por

Viaje al (verdadero) pico de Añisclo

Hablar con la boca bien grande sobre los nombres de las montañas, tratando de sentar cátedra por las bravas, parece una tentativa de alto riesgo. Aunque se cuente con la envidiable vidilla que proporciona siempre la sombra de alguna Consejería de gobierno autónomo…, si no se tienen todos los datos encima de la mesa (antes de largar el consabido decretazo), el ridículo está asegurado. En tal caso, ha de acudir en auxilio de los designados por algún político como expertos, uno de esos “amateurs sin afán de lucro” que tanto pululan por nuestro colectivo. De mil amores.

¿Seguimos haciéndoles un poco más los deberes a los más que respetables caballeros del Proyecto Tresmiles? En lo que concierne a las designaciones reales de “la más chica” de las Tres Sorores… Es una cumbre importante que quizás les tendría que interesar a sus, sin duda, bien duchos toponimistas de plantilla. Pues retomemos el hilo de nuestra crónica histórica.

Entremos ya en materia. Así, puede afirmarse que cierta iniciativa que hemos visto con anterioridad (ya fuese “rebautizadora”, ya “reivindicativa”) procedente de Barcelona y referida al Soum de Ramond, tardó lo suyo en cuajar entre quienes acudían al Macizo Calcáreo. Vamos: que, en sus inicios, prácticamente nadie le llamó pico de Añisclo a la tercera de las Sorores. Acaso porque tan confusa propuesta de cambio de apelativo pudo haber obedecido a una sola persona. O a un solo despiste, que cualquiera sabe… De haberse tratado no un error, sino una designación vernácula, sin duda alguna que hubiera pasado al vocabulario pirineísta con inmediatez. Como sucedió, pongamos el caso, con los Posets/Llardana, términos empleados de forma indistinta por cualquier montañero tras la comprobación de su, digamos, veracidad.

Durante las primeras añadas del siglo XX, el pico de Añisclo (real) permanecería, para el grueso de nuestro colectivo, donde fue situado a finales del XVIII. Podemos viajar hasta su cima verdadera de la mano de un escalador rupturista que, además, colaboraba de forma regular en la cartografía hispana: Jean Arlaud. Este doctor afincado en Toulouse nos legó dos tomos con sus actividades montaraces. Entre las páginas de sus Carnets I (1913-1927) se descubren no pocos detalles toponímicos de las zonas de alta cota del Sobrarbe. Por ejemplo, en el año 1921, cierta cordada arlaudiana reconocía el “Massif Calcaire et cirque de Troumouse (3 al 12 de septiembre)”. Le acompañaremos por los territorios que nos interesan…

Así, un 6 de septiembre de 1921 el grupo de Jean Arlaud y Raymond d’Espouy avanzaba “de Tucarroya a Ordesa por el Monte Perdido, el Salto de Góriz y el valle del Arazas”. Repesquemos cierto apunte revelador de esta ruda jornada:

“La cima del Monte Perdido. Viento frío. El Soum de Ramond está soberbio […]. Buena visibilidad: Espouy toma un croquis donde las Tourets destacan en negro sobre el horizonte”.

Repetiré uno de los fines de esta expedición: los escaladores galos tomaban cotas y recopilaban toda suerte de datos para mejorar la cartografía de nuestras montañas. Pero sigamos su descenso hacia Góriz, prestando atención a la toponimia utilizada por los correctores de mapas de la época:

“Las murallas calcáreas cambian de aspecto a cada momento, y de cuando en cuando le echo el ojo a las cornisas del Soum de Ramond, preocupado por la búsqueda de [Maurice] Heïd, creo ver un campamento a cada paso y escucho el viento lanzando a cada instante un grito de llamada. Nadie responde, por desgracia. Y los pastores españoles que moran en estas soledades no hacen el menor gesto de respuesta”.

Como era lógico, quienes seguían aportando sus rectificaciones en los pliegos, buscaban a los pastores locales para solventar sus dudas de todo tipo. En cuanto al recorrido proyectado por los galos, decir que les llevaría hasta las orillas del Arazas, donde se reunieron con otra misión cartográfica:

“Encontramos inmensos campos de edelweiss y después, por fin, el campamento de Heïd. Este último ha estacionado [sus aparatos] en la cima de la punta de Diazas, desde donde ha estudiado la topografía, y el campamento está guardado solo por una niña de doce años y Pujo”.

Son solo unos esbozos sobre aquellas campañas estivales de recogidas de altitudes y nombres para mejorar las cartas para montañeros que, desde 1874, comenzara a trazar Franz Schrader. Prosigamos con un Arlaud ubicado ahora sobre la Pradera de Ordesa, quien mostraría que estaba plenamente relacionado con los moradores de la vertiente sur:

“Antes de que llueva, llegamos a casa de Bergés, donde nos acoge el hijo del patrón, Ramón (por lo demás, su padre también se llama Ramón). Nos instalamos en buenas habitaciones, incluso coquetas. Dos boches [alemanes] son los comensales habituales de la casa. Baño en el torrente con las primeras gotas de lluvias”.

