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Un espolón del Bazillac maño

Durante una entrada más vamos a seguir festejando el centenario del parque de Ordesa. Hoy lo haremos a través de una aventura trepadora no en exceso difundida, protagonizada por un reputado dúo de socios de Montañeros de Aragón. Recordaremos igualmente, en plan dos por el precio de uno, los noventa años que acaba de cumplir la sociedad deportiva con sede en Zaragoza.

Cuando se redactó el artículo que enseguida presentaremos, la brecha de Rolando no estaba incluida ni en el Parque Nacional de Ordesa ni en el Parc National des Pyrénées. Pero el gran boquete del Marboré terminó protegido tanto por el espacio galo (1968) como por el hispano (1982). Así, tiene su puntillo recordar, a través del artículo sobre el “Espolón Este del Bazillac”, alguna escalada clásica en los años previos a la preservación de este espacio de alta montaña.

El texto al que nos referimos fue redactado por Ángel López Martínez Cintero, y publicado dentro del número 56 del Boletín de Montañeros de Aragón (septiembre-octubre de 1959). Narra cómo abordó, en compañía de Pepe Díaz, esta trepada entonces puntera: no en vano, la primera había sido realizada el 3 de julio de 1955 de la mano de dos excepcionales escaladores como Bernard Clos y Jean Piron.

Pero dejemos ya que, cuatro años después de aquella primicia, Ángel López nos cuente su aventura vertiginosa junto a Pepe Díaz en el umbral oeste de la brecha de Rolando:

“Nos encontramos en Ordesa a finales de agosto con el propósito de, como hacemos siempre, si el tiempo nos lo permite, tratar de realizar esta escalada, que de antemano sabemos catalogada como difícil. Como tantas otras veces, la moto de Pepe [Díaz] nos ha conducido en unas pocas horas desde nuestra ciudad hasta esta región pirenaica; el que suscribe va todavía sin aclimatar; hace muy poco tiempo que he regresado de Melilla y la contemplación de nuestras montañas ha sido un revivir para mi espíritu, hastiado de tanta monotonía, cansado de la constante inactividad pasada.

”En Ordesa, la noche se presenta magnífica, y, pensando en la jornada del próximo día, nos acostamos temprano. Yo creo que apenas acabo de dormirme, cuando me despierta el campanazo de nuestro despertador. Es la 1:30 h. Pepe dice que tire lejos el cacharro que tanto ruido arma, pero le coloco un pequeño cuento en favor de estas cosas traídas de contrabando y, por fin, se apiada de mi flamante despertador. Como en tantos despertares que anteceden a jornadas montañeras, caras serias y pocas palabras; esto es obra del sueño tan poco amablemente interrumpido. Pero también, a la vez, una de las estampas clásicas que mejor se graban en nuestro recuerdo: a la luz de la linterna, hacemos una última selección de cosas necesarias para pasar el día en las alturas. Nos colocamos las mochilas y partimos a las 2:30 h hacia el circo de Cotatuero.

”El frío de la noche ha logrado despejarnos del todo; en mi interior ya no me acuerdo del agradable calorcillo del saco, momentos antes de abandonarlo.

”Ahora, una vez más, compruebo la inmensa grandeza que nos regala el amor a la montaña. Entre lapsos de nuestra caminata, no ceso de contemplar la grandiosa mole del pico de Gallinero, virgen aún de vías de escalada en su cara más vertical, y es, en estos momentos, cuando saboreo lo que supone para mí esta vuelta a la montaña.

”Tintes de amanecer. Hemos dejado atrás el circo de Cotatuero y sus clavijas. A medida que vamos ascendiendo el tiempo empeora, y Pepe, que conoce esta parte del Pirineo bastante bien, me dice que en la brecha de Rolando tienen casi siempre la costumbre de dejarse abierta la tajadera de la boira. El frío también ha ido en aumento, y a las 6:30 h, el termómetro solo marca un discreto más dos, que, unido al viento que impera en altitudes superiores a la que en estos momentos tenemos, nos hace pensar que las rocas estarán bastante fresquitas.

