran bloques bastante grandes. Parecían pertenecer a la prolongación del estrato de arenisca que coronaba la Montaña de Añisclo […]. Rebasé dichos bloques en corto tiempo, y cuando insistía alejándome en oblicuo de noroeste a suroeste, es decir, en una dirección que prácticamente cortaba en ángulo recto la dirección general de las bancadas, alcancé muy pronto esas ruinas que pertenecían a la continuación de los estratos que formaba el cuerpo mismo de la Montaña de Añisclo. En este punto reconocí la piedra compacta del Marboré […]. Tardamos una hora casi en atravesar dichas pedrizas, y esa parte del viaje nos dejó exhaustos, tanto por los esfuerzos que se requerían, como por subir unas rampas muy inclinadas donde había que luchar contra cierta tendencia que arrastraba de forma incesante esos terrenos movedizos hacia los precipicios. Por fin alcanzamos la terraza superior [donde no repara en los después denominados como punta de las Olas o Soum de Ramond], y nos encontramos sobre una banda rocosa que inicialmente formaba una arista estrecha, pero que al ir ensanchándose de modo progresivo, conducía con comodidad y por plano hasta una suerte de vallecito donde empezaban los glaciares que rodeaban a la cima […]. Aparecían por aquí y por allí entre aquellos [bancales] cuya dirección era la habitual, y los veía en la Montaña de Añisclo, que aún se mostraba ante mis ojos, donde un corte se extendía desde la base hasta la punta de su cara occidental […]. A las 11:15 h alcancé la cúspide y tuve por fin el gran placer de ver todo el Pirineo a mis pies […]. Hacia el sur, el suelo del pico quedaba al descubierto, más por una extrema inclinación del terreno escarpado que por efectos del calor […]. Desde lo alto del Monte Perdido la vista abarcaba todo este conjunto de montañas similares donde reconocía idéntica constitución en todo cuanto se alzaba por encima de las alturas habituales [sin describir ni nominar a ninguna otra montaña]. Era una larga sucesión de cimas compuestas por estratos que se alzaban, que se disponían en una única línea cuya dirección iba en paralelo a la cordillera”.

En fin; si alguna vez existió una Montaña de Añisclo con denominación clara a comienzos del siglo XIX, esa fue el hoy conocido como Sucón, en el extremo noroccidental de las Tres Marías. Aprovechemos un poco más los datos recopilados por Ramond de Carbonnières, acompañándole ahora en su reconocimiento de Ordesa. De esta manera se ocupó de la toponimia de los Techos del Macizo Calcáreo el 22 de agosto de 1802:

“Llegamos a la meseta [de Góriz], y el aspecto de todo cuanto distinguíamos había cambiado de tal modo que no acertábamos a reconocer el lugar. El Monte Perdido y el Cilindro, con sus murallas y tajos, se hallaban ante nosotros y no sabíamos cómo reconocerlos entre semejantes caos de rocas amontonadas […]. A lo largo de toda la línea del Marboré y del Monte Perdido, las bancadas se alzaban de tal modo que frecuentemente alcanzaban la posición vertical […]. Era justamente esa tendencia a presentar cortes verticales, independientemente de las capas, lo que esencialmente caracterizaba a la cadena del Monde Perdido y a todas sus dependencias”.

Bien se constata en la crónica histórica: la menor de las Tres Sorores iba a iniciar, desde la misma eclosión del pirineísmo, su largo ciclo de oscurantismo nominativo. Es decir: de una carencia aparente de designación alguna. Porque, al menos en los años inaugurales del siglo XIX, la Montaña de Añisclo se situaba al otro lado del cuello de Añisclo. Muy alejada del actual Soum de Ramond, vamos. En cuanto a las míticas Tres Sorores de calcáreo, los exploradores procedentes del norte solo iban a citar al Cilindro y al Monte Perdido.

Bueno, me corrijo: no solo se empleaba esa terminología por el flanco septentrional de la línea de aguas. De entre los escasos testimonios hispanos que nos han llegado hasta ahora, parece del todo revelador el de un tal José de Viu desde los Pirineos, un manuscrito redactado sobre 1832. Se trataba de un natural de Torla que realizó diversos viajes de estudio por las cotas medias del Pirineo central hacia 1820. En dicho trabajo quiso registrar varios topónimos de las elevaciones de su tierra dentro del capítulo sobre consideraciones generales:

“Así mientras en la parte francesa se nota que el cordón del Pirineo no presenta sino un curvado perfil cuyas desigualdades a manera de una sierra de molino marcan y aún no distintivamente, los célebres picos, por la española se manifiesta de lleno el gran murallón vertical, sus montañas al parecer aisladas, y todas con sus peculiares caracteres y formas. Hablando del Pirineo francés se ha dicho cuáles se presentan el Vignemale y el Monte Perdido desde Francia, y cuáles desde España, lo cual puede acomodarse a los demás cerros del Pirineo en general […]. Bien pudiera yo decir lo que el sabio señor Ramond, a saber, que mil veces he fijado mis miradas sobre el Monte Perdido y sus amenazadores acólitos, preguntándoles la historia de las revoluciones de la Tierra […]. También se verifica que desde el Monte Blanco de los Alpes hay que venir a ver el Monte Perdido de los Pirineos […]. El señor Ramond tropezó en lo alto del Monte Perdido con pólipos, zoofitos, madréporas, ostras […]”.

