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Del Soum al Tuc de Ramond

No parece que el nacimiento toponímico del (nuevo) pico de Añisclo, en noviembre de 1917, fuera conocido por el montañismo no catalán sino hasta muy, pero que muy tarde. Cuando dicha denominación comenzó a asignarse a una de las Tres Sorores, se entiende. Para el resto del colectivo, la (tradicional) Montaña de Añisclo, con sus pequeñas variantes lingüísticas, permaneció donde siempre: al sureste del collado homónimo.

El pirineísmo seguiría visitando este sector del Macizo Calcáreo con el ritmo calmoso del cuentagotas. Por ello resulta más que oportuno que en la presente entrada acompañemos a un notable clan montañero con aires montañeses: ciertos Cadier establecidos en Osse-en-Aspe. Cuyos miembros, a pesar del relativo alejamiento de su hogar bearnés, rondaron lo suyo las alturas del Monte Perdido. Brindan testimonios del máximo interés, debido a que en esta familia se hablaba tanto el patois como el español. Además, mostraron una pasión por lo autóctono (de verdad) que les llevaría a interrogar de tú a tú a cuantos pastores y guías locales hallaban en cualquiera de los lados de la muga. No me resisto a adelantarlo: en ninguna de sus entrevistas lograron identificar esas designaciones supuestamente altoaragonesas de la punta de las Olas o del pico de Añisclo (referido al Soum de Ramond, que no al Sucón). Lo mismo que pasó con el resto de visitantes a caballo de los siglos XIX y XX…

Una de las obras principales de los cinco hermanos Cadier fue Au pays des isards. Du pic Long au Balaïtous (1904). En este, su segundo raid por la alta montaña pirenaica en torno a la cota de los tres mil metros, dedicaron un capítulo de la quinta jornada (10 de agosto de 1903) a “Las Tres Hermanas”. Acudiremos al apartado sobre “El Som [sic] de Ramond (3.245 metros)”, un pico que ascendieron tras cobrarse primero el Cilindro y el Monte Perdido. Como pronto se comprobará, era la segunda vez que se visitaba en un mismo día las Tres Sorores. Revisemos la aventura de Albert, Charles, Édouard, George y Henri por la vertiente sureste del macizo, si bien limitándonos a cómo discurriría desde su Techo:

“11:40 h. El panorama era prodigiosamente vasto […]. Por la derecha, el Som [sic] de Ramond hacía que nuestros espíritus revivieran por un momento la épica conquista del Monte Perdido [en 1802]. Al oeste, el elegante Cilindro, la nariz del Marboré, las crestas de Gavarnie y una serie de picos muy bellos desde el Vignemale hasta los montes del Aspe. España no era sino una amplia claridad. La extensión vaporosa que hasta entonces inundaba sus valles había desaparecido de forma mágica. Los vientecillos que desde allí llegaban ya no empujaban, sino que acariciaban. Un misterio hechicero planeaba sobre esta inmensidad donde la luz vibraba. Como por efecto de un milagro, la sierra del Moncayo (2.346 metros), más allá del Ebro, y más alejada aún que Zaragoza, a unos doscientos kilómetros, se mostraba al cielo sobre una banda azulada. Agotamos todas nuestras conjeturas antes de llegar a reconocerla. En un primer plano, las nuevas regiones nos intrigaban de manera extrema: los valles de Añisclo y del Arazas, unas grietas talladas a pico, y el Arruebo, una montaña rojiza cuyos pisos circulares se encajaban los unos en los otros.

”13:15 h. Deseando evitar las dificultades encontradas en la subida, hallamos en el viaje de regreso una chimenea más conveniente que podía ser recomendada sin escrúpulos a cualquier trepador que quisiera hacer el Monte Perdido por el sur. Por todos sus tramos, esta pared no ofrecía sino imposibilidades. Dicho paso quedaba a la derecha de nuestra vía de subida y estaba frente al valle del Arazas. Un hilillo de agua de nieve se vertía por aquí en una cascadita […]. Fascinados por el valle de Añisclo, decidimos acudir para acampar en la esquina oriental del altiplano de la Caseta. Con nuestros prismáticos creímos distinguir una cabaña donde esperábamos hallar agua […].

