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Extraños sucesos en…, los Dientes de los Batans

El próximo lunes, día 30 de septiembre, Jokin Azketa presentará en Zaragoza su libro sobre El tiempo del vacío. Extraños sucesos en el Pirineo (Desnivel, 2019). Una trama donde, entre otras peripecias no menos sugerentes, se entrecruzan los destinos de pirineístas del pasado como Ann Lister o Henry Russell. A modo de pequeño estímulo para que la peña montaraz acuda a las 19:30 h a esta convocatoria en la Librería Cálamo de Mañolandia, aportaré los datos objetivos de uno de los misterios (trepadores) del pirineísmo…

Se trata de ese Affaire de los Batans protagonizado por el autor de su primera conocida: cierto cartógrafo de Montauban llamado Édouard Wallon. Una polémica que nos llevará desde las añadas de finales del siglo XIX, cuando no se conocía ascensión previa alguna a los elegantes Dientes panticutos, hasta el primer tercio del descreído siglo siguiente, cuando finalmente se abrió la caja de los truenos.

Como no podía ser de otro modo, estos peñones cercanos al Balneario de Panticosa llevaban siendo observados desde hacía cierto tiempo por nuestro galo. Por ejemplo, durante su campaña del mes de agosto de 1876… Para sacarla adelante, Wallon partió de Cauterets en grupo formado por su amigo Félix Danton y los guías Clément Latour y Jean-Marie Sarrettes. Su objetivo inicial era el pico de la Badette, que les ofreció las paredes impracticables de sus flancos septentrionales. Una ascensión ardua por su cara noroeste que les permitiría acceder a esa brecha de la Badette desde donde ganaron su meta. Los panoramas desde dicha cumbre bien que merecían el esfuerzo:

“Por el lado oeste sobre todo, la vista quedaba atrapada por el imponente macizo de los Infiernos, cuyos pitones se elevaban por encima de dos bellos glaciares resplandecientes. Al sur, parecía como si se tocase con la mano el pico de Serrato y las dentaduras de los Batans, de los que nos separaba el curioso vallecillo de Bramatuero, un verdadero dédalo de lagos, nieves y bloques graníticos de todos los tamaños. Las aguas de esos lagos (cinco) se vertían hacia el oeste en el vallecillo de Bachimaña y en el Caldarés, que descendía a saltos por la garganta de Panticosa. El cañón de Brazato se soldaba, más allá de Bramatuero, a la cresta de los Batans, por el puerto de Brazato”.

Un nuevo objetivo quedó así fijado: los Dientes de los Batans. En cuanto al descenso desde la Badette de Aratille, se realizaría por la misma brecha, aunque ahora hacia Bramatuero. En el cuarto lago de esta cuenca hallaron huellas frescas de un oso de gran tamaño. Desde el collado del Letrero pasaron a la vertiente del Ara, donde no tardaron en encontrarse con un pastor que les ayudó (¡como siempre!) a aclararse con las diversas puntas limítrofes con Tena. Por el lado de Brazato, les dijo con seguridad que “se hallaban en la orilla de los lagos de los Batans”, y que “se aplicaba el nombre de Batans a todas las crestas que nos separaban del puerto Viejo”. El aragonés les señaló también una cabaña para pernoctar…

Los peñones que hoy nos ocupan aguardaron a Édouard Wallon hasta el verano de 1880. El día 13 de julio salía de Biescas junto al experimentado guía Pierre Pujo, rumbo al Balneario de Panticosa. Allí se despidieron del auxiliar local que habían tomado hasta entonces, Antonio Castillo; para sustituirlo, tendrían que contratar a alguien que frecuentase el sector de Batans. Prácticamente, era la última parcela en blanco de los croquis wallonianos sobre el valle de Tena. Pujo conocía en los baños panticutos a un tal Ramón Bello [¿Belio?], quien en los ratos libres que le dejaba un pequeño negocio en la explanada de los Embajadores cazaba sarrios por las alturas. Sin embargo, este oscense no conocía el acceso exacto hasta las cimas de los Dientes de los Batans, pues durante sus rondas cinegéticas siempre se había quedado por sus basamentos. Vale la pena reproducir la holgada precisión topográfica de Wallon en la víspera de su asalto a dicha montaña:

