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Envenenadores del Garona

El fluir del corto tramo del Garona Aragonés se iba a tornar algo más revuelto a partir de cierta controversia sobre su Forau de Aiguallut. Porque desde al menos el año 1876, los debates por este gigantesco sumidero natural comenzaron a encender el ambiente del pirineísmo galo. Así, se alzaron violentas opiniones contra uno de sus miembros más eruditos, Eugène Trutat, por un artículo para el Anuario del Club Alpin Français que tituló “Les Glaciers de la Maladetta et le pic des Posets”… Allí sostenía que “un accidente geológico similar arrojaba las aguas del Aneto en el Agujero de Toro [léase Forau de Aiguallut], las conduce bajo tierra hasta el Goueil de Jouéou [mejor Uelhs deth Joèu] y las vierte en el Garona”. Las alusiones hacia dicha oquedad iniciaban de este modo unas discusiones que no cesarían hasta 1931.

Pequeño paréntesis nacional. En 1878 el geólogo oscense Lucas Mallada se ocupaba de este boquete cárstico por donde se perdían las aguas del Monarca del Pirineo. Mediante una reseña en la que, si bien erraba en la toponimia, tomaba claro partido por su salida atlántica:

“Forma el extremo noreste del valle de Benasque un amplio circo rodeado de heleros, cerrado por el Aneto y la Maladeta, por las Hermanas de Paderna y la Renclusa, y por la sierra de la Picada a Salenques. Al fondo de ese circo descienden varias cascadas de Aneto, la Maladeta y Salenques, y reunidas sus aguas en el Trou de Toro [se refiere al Forau de Aiguallut], inmensa hoya casi redonda de veinte metros de diámetro, se ocultan, saliendo después al valle de Arán”.

Pero retomemos el hilo principal de la historia. Puede decirse que las primeras campañas serias para conocer con un mínimo de certeza el destino de los caudales que se sumergían en nuestro Forau iban a llegar de la mano de Émile Belloc. En 1896 este explorador francés se decidía a buscar “Las fuentes del Garona”…

Así, rastreó diversas cavernas de la zona, como la que se abría en el extremo sur del Forau de Aiguallut. También lo hizo con otra cueva en un roquedo de la Escaleta donde la tradición popular creía que cierto pastor que cayó dentro descubrió una gran sala con tres columnas de mármol blanco y una mesa para gigantes lista para un festín. Centrándose en el curso que descendía de los Barrancs y de la Escaleta, Belloc trató de averiguar en qué había quedado una “experiencia de hace muchos años con serrín de madera”. No logró encontrar rastros del experimento. Terminó pensando que toda el agua del Aneto terminaba en el Ésera.

Convencido de que aquí no se encontraba el origen del río Garona, Belloc arrojó tinte rojo en sus aguas. Pero los quince kilos de fuchsina amoniacal utilizados no dejaron resto alguno en los Uelhs deth Joèu. Igualmente probó suerte mediante flotadores con cápsula y mensaje, adornados con banderitas de ambos países.

Émile Belloc regresó en 1897, para subir hasta el ibón de Barrancs. Su gran circo le impresionó por una aridez absoluta, que “reinaba como soberana en este lugar de desolación”, y donde ningún ruido se escuchaba, salvo el producido por el agua o las grietas del helero superior. Contempló un Barrancs “de espantosas soledades que dominaba abismos que se dirían sin fondo, todo granítico y de nieve, gargantas salvajes, montones ruinosos donde el hombre se siente pequeño”. En cuanto al destino de todas las rocas desprendidas, supuso que “del Aneto se han ido por el Ésera a las llanuras [del Ebro] y quizás al mar [Mediterráneo]”.

Decidido a insistir en los tintados del Forau de Aiguallut, nuestro pirineísta llegó en este segundo estío con una sustancia colorante más poderosa: un kilo de fluoresceína, que vertió en la oquedad acompañado de pequeños flotadores de corcho. Como nada de ello apareció por Aran, el público comenzó a especular que quizás las aguas del Aneto surtieran al Ésera. Solo el célebre espeleólogo Édouard-Alfred Martel alegó que tales experiencias no podían ser concluyentes.

Ajeno a esta advertencia, Belloc proseguiría sus estudios hasta 1900, cuando anunció que las aguas del Forau no cambiaban de vertiente. Semejante dictamen pudo animar a las compañías hidroeléctricas españolas, como Marcel Bal atestiguaba en 1912: “Las aguas de esta laguna [el Forau de Aiguallut] van a ser captadas por la ciudad de Barcelona, y encontramos a un grupo de ingenieros españoles estudiando el futuro trazado del acueducto”.