”Más allá del glaciar al que ese nevero se unía, nuestra vanguardia recorrió las aguas torrentosas que por allí salían, y de repente se encontró por debajo de una segunda grada que nada hacía prever. Se rondó en vano, en busca de un paso. Cualquier tentativa de bajar hacia el sur del Monte Perdido hacia la Torre de Góriz debería infaliblemente romperse sobre este desfiladero infranqueable. Así, dos de los hermanos subieron por la derecha, recorriendo por lo alto el precipicio que cortaba la montaña en diagonal. Llegaron a la otra vertiente de una loma recubierta de láminas de esquistos que el Monte Perdido proyectaba hacia el suroeste y que podía ser fácilmente seguida desde la chimenea meridional. Más allá, el desfiladero se rompía en un corto espacio y se dejaba franquear (¿a 2.950 metros?).

”Felices por haber vencido un obstáculo que amenazaba con desbaratar nuestros planes, recorrieron la base cortada a pico y volvieron a la vertiente meridional. A unos cincuenta metros del lugar donde habían retrocedido, y cerca de una bonita cascada, asistieron a las evoluciones de diez sarrios. Ante sus gritos, esa manada ágil y salvaje escapó mediante unos destrepes inverosímiles. Quedamos cautivados por esta magnífica región de precipicios y de cascadas, que descendimos de grada en grada…

”15:40 h. Hasta aquí, aquella marcha había sido supervisada por sus dos hermanos que se medían con el malvado Som de Ramond. Un glaciar dentro de un vallecillo separaba a este del Monte Perdido. Por esa vira con forma de terraza inclinada, recorrieron unos desfiladeros de aspecto poco atractivo y, finalmente, se presentaron en un collado que separaba el [Soum de] Ramond del Tuc [de Ramond, hoy punta de las Olas] (3.001 metros).

”El flanco sur del Ramond parecía poco acogedor, por lo que renunciaron a seguir por allí una vía problemática y, poco a poco, convencidos de poder escalar en algún lugar las murallas a pico que habían recorrido, retrocedieron en su camino, tanteando los cortados a pico. No encontraron sino la más absoluta inaccesibilidad, y pronto se emplazaron, entristecidos, a varios minutos de sus mochilas. Por primera vez, ¿irán a rendirse ante una cima? El sol bajaba por el horizonte, por lo que sería imprudente insistir mucho más tiempo sus tentativas. Se aventuraron en un último corredor.

”17:00 h. Ya estaban colgados en una chimenea. De repente, un grito de victoria: ¡Lo tenemos!

”En efecto: subiendo al este, alcanzaron la torreta que coronaba el Som de Ramond (3.245 metros).

”17:15 h. Se alzaba sobre el punto culminante de una larga cresta de ciento cincuenta metros, orientada de sureste a noroeste.

”Dos de los hermanos no querían sino permanecer allí un momento, pero el espectáculo era de una tal magnificencia, tan ricamente coloreado, tan suave de contornos y de tintas, que hizo olvidar cualquier otra consideración, invitándoles a librarse a una admiración profunda. La afortunada posición que ocupaban les permitiría englobar, más rotundamente que desde el Monte Perdido, la extraordinaria porción de España que se extendía bajo las Tres Hermanas, añadiendo la claridad oblicua y la pureza atmosférica que proporcionaba la superioridad de las vistas de la tarde sobre las del mediodía”.

En este punto, la narración de las andanzas deportivas de los Cadier realizaría un alto para explicar las visitas previas que, de forma segura, se habían contabilizado hasta la tercera de las Sorores. Merece la pena repasar la lección de historia que iba a impartir, a través de la pluma de nuestro quinteto, cierto erudito parisino:

“Es una región rara, nos dice [el historiador Henri] Béraldi, quien daría una lista de las ascensiones conocidas.

