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Los glu-glús del Forau de Aiguallut

La enorme oquedad al pie de la Tuca Blanca de Pomero es uno de los atractivos que ofrece la orogenia del Parque Natural Posets-Maladeta. Dicho Forau se materializa como una sima de hasta treinta y cinco metros de profundidad, delimitada por muros que rondan los ochenta de diámetro. Por su fondo, en sorprendente playa de arenas claras, desaparece el torrente que desciende desde Aiguallut, para no ver la luz hasta la Val d’Aran. Una vez bajo tierra, este caudal recorre una distancia cercana a los cinco kilómetros, salvando un desnivel de seiscientos metros hacia los Uelhs deth Joèu. No extraña que, en 1994, Eduardo Martínez de Pisón calificara al Forau de Aiguallut como “la forma kárstica más espectacular del valle”. El mismo geógrafo aclararía que fue “provocado por la disolución y caída de bloques en una banda de calizas devónicas, cruzada por una fractura”.

Resulta curiosa la confusión creada con este accidente debido a su denominación fraudulenta como Trou de Toro: como el estudioso benasqués Ángel Ballarín afirmara, “es nombre que nadie en el país le da”. Semejante embrollo fue por cuenta del cambio introducido por los guías del Luchonnais de mediados del siglo XIX. En 1896 Émile Belloc aclaraba que lo hicieron para no tener que conducir a sus clientes hasta el auténtico y más alejado Agujero de Toro, situado junto al collado homónimo donde, según las leyendas, existió una mina de oro. El engaño duró medio siglo: desde Luchon, reducía la marcha de los turistas desde las veinte hasta las quince horas.

Sea como fuere, durante la albada del pirineísmo se difundieron con prodigalidad los relatos de viaje con alusiones a tan magnífica abertura. Vamos a airear algún episodio notable de las viejas crónicas del Forau de Aiguallut para los apasionados de los Nacederos de Aragón

Por ejemplo, la reseña del propio Louis Ramond de Carbonnières en 1787. Tras su aventura en la arista de la Maladeta, nuestro alsaciano atravesó el inmenso prado de Aygoualutz, donde descubrió que el río caía en una magnífica cascada antes de dirigirse “hacia un amplio y profundo cuenco calcáreo, de donde ya no sale”. Es posible que esta fuese la más temprana referencia al Forau de Aiguallut por parte de un viajero decimonónico: “El curso da la vuelta, buscando en vano una salida que le niegan sus muros, se para ante un agujero donde desde hace muchos siglos ha excavado el agua, y se sumerge en él”. Ante esta presentación al mundo, resulta curioso el comentario humorístico del historiador Henri Beraldi en su estudio sobre los Cents ans aux Pyrénées, a caballo entre el siglo XIX y el XX:

“El orificio de salida estaba a una legua y media, al otro lado de la cadena: las aguas se dirigen allí directamente, por las cavidades que forma el calcáreo en contacto con el granito. Ramond y sus guías, no pudiendo usar ese atajo, tienen que pasar sobre las montañas”.

En efecto: falto de vocación espeleológica, Ramond atravesó el col de los Aranesos para allegarse hasta la Artiga de Lin. Allí percibiría “una caverna, una serie de orificios que vomitan un doble torrente, pronto reunido en una amplia catarata que ruge entre los árboles”. El pionero de nuestra cordillera sentenció al respecto de esta rama del Garona: “El río más bello de los Pirineos no podía tener sino unas fuentes caracterizadas por los más bellos accidentes”.

A despecho de la habitual escasez de testimonios de nacionales, el año de 1794 brindó cierta noticia madrugadora por parte de un comisario regio: Francisco Zamora, quien reseñó que “en el plan o llano de Aiguallud hay una hoya en donde se entra un gran caudal de agua que baja del coll del Toro y de la Maladeta, que será doce muelas en primavera, y se sume en ella sin saber dónde sale, aunque la credulidad le da salida a la Garona”. Nuestro compatriota acertó en su análisis hidrológico.