”Nos dirigimos por pedregosas laderas, matizadas con breves aunque verdes prados, hacia la brecha de Rolando, cuya pared izquierda, mirando desde España, tenemos intención de escalar. Esta pared pertenece al pico Bazillac, alargado macizo de paredes verticales que cuenta con una vía de escalada bastante fácil por la cara francesa, pero que, salvo este pequeño istmo que lo une con el resto de la montaña, sus vertientes presentan asombrosa verticalidad.

”Al fin, nuestras mochilas descansan junto a la Brecha. Tal y como se presenta el día, es más recomendable el jugar a los bolos que el hacer escalada. Pero, en fin, la ilusión vence sobre todo y decidimos que habremos de esperar a que el sol caliente para iniciar la escalada.

”La boira [niebla], procedente como siempre de obsequio francés, aumenta en espesura. Por otra parte, el reloj indica que, si dudamos mucho tiempo, nos tendremos que marchar sin haber hecho otra cosa que ver el pico desde abajo.

”Con el propósito de dar marcha atrás, si el tiempo se pone peor, comenzamos la escalada bien entrada la mañana. Salvamos dos o tres trozos casi verticales y de roca podrida en libre, llegando a una cornisa plana no muy ancha. Desde aquí, se ve alguna clavija colocada en un diedro extraplomado, lo cual es indicio de que esta vía es muy ferretera. Comenzamos con un paso de hombros. El sonido de los primeros pitones atrae a un grupo de franceses procedentes del refugio de la Brecha [o de los Sarradets], que se instalan lo más cómodamente posible, y así permanecerán unas horas, viéndonos progresar en la pared.

”A causa de que se le enfrían las manos, Pepe se tiene que bajar desde estas primeras clavijas hasta la cornisa. Una vez recobrado, prosigue en un lento avance, pitoneando por el fondo del diedro. Éste, en su parte alta, pierde la inclinación negativa y hasta es posible continuar en escalada libre, tomando como base segura las últimas clavijas. Con un paso lateral, se alcanza una mínima laja plana, que servirá de punto de reunión para el próximo largo de cuerda.

”La flojera adquirida por mis cañas en África, no me permite subir con la soltura de otros tiempos, y por esta circunstancia voy invocando bastante.

”Una vez recuperado el material, intentamos organizar algo mejor las cuerdas, pero el fuerte viento se las lleva donde quiere y hasta las trabas en unos salientes, teniendo que hacer un difícil péndulo para lograr tener sobre nuestros brazos toda la longitud de la cuerda. El tramo siguiente es fatigoso; en primer lugar, una balma superada a tracción de doble cuerda, pero, al final de esto, existe un trozo de roca vertical que, al no poder clavar, hay que asirse con gran trabajo a sus ligeros rebordes y asideros. A intervalos cortos en que hay menos boira, diviso una pequeña parte de la gran cascada del circo de Gavarnie. Esto, unido al continuo aletear de mi anorak, son las amenidades con que cuento. Suerte que, como aquí se torna la escalada delicada en extremo, el prestar toda la atención a los movimientos de mi compañero, me impide acordarme de las tornadas de frío que estoy pasando.

”El próximo paso a afrontar es el más difícil de toda la escalada. Se trata de un muro gris bastante liso, en el que no se pueden colocar clavijas en sus primeros metros. Ascendiendo en libre sobre escasos agarres, hay que tener mucha suerte para poder colocar sin caerse alguna clavija en una insegura grieta, hecho esto y siempre por terreno delicado, pitoneando se ganan unos metros más a estas rudas rocas. A la salida de esta doble cuerda, hay unas pequeñas cornisas inclinadas, en donde las rocas rezuman agua del nevero cimero, cuyo paso de una a otra requiere un buen rato de tensión, aprovechando al máximo las mojadas presas. Sin llevar paraguas, es poco recomendable pararse a clavar. A continuación de estos obstáculos, existe una excelente cornisa para reunirse.

”Se prosigue en travesía horizontal ascendente, hasta lograr vencer unos inestables bloques, y un tramo vertical, para alcanzar un profundo nicho.

