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Donde principia el Gave de Aspe

Los veranos son para llenarlos con salidas a la montaña. Hay que aprovechar los días largos y el buen tiempo, dado que enseguida llega ese otoño que despoja el Pirineo del ambiente estival con luces inimitables, cumbres resplandecientes y…, riachos bravíos con vocación de amazónicos.

El año pasado por estas fechas andaba muy entretenido con los nacederos más fotogénicos de los cursos aragoneses. Tratando de animar la práctica del, digámoslo así, turismo alto-fluvial. Muchos de los torrentillos propuestos pueden sorprender a los más acérrimos de las cotas elevadas. De hecho, alguno de los parajes imprescindibles pirenaicos constituye la cuna de un gran río. Pongamos el caso de cierto circo oscense donde se origina un curso que enseguida se vuelve francés: el del Gave de Aspe.

Por lo demás, los arroyuelos de montaña disponen con frecuencia de sus propias crónicas pirineístas. También el riacho agreste que hoy nos ocupa, pues su ubicación y naturaleza suscitaron desde temprano enormes dosis de curiosidad. Así abordaba Jerónimo Zurita en 1562 los decorados del Alto Aspe:

“Diose a la parte de Aragón desde Santa Engracia hasta cierta partida que llama Biozal con todo Roncal y con la honor que decían de Ruesta y de Biozal que se señala haber sido siempre del señorío de Aragón. Puesto que aquella provincia de Aragón en lo antiguo tan solamente se extendía desde los montes de Aspa entre dos ríos, que el mayor se llamó Aragón y nace en la montaña de Astún junto al monasterio de Santa Cristina sobre la villa de Camfranch en las mismas cumbres de los Montes Pyreneos que se llaman de Aspa del nombre de un lugar que en ellos hay a la parte de Gascuña”.

En efecto: al menos desde el siglo XVI ya estaban bien fijadas las fuentes del Aragón y del Gave de Aspe. Otro erudito investigó casi de inmediato el origen de un caudal que, tras nacer en las montañas de Huesca, se encaminaba con presteza hacia el país vecino. En 1610 el cartógrafo lisboeta Joao Batista Labanha suponía que desde el ibón de Estanés partían las aguas que formaban el torrente de Aspe…

A los exploradores de otros tiempos les interesaban casi tanto como las montañas esas cintas acuosas que se abrían paso entre roquedos en su viaje hacia el océano. Tal sería el caso de Vincent de Chausenque, un declarado admirador de la obra de Louis Ramond. En 1810 nuestro galo quiso contemplar de cerca “la fiereza de la cabeza calva del pico de Aspe”. No eran buenos tiempos para sus compatriotas en un Aragón invadido por las tropas napoleónicas; sin embargo, este militar retirado acudió para ver nuestro nacimiento desde los prados de Kosia, en su excavación en forma de Oule con raíces en el pico de Aspe. Chausenque estudiaría las primeras fuentes del Gave entre sus viejos abetos de entonces, descubriendo “rocas en ruinas, un lugar con aspecto de dar escenas desoladoras de las que huirían todos los seres vivos salvo los osos, que aquí muchas guaridas”.

Aquella excursión temprana hasta el nacedero del Gave de Aspe no iba a sentar escuela. Acaso porque los Pirineos Occidentales, carentes de cotas de más de tres mil metros, no atraían en exceso a los turistas decimonónicos. Sin embargo, fue un apóstol de la alta montaña pirenaica, Henry Russell, quien exploró en 1866 la zona: a nuestro precursor el macizo de Aspe le fascinó por “sus formas extrañas, que se dirían más que Pirineos en Atlas o Abisinia a pesar de los neveros”. Un año después, Russell vería por aquí las “masas bizarras y teatrales de unas montañas púrpuras”.