“Los Batans es el nombre que aplican los pastores y cazadores españoles a las crestas que se destacan desde la frontera hacia el pico de Aratille o de Bramatuero según los franceses. Más allá de la brecha bien conocida de Bramatuero, el cañón de los Batans se curva hacia el oeste, y enseguida hacia el noroeste; aproximadamente, en paralelo a la frontera, y forma un gran arco que delimita, al sur, el vallecillo salvaje y lleno de lagos de Bramatuero, cuyas aguas van al Caldarés, en la cuenca lacustre de Bachimaña. Cuando se sube sobre la cresta de Péterneille, sobre todo a la Badette, se ven todas las dentaduras de los Batans. Destaca, casi en el centro del arco, una serie de torres o de dientes que dominan al resto de la cresta. Tres de dichos dientes difieren poco en altura y forman por su parecido el pico de los Batans. Esos dientes están, en realidad, separados el uno del otro por unas brechas profundas, pero, vistos de perfil (desde los picos de los Infiernos o desde el Vignemale, por ejemplo), se confunden en una sola cima. Varias aristas secundarias parten desde allí, dejando entre ellas abismos contiguos al vallecillo del puerto Viejo de Brazato. Al oeste, la cresta termina en el pico de Serrato y la punta de los Yuans, desgajada del Serrato un poco más al suroeste. Los contrafuertes occidentales de esas dos cimas están bañadas por los lagos de Bachimaña. Al pie de las murallas meridionales del pico de los Batans, se abre una brecha separada por una colina del puerto Viejo de Brazato, hoy casi por entero abandonado. Más allá del puerto Viejo comienza el macizo de Brazato, que se dirige hacia el sur, enviando hacia el este y el oeste una multitud de aristas que forman la serie de barrancos y de vallecillos descendentes, por un lado al costado del río Ara, por el otro al del Caldarés”.

Bien se ve: esos cartógrafos franceses del siglo XIX “ni hablaban con los nativos”, “ni estudiaban la orografía de las montañas altoaragonesas”, “ni mostraban respeto alguno por nuestra toponimia”…

Por esta vez, daremos descanso a la toponimia burdamente aragonesizada. Continuaremos, mejor, con nuestro trío, que abandonaba los Baños de Panticosa el 14 de julio de 1880 a las 5:00 h, para marchar hacia el norte por la senda que conducía al puerto del Marcadau. Sobre las 7:00 h, frente al embudo de Labaza, dejaban dicho camino con el fin de ganar altura hacia el este junto al arroyo de Labaza. Gracias al buen conocimiento del sector por parte de Bello, aumentaron cota con rapidez entre los rododendros y los grandes bloques graníticos.

Las primeras manchas de nieve aparecieron junto a un ibón a 2.455 metros de altitud salpicado de icebergs que, a falta de otro nombre, bautizaron como “lago de Labaza”. Su guía les informó de que hasta sus orillas se acudía para pescar “bellas y deliciosas truchas”. Por el noreste se veían perfectamente tres de los Dientes de los Batans, en apariencia cercanos. Wallon los estudió con ayuda de su catalejo, lo cual le dejó la impresión de que eran “amenazadores e inaccesibles”.

A pesar de todo, nuestros exploradores reemprendieron la marcha hacia una brecha próxima a los Batans, superando diversas terrazas nevadas. Desde la divisoria entre Labaza y Brazato, distinguirían por el sur un gran lago que estimaron en unas tres o cuatro hectáreas. Desde este ibón continuaron hacia el este-noreste por pedrizas muy empinadas entorpecidas por nieve blanda. A las 9:15 h ganaban la referida brecha, a 2.710 metros de cota, desde donde podrían ampliar sus conocimientos del sector:

“Nuestro adversario aparecía frente a nosotros, por el norte. Parecía como si sus tres Dientes nos provocaran desde lo alto de sus espantosas murallas. La punta más cercana parecía la menos difícil, pero era más baja que sus hermanas, que aparentaban tener la misma altitud. Optamos por la del medio. ¿Por dónde la atacaríamos? No lo veíamos en absoluto claro, a pesar de estar ya muy cerca. Lo que parecía evidente era que íbamos a encontrarnos con bastantes dificultades. Desde lo alto de la brecha –que llamamos brecha de los Batans–, el cuadro era del todo polar. Al este, el vallecillo de los Batans o del puerto Viejo quedaba casi completamente obstruido por la nieve hasta su desembocadura en Cerbillona. Destacaban allí cuatro pequeños lagos: los dos superiores, muy cercanos el uno del otro, dormían todavía bajo el hielo, al pie del puerto Viejo, en la base septentrional del pico de Brazato, que se elevaba del todo emperifollado sobre el nevazo, al otro lado del vallecillo, al sur. En el opuesto; es decir, por el lado oeste-noroeste, también había mucha nieve. Me percaté entonces de que por ese lado, al pie de la Torre de Bramatuero o pico de Serrato, había un lago bastante grande que no vimos subiendo. Estaba completamente helado, pero, en medio del campo de nieve circundante, la silueta de sus bordes estaba indicada por un festón verde y azul de una transparencia sorprendente”.

