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El pico de Añisclo: de Belloc a Briet

En la imparcial crónica histórica, el Soum de Ramond y el pico de Añisclo fueron considerados durante largos años como dos vértices completamente distintos. De modo unánime, sin excepciones. Solo con el inicio del siglo XX iban a confluir sus nombres de una manera que desprendía, como se pronto verá, cierto tufillo a patinazo.

Antes de abordar tan resbaladizo asunto, ya en la entrada siguiente, nos detendremos con un dúo de exploradores que sin duda merecen una consideración especial. Es lo menos que exige cualquier intento por esclarecer un embrollo que no iba a tardar nada en generarse. Es decir: observaremos el contexto de ambas elevaciones cuando montañeses y montañeros consideraban que tanto su situación como sus respectivos nombres se hallaban perfectamente fijados. Cada uno en su correspondiente lado del cuello de Añisclo, se entiende.

Arranquemos con Émile Belloc, un pionero francés que se decidió a recorrer este sector del Macizo Calcáreo en compañía de varios guías locales más que capacitados. Nuestro visitante iba a dar prueba de un notable interés, no solo por las cimas, sino también por la toponimia sobrarbesa: como el grueso de los pirineístas foráneos, venía muy bien dispuesto hacia las tradiciones del Alto Aragón.

Belloc difundía con regularidad sus descubiertas desde el Bulletin Pyrénéen. Así, la aproximación hacia los resaltes que hoy nos importan apareció en los números 22, 23 y 24 de la referida revista bajo un título genérico: “De la vallée d’Aure à Gavarnie par le Nord d’Espagne” (1901). El impulsor de este recorrido poco usual, emprendido inicialmente en compañía de su amigo M. F., se dirigiría primero hacia Bielsa para contratar allí a un eficiente guía llamado Sucarrillo: ya lo había empleado en otras ocasiones, lo mismo que su colega Alphonse Lequeutre. El altoaragonés era de Javierre, tenía unos sesenta años y fue descrito como una persona “tan bajita como fornida”. Mas, para el reconocimiento planeado por el misterioso sector que se desplegaba al sureste de las Tres Sorores, necesitaba recurrir a algún refuerzo de calidad…

La porción más llamativa del viaje del galo se serviría en el número 30 del Bulletin Pyrénéen (enero de 1902), dentro del apartado “De la vallée de Niscle à Gavarnie”. Con objeto de llevar a buen término sus itinerarios por el valle de Añisclo, Belloc decidió tomar como guía a cierto pastor de la zona llamado Marcelino. Una iniciativa más que lógica, puestos a no dar pasos en falso…, y a investir de veracidad sus aportaciones toponímicas. Acompañémosles en sus recorridos iniciales, centrados en una montaña poco frecuentada de la costera meridional del cuello de Añisclo:

“El pastor Marcelino, con quien acababa de realizar un pequeño paseo de ida y vuelta hasta el fondo del valle de Añisclo, me condujo por el camino que habíamos llevado hacía pocos instantes para descender hasta el barranco de la Fon Blanca […]. Giramos bruscamente hacia el oeste, como si hubiéramos querido alcanzar el collado de Escuaín, aunque, bastante antes de alcanzar dicho paso, viramos a la izquierda por el lado de ese pico Occidental de Añisclo [el ahora llamado Sucón] que se alzaba orgullosamente frente a frente del Soum de Ramond.

”Sin resultar especialmente difíciles, las pendientes meridionales del pico de Añisclo, recortadas con bandas calcáreas y terrazas herbosas, con caos y precipicios a pico estériles, exigían, a pesar de todo, un esfuerzo muscular bastante grande para ser ascendidas. Si no fuera por las perspectivas variadas y cautivadoras que se ofrecían sucesivamente ante nuestros ojos, esta subida, bastante poco emocionante, podía haber parecido monótona. Pero conforme el ascensionista se iba elevando por el flanco de esta árida montaña, veía cómo el horizonte se agrandaba de forma progresiva, y los majestuosos panoramas que se dominaban desde la cumbre del pico [Occidental de Añisclo] compensaban ampliamente los esfuerzos efectuados a lo largo de la subida.