”Desde aquí, se intuye un pronto final de la escalada, pero la ruta a seguir es muy problemática: las rocas sólidas están cubiertas de agua y, ante esto, no nos queda otra opción que seguir por encima del nicho. Hay que afrontar una canal vertical totalmente descompuesta y, como luego comprobamos, nos hizo pasar el peor rato de toda la escalada. Al salir del nicho veo cómo, lentamente, las botas de Pepe desaparecen de mi vista. A mis preguntas de cómo se ve aquello, dice que bastante bien, pero su tono de voz es tan inseguro que yo no comprendo todo lo bien que debe de estar. El avance es muy lento, y por lo que luego me confirmo, varios de los desprendimientos que observé desde mi punto de aseguración, eran debidos a resbalones de pies, detenidos por clavijas en las que prácticamente se podía tener una confianza nula. Con unos metros de trepada fácil se gana la cumbre. Lo que en otras ocasiones ha sido gran deleite contemplando cientos de cumbres, se convierte hoy en un continuo tormento, pues mientras buscamos el buzón [de cima], el viento amenaza derribarnos.

”Como el tiempo apremia, buscamos la vía normal de descenso. Vana ilusión, porque la boira no deja ver nada. Tras varias tentativas de reconocimiento de paredes, que nos parecían factibles, desistimos, volviendo sobre nuestros pasos. Un ligero claro en la nubosidad, nos deja ver el contrafuerte que une al pico con los neveros inferiores; esto es, lo bastante para orientarnos, y por unas paredes nada fáciles hacemos el destrepe.

”Como dato curioso, para los no versados en las cosas de alta montaña, diré que en esta tarde de agosto, por debajo del nevero que hay sobre la arista cimera de este pico, lo que en realidad debía de ser una pequeña cascada de agua, estaba convertida en un montón de carámbanos de hielo.

”Siempre con visibilidad nula y con grandes precauciones, llegamos a un tramo vertical de la pared, donde descubrimos el vestigio de algún rápel anterior. Con alegría por sabernos en la ruta exacta, tendemos nuestra [cuerda] doblada, que nos conducirá a los mullidos neveros.

”A base de desgastar pantalones por el nevero, descendemos rápidamente hacia el refugio de la Brecha. Una vez allí, encargamos la confección de una sopa que, con unos trozos de tortilla, comida a manil, ante las estupefactas miradas de los galos, nos devolverán las energías ausentes.

”Como Pepe, según dice él, está libre y yo algo parecido, hacemos acopio de sonrisas de Marina, esta simpática hija del encargado del refugio [de los Sarradets]. Antes de que la tarde empiece a declinar, en marcha hacia Ordesa. Vamos muy deprisa, con la obsesión de pasar antes de que sea noche cerrada las clavijas, pero no lo hemos conseguido del todo y, linterna en mano, hemos de hacer las interminables dos horas a lo largo del camino forestal que conduce al valle.

”Una vez allí, un merecido descanso, y a la mañana siguiente otra vez hacia la ciudad. Vamos con esta alegría que se trae de la montaña, que aleja todo rictus de fatiga porque hemos conseguido olvidar por unas cuantas horas la vida normal y tediosa de nuestras ocupaciones habituales. En estas ocasiones es cuando se forjan firmes propósitos que, Dios mediante, se convertirán en nuevas ascensiones y escaladas”.

Por lo demás, la ficha técnica de estos escaladores del Grupo de Alta Montaña de Montañeros de Aragón refería que emplearon en su ascenso unas cuatro horas y media desde la base del pico de Bazillac. Y que el material utilizado fueron dos cuerdas de treinta metros, veinte clavijas y pitones, dos estribos y veinticinco mosquetones. Fijarían la dificultad de esta clásica en MD sup, con pasos de A2 y VI.

Detallito malévolo: imagino que a nadie se le habrá escapado la toponimia que los escaladores aragoneses utilizaban (y siguen usando) cuando se refieren a los relieves del Macizo Calcáreo.

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Comentario

    • A ti por metértelos entre pecho y espalda, Doble-A. Lo cierto es que estas «historias trepadoras de antes de ayer» me parecen fuera de lo normal; da gusto compartirlas con los amigos…

  1. Buena idea el rescate de estos artículos de antesdeayer Alberto. Ademas tenemos la gran suerte de que tanto Pepe como Ángel siguen con nosotros. A veces dan charlas muy buenas.

    • En efecto: es una gran suerte tenerlos entre nosotros, siempre dispuestos a contarnos sus vivencias… Sobre todo, «en directo», en cualquier encuentro… Te entiendo, Makako: maravillan estas escaladas de «antes-antes-antes de ayer»…