Hay más. José de Viu, en su apartado sobre ese “Valle de Broto” donde había nacido, incluyó un reconocimiento a lo largo del río Arazas. Veamos cómo identificaría a las cúspides de su terruño:

“Poco a poco va abriéndose a la derecha sobre la otra parte del río un valle magnífico. Tal es el solitario, profundo y majestuoso de Ordesa, cubierto de árboles corpulentos y selvas espesísimas, y regado por el Ara, el cual naciendo de las vertientes meridionales del Cilindro y de las del suroeste del Monte Perdido, si gusto da entrar en sus espesuras en un día caluroso del estío, en las cuáles más que en otra alguna parte del mundo puede creerse cualquiera fuera del alcance de la iniquidad humana, no lo es menos el dominar este valle de seis mil o siete mil pies de elevación, es decir, de lo alto de su costado izquierdo, desde cuyos parajes se ve una alfombra allá abajo, que tal parecen las dilatadas y unidas copas de los árboles, y por todos lados copiosas cascadas y praderas […]. Inmediatamente antes de la reunión del Ara y del Cerbillonar, el uno procedente como queda dicho del Monte Perdido, y el otro del Vignemale […]”.

Estas clamorosas ausencias de las Repundas y de las Serols, del pico d’Añisclo y de las Solas, dan un poco qué pensar. Sobre todo, al proceder de un texto bastante denso que había sido redactado por un concienzudo natural de Torla. Es lo que tienen los recorridos por la Historia: no siempre sirven las conclusiones que quisieran en ciertos tabernáculos altamente politizados.

Mantengamos nosotros el registro serio. Y regresemos al Macizo Calcáreo de la mano de un militar galo que, además, era admirador de la obra literaria de Louis Ramond de Carbonnières. Hablamos de Vincent de Chausenque, firmante de una guía tan temprana como extensa: Les Pyrénées, ou voyages pedestres dans toutes les régions de ces montagnes. En su edición de 1834 explicó cómo fueron sus diferentes encuentros con las Cúspides del grupo, realizados en su mayor parte durante la década de los años veinte del siglo XIX. Por ejemplo, desde la magnífica balconada del Midi de Bigorre:

“Lo mismo que el Mont-Blanc, se ve [al Monte Perdido] con forma de una cúpula sobre amplios hombros resplandecientes de blancura. Casi a su nivel aparece el Cilindro, la más alta de las torres del Marboré”.

Lo dicho: ni sombra del después Soum de Ramond. Rastreemos un poco más la recolecta de topónimos del culto Chausenque. Ahora, desde atalayas en torno al estratégico Néouvielle:

“El Coumélie y el Pimené me ocultaban en parte los montes de Pineta y de Estaubé, pero por encima de ellos, el Astazu, el Cilindro y el Monte Perdido, muy próximos, se mostraban soberbios con sus techos de nieve y sus pisos de glaciares. El extremo de esta plataforma era visible, junto a los dos últimos, y constituía el punto más sobresaliente del Marboré”.

Desde aquellos escenarios norteños, el ingeniero galo pasaría a explorar “el Monte Perdido y sus gigantescas dependencias” por el costado de Gavarnie, mencionando a la “protuberancia calcárea de la que el Marboré es el centro”. En cuanto a sus andanzas desde la brecha de Rolando, añadir que le permitieron vislumbrar al “Marboré, como vasta y majestuosa corona cuyo florón es el Monte Perdido”. Un territorio entonces apenas explorado, por lo que animaría a “venir al Marboré a todos aquéllos a quienes atrae cuanto es grande, donde el espíritu es transportado a la meditación sobre las verdades eternas”.