El proyecto fue reactivado en 1928 por unas Fuerzas Motrices del Ebro que pretendían desviar dicho caudal hacia el Ésera para construir un embalse valle abajo. Mas cierto espeleólogo galo decidió tomar entonces cartas en el asunto…

Norbert Casteret (1897-1987), al igual que ya hiciera con el Macizo Calcáreo, deseaba conocer a fondo las interioridades de los Montes Malditos. Durante tres campañas en solitario, se dedicó a estudiar la cuenca fluvial de Aiguallut (1928), la del Alto Ésera (1929) y la del Joèu (1930). Pero mejor será que él mismo nos cuente la parte culminante de tales rondas desde su texto sobre Ma vie souterraine. Mémoires d’un espéléologue (1961). Nada como reproducir un capítulo poco conocido en tierras hispanas sobre “La verdadera fuente del Garona”. Así descubrió Casteret el secreto del Forau de Aiguallut:

“La complejidad de lo que se ha dado en llamar el Enigma del Pozo del Toro [Forau de Aiguallut], relacionado con el problema de las fuentes del Garona, no debería de ser expuesto en un libro de memorias si no es desde su punto de vista anecdótico y pintoresco. Dejemos, pues, de lado todas las consideraciones técnicas o, al menos, reduzcámoslas a la mínima  expresión y digamos que, a partir de 1926, bajo la influencia de Elisabeth [su esposa], comenzamos a realizar muchas salidas a la montaña. Tras el descubrimiento de la Gruta Helada de Casteret nos sentimos atraídos por el macizo de la Maladeta, donde reinaba el Aneto como Soberano de la cadena de los Pirineos […].

”Consagré tres campañas estivales (de 1928 a 1930) a la resolución de este problema [del Forau de Aiguallut], y tuve ocasión de descubrir y explorar varias cavernas y ríos subterráneos sin que, no obstante, llegara a desembocar en la corriente hipogea del Pozo [del Forau de Aiguallut]. En cambio, estas campañas me proporcionaron diversas pruebas hipotéticas –por no decir seguras– que me hicieron creer que las aguas desaparecidas en el Pozo [del Forau] reaparecían en un lugar llamado Uelhs deth Joèu [dice Goueil de Jouéou, o el Ojo de Júpiter], en una surgencia espléndida. Con mucho, la más importante de las Fuentes del Garona [sic].

”Esta deducción inesperada de mis investigaciones se oponía, desgraciadamente, a todas las apariencias geográficas, geológicas e hidrogeológicas. Por lo tanto, iba en contra de la opinión general, y mi tesis no encontró demasiado crédito entre los especialistas.

”Fue entonces, en 1930, cuando apareció un nuevo factor que creí de lo más peligroso. Una empresa hidroeléctrica española tenía el proyecto de captar las aguas del Pozo [del Forau de Aiguallut] y desviarlas más arriba, antes de dicha sima, para crear una central importante río abajo, en el valle del Ésera. Dicha sociedad no veía ningún inconveniente, ya que restituiría las aguas utilizadas en el mismo valle del Ésera, donde las aguas fluían, según la opinión general, hacia el Ebro y no hacia el Garona.

”Entonces intervine. Estaba convencido de lo contrario y temía por la Fuente del Garona. Se hubiera secado el Ojo de Júpiter y el Garona, a su entrada en Francia, hubiera disminuido en la mitad. Ofrecí suministrar la prueba de todo aquello: de la comunicación entre el Pozo [del Forau de Aiguallut] y el Ojo de Júpiter [Uelhs deth Joèu], haciéndola irrefutable por medio de una experiencia de coloración. Mas, dada la cantidad de agua en cuestión (de ocho a diez metros cúbicos por segundo), era necesario utilizar una dosis masiva de colorante del más fuerte: fluoresceína, cuyo precio elevado no podía pagar. No sin dificultades, y gracias a las intervenciones conjuntas, finalmente eficaces, del mineralogista Alfred Lacroix, del Instituto, y de E.-A. [Édouard-Alfred] Martel, llegué a conseguir sesenta kilos de dicho colorante, y me responsabilicé de sumergirlo en el fondo [del Forau].

”El 19 de julio de 1931 atravesaba el estrecho desfiladero del puerto fronterizo de Benasque, doce kilómetros al sur de Luchon. Este paso, que corta la cordillera fronteriza entre las regiones del Haute-Garonne y Aragón, domina un panorama grandioso, uno de los más célebres del Pirineo. Desde allí se divisa todo el conjunto del macizo de la Maladeta y sus glaciares, del que nos separa el profundo valle del río Ésera, que el conde Russell había comparado con el valle de Josafat.

”Este puerto de Benasque lo había atravesado dieciocho veces en tres años; a veces, solo. Pero ahora formábamos un grupo: mi madre, mi mujer, dos amigas suyas y yo. Esta caravana de apariencia pacífica, con preponderancia femenina, la habíamos formado así a propósito con el fin de no despertar la desconfianza de los Carabineros que vigilaban atentamente las montañas en aquel verano de 1931 mientras la revolución rugía en Asturias [¿lapsus con la revuelta de 1934?].

”Íbamos precedidos por un contrabandista y un mulo cargado con seis barriles, lo cual, hay que reconocer, era muy arriesgado en un país donde estaban ocurriendo graves acontecimientos [¿aludía a la declaración de la República y a la quema de iglesias y conventos?]. Pero los barriles en cuestión eran inofensivos, ya que se trataba de los sesenta kilos de fluoresceína destinados al experimento de coloración proyectado. Sin embargo, en caso de encontrarnos con los Carabineros, me parece que habría sido difícil convencerles de que, en realidad, el cargamento estaba destinado a ser arrojado al agua.