”Una hora y media de escalada nos bastó para plantar nuestros pies sobre la cima redondeada de la montaña Occidental de Añisclo, que se alzaba a 2.858 metros sobre el nivel del Océano. Como una ciudadela antigua emplazada al borde de un precipicio horrible, este pico dominaba por un millar de metros a la Fon Blanca y al río Bellós, que rugía sordamente por el fondo de la garganta de Añisclo. Cuatro kilómetros de abismos y de formidables cortados a pico lo separaban de la cima del Monte Perdido. Considerada en su conjunto, la cadena nacía en el pico de Marboré (3.258 metros). Tras haber rebasado el Cilindro (3.327 metros), la cresta que lo corona alcanzaba su punto culminante en el Monte Perdido (3.352 metros), franqueaba seguidamente el Soum de Ramond, y venía para hundirse de algún modo en la garganta de Añisclo [nada dijo del Tuc de Ramond o punta de las Olas]. Alzada de golpe unos mil metros de altura, dicha cresta recorría las puntas de los cuatro picos de Añisclo [el Sucón y las Tres Marías], pasando de forma sucesiva por las cimas escarpadas que recortan las Parets de Pineta […].

”Un tajo gigantesco, la garganta de Niscle o de Añisclo, había seccionado esta aglomeración de relieves altos, formando antiguamente un único alineamiento montañoso, ahora en dos porciones de longitud desiguales: el macizo del Monte Perdido por una parte, y por otra el de las Parets de Pineta. La amplia región que la vista podía abarcar desde lo alto del pico Occidental de Añisclo era de las más bellas. Esta colección de puntas desgajadas, rotas, contorsionadas, reducidas a la mitad de sus dimensiones primitivas por los temblores sísmicos y por los elementos desatados, formaba en las inmediaciones de Añisclo un admirable decorado […].

”Hastiado sin duda por las vistas cotidianas del maravilloso panorama que se disfrutaba desde esta cumbre de los picos de Añisclo [¿que ya había visitado?], incapaz, por consecuencia, de compartir la emoción que me dominaba, Marcelino se impacientó y manifestó su deseo de bajar [pues los guías altoaragoneses no eran tímidos precisamente].

”Desde hacía unos instantes, el buen hombre miraba con inquietud hacia la pleta de los Fragins. Dirigiendo mis ojos en esa misma dirección, distinguí una multitud de puntos blanquecinos que se movían en todos los sentidos sobre praderas esmeraldas: era la ramada, compuesta por cuatro mil carneros aproximadamente, de los cuales era su guardián en jefe. Dispersos aquí y allí, en mitad del inmenso rebaño, centenares de vacas y caballos circulaban en libertad. Unos enormes mastines de los Pirineos, blancos como la nieve, situados a las órdenes de los pastores auxiliares, eran los encargados de vigilar y proteger a este pequeño ejército de inofensivos cuadrúpedos.

”Marcelino, tan consciente de la pesada responsabilidad que le atañía como preocupado por la llegada de un verdadero mar de nubes que rompía la pureza del cielo por occidente y que el viento empujaba con rapidez hacia nosotros, tenía prisa por reunir a su gente y a su ganado para ponerlos en lugar seguro.

”Con grandes zancadas nos deslizamos a lo largo de los flancos abruptos de la montaña y, cuando llegamos cerca de la cabaña, con la noche casi encima, varios millares de animales, balando, la rodeaban ya. Finalmente, cuando todo se apaciguó y se restableció el orden entre los carneros, los pastores dejaron la ramada bajo la vigilancia de sus perros y penetramos en el reducto exiguo y ahumado donde pasaríamos la noche. La sopa, compuesta por patatas y una leche tan cremosa como exquisita, burbujeaba en un enorme caldero suspendido de la pared. Cada uno cogió su parte y le hizo cumplidamente los honores […].

”Los abismos de Añisclo y del macizo del Monte Perdido, cada vez más iluminados por siniestros resplandores o arrojados entre las tinieblas más densas, adquirían aspectos terroríficos. Durante las súbitas apariciones de luz, cuando a través de la tempestad los rayos fulgurantes iluminaban repentinamente las cimas y las nubes, la sublime visión de la montaña incendiada ofrecía un espectáculo mágico”.