Han sido cuatro detalles para hacer boca que revelan cómo se iba mejorando, poco a poco, la cartografía sobrarbesa. Dos años después, los de Toulouse regresaban al “Massif calcaire” para una campaña de exploración que discurriría del 29 de julio al 14 agosto. El día 3 de agosto de 1923 esta fue su agitada ronda:

“La Torre de Góriz (2.768 m), el Tuc [de Ramond, hoy punta de las Olas] (3.018 m), el Soum de Ramond (3.260 m) y el Monte Perdido (3.352 m). Horario: salida del campamento 9:00 h, cumbre de la Torre-Tuc-Soum de Ramond 14:30 h, Monte Perdido 15:30 h, parada en el ibón Helado de 16:10 h a 16:15 h, vuelta al campamento 17:25 h”.

Es una pena que Arlaud no se explayase más, dado que la región seguía siendo muy poco visitada por los montañeros. Al menos se pueden revisar sus Carnets II (1928-1938). Más en concreto, atendiendo a un texto del  “Camp du Massif Calcaire” que, acaso, fuera redactado por Jean Prunet, con las andanzas del 1 al 18 de septiembre de 1931. Así, el 7 de septiembre el grupo se despertaba a las 7:00 h en su acampada, posiblemente, en Millaris. Arlaud, Barrué, Derrouch, Ladevèze, Leclère y Séguy salieron en dirección al Monte Perdido a las 6:25 h. A través del capítulo sobre “El Soum de Ramond por el sur” nos podemos agregar al grupo de reconocimiento:

“Ascenso por guijarros en dirección a la Torre de Góriz, dejando a la izquierda el torrente. Subida por la ruta de las Escaleras al Monte Perdido. La primera: unas rocas grises con forma de tubos de órgano, que es franqueada con facilidad. La segunda: una cornisa dominada por un muro donde no se encuentra ningún punto débil. Nos vemos obligados a seguir la cornisa bajo el Soum de Ramond, pasando al extremo del valle de Añisclo y continuar hacia el noreste. Afortunadamente una fisura en el muro nos permite ganar una vaguada que sube derecha hacia el Soum de Ramond y el Tuc [de Ramond].

”9:25 h. El collado, con buenas vistas hacia el norte. Ascenso rápido sin la mochila hacia el Tuc [de Ramond] (3.100 metros). Arlaud observa la región de Añisclo y de Pineta con los prismáticos […].

”Desde el Tuc se vuelve a bajar al collado, donde se recuperan las mochilas. Marcha en dirección a los guijarros del Soum [de Ramond], por su cara norte. Pero hacia el noreste una cresta dentada y blanca atrae las miradas de Arlaud, por lo que se sube por allí con facilidad. Cumbre desconocida señalada sobre el mapa de Schrader con 3.018 metros. Ya hay un hito sobre la cima. Bella vista sobre la arista de Pineta y el puerto.

”Desde este [otro] Tuc, subida sobre guijarros fastidiosos hacia la cresta del Soum de Ramond y por la cresta, yendo hacia la izquierda hasta la cumbre, ganada a las 11:25 h. Allí se ve que hay nubes de tormenta cubriendo el Monte Perdido. Dudas.

”Finalmente se va hacia allí por la cresta, bastante delicada y aérea. Arlaud, con las zapatillas [de escalada] llega al collado por esta ruta. Los demás, también en zapatillas, por los delicados flancos de guijarros helados. Después, por la amplia cresta, pedregosa y clásica, del Monte Perdido, hasta la cumbre, a las 13:00 h […]. Inscripción de esta ruta en el Libro de Cima de la [Real Sociedad Española de Alpinismo] Peñalara. Descenso hacia el lago [ibón Helado] rumbo al collado del Cilindro […]”.

Vamos con otra de las descubiertas arlaudianas por el Macizo Calcáreo: la del 9 de septiembre de 1931, cuando su cuadrilla visitó “la Brecha Passet, el Gran Pico de Añisclo, Escuaín”. Esta vez hubo diana a las 3:30 h, para formar una cordada mixta (de seis hombres y mujeres) liderada por Arlaud: Gaby, Rosy, Maïtena, Séguy, Ladevèze, Négro… Los galos emprenderían la ruta del collado superior de Góriz:

“Se toma la última línea de murallas del Soum y del Tuc [de Ramond], en dirección a la gran proa norteña de Fonblanca, donde retomamos la ruta de 1923 para penetrar en el mismo barranco. Hay que cruzar dos barrancos: los de los torrentes que bajan entre el Monte Perdido y el Soum [de Ramond] por un lado, y el Soum y el Tuc [de Ramond] por otro. Antes de llegar a su proa, el barranco de Fonblanca, se descubre súbitamente todo el valle de Añisclo por el fondo, lo que resulta de una grandiosidad impresionante, aunque eso no es nada comparado con la brusca aparición de frente de las murallas del pico de Añisclo [el de siempre, el Sucón] cuando uno está en la proa, que está dominada por un pequeño cono herboso muy característico.