Tras pasar al lado meridional del portillo, Wallon y sus guías se plantaron por fin frente a los muros de los Batans. Allí se forjó el proyecto de ganar el Diente Sur y luego cruzar al Central. Unos sarrios a los que avistaron bajando por una de las chimeneas les dieron la pista de una hipotética ruta de acceso. Tras dejar en dicho punto sus mochilas, los pirineístas iniciaron el asalto sobre las 10:00 h. Únicamente llevaban con ellos los instrumentos cartográficos y una cantimplora con ron. Habían sustituido sus botas con suela tachonada de clavos por unas zapatillas más ligeras.

Para su debut en las defensas finales de los Batans, seguirían las trazas dejadas por los sarrios hasta una arista afilada que les cerró la vía de la chimenea. Desde aquí, tuvieron que flanquear dicha dificultad hacia la izquierda por un itinerario algo confuso, descrito como “un dédalo de agujas todas parecidas”. Para garantizar el descenso, Wallon recurriría a su estrategia habitual de balizarlo mediante trocitos de papel pillados entre piedras. Esta trepada se llevó a cabo entre grandes dosis de prudencia, dado lo suelto de los bloques a los que se tenían que agarrar. Según el cartógrafo de Montauban, el acceso hasta la base de la gran brecha entre el Diente sur y el Central fue complicado:

“Las dificultades son serias casi en todas partes, pues el menor movimiento en falso puede costarnos la vida. A menudo nos vimos obligados a empujarnos los unos a los otros para alzarnos más arriba, sobre una rinconera o una cornisa, donde el primero que llegaba debía colgarse con grandes precauciones para no dejarse arrastrar después, ayudando a sus compañeros a subir a su vez. ¡Fue preciso poner gran atención para no soltar esos desprendimientos que, infaliblemente, herirían o harían caer a quienes se hallaran por debajo! Habíamos emprendido una lucha a ultranza y, sin temer los peligros, escalábamos casi con rabia: tan grande era nuestro deseo de alcanzar la cima”.

El vértice elegido se alzaba hacia el norte, luciendo un aspecto de lo más perpendicular. El último cuarto de hora de escalada resultó sin duda el más arriesgado. Así describió nuestro cartógrafo sus momentos emocionantes:

“Iniciamos el asalto de esa última defensa, que nos reservaba el paso más peligroso de todos. Para franquearlo fue preciso pegarse, por encima de un precipicio, a la pared de una arista en saliente, con el fin de alcanzar, por el lado opuesto, un reborde estrecho y degradado. Más allá de este mal paso, trepamos más fácilmente por unas vetas de esquistos de mica que formaban escaleras practicables”.

Por suerte, el Diente Central de los Batans (2.108 metros) ofrecía una excelente plataforma para la instalación de su instrumental…, aunque ello obligara a que Pujo y Bello permaneciesen cada uno a un costado. Durante dos horas Wallon completó sus observaciones geológicas y, sobre todo, orográficas:

“Al noroeste, la pirámide aguda de la Gran Facha abre la serie de esos bellos picos cónicos de la región de Piedrafita, casi todos de la misma altitud. Más allá de esta primera línea, el Balaitús y el pic du Midi d’Ossau lo dominan todo. Por el lado del oeste, el macizo del Infierno o de Pondiellos se eleva en formidable promontorio, dibujando sus menores detalles desde su arranque en el cañón de Piedrafita hasta la Costuena, su último contrafuerte por encima de Panticosa. Al sudoeste, las bellas murallas de la Partacua y de Bucuesa dibujan más allá de la verde cuenca de Panticosa, uno de esos cuadros de contrastes que la mirada no deja sino con pesar. Por esa parte, la peña de Oroel, más allá de Jaca, deja ver, en una vaporosa lontananza, esa masa cuadrada que le da el aspecto de una inmensa fortaleza. Al sur, todo el macizo tan complicado de Brazato aparece con sus numerosas ramificaciones, y, más allá, la cadena de Tendenera aparece espléndida de colores y de formas. Más lejos, la silueta azulada de la sierra de Guara completaba el cuadro. La región del sudeste era del todo sublime, con sus nieves resplandecientes… Al norte, la tercera punta de los Batans, separada de nosotros por un profundo e infranqueable precipicio, formaba un salvaje cincel para las montañas de Cauterets, de Saint-Sauveur y de Barèges”.