Los Montes Malditos no tardarían en recibir a otro sabio de prestigio: Henri Reboul. Aunque su objetivo era la determinación de la cota máxima de la cordillera, en 1822 le prestó atención a este accidente del terreno tan espectacular:

“La terraza de la Escalette que separa [el Clot de Toro] de la porción de Aiguallut. Esta cuenca recoge las aguas que surgen de los glaciares que se extienden hasta la cresta de los Barrans. El torrente no se muestra sino sobre terrenos graníticos, formando una cascada pintoresca después de haber atravesado un puente natural formado por una roca mezclada con granito, de feldespato compacto y de calcáreo. Desaparece enseguida en cuanto alcanza este último terreno […]. El torrente de Malahita, que desciende entre espumas sobre pendientes pronunciadas de un pequeño valle, se encuentra a su vez con una cuenca horizontal y recubierta de hierba que se llama Plan de Aiguallut. Es igualmente el lecho de un antiguo lago, bordeado al este y al sur por el granito de Trumou y del pico de Barrans, al este por los esquistos […], y al norte por el calcáreo que atraviesa el valle. Algunos hilos de agua escapados del Clot de Toro descienden también a la cuenca de Aiguallut por las gradas de la Escalette […]. El torrente, tras haber trazado algunos meandros sobre la llanura herbosa de Aiguallut, encuentra a su vez un barranco profundo excavado en la roca calcárea; cae allí en una cascada y se halla retenido por un alto dique de esa misma roca. Sus aguas se escurren visiblemente por unas cavidades subterráneas y no aparecen más en el valle del Ésera […]. Las aguas que descienden por allí se sumergen así en cavidades de bancos calcáreos hacia su reencuentro con el granito. Dicho reencuentro tiene lugar en una gran cuenca que se extiende entre las cumbres calcáreas del Alba con las masas graníticas de Trumou. Una porción de esas aguas, antes de perderse, se reúnen en un pequeño lago”.

Una descripción magnífica del curso de lo que, con el tiempo, sería designado como el Garona Aragonés. La cuestión fue igualmente estudiada por Vincent de Chausenque hacia 1826. Había leído a Ramond, quien le inspiró semejante viaje… Este otro galo pasó a la Val d’Aran para ver el llamado Ojo del Garona, donde se divertiría construyendo un puente sobre el río con una moneda de cinco francos. Su alma poética degustó allí las emociones del explorador Bruce “cuando descubrió las fuentes sagradas del río de Egipto”. Chausenque efectuó una doble libación en favor de las ninfas protectoras del Noguera Pallaresa y del Garona. Sus emociones se desataron en la Artiga de Lin, donde esperaba encontrarse con algún viejo druida. Este pionero del pirineísmo se sentiría transportado hasta la antigua Caledonia, y hasta buscó entre los vapores de las cascadas la sombra mágica de Malvina: “Son unos lugares inspiradores en mitad de unos teatros mágicos”. Por lo demás, sentiría cierta curiosidad imprudente por emplazarse sobre un pino caído en mitad de “ese torrente surgido de la tierra con todos sus furores” de los Uelhs deth Joèu. Puestos a completar su tour hidrológico, el ingeniero militar distinguiría desde la Picada el Forau de Aiguallut desde las alturas, imaginando cómo desaparecían por él sus aguas glaciares…

Seguiremos un poco más en la compañía de los contados trotamundos que quisieron reconocer el Forau de Aiguallut. Así, Gabriel-Étienne Arbanère mencionó el misterioso agujero donde se hundían las aguas procedentes del Aneto en su Tableau des Pyrénées (1828). Acertó en lo referente al desagüe en el valle de Arán, tal y como apuntaba la tradición, mas no lo hizo en lo referente a su nombre:

“Este valle [de Benasque] participa, por sus formas y por un accidente muy reseñable, del gran carácter de las montañas de los alrededores. El torrente, escapado del flanco oriental de la Maladeta, después de haber circulado flojamente sobre la hierba, desaparece de repente en una garganta. Es el Trou de Toro [Forau de Aiguallut], y el origen de las bellas cascadas del Oeil de Joueou, una de las principales fuentes del Garona, en Artigue-Telline”.

Alguno de los globetrotter anglos también se dejó caer por este flanco del macizo de la Maladeta. Como el escocés James Erskine Murray, quien en contra de sus buenas costumbres viajeras precedentes, no debió de preguntar, hacia 1835, a ningún natural de Benasque por los detalles imprescindibles sobre el Forau de Aiguallut. Al menos su intuición acertó en cuanto a la salida del caudal al Garona.

