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Schrader y la toponimia

Colgarle caprichosamente un nombre, el que sea, a una montaña pirenaica resulta muy sencillo si se cuenta con el adecuado apoyo gubernamental. Solo es preciso que la toponimia apunte hacia una finalidad política determinada. Tratar de descubrir la realidad de unas denominaciones confusas es un asunto mucho más complejo, incluso en el caso de alguna de las Tres Sorores sobrarbesas…

En este punto de la crónica del Soum de Ramond, resulta del todo obligado enlazar con dos entradas previas. Las resumo: el bordelés Jean-François-Daniel Schrader, un apasionado de la obra literaria de Louis Ramond, quedó fascinado por los relieves pirenaicos desde su primera visita a esta cordillera en 1866. Interesado especialmente por el Macizo Calcáreo, tardó poco en recorrer las cotas altas de estas montañas junto a los hermanos Léonce y Albert Lourde-Rocheblave. Como ya se ha visto, el descubrimiento posicional de la pequeña de las Tres Sorores se produjo en 1872 desde cresta del pic Long. Un hecho que se difundiría a través de una célebre cita schraderiana:

“A la izquierda, un tanto por detrás del Monte Perdido, un segundo pico redondeado, nivoso y cargado de glaciares se elevaba hasta casi la altura de la cumbre principal del grupo. Dicho pico, invisible desde el Pimené, el Bergons y el Néouvielle (hay que decir que se ve tanto desde el Pimené como desde el Bergons, aunque sea preciso poner una gran atención, pues surge como una pequeña línea de rocas sobre el lomo nivoso del Monte Perdido), ciertamente se hallaba más perdido que el mismo Monte Perdido. No había sido mencionado jamás”.

Ante su carencia de nombre, hubo que imponerle uno adecuado. La nominación de esta cota, anónima en ambas vertientes, sería aireada en diversas ocasiones por el historiador Henri Beraldi. Por ejemplo en 1902, cuando afirmó que “desde ese momento quedó bautizado: será la Cumbre o Soum de Ramond”. Dicho apelativo constaría como tal en los mapas de Schrader de 1874 y 1876. Otro cartógrafo, Jean-François Massié, explicaba en 1935 que “hacia 1875 esta tercera cima de más de 3.000 metros fue bautizada como Soum de Ramond a través de una asamblea de grandes pirineístas como Russell, Schrader y Wallon, a propuesta de Schrader”. Tal es la síntesis de la visibilización, desde los años setenta del siglo XIX, de nuestro Soum.

El erudito de Burdeos explicaría en diversos textos este proceso. Entre los más tempraneros, figura su artículo sobre “Le massif du Mont-Perdu”, publicado para el Annuaire du Club Alpin Francais de 1874:

“Algunos viajeros ya habían recorrido esta vertiente meridional, pero sus relatos todavía dejaban muchos puntos vagos […]. Léonce Lourde-Rocheblave y yo habíamos dado a conocer la existencia de una montaña alta y desconocida, cargada de glaciares, detrás del Monte Perdido, y le habíamos dado el nombre de Soum de Ramond (Soum: cumbre redondeada o aplanada). Ningún mapa geográfico incluía, aunque fuese de una forma elemental, las líneas generales del Monte Perdido, por lo que nos vino a la cabeza la idea de añadir a las saludables alegrías de los recorridos montañeros, el trabajo de alzamiento y de creación de un mapa del macizo calcáreo […]. De este modo reunimos las observaciones de nuestros tres viajes precedentes para que constituyesen la base de nuestro trabajo definitivo. Cuando llegó el verano de 1873, habíamos resuelto transformar este macizo en cosa nuestra, y, marchando humildemente tras las huellas de Ramond, rematar el esclarecimiento geográfico de nuestro Marboré, tal y como él había terminado con su embrollo geológico”.

Franz Schrader fue muy honesto y prácticamente cedió el honor de haber comprendido la disposición de las Tres Sorores a su compañero de fatigas, Léonce Lourde-Rocheblave. Lo contaba en el artículo sobre “Gavarnie et Arazas” para La Montagne del mes de abril de 1913:

“Conocía los Pirineos antes que yo, pues nació a su sombra […]. Ya he dicho previamente que ascendió antes que yo al Monte Perdido, y que lo había modelado, de memoria, en un relieve sorprendente al que le faltaba, es cierto, el futuro Soum de Ramond (del que ya suponía desde antes su existencia), y también el rigor de las medidas, pero cuya fisonomía era de un parecido prodigioso”.