”El 11 de septiembre de 1877, Georges Devin y Albert Guyard, junto a Célestin Passet y Henri Passet, dejaron a Russell durmiendo en el Abrigo del Monte Perdido (arruinado después), y le soplaron su pico. Dos horas después, Russell junto a Brioule, habiendo escalado el corredor que acabamos de seguir, llegaba a la cima, un tanto malherido tras verse privado de la primera.

”Antes, el 14 de agosto de 1876, [Franz] Schrader había renunciado al Som de Ramond con pesar, para acudir a descubrir la magnífica cresta de Diazas donde, mañana, seguiremos sus huellas. No sabemos si realizó su deseo a continuación [parece ser que sí lo hizo, más adelante].

”El 5 de agosto de 1890, el día de la inauguración del Abrigo de Lourde-Rocheblave, [Henri] Brulle y [Roger] De Monts partieron de Tucarroya para remontar el contrafuerte que separaba el glaciar del Monte Perdido y el del Som de Ramond, e hicieron este último pico desde el primero. Regresaron a Tucarroya para el banquete [de inauguración del refugio].

”17 de agosto de 1892, [Bertrand] De Lassus con Henri Passet. Tras el Monte Perdido, el Som de Ramond fue ascendido por la arista Norte, descendiendo por el sur para ir a dormir al col de la Cascada.

”28 de mayo de 1893: V. Cénac junto a Henri Passet, [François] Salles-Bernat y Caubère. Itinerario de Brulle-De Monts.

”18 de agosto de 1893: G. Collin con P. Pujo. Desde Tucarroya (a las 5:00 h) al Som de Ramond; después, Monte Perdido, Cilindro, Marboré [primera integral en el día de las Tres Sorores]. Descenso por los Rochers-Blancs; en el albergue del Circo [de Gavarnie] a las 3:00 h.

”Finalmente, una tarjeta hallada en la cima dentro de un estuche de hierro nos hablaría de un ascenso de [Lucien] Briet, junto a tres guías o porteadores, por el hombro del Monte Perdido y el glaciar de Ramond (en 1901)”.

No está mal, ¿eh?: las nueve primeras ascensiones conocidas al Soum de Ramond, por gentileza de Henri Béraldi. Pero retomemos la exploración de los ahora troceados hermanos Cadier a partir de la más oriental de las Tres Sorores:

“18:05 h. La imperiosa realidad tomó a los dos espectadores. Era preciso un gran despliegue de energía para superar antes de la noche los obstáculos que los separaban del lugar de acampada. Yendo lo más rápido posible, descendieron al oeste-noroeste, a la izquierda de la cresta, hacia un nevero que estaba enfrente del Monte Perdido y que no se percibía sino desde el reborde superior. Era todo un muro de nieve que sería preciso contornear por la izquierda, entrando al noreste en un corredor muy visible del Monte Perdido, y menos malo que el que no lo miraba (se podría subir para hacer el Som de Ramond por el noroeste). Deslizándose por gravillas y después por el glaciar, riéndose de una insignificante grieta que logró que metieran allí una pierna, viraron al este-sureste y recuperaron sus mochilas.

”Se lanzaron hacia el oeste, descendiendo primero, y después remontando por nieves, morrenas y una loma esquistosa, hasta el paso de la Grada, marcado por las señales de los otros hermanos.

”20:50 h. Siguiendo, como ellos, la base de la muralla, volvieron a la vertiente meridional. Dejaron la Torre a la izquierda, muy cerca, y franquearon muchos resaltes por las raras inflexiones propicias. Evitaron todas las trampas de esta serie de gradas, que era como una escalera de cíclopes sembrada de sorpresas y, a través de guijarros de grés que se movían bajo los pies, alcanzaron el sahariano collado de Góriz (2.348 metros)”.