”Se sigue entonces la cornisa herbosa más allá, que se prolonga en descenso. Está cortada a un centenar de metros por unas lajas donde cae una pequeña cascadita, un paso algo delicado donde se desciende para después volver a subir una decena de metros. Retomamos la hierba y la cornisa se desvanece, descendiendo por unas rocas blancas. Un pequeño pitón blanco hacia abajo y una loma encuadran una chimenea. Descendemos por la chimenea, que aunque es áspera resulta buena. Una pequeña travesía delicada con presas difíciles por la izquierda (desplegamos la cuerda en la rampa para las damas) y, tras unas pendientes de corredores herbosos, no quedan mayores dificultades y vamos hasta el fondo. ¡Gran alegría, pues hemos hallado esta chimenea, tratada de brecha más bien extrañamente!

”Las cornisas más altas del Tuc no tienen aspecto de ser practicables, desvaneciéndose. Pero quizás se pueda descender más cómodamente sobre el mismo extremo, comenzando el descenso sobre su vertiente de Fonblanca y, contorneándola bajo la banda más alta de roquedos. Hay, en efecto, sendas de carneros que parecer dirigirse hacia el fondo. Veamos. Se gana el fondo del valle manteniéndonos lo más alto posible; es decir, recorriendo la base misma de las murallas del Tuc, en particular, la cornisita entallada por grandes lajas mojadas y resbaladizas. Ascenso hacia el collado de Añisclo […].

”Alcanzamos el extremo este del collado de Añisclo. Parece claro que, sin importar lo que marque el [mapa de] Schrader, es más fácil bajar por el este rumbo a la cabaña visible sobre el espolón verde, hacia el medio del collado, y desde aquí enfilarlo de flanco, descendiendo hacia el este […].

”Subida hacia el Gran Pico de Añisclo por la arista que sale del collado. Es fácil aunque esté en mal estado. Las nubes aumentan y todo se cubre. Dos horas de parada a mitad de altura para esperar que el viento disperse las nubes. Nada. Se alcanza la cumbre, desde donde no se ve absolutamente nada.

”12:00 h. La cumbre es una larga arista con dos hitos. Bajamos al sur entre la niebla por el calcáreo blanco. Hay un pitón soberbio por la izquierda, igual de blanco”.

De este modo eran las visitas al verdadero pico de Añisclo en 1931. El así nombrado por generaciones y generaciones de pastores locales. El hollado por pequeños grupos de montañeros desde al menos el último tercio del siglo XIX. A la clarificante descripción de la ruta le añadiremos unas anotaciones al margen que, con toda probabilidad, corrieron por cuenta del testaferro Prunet:

“Descenso del Gran Pico de Añisclo. Por una sucesión de terrazas se sigue el curso de agua a la derecha. Acudir para pasar por encima de un gran barranco blanco, casi contiguo al collado de Añisclo, cuyas grandes lajas claras se prolongan hasta el otro lado del collado. En estas lajas blancas crecen árboles, muchos de ellos muertos, lo cual implica que hay leña en las inmediaciones del collado de Escuaín, así como fuentes numerosas. Sobre la cota 2.200 metros, sobre la orilla derecha del barranco blanco, hay una cueva inmensa […], cuya exploración resultaría seguramente de interés. La inmensa abertura de una cueva se ve en lo alto de las murallas de la derecha del infranqueable barranco de la Pardina. Los dos barrancos que se comunican en el mapa de Schrader son completamente distintos: el del oeste puede atravesarse por arriba, y el del este es un inmenso barranco infranqueable. Hay un roquedo con forma de Esfinge sobre la arista que está entre ambos barrancos”.

Cambio de tercio. Porque una de las claves de esta historia es la llamada “perspectiva desde el Cinca” de las Tres Sorores. Sin embargo, los cartógrafos que acompañaban a Jean Arlaud parecían tenerla clara, dado que el 15 de septiembre de 1931, cuando se hallaban en torno a los Sestrales, distinguían sin problemas a los integrantes de tan célebre trío, de la posterior punta de las Olas:

“Monte Perdido, el Soum y el Tuc [ambos, de Ramond] aparecen por el fondo, uno detrás del otro. Entre estas tres apariciones sucesivas el fondo desaparece bajo los planos primeros como un telón que se sube y se baja”.