Tal fue la ascensión de Belloc, en compañía de un rabadán local, al entonces indiscutible pico de Añisclo. Al verdadero, si se prefiere; al así llamado por los pastores. En una suerte de entente cordial galo-aragonesa establecida en mitad de un territorio eminentemente ganadero. Por lo demás, el forano no dejó de maravillarse frente a todo un universo pastoril del que tomó buena nota, tanto de los usos como de sus nombres. Vamos: que eso de que los viajeros del Norte se divertían pisoteando nuestra herencia cultural vernácula para endosarnos sus gabacherías, habría que revisarlo. Si no se milita en un nacionalismo de lo más cerril, quiero decir.

Al día siguiente, Belloc prosiguió junto a Marcelino su reconocimiento del sector, ahora rumbo a los Sestrales, Bestué, Puértolas… De la mano del número 33 del Bulletin Pyrénéen (septiembre de 1902), podemos acompañarle en su etapa desde Fanlo hasta Ordesa y Bujaruelo. No en vano, por allí se aportarían nuevas precisiones toponímicas que, por lo que parece, estaban refrendadas por los pastores locales:

“Llegamos al fondo de la garganta de Ordesa, totalmente contra las primeras gradas del magnífico circo dominado al norte por el Monte Perdido y el Soum de Ramond, al este y al sur por las crestas que recortan la montaña de la Caseta y el pico de Mondicieto”.

Ya lo creo que sí: los montañeros gabachos se iban interesando cada vez más por las cumbres solitarias del Macizo Calcáreo. No extraña que, un poco por todo, surgieran textos de viajeros que mostraban su respeto hacia las denominaciones locales. Pongamos el caso de A. Dutilh, quien en su recorrido “De Gavarnie à Gavarnie, par Boucharo et Salarous”, publicado en el número 26 del Bulletin Pyrénéen (febrero de 1902), informaba de la existencia de unas preponderantes Tres Hermanas

Siguiendo con los principales exploradores del Sobrarbe, hora es ya de darnos un paseo junto al más reputado de todos ellos: Lucien Briet. Haremos boca con uno de sus trabajos tempranos: “La Géla et le cirque de Barrosa. Autour du Mont-Perdu”. Un artículo para cierto Bulletin de la Société Ramond de 1902 (2ª serie, tomo 7º) donde buscaremos su comentario sobre los panoramas hacia el sur:

“El Macizo Calcáreo se apoyaba en el collado de Añisclo: paredes, terrazas, glaciares y torres, apiladas como en una escalera hacia el cielo. Fue precisamente aquí por donde se planeó y completó la conquista. Próximas a un monte modesto y menos ambicioso, las Tres Hermanas se alineaban: el Soum de Ramond, similar a una cúpula, y el Monte Perdido, como un cono, en tanto que el Cilindro descansaba, con la audacia de una torre del homenaje, sobre un Marboré en plataforma”.

Vale la pena rastrear las referencias del parisino en las designaciones de ciertos relieves, tal y como aparecieron en sus siempre aclamadas Bellezas del Alto Aragón (1913). Lo más oportuno será su ordenación en distintos apartados, pues son muchas las alusiones que hoy vienen a cuento… Así, cuando Briet quiere explicar los “Caminos de acceso” hacia los decorados ordesianos, esto contó sobre la designación del grupo:

“Las nieves perpetuas y neveros que blanquean esta divisoria y también las laderas meridionales de las Tres Sorores explican la importancia del caudal del Ordesa y de su afluente el Cotatuero”.

Será igualmente oportuno que viajemos junto al parisino “De un extremo a otro de la vaguada”, para ver si logró, tras varias añadas de reconocimientos por el corazón de estas montañas, ubicar de un modo exacto sus principales resaltes:

“Se suben aún algunos escalones y los pies tropiezan en enormes bloques allí colocados a manera de piedras sepulcrales, a cuyo fin se desarrolla un hemiciclo, término del valle, y coronado por dos cimas nevadas: el Monte Perdido y el Soum de Ramond. A aparecer tan inesperadamente el circo de Soaso, parece saltar de una caja de sorpresa. Por encima de él y bastante retirado domina el Monte Perdido, pico de aspecto cónico dividido en pisos, que son sus famosas escalas, que se diferencia completamente del Soum de Ramond, cuya silueta semeja la del tricornio de un gendarme y delante del cual se encuentra la Torre de Góriz. La situación menos elevada de esta torre no le priva de poder ser contemplada en toda su belleza, sobre todo cuando al amanecer su silueta se destaca bajo el Soum de Ramond iluminado por el sol. Brilla un fragmento del pico de la Fon Blanca, mas desde el fondo de Soaso no llega el rayo visual a percibir el glaciar que se extiende entre las Dos Hermanas. […] El nombre verdadero y aceptado por los habitantes de valle de Vio a este cuarto de Marboré es Góriz, siendo equivocada, por tanto, la forma Gaulis dada a este vocablo, tanto por el cambio indebido de la r en l, como por no ser pronunciación española la del diptongo au por o; la Torre de Góriz es conocida también como el Morrón de Arrablo […]. En el fondo del anfiteatro [de Góriz] se superponen dos murallas y sobre ellas conos de escombros, sin que lleguen a percibirse más de dos cimas, ya que para alcanzar a ver las Tres Sorores precisa atravesar el río, subir por un talud y apoyarse en las trincheras de la brecha de Góriz; entonces se descubre el Cilindro, a la izquierda y cortado a pico, del lado del collado del Monte Perdido”.

Como puede apreciarse, la muestra de topónimos por parte del siempre minucioso Briet iba a aportar poca cosa al ajuar más furibundamente aragonesista de nuestros tiempos actuales. Pero vayamos con una nueva recolecta de nombres reales, ahora desde el capítulo sobre “La faja de Pelay”, según los anotara nuestro cronista entre finales del siglo XIX y comienzos del XX:

“Las Tres Sorores celebraban su propia apoteosis, y no era tan solo a ellas a las que debíamos rendir homenaje […]. Con gallardía, el Monte Perdido afirmaba su preeminencia, su cúspide se dibujaba en trazos precisos y sus bajadas se acusaban hasta la base del Cilindro y hasta los bajos del Sum de Ramond [sic]. Al pie de este pico, el Morrón de Arrablo o Torre de Góriz se destacaba admirablemente […]”.

Como bien se sabe, Lucien Briet se llevaba fatal con Franz Schrader. Así lo demuestra el parisino en cuanto aborda la cuestión de esos “Datos históricos” que, a pesar de sus acusaciones de copia (de un mapa de Collomès de Juillan que supuso de 1841…, cuando era probablemente de 1877), no alteraron un ápice los conceptos toponímicos asentados por su rival:

“Todo el mundo ha oído decir que antes de Schrader no se había estudiado a conciencia el macizo del Monte Perdido; de [Vicente de] Heredia nadie sabía nada; el Sum de Ramond [sic] era desconocido, y en voz alta se afirmaba que desde el mapa de Capitaine, trazado en 1822 para el servicio de la guerra con España, nada se había hecho en los Pirineos españoles […]. Este mapa, tan curioso como desconocido, […] asigna una altura de 3.305 metros al Sum de Ramond, cuyo nombre se omite; la cima oriental del Monte Perdido va señalada con muchas cotas, las mesetas se marcan en algunas progresivas, mientras se señalan con elevaciones rápidas la Torre de Góriz y la cresta de la Casetta”.

Olvidemos ya las controversias entre Schrader y Briet para rastrear nuevos usos lingüísticos que este último incluyera en su apartado sobre “El valle de Broto, la ribera de Fiscal y el desfiladero de Jánovas”. Avistadas desde inmediaciones de Sarvisé, de este modo le surgieron por el horizonte nuestro trío de Sorores:

“Las Tres Hermanas (Monte Perdido, 3.352 metros) vienen a continuación […]. La cresta limítrofe del valle de Broto es común, allí en adelante, con la del valle de Vio, y pasa, después de separarse del Soum de Ramond (3.245 metros), por la garganta de Góriz (2.348 metros), el pico de la Caseta (2.511 metros) […]”.