Un sector semi desconocido de las Tres Sorores iba saliendo a la luz. Insistiremos algo poco más en las descubiertas de los conocidos como Cinq-Frères. Ahora, durante la jornada del 11 de agosto de 1903, desde la meseta de la Caseta y en la loma que separaba los dos collados de Góriz:

“Desde el promontorio donde nos hallábamos, sobre el reborde del valle de Añisclo, apareció al nor-noreste, un vasto agujero de base horizontal entre los desfiladeros gris azulados y cobrizos del Tuc [de Ramond, hoy punta de las Olas] y de las Parets. Unos pastizales subían desde allí, interrumpidos por una sucesión de cascadas. A su izquierda, se veían las cúpulas blanqueadas del Som de Ramond y del Monte Perdido”.

Con el ojo fijo en la toponimia, sigamos progresando con la fraternal cordada de Osse. Más adelante, ya emplazados sobre el collado inferior de Góriz (2.175 metros), esto comentaba un cronista que, posiblemente, fue George Cadier:

“Por encima se ve la Torre de Góriz, las gradas de las Escaleras, que cada una tiene su color propio, ya sea blanco, gris, rojo o negro; en el cielo, el Tuc [de Ramond], el Som de Ramond y su glaciar, el Monte Perdido, Cilindro y Marboré”.

¿Ya he dicho que la familia Cadier frecuentó un Macizo Calcáreo que, por lo que comentaron, les recordaba enormemente el grupo del pico de Aspe…? Pues bien; Charles y Édouard Cadier, junto a otros compañeros, se desplazaban un 24 de septiembre de 1905 para “hacer el Perdido entre los séracs, llegando entre el [Monte] Perdido y el [Soum de] Ramond”. En este punto hay que aclarar que, en su respeto por las lenguas, en sus textos aparecía con frecuencia el nombre montañés de Pergut para designar a la cúspide del sector…

Nuevo salto en el tiempo. Ahora avanzaremos hasta el itinerario emprendido entre el 8 y el 14 de septiembre de 1932 por parte de varios integrantes de esta familia, liderada por el mayor de los Cinco Hermanos. Así, George Cadier avistaba a “el Ramond” desde la cresta de Diazas, donde charló con pastores “de voz sonora”… Es de esperar que en dicha conversación aflorasen los topónimos de cuantos resaltes se percibían con la mirada. De este modo los enumeró desde el puerto inferior de Góriz: “Taillon, Monte Perdido, Cilindro, Soum de Ramond”. Lo dicho: el de Osse servía un bagaje lingüístico tan real…, como decepcionante para todos esos individuos que, en la actualidad, se empeñan empedrando sus listados con aragonesismos extraños e imaginativos. Que jamás explican, claro está.

Se puede rematar este apartado dando un rápido vistacillo a las escasas guías montañeras de la época. Comenzaremos con una Guide Soubiron (1920) donde se quiso compendiar cuanto se conocía del Alto Pirineo durante el primer tercio del siglo XX…

Abramos dicho volumen por su capítulo ocho: descubriremos un croquis del Macizo Calcáreo bastante revelador que se apoyaba, con excelente criterio, en los mapas de Schrader a 1:20.000 de escala. En consecuencia, percibimos allí, en el sector que hoy rastreamos, a nuestro “Soum de Ramond (3.260 metros)”. No parece que tan minoritaria zona interesarse más a Soubiron, quien no añadiría nada sobre dicha montaña ni sobre sus compañeras del otro lado del cuello de Añisclo…

Por lo demás, este autor galo se declaró, desde el primer párrafo, como un perfecto ramondiano. Así, cuando emplaza a sus lectores sobre la brecha de Tucarroya, no puede sino indicarles que dicho portillo “inspiró a [Louis] Ramond su página más entusiasta cuando lo visitó en 1787”. Seguido, transcribiría las palabras del padre del pirineísmo:

“En vano podría tratar de pintar la magnífica apariencia de este cuadro. En vano trataré de describir lo que su aparición inesperada, sorprendente y fantástica, justo cuando cayó el telón y la puerta se abrió, cuando finalmente se alcanzó el umbral del gigantesco edificio. No podía creer lo que veían mis ojos; busqué por ello algún tipo de confirmación o de comparaciones; todo ello resultó a la vez en vano. Aquí un mundo terminaba y otro comenzaba. Nada parecido se había ofrecido ante mis ojos. En mi juventud había visitado los Altos Alpes, a esa edad en la que todo parece mayor y más bello que la propia naturaleza… Incluso desde el Mont-Blanc, es preciso venir al Monte Perdido: cuando ya se ha visto la primera de las montañas granítica, queda ver la primera de las montañas calcáreas”.