Complementaremos el anecdotario del campamento volante del GDJ de Toulouse con unos retazos extractados del 17 de septiembre. Ahora, cuando se dirigían desde las cuevas de Góriz hacia Casa Bergés:

“Diana a las 4:00 h. El tradicional chocolate se ve reemplazado por una laboriosa liquidación de los restos de la víspera: hay cantos y ensaladilla de patatas […]. A las 6:00 h, el hijo de Bergés está aquí. A las 6:30 h, los últimos porteadores de Góriz salen con sus cargas balanceándose sobre los hombros. Los pastores jóvenes vienen para darse un festín de cacahuetes”.

Insistiré una vez más: hay pruebas de sobra de que los pirineístas foráneos tenían trato directo con los pastores altoaragoneses, con quienes se relacionaban de mil formas sin ningún problema aparente. ¿De dónde, si no, podían obtener los topónimos de las zonas que recorrían? Cuando esos nombres existían previamente, claro está. Los cartógrafos serios de entonces tiraban poco de términos imaginativos.

Nos despediremos de Jean Arlaud y su exploración de 1931 con una anécdota producida durante el ascenso desde la Pradera de Ordesa hasta la brecha de Rolando. Allí, el escalador-cartógrafo se volvería hacia el sur para despedirse en nuestra lengua, diciendo: “¡Adiós, España!”.

La labor desinteresada de estos franceses que venían a nuestra tierra para mejorar los mapas de sus regiones más enriscadas fue, hasta hace no mucho, muy bien valorada. De hecho, cuando el montañismo aragonés comenzó a despertar, se podría leer cierta nota editorial desde el número de junio de 1927 de la revista Aragón del SIPA:

“Aragón tiene pendiente una deuda de gratitud con Francia, que el Sindicato de Iniciativa y Propaganda desea saldar. Es el público reconocimiento hacia aquellos intrépidos pirineístas como Schrader, Wallon, Briet, conde de Saint-Saud, que con sus trabajos y publicaciones fueron los que dieron a conocer por todo el mundo las maravillas que atesora el Alto Aragón con sus incomparables bellezas y curiosidades. Nosotros, jóvenes en estas lides, pero sí agradecidos por temperamento, les tendremos perennes en nuestra memoria”.

Eran otros tiempos, no cabe duda. Tiempos más sinceros y agradecidos. Sin políticas nacionalistas de baratillo.

Comentar

Comentario

  1. El problema reside en que los montañeros actuales toman y transmiten en sus blogs, piadas y comentarios los nombres reflejados por los mapas que usan; si estos son errados, tienden a perpetuar un yerro que, al final, termina por autentificarse. No va a ser tan fácil enmendar los errores de la Comisión, mientras estos aparezcan en mapas, postes de señales y otras marcas de uso común. Por ello, tu esfuerzo, Alberto, es tanto más necesario y meritorio,

    • Bueno, José: en realidad, estas recopilaciones históricas no dejan de ser sino las labores previas que todo toponimista SERIO debiera realizar. Porque para «aragonesizar» el nombre de un monte al gusto del caballero al que le han encomendado dicho macizo, pues vale cualquiera… Y, hasta donde sé, hubo poco debate interno en dicha Comisión: me han dicho que se repartieron los montes por zonas y que luego todos validaron las decisiones de sus compañeros; al parecer, por las buenas. Me suena también que se produjo algún cambio tan solo en el tema del pico Mir, o Mur (o del Conde Mooor, ya puestos), pero ante el simple hecho de que alguien les pasó un legajo al respecto que, temo que por las buenas, también quedó validado con la alegría acostumbrada por estos expertos tan particulares del «Proyecto Tresmiles»…
      En fin: que esta serie sobre el Soum de Ramond trata, tan solo, de mostrarle a quien así lo quiera las dificultades que implica una revisión toponímica de nuestros tresmiles. Una SERIA, se entiende… Y, luego, que cada cual se apriete el cachirulo en la frente cuanto desee, que para eso vivimos en una democracia…

    • oye alberto que sin despeinarte y solo con tus libros bajo el brazo estas poniendo patas abajo todos esos inventos de la lista del politico ese

      • Bueno, Luis, ahora llevo el pelo algo más largo y con el airecillo que sopla por Zaragoza… Lo dicho otras veces: encantado de aportar mi granito de arena en eso de iluminar a esos toponimistas desnortados que no navegan entre la historia y sí lo hacen entre la política…

    • Fantástico Alberto. Está muy bien que si ninguna Comisión Asesora llega, pues que algún amateur les haga su trabajo. El caso es limpiar cuanto se ha ensuciado. Lo dijo un sabio: «Sólo a través de la Ciencia y del Trabajo se liberarán los pueblos». A dedazos, a decretazos: no. Vertebre quien vertebre.