Permanezcamos un poco más junto a Schrader. Porque desde su trabajo sobre las “Montagnes de Bielsa et pic de Cotiella” para el Annuaire du Club Alpin Français de 1877, esclarecería la identidad de otra montaña un tanto olvidada: el pico de Añisclo. Extractaremos algún párrafo de su reconocimiento junto a un mítico guía asentado en Bielsa, Gabardous, y a Antonio Suárez, natural de dicha villa:

“Volví a salir al día siguiente por la mañana, desde Bielsa hacia Tella y las Montañas de Añisclo, dudando un poco de lo que encontraría en mi ruta, para dejar el camino de Salinas antes del final de la garganta, y subir hacia la derecha por un sendero en zetas hacia el melancólico collado de Tella […]. Panorama muy imponente, aunque bastante triste, sobre la vertiente sur de Ets Parets y las nieves del Soum de Ramond. Se debería descender a la izquierda para ir a Tella. Nosotros fuimos a la derecha para alcanzar Revilla y ganar las Montañas de Añisclo por cualquier declive. Al ver las cimas redondeadas que formaban ante nosotros el basamento de los picos de Añisclo, y que parecían sustentar el Monte Perdido, pudimos convencernos de que los pasos no nos faltarían […]. Seguimos el flanco de la montaña, marchando en dirección oeste-noroeste, sin preocuparnos por los senderos que se interrumpían o que volvían a aparecer sin ninguna continuidad. Ets Parets nos dominaban por la derecha, mandándonos el calor del sol”.

Así nombraban los habitantes de Bielsa, hacia 1877, sus montañas… Nuestro trío se presentó finalmente en Escuaín. Atentos al modo en que iba a regresar a los anales pirenaicos, tras la cita primigenia de Louis Ramond, el pico (o, mejor, picos) de Añisclo:

“Me enseñaron ese famoso Marboré que, efectivamente, dominaba el pueblo, pero en el que reconocí a los cuatro picos de Añisclo, que se parecían extrañamente, hay que confesarlo, a la hilera de las cimas del Marboré vista desde Gavarnie, aunque en sentido inverso […]. Rodeaba [la Garganta] el pueblo por el norte, y lo separaba de las montañas de Ets Parets y de los picos de Añisclo”.

Durante largos años no hubo duda alguna: esa Montaña de Añisclo según Ramond, evolucionó hacia cuatro picos de Añisclo (el Sucón y las Tres Marías) de la mano de Schrader. Y sin cambiar de sector: el flanco sureste del cuello de Añisclo. Pero ya volveremos sobre estas denominaciones poco difundidas, una treintena de añadas más adelante…

En tanto se materializaba ese pico de Añisclo tal y como hoy lo conocemos, nos concentraremos hoy en la faceta como toponimista de Schrader. Muy al contrario que otros cartógrafos y exploradores, el galo se molestó en servir no pocas explicaciones sobre este tema tan espinoso. Como, pongamos, dentro del siguiente párrafo de sus ya citadas “Montagnes de Bielsa et pic de Cotiella” (1878):

“No he contado ni la mitad de lo que hubiese podido sobre esta región tan novedosa y bella de los Pirineos españoles, aunque el mapa que he publicado, al mismo tiempo que este artículo, servirá para esclarecer mi relato. Dos palabras sobre dicho pliego. No pretendo haber realizado una obra perfecta, a pesar de toda la atención que he puesto en el alzado del terreno y situación de los nombres, los cuales he adoptado tras haberlos verificado con cuidado. Nuevas investigaciones me han hecho modificar alguna ortografía, corregir algunas trazas e incluso cambiar algunas altitudes. Sin duda, quienes me sigan por estas regiones, todavía hallarán alguna cosa que se deba corregir, aunque yo les rogaría que no me juzguen por ello severamente y que recuerden que, antes del mapa que tienen delante, no existía ninguno que pudiese indicar, siguiera de modo sumario, la forma real de este macizo montañoso”.