Con líneas tan poéticas se enriquecían las guías prácticas del primer tercio del siglo XX. Por lo demás, Soubiron brindó algunos pequeños detalles de toponimia, como por ejemplo cuando aclaraba que, “en 1892, cuando realicé mi primera excursión al Macizo Calcáreo, el nombre de Soaso era desconocido en la vertiente francesa; refiriéndose a esos lugares, todos nuestros guías decían Salto de Golis”. Eran tiempos en los que la Cola de Caballo no pasaba de ser sino la cascada de Góriz o de Soaso… En cuanto a la promoción de las Tres Sorores, de este modo la llevaría a cabo en 1920:

“Después de ver la joya francesa del norte del macizo, el circo de Gavarnie, he aquí la perla española del sur: el valle del Arazas. Tanto para una como para otra, evitaré cualquier descripción ni comparación entre estas dos maravillas. Simplemente recomiendo al turista que pase por aquí con calma y que mire con sus propios ojos, en todas direcciones, a lo largo de todo este recorrido de casi diez kilómetros”.

Se puede simplificar mucho el ojeo de la siempre parca Guide Ledormeur (1928), que habla del itinerario al “Ramond (Soum de), 3.260 metros”. Un texto donde por sistema se indicaban cuantos nombres se conocían de cada montaña. Aquí, el minucioso George Ledormeur solo facilitó uno. ¡Qué cosas!, ¿no?.

Durante largas añadas, ninguno de los viajeros que recorrieron el sector del Soum de Ramond, salvo Juli Soler i Santaló, escuchó en labios de montañeses los términos pico de Añisclo o punta de las Olas. Si los hubieran conocido, no me cabe la menor duda de que los hubiesen indicado. Lo más seguro que como segundo topónimo de los universalmente designados como Soum y Tuc de Ramond. Fijo que sí: la política nacionalista aún no había asomado el morro por las montañas.

    • Pues si que tiene gracia Alberto. Resulta que va un catalan y cambia de sitio el Pico o la Montaña de Añisclo y todos le aplauden en Aragón. Será que es mayor la fobia a lo francés. De todas formas alguien le tenía que poner nombre. Hubiera preferido que fuera un español pero el francés lo hizo antes. Y 45 años antes.

      • En efecto, Makako: casi medio siglo después del bautizo primero de la menor de las Tres Sorores, la en apariencia punta innominada, todo parece apuntar hacia que un muy respetable caballero de Barcelona se confundió de montaña. Y los «españolistas» primero, y los «aragonesistas» después, hicieron suyo lo que pintaba como un simple error (marró de montaña por unos cuatro kilómetros). Así funcionan las cosas entre esas gentes a las que no les interesa la verdad, sino sus gustos personales y sus fines partidistas. Diría yo. Que desde 1917 hasta la actualidad quienes sienten tirria por lo francés hayan hecho suya una denominación supuestamente autóctona, debiera de ser una elección estrictamente individual, que no una imposición gubernativa. Hecha, a mi parecer, de un modo por completo fuera de lugar: si no disponen de datos, pues que simplemente digan «cambiamos ese (y otros) nombres porque sí, porque nos parece, y punto». Democracia autonómica en estado puro.

    • Bravo con la historia de los nombres del pico de Añisclo, Alberto. Me parece mentira que algo así de para tanta buena literatura.

      • En realidad, A. A., se trata de unos retazos de historia que, simplemente, se orienta hacia los nombres de las montañas. Los antiguos, los «de verdad», vamos, no los hoy triste y tontamente politizados.

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