Ni que decir tiene, Chausenque se aproximó cuanto pudo al flanco español del Monte Perdido. En su recorrido desde Troumouse hasta el puerto Viejo de Pineta lo observó de esta manera:

“Desde una de las crestas más altas del Pirineo vi hundirse bajo mis pies el precipicio inmenso de Pineta, y España apareció a lo lejos por la apertura del collado de Añisclo, con el Monte Perdido lanzándose completamente hacia el espacio con una grandeza indecible […]. Veía ya cómo unos vapores ligeros se deslizaban entre el Cilindro y el Monte Perdido, lo que constituía un aviso para que interrumpiera mis observaciones […]. El Monte Perdido estaba a dos pasos: uno pensaría que podía alcanzarse lanzando una piedra debido a la gran transparencia del aire. Era la primera vez que podía admirar su enorme estructura desde esta Oule [caldero] de Bielsa, excavada en sus raíces hasta su mismo techo de nieve, bajo su aspecto más imponente. ¡Qué majestuosidad en esta arquitectura de gigantes! ¡Qué diseño tan osado en estos vastos zócalos, esas terrazas que se suceden cargadas de glaciares, y esa torre rotunda del Cilindro que rivaliza con él! Este último se cubre con una ligera capa de nieve, oponiendo sus flancos oscuros al resplandor del Monte Perdido, cuyo amplio collado los separa […]. Las nubes más extensas se movían más lentamente en torno al Cilindro y al Monte Perdido”.

La tercera de las Sorores seguía del todo desaparecida. Por lo demás, se cree que Vincent de Chausenque ganó la cota de los 3.355 metros hacia 1808. Resulta revelador que, cuando reprodujo el ascenso del grupo de Louis Ramond en 1802, afirmase:

“Desde aquí [el collado de Añisclo o de Fanlo], se pusieron a escalar las cuatro o cinco terrazas apiladas que se alzaban con orgullo hacia el oeste y que precedían al Monte Central”.

Según este procedimiento, el posterior Soum de Ramond hubiera podido designarse como Monte Oriental. Al menos, Chausenque identificó y situó correctamente a la cumbre más alta de nuestras Hermanas calcáreas. En cuanto al nombre aragonés del grupo, lo utilizó a título informativo cuando se puso a describir el que fuera llamado pico de Marboré más tarde:

“Al oeste se extiende esta amplia plataforma cargada de glaciares cuya extremidad es el tercero de esos puntos culminantes, que vistos indistintamente desde España han recibido allí el nombre de las Tres Sorellas”.

Un nuevo misterio para la colección. Así, esas Sorellas, ¿eran un término arcaico del Sobrarbe, o la mera traslación de un texto poco difundido de Picot de Lapeyrouse del que ya hemos hablado? Yo no excluiría ninguna tesis a la ligera: nadie puede saber si se trataba de un nombre primitivo que convivía con el de Sorores o de un error interpretativo de nuestro militar. Como quiera que fuese, aquí puede situarse el origen de la difusión de un topónimo que, por un tiempo, hizo fortuna en Francia.

El siguiente invitado en nuestros rastreos en busca del Soum de Ramond será James Erskine Murray. Un turista escocés que hacia 1834 de esta manera nos servía nuevos jalones de la toponimia antigua del Macizo Calcáreo desde el relato de su ascenso hasta la cota de 3.355 metros:

“El otro extremo de Millaris estaba limitado por el Monte Perdido, cuya cima aparecía sobre el banco de nubes que le rodeaba, similar a una masa rocosa flotando en el aire. Los aragoneses no llaman sino raramente a esta montaña el Monte Perdido [atención: dice que alguna vez lo hacían], sino que lo reagrupan con el Cilindro y con la más alta de las Torres del Marboré bajo el nombre de las Tres Sorellas, o las Tres Hermanas, dado que, vistas desde el lado español de la cadena, son las tres cumbres de la zona de carácter más destacado, y se parecen a tres enormes contrafuertes que habrían sido situados allí para sostener la parte central de ese muro de montañas cuyas extremidades se zambullen en el Atlántico y en el Mediterráneo […].

”El Monte Perdido no es un gigante rodeado de pigmeos: no puede sino enorgullecerse de ser por unos pies más elevado que las numerosas cimas que lo rodean, pero esos pocos pies le bastan para volverle digno de los honores que recibe por ser considerado, tras la Maladeta, como la más noble de las montañas pirenaicas […]. Bebimos en un silencio solemne a la memoria del ilustre Ramond y partimos”.

Nuestro escocés acababa de desglosar, por fin, a las Tres Sorellas como el Monte Perdido, el Cilindro y la más alta Torre del Marboré. En realidad, se hacía eco de toda una tradición en Gavarnie, donde en la referida tríada solía incluirse al después conocido como pico de Marboré. Favoreciendo, de hecho, la existencia de un cuarteto de Sorores

El recuento de viajeros decimonónicos nos arrojará en brazos de Alfred Tonnellé, autor de los Trois mois dans les Pyrénées et dans le Midi (1858). Una especie de diario itinerante donde se puede bucear en el rastreo de las tempranas referencias toponímicas del flanco suroccidental del Monte Perdido:

9 de agosto de 1858: “Acudimos para dormir a las cabañas inferiores de Góriz [dice Gollis], donde llegamos a las 17:00 h, tras haber percibido desde el camino al Monte Perdido. Los españoles le dan al Cilindro y a las dos puntas del Monte Perdido el nombre de las Tres Hermanas”.