Se intuye que el proceso nominativo discurrió entre polémicas. Por ejemplo, esa controversia en la que Schrader se vería implicado por cuenta de los Sestrales. Se publicaría en su “Note sur la carte des Pyrénées Centrales”, para el Annuaire du Club Alpin Français de 1882:

“En lo que atañe a la nomenclatura, jamás he pretendido que no me haya equivocado alguna vez. Las montañas no están etiquetadas, por lo que es preciso adoptar las informaciones de las gentes de la región: todo consiste en elegirlas bien, en darse cuenta de las posibles etimologías, de los significados improbables y, sobre todo, de contrastar con severidad los informes. Me he esforzado en hacerlo, y ruego a aquellos lectores que, viajando tras mis huellas, reciban informaciones diferentes a las de mi mapa, que no se den demasiada prisa en condenarme, como es la costumbre. Si he preferido otro nombre al que ellos hubiesen elegido, quizás sea con conocimiento de causa y tras estar al tanto de todo. Cierta anécdota aclarará estas ideas. Uno de nuestros excelentes colegas escribió, en un boletín de sección, que había cometido un error llamando Sistral a una cumbre que, según las gentes de la comarca, se llamaría Flaile. Si este colega hubiera recorrido la región, como yo lo hice, no una vez sino cuatro; si hubiese subido a dicha cima en lugar de mirarla desde abajo únicamente; si, en lugar de contentarse con una respuesta, hubiera preguntado y vuelto a preguntar sin cesar, en ese valle o en los valles cercanos, entonces habría sabido que la cumbre, invisible desde el lugar por el que él había pasado, se llamaba realmente Sistral o Sestral, y que ese pico Flaile no era sino una delgada aguja rocosa, demasiado pequeña como para figurar en mis bocetos, a la cual sus formas, visibles sobre todo desde arriba, le daban el nombre de Fraile (es decir, monje) de Sistral.

”Por lo demás, no he confiado solamente en mí para la nomenclatura, lo cual me anima a pedir para este mapa alguna autoridad. Son numerosas las personas a las que debo agradecer sus informes, consejos o rectificaciones. En primer lugar, tengo que mencionar a mi querido amigo, el comandante [Ferdinand] Prudent, quien, a cambio de los trazos que le entregaba a medida que los iba terminando, con total libertad para usarlos a su gusto, me ayudó en la confección de cálculos o en el paso a limpio de mis cotas […]. Al otro lado de la frontera, el coronel F. [Francisco] Coello, el sabio geógrafo español, a quien igualmente comunicaba mis trabajos, nunca me escatimó su auxilio cuando le pedí que me aclarase, ya fueran unos nombres dudosos o itinerarios que no había podido recorrer, pero que mi trazado topográfico permitía indicar su verdadero lugar, lo que había sido imposible hasta entonces […]. Las bellas fotografías que me facilitó Maurice Gourdon me permitieron a menudo prever por adelantado los trazos inesperados que debían de ofrecerme mis viajes futuros, o completar la topografía […]. ¿Es necesario decir que Henry Russell, en sus innumerables excursiones pirenaicas, ha reunido un tesoro de observaciones, de nomenclaturas, de descripciones panorámicas o itinerarios, cuyo estilo poético no disminuye en nada la rigurosa exactitud? He tomado ampliamente cosas de este tesoro, por lo demás, abierto a todos, aunque, no por ello, considero menos necesario dar aquí las gracias al ardiente descubridor de los Pirineos españoles […]. Sería un error olvidar a mi excelente amigo [Alphonse] Lequeutre y a nuestro cordial colega, el barón [Aymar] de Saint-Saud, quienes siempre se mostraron dispuestos a comunicarme todo lo que podían saber de la región que estudiaba; así como a J. Hansen, mi colaborador en el atlas universal Vivien de Saint-Martin, quien, en el verano de 1882, tuvo a bien caminar por algunos valles por los que no tuve tiempo de pasar […].

”Finalmente, debo agradecer a mis guías Henri Passet, Célestin Passet, Pierre Brioule, Pierre Pujo y Barthélemy Courrège, por no citar sino a los principales, que, ciertamente, no han sido únicamente unos guías para mí, sino unos amigos.

”¿Y qué decir de todos esos desconocidos, pastores, cazadores de rebecos o simples porteadores, cuyos nombres se han borrado de mi memoria, pero que me han ayudado a cargar con el peso del material de mis tareas, me han acogido bajo su techo y enriquecido con su experiencia, dándome a veces en un minuto el resumen de toda una larga vida de privaciones? ¿Cómo olvidar a ese leñador […] que compartió conmigo su ración de pan, ya muy reducida, y su odre, ya bastante vacío, y que además me explicó la configuración y me dio los nombres de toda la región circundante? Si todavía existiese la vieja costumbre de dedicar las obras en las que se ha puesto una parte de su vida, dedicaría mi mapa de los Pirineos centrales, primero a esos guías que nunca han escatimado ni penas, ni devoción, ni peligros; seguido, a la pléyade de desconocidos, de discretos y de olvidados, que son los autores tanto más que yo, de aquéllos que lo tenían disperso, incoherente, inconsciente y como adormecido en su cerebro, y que me han revelado cada uno su migaja de ciencia, su pequeño trozo de descubierta, su intuición de algún hecho que no imaginaba en absoluto. Entre la naturaleza muda y quienes, viviendo en su intimidad, me han hecho aprovechar su cándida y profunda experiencia, no he tenido que crear nada, solo he tenido que recoger”.

