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Rescatadores de montaña

Remataremos hoy la pequeña trilogía estival dedicada a un club, Montañeros de Aragón, que cumple noventa años de existencia. Esta vez, a través de la crónica poco conocida de unos socios generosos que se comprometieron bien tempranamente en el auxilio de quienes se veían en aprietos tanto en cumbres como en paredones. Cuando nada relacionado con el socorro alpino existía en nuestro terruño, ciertos Montañeros pusieron en marcha unas iniciativas que merece la pena recordar. Y aplaudir, desde luego.

En cuanto al detonante de esta historia… Con el inicio del Tercer Milenio apareció por las librerías cierto librito firmado por el doctor José Ramón Morandeira donde se reflejaba su visión del origen de las unidades de socorro en montaña de Aragón. Como consecuencia de dicho trabajo, otros dos consocios suyos, Jesús Pérez Poncho y Julio Porta, redactaron estos “Matices de la historia del rescate en montaña” con los que quisieron difundir alguna actuación que no había quedado plasmada en el texto de Jotaerre, o que había sido explicada desde otra perspectiva. El artículo que hoy nos ocupa se publicó en el Boletín de Montañeros de Aragón número 68 bis, en mayo-agosto de 2002. Nos centraremos solamente en sus aspectos históricos:

“Corría la primavera de 1965, cuando José Antonio Bescós y Julián Vicente, que habían estado en los Alpes en un cursillo de socorrismo o algo así, nos reúnen en Mezalocha a todos los miembros de la ENAM (Escuela Nacional de Alta Montaña) de Zaragoza, a mostrarnos el uso de medios de fortuna (clavos, cuerdas y mosquetones) para auxiliar a compañeros que podían sufrir algún accidente escalando y poder así descenderlo con el material que se tuviese a mano; esto, naturalmente, era ni más ni menos que una ampliación de los conocimientos propios de la técnica de instrucción de la Escuela […].

”Refrescando un poco la memoria, me recuerda Julio Porta que, en 1964, ya recibíamos instrucción de primeros auxilios del doctor Antonio Gimeno, quien colaboraba con la ENAM aragonesa para intervención en accidentes. El 2 de junio de 1965, mi compañero José Luis Lalana sufre una descomunal caída en la vía Anglada-Guillamón en el Mallo Pisón de Riglos: se rompe el húmero, brecha en la cabeza, contusiones varias, etcétera, etcétera. Ese día, no hay nadie en Riglos excepto Julio Porta y José F. Martínez Peco; el resto de compañeros están celebrando la Acampada de San Bernardo, en Rasal. Después de pedir socorro, suben a mi altura (debajo de la entosta), vivaqueamos a pelo…, y a esperar a mañana, que vendrán más compañeros (ya están avisados) para ver cómo deshacemos este entuerto. En el descenso, utilizamos el sistema que hemos aprendido, practicado y entrenado bastante con los medios de fortuna y así, finalmente, a media tarde, llegamos con el herido al suelo. Ha sido muy laborioso pero ha funcionado bien, afortunadamente.

”En el invierno de 1967 ó 1968, los vascos Patxi Berrio y A. Ortiz, sufren un accidente en la cara oeste del Naranjo de Bulnes y fallecen los dos; al pie de la pared se congrega toda la ENAM vasca, navarra, cántabra y castellana. ¿Qué hacer?, ésta es la cuestión. No hay material de socorro, no hay grupos de asistencia organizados y sí muchas ganas de sacarlos de allí, ¿pero cómo?

”Al fin, se decide subir a la cumbre por la vía normal, descolgar a la brava a una cordada (están cerca de la cumbre) y sacarlos de allí cortando las cuerdas; no hay otra manera. Aquello causa gran conmoción a nivel nacional pero, como tantas veces, pronto cae en el olvido.

”En la primavera del 67 (Semana Santa), durante una Alta Ruta Invernal en el macizo de Marboré, tuvimos ocasión de conocer a un singular personaje: José Luis Arrabal, alias Miembro; este montañero, de Madrid, con largas melenas hasta media espalda (era un beatnik de la época) pronto se hizo amigo nuestro, concretamente de Manuel Antoñanzas y mío: mantuvimos una cordial relación durante bastante tiempo; vino a escalar a Riglos y quedamos después en devolver la visita a Pedriza, pero esto ya no pudimos realizarlo.