Le sucedería otra celebridad de nuestro deporte: Platon de Tchihatcheff, quien también lo visitó con calma en el año 1842. El ruso aportó, junto con su descripción, la interesante noticia de cómo el caudal que afluía entre las peñas calcáreas, bajaba desde hacía algunos años muy disminuido como consecuencia de la regresión de los glaciares…, según le dijeron los guías locales.

Rápidamente, nuestra ronda cronológica ha llegado hasta el trabajo de Pascual Madoz, publicado en torno a 1850. El navarro recurrió a buenas fuentes con el fin de resumir de este modo la descripción física de la gran oquedad benasquesa:

“Las dos montañas están divididas por un valle denominado Plan de Guallud. En la indicada llanura se ve una cima en donde cae un torrente de agua, que se sepulta en la Tierra y transita por debajo de ella más de dos horas, hasta reaparecer en el valle de Arán, próximo a una ermita, llamada Artiga de Lin, cuyas aguas entran después en el río Garona”.

Aquí interrumpiremos, para retomarla en la entrada siguiente, el censo de incógnitas del Garona Aragonés. A cambio, vamos a decantarnos por la visión de un montañero-poeta. Con la perspectiva de un Henry Russell que así describía el entorno del gran agujero por el que se perdían estas aguas oscenses en un texto de 1876:

“Quizá más bella todavía, aunque más restringida, sea la vista del Aneto cerca del Forau de Aiguallut, donde el Garona se mete con tintes de un azul siniestro, y desaparece bajo tierra entre precipicios absolutamente verticales. Es inconcebible que este lugar, donde están acumuladas todas las bellezas posibles, y que no está más que a cinco horas de Luchon, resulte tan poco visitado. No he encontrado nunca a nadie, salvo a mi amigo Charles Packe, a quien los Pirineos le deben tanto. Es allí donde hay que dormir si se sube al Aneto por el valle de Salenques. En primer plano, se perciben los blandos y cálidos prados, completamente llanos, por donde circulan, en todos los sentidos, los arroyuelos brillantes que forman juntos la fuente occidental del Garona. Por el sur se erige en semicírculo un imponente anfiteatro de montes de primer orden, al pie de los cuales se cruzan los abetos, unos jóvenes, vigorosos y ligeros, los otros blanquecinos, torcidos y alcanzados por el rayo; otros, derribados por la avalancha sobre caos de grandes bloques graníticos, han salpicado todo con sus restos. Finalmente, detrás de estas ruinas y de esta desolación, mezcladas con el más dulce verdor, se eriza hasta el cielo, recto al sur la inmensa y nevada masa del rey de los Pirineos.

”La garganta de Salenques, en su descenso gradual desde el sur-sureste hasta el nor-noroeste, arrastra al Garona todas sus aguas y el barro del glaciar del Aneto. Las laderas del valle de Salenques son herbosas y suaves, se convirtieron en una alfombra de verdor. Pero este encantador decorado no duró más que un instante: un poco más arriba nos vimos rodeados por la desolación. El valle se cubrió de rocas monstruosas, tan pálidas como la nieve que las había colocado allí, y una vez habiendo llegado a la altura del pequeño collado y del lago de Barrancs (2.478 metros, y todavía helado a 7 de julio), no tuvimos ante nosotros más que la nieve hasta perderse de vista. Seguramente, los Montes Malditos merecen su nombre, pues la maldición parece reinar por todas partes.

”Cincuenta minutos más tarde, con la llegada de la noche, accedimos a un alegre lugar, demasiado poco conocido, llamado Plan de Aiguallut (2.049 metros), un poco más al sur que el Forau de Aiguallut […]. Desde que he adoptado el sistema de dormir al aire libre en los Pirineos, jamás he encontrado un lugar que reúna hasta ese punto todas las condiciones necesarias para dormir bien, encantando el alma y los ojos.

”Después de una cena muy frugal, me fui para fumar cerca del lecho del Garona. ¡Cuántas reflexiones me inspiraba este inocente pequeño arroyuelo que hubiera podido franquear de un salto! ¿Era el mismo que, el año anterior, a cuarenta leguas de aquí, devastaba provincias, arrancaba tantos puentes, ahogaba ciudades enteras, y mataba mil hombres? Pero es que, creciendo, uno se vuelve malo”.