Supongo que las explicaciones schraderianas resultarán de lo más significativas… No hay duda de que las designaciones de montañas privaron de sueño a nuestro cartógrafo en más de una ocasión. Es lo que se deduce de esta amplia “Note sur la carte à 1:20.000 de Gavarnie et du Mont-Perdu”, editada desde el número 136 de La Montagne (mayo-junio de 1919), y que he tenido que recortar para centrarnos en lo esencial:

“Si la toponimia, es decir, la definición de las formas del terreno, es el verdadero objetivo de los mapas de montaña a gran escala, por otra parte, para reconocerse en dichas formas, los hombres les han impuesto nombres que la cartografía debe registrar, aunque esa parte del estudio no tenga ni el rigor científico, ni siquiera el carácter expresivo de la parte topográfica.

”Es cierto que, para algunos, la topografía posee, por su misma indeterminación y por las discusiones que favorece, un encanto que le falta a la severa topografía. Otra razón para esta preferencia es que la toponimia constituye una actuación de hombres que recuerda vagamente la vida y la historia. Respetemos, pues, y cultivemos la toponimia local, pero con perspicacia, reservando nuestra libertad de espíritu, como conviene a la consideración de una ciencia a medias donde la precisión no existe, donde la fantasía del lenguaje oral reclama su parte.

”Por ejemplo, ¿cómo decidiremos cuál es la mejor forma, la del Tuc Arroye que culmina entre Gavarnie y Estaubé, o la del Tuque Rouye que se refleja en el lago cercano, al pie del Monte Perdido? ¿Entre Astazou o Estazou, cuál será la mejor? ¿Está vetado percatarse de que, en esos dialectos mal fijados que varían del valle principal al vallecillo cercano, las pronunciaciones viciadas, vagas y descuidadas, son la causa evidente de deformaciones?

”Afortunadamente, los toponimistas, animados por un espíritu abierto, como la mayor parte de quienes componen la Comisión de Toponimia pirenaica, han abandonado el espíritu exclusivista en esta materia donde el rigor no existe. Han comprendido que los dialectos de transmisión verbal que no han podido alzarse hasta el rango de los escritos y cuyo bagaje literario es inexistente, son incapaces de poseer una autoridad rigurosa […]. Pero si, como sucede a veces, un topógrafo que ha realizado una elección meditada, se encuentra con que le tratan severamente por haber doblado una r que otro habría querido simple, o porque prefiere una i a una y, no hay que permanecer indiferente ante este tipo de críticas.

”Los toponimistas pirenaicos que lean con imparcialidad los nombres escritos en el mapa de Gavarnie-Monte Perdido, constatarán que tales observaciones no tienen como objeto el justificar unas diferencias numerosas entre la ortografía que he adoptado y la que ellos prefieren. Desde los comienzos, las discordancias entre las formas que propuse a la Comisión de Toponimia de los Pirineos, y las que ella misma preconizaba, fueron raras y poco importantes […]. He permanecido firme en una cuestión: siendo un admirador, desde la perspectiva de lo pintoresco, de los patois del Suroeste, mi patria local, habiendo conocido en mi juventud el placer refinado, tan raro hoy, de intercambiar con mi abuelo [Jean-Daniel Ducos] las correspondientes bromas en versos gascones, me atrevo a situarme (al menos, desde el punto de vista sentimental), sobre un plano de igualdad con los que hoy disfrutan empleando el bearnés o el occitano […]. Si el objeto designado es de una importancia suficiente, nada mejor que añadir al nombre francés el vocablo local; pero en segundo plano: para que sirva de ejemplo, pic Rouge de Pailla (Tuc Arrouy de Palha); y que se conserve, como yo mismo lo he hecho, la ortografía local para los nombres de menor importancia o cuyos términos topográficos carecen de equivalente en francés: Hourquéte de Palha, por ejemplo […]. Espero que nadie considere que, en mi mapa, he prestado una importancia escasa a esas denominaciones locales, para las que tengo, por el contrario, todo el respeto. Incluso yo diría que les guardo un apego compatible con el empleo de un mapa destinado al público cultivado de todos los países”.