Los pastores oscenses se sentían como en su casa en el circo alto de Esper, o “de los roquedales”. Aun con todo, hubo que esperar lo suyo hasta que algún hispano se decidiera a reconocer este nacedero. Hacia 1878 el ingeniero de minas Lucas Mallada estudiaba el extraño origen en Huesca de un río del Béarn, sentenciando:

“Es una anomalía en la división territorial: las vertientes septentrionales de estos picos, divisoria natural de las aguas, forman una comarca conocida por los nombres de Cousia o Peñarroya, que permaneció indivisa muchos años entre España y Francia, hasta hace poco tiempo en que nos fue adjudicada, agregándose al valle de Ansó, tal vez porque esta villa tenía en siglos remotos predominio sobre ella… Siendo [arroyo] muy de notar el Camboné, que en cerca de dos kilómetros, con la dirección sur a norte, cruza desde Bernera los altos muros que levantan sobre el valle de Aspe las gargantas de Aísa”.

La original situación de un curso que brotaba en España para, a los pocos kilómetros, irrigar los valles y llanuras franceses, era una curiosidad demasiado fuerte como para no atraer a otros andarines coetáneos. Como el cartógrafo Édouard Wallon, quien visitaba en 1878 el pronto bautizado como collado de la Garganta de Aísa, un portillo abierto a 2.301 metros de altitud que más tarde sería conocido como la brecha Wallon. No dejó de maravillarse ante los precipicios que mostraba hacia el norte desde unos picos superiores que presumían de “panoramas inconmensurables e indescriptibles”.

Nuestro nantés pensó que era cuestión de arrancarle algún turista a esas muchedumbres que, desde el norte, buscaban las zonas altas a partir de los epicentros vacacionales de Gavarnie, Bagnères o Luchon. Así pues, Wallon acertó a proclamar en 1883: “Aspe, uno de los valles que más sorprende del Pirineo, y que cada vez muestra un encanto novedoso”. Bastante solitario, hubiese tenido que apostillar.

Asimismo en 1878, Léonce Lourde-Rocheblave se allegaba hasta el mismo decorado para confirmar lo que en los centros turísticos parecía desconocerse:

“El de Aspe era el último gran valle del Pirineo hacia el Atlántico, con la extraña anomalía que tenía sus fuentes en España, a unos dos kilómetros de la frontera, que franquea en el Paso del Aspe. Luego, discurría cincuenta y seis kilómetros hasta que se fundía en Oloron con el Gave d’Ossau, para formar con él el Gave d’Oloron”.

Por añadidura, Lourde-Rocheblabe viajó hasta esas fuentes para percibir entre sus roquedos las trazas de esos antiguos glaciares que moldearon el valle de Aspe, que imaginó fácilmente recubierto por los hielos. Sin duda que el francés quedó cautivado por los encantos de una hidrología que presentaba un “río de gargantas salvajes y con cascadas no muy numerosas que rivalizaban con cualquiera del Pirineo, incluso con la de Lescun”.

El manadero del Gave de Aspe iba a tener mucha suerte. Porque en el curso de la llamada Edad de Oro del Pirineísmo sabría cautivar a un quinteto de montañeros de primer orden: los hermanos Cadier. Estos escaladores, acompañados con frecuencia por alguno de los numerosos miembros de una familia establecida en Osse-en-Aspe, hicieron un poco suya todo este sector desde al menos 1891. En 1903, Édouard Cadier lo comparaba con el valle de Luz por su longitud, dirección y estructura, aunque en el caso aspés contara con unas cotas bastante más modestas. A cambio, disponía de “un Gave impetuoso con aguas donde bullían las espumas”. Así, el circo de Somport sería para nuestro imaginativo pirineísta una suerte de Gavarnie, con el pico de Sesques ocupando el papel del Néouvielle, y el de Anie el del Vignemale… Además, ambos Gaves (de Aspe y de Gavarnie) surgían de un circo magnífico, algo más restringido el coliseo del bearnés, calificado de “capricho del trazado fronterizo para que nazca aragonés”. Como no podía ser de otro modo, este Cadier visitó el hemiciclo de sus fuentes: la Llena Bozo era como el Marboré; la Llena de la Garganta, como el Cilindro; el pico Aspe, como el Monte Perdido; la punta de Lecherín, como el Soum de Ramond… El mayor de los “Cinco Hermanos” cerró su fantástica analogía preguntándose: “¿No es este gran monte calcáreo del Aspe una especie de monte perdido?”.