Dudo que nadie se sorprenda porque el declarado amante de las montañas de más de tres mil metros de cota, bajase un poco su mirada en busca de las corrientes de agua glaciar. Y en repetidas ocasiones, como en este otro trabajo russelliano de 1879:

“En Plan de Aiguallut, prado encantador donde, a una altitud de 2.000 metros, se ve correr en todos los sentidos y chapotear las pequeñas olas espumosas y musicales del Garona que nace, hay que elevarse a la izquierda por la garganta granítica que sube al collado de los Araneses. Se pueden seguir las dos orillas del torrente, pero un sendero serpentea por la orilla izquierda. En cuarenta y cinco minutos, se encuentra un vasto anfiteatro lleno de rocas (algunas, calizas), placas de nieve y furiosos torrentes que forman una verdadera cacofonía recordando cierta música contemporánea.

”Girando muy gradualmente al sur, aunque siguiendo siempre el mismo torrente que, en esta excursión, es el mejor de los guías, se pasan sucesivamente tres pequeños lagos, de los cuales el más alto, que es triangular, queda a tres horas de Plan de Aiguallut, y no se deshiela casi nunca. ¡Cómo podría hacerlo, completamente rodeado de nieves interminables como se encuentra, en un desierto sin mancha que sube desde allí hasta el pico de Mulleres por pendientes tan suaves y vastas que pueden recorrerse tres kilómetros sin tocar tierra, rodeado de montañas cuyas formas redondeadas le dan el aspecto de las colinas, cuyos hielos y su eterna blancura recuerdan a los Alpes!”.

Remataremos este primera parte dedicada al curso alto de uno de los aportes del río Garona con otro testimonio de Henry Russell. Ahora, firmado en el año 1882:

“A una hora y media de los Baños [de Benasque], llegamos al borde de un primer lago, que se derrama violentamente bajo la tierra. ¿Quién sabe por dónde pasarán sus aguas? Es ésta, por otra parte, la suerte extraña y lamentable de casi todos los torrentes que nacen al norte de los Montes Malditos, comenzando por el Garona, que dice adiós a la luz en un Agujero español, por el placer de irse a pasear a Francia, ver Burdeos e irse a morir orgullosamente al Océano (es un medio rápido y curioso de cambiar de país, sin que nadie se dé cuenta). El suelo de los Montes Malditos, en sus porciones calizas, está tan lleno de cavernas y pozos naturales, que resulta casi imposible que un arroyuelo no se sumerja. ¡Qué suerte tan mala y qué negro destino! ¡Si, por lo menos, se les volviera a ver! Pero no, mueren generalmente en la primavera de la vida, y tan solo del Garona se han encontrado sus trazos: y, aun así, ¿eso es seguro?”.

A no mucho tardar, el interés por el Forau de Aiguallut se iba a trasladar, desde los textos de sus visitantes hasta los estudios de caudales de cuenca. Porque, como bien decía Russell, el Garona Aragonés aún no había desvelado el enigma de su cruce de divisoria…

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Comentario

  1. ¡Francia nos roba! Propongo construir un dique, con piedra extraída del Mont Perdito, naturalmente, para que las aguas no se escapen al país galo. Tapamos el agujero y abrimos una brecha para que el agua corra libre hacia la Bersuta. ¡Qué ya esta bien!, ¿no?

    • Pues ya verás la siguiente entrada, de las dos de la serie, lo divertida que resulta con cierta perspectiva histórica… Va sobre Casteret y se desarrolla en 1931… Saludos, José…

  2. Ajá. Parece como si hubieras escrito esta entrada, como tu mismo dices, «para los apasionados de los Nacederos de Aragón». ¿Es como una especie de ampliación de, mira qué casualidad, una de las cuarenta excursiones del libro de igual nombre? Pregunta capciosa.

    • Pues algo de razón llevas, mi buen estimado Simio… En efecto: cuando un autor recopila datos sobre un tema, casi siempre ha de recortar para glosar lo que aparecerá impreso a papel… Pero para compensar estas reducciones necesarias está la Red…

    • La verdad es que los ríos aragoneses, sobre todo los pirenaicos, suelen tener sus pequeñas crónicas; en ocasiones, con los mismos protagonistas que las vecinas de arriba de los cursos, las montañas… Sus madrinas, en cierto modo…

        • Casi mejor se lo dejamos a Élisée Reclus, un geógrafo de otros tiempos, que estas cosas las bordaba. O, puestos a escoger a alguien más cercano en el tiempo y el espacio, te recomendaría que leyeras los magníficos textos de Eduardo Martínez de Pisón…