”En invierno de 1969 ó 1970, quedó atrapado, también en la cara oeste del Naranjo, en compañía del potente Gervasio Lastra: juntos sufrieron en la cornisa de Plaza de Rocasolano (como la bautizó Rabadá en la primera ascensión) unos quince terribles días en los cuales al pie del Naranjo se dieron cita la plana mayor de la ENAM y GAME de Castilla, Vascongadas, Cantabria y Cataluña, entre otros muchos montañeros. Como en la situación anterior, la misma pregunta: ¿qué hacemos?, y ¿cómo lo hacemos? Finalmente, como la vez anterior, sin orden ni concierto, se les pudo izar a la cumbre y bajarlos con un helicóptero Alouette francés, pero no del grupo de socorro, ya que éste no existía. José fallecería días después: tenía una insuficiencia en la arteria aorta y siempre tuvo muchos problemas con el frío; esto me lo contó, tiempo después, su compañero habitual Joaquín Rodrigo Burillo. Como en la ocasión anterior, prensa y medios de comunicación a degüello con la montaña, montañeros y ¡¡qué pasa con las autoridades!!, etcétera, etcétera.

”A partir de aquí, a las altas esferas llega la voz popular y alguien piensa que hay que hacer algo en este sentido. En Aragón y, concretamente, al Presidente de la Federación Aragonesa de Montañismo, Félix Cruchaga, se le invita a una reunión con la Guardia Civil y allí se presenta en la Comandancia de Huesca, que es la solicitante de la misma, con Gregorio Villarig como Director de la Sección Aragonesa de ENAM, teórica responsable de los inexistentes Grupos de Socorro en Montaña, de la que jerárquicamente dependen [sic]…

”La reunión con el teniente coronel Luis Mecerreyes, Jefe de la Comandancia, fue totalmente anodina y en ella casi toda atención fue a las largas melenas que por entonces lucía Goito [Gregorio Villarig], de las cuales hizo más de un comentario un tanto fuera de lugar; pero, no obstante, allí se dejó claro que el socorro en montaña solo podía hacerse de manera profesional, con medios públicos, pero de ninguna manera con docentes totalmente amateurs, como éramos nosotros. Se contempló también la posibilidad del Ejército, pero finalmente se llegó a la conclusión de que este servicio encajaba mejor realizado por la Benemérita.

”Tiempo después, tras reuniones, conversaciones, contactos telefónicos, etcétera, y ya con ideas más concretas, nos reuníamos por vez primera un 7 de diciembre de 1971, en Riglos, con los guardias que venían al mando del sargento Carbonell, un personaje simpático y pintoresco que pronto se involucraría en este menester del socorro. El primer contacto (con un día lluvioso) fue un tanto frío y distante; había algo que no terminaba de romper: por un lado, la obediencia al superior jerárquico chocaba con nuestra total anarquía en casi todo. No obstante, nos dividimos en grupos y fuimos a hacer escalada artificial (no habían hecho nunca) a la cueva de la vía Blanchard (Fuertes, Porta y tres guardias), principio de la Carnavalada (Crespo, Faguas y cuatro guardias), Chimenea de los Cachorros, etcétera. No recuerdo más, han pasado treinta años: comimos en Casa Carasol y el guardia Pétriz nos deleitó con su acordeón.

”Pasado aquel primer momento, y ya roto el hielo, descubrimos a unos tíos estupendos, muy fuertes, que aprendieron enseguida todas nuestras enseñanzas, y que en varias salidas más se habían puesto al corriente de casi todo; hay que pensar que ellos eran profesionales que venían con un fin muy concreto para desarrollar su labor en el futuro ya desde aquel momento, mientras que, para nosotros, era la montaña nuestro pasatiempo.

”He de hacer hincapié a un desafortunado comentario que he oído en alguna ocasión, de que los guardias venían con la indumentaria que los caracterizaba, es decir tricornio, naranjero y capote; pues bien, esto es rotundamente falso: ellos venían pertrechados a la usanza montañera de la época, es decir pantalones bávaros, jersey y chaquetilla-anorak y, como prenda de cabeza, llevaban una boina similar a la que llevan casi todas las FFAA. Llevaban también las botas modelo Galibier marrones de fuelle, lo mejor que había en el mercado; eran, eso sí, bastante poco adecuadas para escalar en el conglomerado de Riglos; también portaban un arma corta, como manda el Reglamento. En cuanto al resto del material, era bueno y nuevo; desde luego, igual o mejor que el nuestro.

”Como bien dice Julio Porta, que fue uno de los más dinamizadores del grupo, a partir de aquel momento empezamos a ver otra Guardia Civil más personal, más abierta fuera del entorno del Cuerpo y que dio como resultado el conocimiento de unos compañeros excepcionales en todos los aspectos; ellos hacían el trabajo ingrato de transportar peso, subir con mochilas (eran muy bien mandados), y soportaban alguna broma que otra como nadie. Mientras tanto, el artífice más importante (e ignorado para algunos) de todo este evento, Félix Cruchaga, hacía su labor junto con el sargento Carbonell, en más altas esferas, mientras ya empezaba a llegar el material adecuado (torno Poma) más pesado, con el que se hacen las primeras prácticas; el incansable Julio Porta, aparte de hacerle algunos retoques en el taller de Rafael Montaner, monta el primer operativo en serio, que consistiría en bajar desde el Macizo del Pisón hasta el suelo a un herido en camilla, denominada Operación Vecino.