Cerraremos esta tercera entrada con un último apunte de las opiniones de Franz Schrader sobre los nombres de las cumbres. Lo vertía dentro de su estudio sobre la “Carte de Gavarnie-Mont Perdu à 1:20.000”. Extractado del número 148 del Bulletin Pyrénéen (1919), así se daba publicidad a cierto cruce de misivas con el toponimista Alphonse Meillon:

“Para toda esta parte, principalmente para la vertiente francesa, debo insistir con algunos detalles sobre la colaboración toponímica mencionada anteriormente, y agradecer a la Comisión Pirenaica la buena voluntad con la que tuvo a bien examinar la nomenclatura que le había presentado, antes de entregarla al grabador. Me hubiera parecido poco fraternal y menos científico dar a esta nomenclatura una forma definitiva antes de haber consultado a los especialistas sobre detalles más o menos en litigio.

”Un bordelés como yo puede tener sus opiniones personales sobre las denominaciones locales del valle del Garona, y los trabajos cartográficos que han colmado mi vida han permitido hacerme con una especie de filosofía toponímica que, por eso mismo de que concernía a unas publicaciones destinadas al gran público, ha podido modificar mi juicio en un sentido más general y menos local que el de una comisión regional. A pesar de todo, me resulta agradable pensar que las divergencias fueron poco numerosas y, sobre todo, poco graves. Quizás los recuerdos de una infancia en la que vivía a menudo en el campo, al lado de un abuelo que hablaba el patois local [Jean-Daniel Ducos] e incluso era poeta patois en ocasiones, me hicieron más fácil acercarme al punto de vista pirenaico. En suma: apenas en dos puntos accesorios preferí la denominación francesa al patois que me habían recomendado”.

Hasta aquí llegan hoy estos jalones que nos hablan del papel de Franz Schrader en el terreno de la toponimia del Alto Aragón. Pero nuestra búsqueda de nombres por el entorno del hoy Soum de Ramond aún no ha cruzado siquiera su ecuador…

  1. Cuestión esta de la toponimia en extremo espinosa, y que exige un todavía más extremo cuidado y estudio antes de pronunciarse. Personalmente, aún ando en grandes dudas sobre el nombre de la Forca de Cavichirizas, incluso después de haber hablado con algunos antiguos pobladores de Piedrafita. También es significativo el neobautizo de algunas cimas bien conocidas, tal y como cito en https://rondapyrene.blogspot.com/2013/07/la-toponimia-del-valle-de-aisa.html. En fin, ¡ánimo y paciencia!, Alberto.

    • Aunque resulte entretenido lo de recurrir a la transmisión oral, el método suele servir grandes decepciones. O divergencias entre vecinos enormes, diría yo. E incluso tratándose de un solo interlocutor que, como a mí me ha pasado, en cada entrevista te daba un topónimo distinto para el mismo lugar… indudablemente, prefiero recurrir a los documentos escritos, aun con todos sus defectos. De todas formas, ya sabes: las cuatro patas de la banqueta, según el toponimista Sallenave. Muy buenos trabajos los tuyos, José…

    • es tan completo alberto que no imagino en que se iran los otros 7 capitulos que faltan

      • Eso es, Luis: no te puedes ni imaginar…, ¡el embrollo que puede organizarse con una sola ubicación toponímica! Como para ir soltando afirmaciones categóricas y simplistas por ahí… Que disfrutes de las siete restantes, que no son menos densas…

        • los disfruto mucho alberto aunque los leo de poco en poco y de maravilla en maravilla de ver tantas cosas que se escribieron de estas GRANDES MONTAÑAS DE ARAGON

          • Vamos: que o ya eres, o te vas a convertir en «soumramondiano-adicto», ¿no?

          • Vaya. Asi es que Schrader hacía estudios toponímicos. Y sabía que las montañas no estaban etiquetadas. Bueno ahora sí nos quieren imponer una cachirulada. Que además se salta la historia.

          • Ya ves, Makako, qué sencillo resulta decir que los cartógrafos gabachos no hablaban nuestro idioma, o que ponían en sus mapas lo que les venía en gana. ¡Es tan bonito hablar de un modo contundente sin tener ni idea del tema con el que se pontifica! Algunos políticos de nuestra tierra me dan una envidia tremenda, que pueden largar a sus súbditos lo que les parezca ese día. Sin el menor pudor. Y, al día siguiente, pues a otra cosa…

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