10 de agosto de 1858: “Subimos a la derecha, pasando al pie de la Torre de Góriz, una especie de colina cuadrada y cortada a pico, aún no ascendida y poco graciosa. Por encima, la segunda punta del Monte Perdido, que nos oculta a la primera, la más alta”.

Es interesante apuntar que Tonnellé dejó anotado que las Sorores sobrarbesas (que ya no Sorellas) estaban compuestas por el Cilindro y por “las dos puntas del Monte Perdido”, como si este último hubiera dispuesto de una cumbre doble. La teoría de la Hermana Innominada se iba asentando más y más… Por desgracia, desde la cumbre del Monte Perdido nuestro francés no describiría, de entre todo “un bosque de picos”, sino “a la izquierda, la bella masa recortada del Cilindro, aún no ascendido”. Tampoco dijo nada sobre la tercera de las Hermanas durante su itinerario por la vega del Arazas. Todo lo más, el 12 de agosto afirmaba a raíz de su traslado desde Fanlo hasta Salinas:

“Al fondo de una garganta lateral se elevan dos grandes cumbres nivosas, rodeadas de nubes: se trata del Monte Perdido  (las Tres Sorores)”.

Cambiemos de cronista. El inglés Charles Packe lleva fama de ser el gran conocedor de nuestra cadena durante las añadas medias del siglo XIX. En su guía sobre The Pyrenees (1867) y dentro de su capítulo sobre el ascenso desde Góriz por las Escaleras, como referencia única se limita a hablar de “la base de la montaña conocida como Torre de Góriz”. Del entorno circundante solo aludiría al Cilindro, a la Torre y al pico de Marboré. Algo después, en la subida al gran mirador del Pimené, facilitó el listado de las montañas que se podían avistar desde allí, añadiendo al inventario el Casco, el Taillon y el Gabietou. No citó a ninguna otra en su posterior recorrido del valle del Arazas. Sin embargo, cuando presentó la excursión al puerto de Pineta, habló de Tres Sorellas que supuso “el nombre español del Monte Perdido en su vertiente sur, en el valle”.

Aquí lo dejaremos por ahora. Arriban ya a nuestra crónica los grandes pirineístas de la llamada Pléyade: Henry Russell, Alphonse Lequeutre y, sobre todo, Franz Schrader. La verdadera aventura del Soum de Ramond está a punto de arrancar…

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Comentario

  1. Me ha llamado la atención la cita, en 1834, de James Erskine Murray «Los aragoneses no llaman sino raramente a esta montaña el Monte Perdido, sino que lo reagrupan con el Cilindro y con la más alta de las Torres del Marboré bajo el nombre de las Tres Sorellas, o las Tres Hermanas…» O sea, que no parecían existir nombres específicos para cada cumbre, lo que poco tiene de extraño cuando su interés se fijaba únicamente en zonas de pastos o puntos muy peculiares. Nada sorprendente, por cierto.

    • Hola, José… Desde luego, lo más lógico es que el posterior Soum de Ramond jamás dispusiera de un nombre hasta su bautizo en 1872. Se pongan como se pongan los fundamentalistas de nuestra tierra. En cuanto al nombre que le colgaron, bastante después, de pico de Añisclo… Bueno: la solución, unas entradas más adelante…

      • Bueno: hace unos ochenta años, cierto socio de honor de Montañeros de Aragón llamado Louis Le Bondidier le dedicó un estudio de 75 páginas a la toponimia del Aneto. Más modesto, he elegido un tresmil de menor cota para hacer algo parecido, aunque sin verter demasiadas opiniones personales… Si te gustan las sopas de letras con datos, y datos, y más datos, pues estás de enhorabuena, Luis… ¡No te empaches!

    • Ajá. Entonces Alberto insinuas que el nombre del Pico de Añisclo hubiese tenido que seguir donde lo colocó el inmortal Ramond. Que no es otro lugar que ocupando la plaza del que indican ahora como El Zucón (2.802 m). Pues vaya berenjenal. Y al Soum de Ramond (3.257 m) le adosaron lo de Pico de Añisclo por un error o capricho o algo raro. ¿No?

      • Casi te adelantas al último punto de la entrega décima de esta serie, la que llegará allá por el mes de julio, con los calorcillos, el gazpacho y la sangría. De todas formas, prefiero que quienes estén interesados en este tema, le echen aunque sea un vistacillo rápido a las diez (o doce) entradas, y que luego saquen sus propias conclusiones. Con los datos sobre la mesa. Es decir: nada que se parezca a las declaraciones pistonudas que nos largaron desde ese intento de ponerle nombres aragonesizados (tontamente) a los tresmiles oscenses, vendiéndolo (malamente) como un rescate de esa herencia vernácula pisoteada por los montañeros… Saludos, Makako…