”El 29 de octubre de 1972, y a lo largo de los trescientos veinte metros de pared, nos colocaríamos ocho grupos de tres o cuatro personas: un civil, un guardia, un portor y un controlador del manejo de cuerdas, que subiríamos unos por los Cachorros, otros por el Macizo y los demás por diversas vías. Toda esta operación se montó en tres horas, más una hora y media que costó bajar al herido inmovilizado en la camilla hasta el suelo. Fue, sinceramente, una obra de arte (ver el Heraldo de Aragón del 12 de noviembre de 1972).

”Posteriormente, se realiza otra similar en la aguja Roja, que consistió en bajar al herido por la cara sudeste, incluido el paso horizontal. A partir de aquí, los guardias comienzan a caminar solos, pero apenas cuentan con medios y tienen que hacer el socorro a la brava; es decir: salir a cualquier hora del día o de la noche, subir al valle o al punto del accidente a pie, sacar al accidentado en la ingrata percha Barnaud o en el Cacolet (que pesa más que el herido), a las costillas y bajarlo hasta la ambulancia, que solía estar a horas de camino. Esto, naturalmente, no puede continuar así, porque se sigue teniendo que depender del helicóptero francés y pagar unos gastos que ascendían aproximadamente a unas 450.000 pesetas de la época, y que se hacía cargo la FAM, vía Mutualidad General Deportiva.

”De nuevo, Cruchaga, Antoñanzas y Carbonell vuelven a la carga a través del teniente coronel Mecerreyes, para lograr que de una vez esto comience a funcionar con los medios adecuados, cosa que va lográndose muy lentamente, mientras los grupos de guardias socorristas van incrementándose en número y calidad; han aprendido a esquiar extraordinariamente y, en cuanto a montaña, son sencillamente magníficos: han realizado gran cantidad de operaciones con éxito. Entre otras, recuerdo el rescate de un accidentado en la cara sur del Tozal del Mallo, antológica. No tienen ya nada que envidiar a los franceses de las CRS (Compañías Republicanas de Seguridad); únicamente, que no tienen todavía los medios tan avanzados con que ellos cuentan, pero ya está todo en el buen camino.

”Poco me queda ya que comentar de aquellos primeros tiempos en que, prácticamente sin nada, se constituyó el primer grupo, por vez primera y de forma seria con la Guardia Civil, de lo que sería el verdadero y auténtico socorro en montaña. Finalmente quisiera recordar a todas aquellas personas que hicieron posible la colocación de la primera piedra en este tema o, lo que es igual, el germen que tan bien prendió hasta llegar a nuestros día; entre otros, sin duda alguna, el desaparecido Félix Cruchaga, Presidente de la FAM, que lo hizo de maravilla, un hombre que sobre todo hacía y dejaba hacer, Fulgencio Carbonell Chencho, junto con sus queridos guardias, entre otros: Utrero, Monjas, Pétriz, el Chato, Villegas, Toribio, Valentín, Pepón, Lucas, etcétera, etcétera. Me dejaré algunos, ya sé; pero, junto con Julio, Ramón, Fayos, Fuertes, Urcina, Monzón, Ascaso, Solans, Alcay, Expósito, Carnicero, Faguas, Asensio, etcétera, y, sobre todo, Manuel Antoñanzas, que trabajó como nadie en la continuidad de aquel primer grupo, ya como Director de la ENAM hasta mediados de los años ochenta. De acuerdo con Julio Porta, me sumo a la idea de que se le debe el reconocimiento a su extraordinaria labor en este tema […].

”Tiempo después ya, vendría el capitán José Fernando Abós, se crearía el CAEM, se dotaría de helicóptero etcétera, pero los comienzos fueron como se citan y, si hemos de hacer historia, hagámosla con el rigor que debe de hacerse; máxime, cuando todavía estamos por este mundo los que algo tuvimos que ver con aquello…”.

De esta manera rotunda se implementaba la crónica del rescate en montaña aragonés: iniciada por Morandeira; continuada y matizada por Pérez Cuartero y Porta. Una porción no demasiado difundida de una serie de actos desinteresados en la que participaron algunos de los mejores trepadores de Montañeros de Aragón.

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Comentario

  1. Hacía falta, ya lo creo, recordar cómo se inició la historia de los grupos de socorro. Y admirarnos de lo que han llegado a ser en la actualidad. Espero no tener que utilizarlos, pero si llegase el día, sé que estaría en las mejores manos (incluso mejor que el espejo francés en el que tano nos mirábamos no hace tanto tiempo).

    • si coges ahora vacaciones ya era hora alberto y tranquilo que con lo que has dejado del verano tengo lectura asegurada para ratos y ratos