Por lo demás, a los trepadores Cadier les intrigaba el misterio de las aguas de Estanés, cuyos caudales acaso se repartieran entre España y Francia. Justamente el curso de una de estas aguadas fue una de las rutas predilectas de los de Osse para internarse en territorio español:

“El Gave ha excavado el agujero del Paso de Aspe a través de una colosal muralla y cae en furiosas cascadas de España a Francia. Exige diez minutos de ruda escalada”.

No todo iba a ser contorsiones atléticas para los Cadier. También investigaron entre los aragoneses que guardaban sus rebaños junto a las fuentes del Gave, quienes pronunciaban Aspé (que no Aspa). Se maravillaron por la vía enriscada que seguían estos pastores para subir con leña del bosque de Sansanet, poniéndose sin titubeos en peligro con cada una de sus cargas. Sea como fuere, resulta grato acompañar a Édouard Cadier en su periplo hacia nuestro nacedero, allá por 1903:

“Luego se llega a un vestíbulo salvaje al que sigue un palacio de rocas y nieves que las mil fuentes del Gave llenan de música. El circo de Aspe lo rodea con crestas desgajadas, una arquitectura sobria, con paredes de despeñaderos que dejan la impresión de un inmenso edificio cerrado: hay casi mil metros de desnivel al pico de Aspe”.

En cuanto al nacimiento propiamente dicho de este río oscense, lo describieron los Cadier de este modo:

“Una graciosa cascada que brota desde un estrato violentamente retorcido que es la auténtica fuente del Gave. De un agua tan deliciosa en un escenario tan bello que impone parada. Cerca están los cobijos del Aspe donde viven los pastores aragoneses. Hay un fuerte contraste tras la brecha: se diría que se pasa al trópico y al sol ardiente desde un mundo boreal”.

Bien se ve que a estos hermanos escaladores les gustaba nuestro nacedero. Y, en otra ocasión, lo visitaron durante una crecida del Gave, “cuyas aguas bajaban con un estruendo infernal, por esa escalera de rocas de acceso que servía como lecho”. Los célebres Cadier, maravillados ante las bellezas de “una zona poco atendida a pesar de ser verdaderamente interesante”, dictaminaron que dicho olvido era poco menos que “una afrenta”.

De esta forma funcionaban los apasionados de los encantadores ríos de montaña pirenaicos. Unas bellezas acuosas de las que no siempre somos conscientes que las tenemos justo al lado, discurriendo entre rápidos, espumas y remolinos.

  1. Ríos, cumbres y montes. Verdaderamente le pegas a todo Alberto. En serio que da un gusto enorme leer estas lecciones magistrales de historia para conocer el Pirineo y disfrutarlo. Saber para amar.

    • Es una frase afortunada la del cierre de tus amables comentarios, Makako: también soy de los que creen que para querer algo es preciso conocerlo cuanto más mejor… Disfruta de tus pateadas hacia los reinos enriscados…, !o los de las pozas!

    • se me pasaba que vivan los rios de todo nuestro aragon alberto

      • Ya lo creo que sí: el excursionismo por las zonas altas de los ríos de Aragón es una maravilla… Con no pocas sorpresas… Un saludo rápido, Luis…

        • Me maravillas Alberto. Pasas del llano a las cumbres como Mercadal, que no sé si lo conoces. Enhorabuena por dar de nuevo en el Blanco.

          • Ay, A. A., perdona, que he estado fuera y estoy aterrizando. Como Mercadal: del Llano a las Cumbres he ido, y ahora de regreso al Llano… Muchísimas gracias por tus, como siempre, amables palabras…

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