Cuando el galo finalizó, sus dos auxiliares alzaron la torreta de piedras en la estrecha plataforma. Seguido, perdieron altura con tiento, rastreando los papelitos que jalonaban la ruta de subida y luchando contra la impresión de vacío. En el tramo más dificultoso sería necesario que descolgaran tanto los instrumentos como los bastones mediante los cinturones de los guías. Wallon aseguró que “en tales pasos teníamos el aspecto de unas culebras deslizándose sobre rocas”.

De vuelta junto al resto de su equipaje, emprendieron el regreso al Balneario por otra ruta: desde el ibón de Labaza, Bello les condujo directamente hasta la Fuente del Estómago. Por lo demás, el de Montauban desaconsejó que se repitiera el ascenso a ese Diente Central de los Batans que tantos sudores fríos les había costado.

El grueso del pirineísmo alabó la ascensión realizada al airoso peñón panticuto. En 1881 Aymar de Saint-Saud pasó a su vera, destacando esa “cresta de los Batans donde el señor Wallon acaba de realizar la primera y peligrosa ascensión”.

Sin embargo, cierta historia ligeramente agria se iba solapar con estas andanzas wallonianas por el valle de Tena de 1880. Una controversia que estalló veintitrés años después del ascenso primerizo a los Batans, cuando hacía ocho que su protagonista principal había fallecido. Tan tardía polémica se refería a ciertas dudas que despertó en determinados ambientes del Club Alpin Français su conquista de una punta de aspecto vertiginoso como el Diente Central. En 1936 un texto esencialmente compuesto por Henri Brulle abriría un absurdo debate que, como era natural dado el tiempo transcurrido, estaba destinado a no quedar resuelto jamás:

“El 6 de agosto de 1903, Brulle junto a Célestin y Castagné, se dedicó a una ascensión de control sobre ese Diente de los Batans cuyo nombre había hecho vibrar a Wallon. ¿Por dónde fue exactamente Wallon? Estos controladores escalaron la más occidental de las verdaderas grandes puntas. Muy duro. Ni una huella de ascensión. Poco probable que Wallon hubiese llegado por allí. Pero había otra serie de puntas. Brulle se preparó para hacerlas todas…, cuando la tormenta y el granizo llegaron, echando a los curiosos de allí”.

Así, entre los misterios sin resolver de los Montes de Pirene todavía nos queda el de si Wallon, Pujo y Bello (o Belio) se encaramaron un 14 de julio de 1880 al Diente Central de los Batans. Junto con otros, como los que nos va a desvelar Jokin Azketa desde El tiempo del vacío. Extraños sucesos en el Pirineo (Desnivel, 2019), claro está…

 

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Comentario

  1. Pues yo tampoco lo veo claro… supongo que Wallon se refiere al Diente más elevado, relativamente accesible, en tanto que el para mí «Central» (el que tiene tal aspecto desde la Partacua, para entendernos) es bastante más difícil (AD). No he conseguido subirlo en travesía sur-norte. Por el contrario, la punta más elevada es complicada, pero no opone grandes obstáculos por ninguna de las tres aristas que lo sostienen.

    • Te entiendo, te entiendo, José… Ya ni recuerdo cuántas veces he tratado de reconstruir rutas clásicas con poco/nulo éxito. Se ve que no tengo maña para esto… Lo mismo, más o menos, le pasó a Jean Arlaud en los años treinta del siglo pasado, quien intentó en varias ocasiones la repetición de rutas de escalada de Henri Brulle, tío de su amigo Raymond d’Espouy (este último, socio de nuestro Club)…, con resultados negativos. Y eso que se entrevistó para ello con el propio Brulle…