Ahora detengámonos con una nueva alusión a las denominaciones dadas por Briet como correctas. Esta vez, desde un trabajo sobre “La garganta de Escoain” que tan acertadas pistas debiera de brindar a los estudiosos no politizados del Macizo Calcáreo:

“La punta del Soum de Ramond, más allá de los picos de Añisclo, muestra sus manchas de nieve y, por último, cerca del centro del desolado paisaje, blancas cortinas coronan una especie de muros lívidos que se oprimen hacia el centro, sin que pueda distinguirse el pueblo de Escuaín […]. Este río [Yaga] nace en la Fuente, que es un brote enorme oculto en la misma garganta de Escuaín, y no en las manchas de nieve entre Sesa y las Tres Sorores, es decir, de las neveras situadas entre los picos de Añisclo y de las Tres Hermanas, como dice [Lucas] Mallada”.

Un jaloncito más. En el “Viaje al barranco de Mascún”, Lucien Briet describía igualmente su marcha, junto al guía torlense Ramón de Víu, rumbo a Planillo y Albella. Repararemos en alguna de sus designaciones del terreno:

“Mientras mis guías descansaban, admiré largo rato al norte la cresta fronteriza. Los picos de Añisclo interrumpían la uniformidad de los Partes, y la garganta del mismo nombre cortaba con su abertura aquella gigantesca muralla. Seguían las Tres Hermanas y toda la parte opuesta del circo de Gavarnie, nivosa […]. El Cilindro conservaba su aspecto de torre, y un ventisquero pequeño agarrábase desesperadamente entre el Soum de Ramond y el Monte Perdido, cuya protección era indispensable para su vida”.

En resumidas cuentas: parece que los pirineístas más escrupulosos que se movieron por el flanco sureste del Monte Perdido a caballo de los siglos XIX y XX, tenían muy clara su toponimia. Autorizada, como era lo habitual entonces, por sus imprescindibles auxiliares sobrarbeses. ¿Por quién, si no?

A modo de compendio de cuanto se conocía en la época descrita sobre el grupo del Monte Perdido, podemos dirigirnos a la edición de 1921 de la prestigiosa guía Pyrénées de la editorial Hachette. En ella figuraban varios mapas y croquis donde, de forma invariable, únicamente se leían (mejor o peor redactados) los nombres al uso: “Las Tres Sorellas: Cylindre, Mont-Perdu, Som de Ramond”. En otras ocasiones se referían al “pico o picos de Añisclo: La Zega”. Un nombre con aire autóctono que parecía englobar al hoy Sucón y a sus vecinas, las Tres Marías. Solo en un mapa se hablaba del “pico de Añisclo”, aunque situándolo al sureste del collado homónimo. Donde actualmente se emplaza el Sucón, vamos. En cuanto a ese “Tuc de Ramond”, hoy conocido como punta de las Olas, no se materializó en la media docena de mapas y croquis que se destinaron a la zona, firmados todos ellos por Franz Schrader.

Habrá que investigar de inmediato el cómo y el cuándo se llevó a cabo ese brinco del pico de Añisclo: desde el extremo sureste del cuello homónimo hasta el opuesto, en el noroeste. Un topónimo que se movería, así por las bravas, ni más ni menos que la friolera de 3’4 kilómetros. ¡Vaya un viaje alucinante el que aprestaba a meterse entre pecho y espalda el nombre de nuestra montaña!

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Comentario

  1. De lo mas esclarecedor y significativo, Alberto. Una gran síntesis que, espero, no haya sido escrita en vano… ¿demasiado optimismo?

    • Optimista sí que eres, José: aludes a un problema político que solo puede tener solución política, eso está claro. Ya se verá cómo evoluciona esta en Aragón. Aunque la Lista Soro esté virtualmente muerta, puede resucitar incluso si les da por ahí. Me parece que sus promotores carecen del menor sentido del pudor. En cualquier caso, me divierte hacerles los deberes: ¡ya les faltan menos tresmiles cuya toponimia explicar…!

      • Celebro que te guste, Luis… Aún quedan cuatro capítulos más, a editarse durante este verano… ¡Que los disfrutes con buena salud y mejor sentido del humor!

    • Magistral Alberto. De verdad de verdad. De verdad de la buena. ¿Nadie se ha puesto en contacto de las Comisiones Toponimisticas de los Paises Aragoneses para pedirte los textos originales? ¿Tu crees que en los Negociados Cartograficos Aragonesianos los tienen? ¿Los habran leido? Un aplauso. Pero solo para ti.