”De antemano me había informado cuidadosamente y sabía que, de haber solicitado la autorización para llevar a cabo el experimento, me habría sido denegada. Por ese motivo, me decidí a organizar nuestra expedición clandestina y pacífica, aunque llena de importantes consecuencias y en verdad urgente, ya que aquel mismo día tuve ocasión de comprobar que se había realizado un trazado de camino en el valle entre el Pozo [del Forau de Aiguallut] y el futuro emplazamiento de la central eléctrica. Era, pues, el momento decisivo para probar que las aguas de la sima pertenecían al Garona y no al Ebro.

”Atravesamos el puerto sin incidente alguno y sin encontrar a ningún Carabinero. Pero este primer éxito no era fortuito, sino debido a la sagacidad de nuestro mulero contrabandista, que había fijado el día y la hora propicios.

”Ahora nos apresurábamos hacia el Pozo [del Forau de Aiguallut], situado río arriba en el valle. Es decir: en dirección opuesta a la miserable posada [el Hospital] que servía de cuartel a los Carabineros destacados en aquellas altivas montañas, de las que la vigilancia corría por entero a cargo suyo.

”Nuestro mulo descendía rápidamente hacia el valle del río Ésera. Su carga sospechosa había sido recubierta con la inocente lona de una tienda de campaña, mientras que las señoras que seguían con sus jerseys multicolores y sus bastones de excursión en la mano completaban el inofensivo cuadro. Teníamos todas las apariencias –o, por lo menos, ese creíamos– de un grupo de excursionistas yendo a acampar en los pastos de Aiguallut, cerca del Pozo [del Forau]. Me detenía a menudo para mirar con los gemelos hacia la recortada cresta de las Tempestades, la catedral nevada del Aneto, la larga y sombría muralla de la Maladeta, si bien escrutando a la par los repliegues del valle, en busca de los uniformes verde gris que a menudo encontramos en estos parajes durante los años previos de exploración. El cielo estuvo de nuestra parte: llegamos por fin al Pozo [del Forau], cuya cascada humeante habíamos visto desde el puerto de Benasque.

”Los fustes metálicos los escondimos cuidadosamente tras unas matas de rododendros. Nuestro simpático y discreto mulero recibió el precio de su delito (¡!) y nos abandonó con paso elástico, seguido de su mulo, que parecía feliz de reemprender la vuelta aligerado de peso. En suma, tanto personas como animales, todo el mundo respiraba con alivio.

”Eran solo las 14:00 h y no podríamos proceder a la coloración hasta la puesta de sol, cuando estuviéramos seguros de que a aquella hora tardía ningún Carabinero se arriesgaría a merodear por aquellos parajes. Después de transportar nuestras mochilas hasta una pequeña cabaña medio derruida [¿la de los Cerdos?] en la que pensábamos pasar la noche, descansamos un buen rato al borde de la sima, que nuestras amigas, las señoritas M. [Maria] Casse y M.-A. [Mimi] de Sède veían por primera vez.

”Nos sentíamos dominados, aplastados por la mole del Aneto y de su glaciar, que daba origen a un torrente de aspecto lechoso a causa de la gran cantidad de arena granítica que acarrea. El torrente se calmaba un tanto luego, y serpenteaba por un pequeño llano herboso y encenagado en el que recibía pequeños afluentes. Este curso, situado a dos mil metros de altitud, se interrumpía bruscamente en un escarpe rocoso desde el que el agua caía en una bella cascada, a cuyo pie comenzaba un cañón estrecho y profundo que acababa en la sima del Pozo [del Forau de Aiguallut]. La misma sima es una plaza calcárea de ochenta metros de diámetros y paredes verticales donde el torrente desaparece, absorbido por las arenas movedizas.

”Cuatro años antes había llegado hasta el borde de esta sima y me había preguntado, como tantos otros, si aquellas aguas irían a parar al Mediterráneo o al Atlántico. Fue entonces cuando decidí acometer este problema que escapaba a mi método favorito de exploración directa, ya que el agua y la arena ocupaban todo el fondo de la sima. Ahora, esperando impacientemente la puesta del sol, pensaba que, a algunos pasos, escondidos entre unas matas, estaban los sesenta kilos de fluoresceína que iban a aportar la respuesta a la cuestión que hacía dos siglos dividía a geógrafos y geólogos.

”Finalmente, había llegado el crepúsculo. Era el momento conveniente. Sacamos los pequeños barriles de su escondite haciéndolos rodar hasta el borde de la cascada. Elisabeth [Casteret] y yo empujamos el polvo oscuro, que echamos en el agua, y lo vimos transformarse al instante en un verde fluorescente y mágico. El colorante impregnó rápidamente el torrente entero y la capa de agua que dormía al fondo de la sima. En tres cuartos de hora lanzamos así los sesenta kilos, con los recipientes acusadores incluidos. El tinte verde persistía en el agua aun entrada ya la noche.

”La miserable y exigua choza no nos reservaba un sueño reparador. Por mi parte, aquella noche mi espíritu estaba demasiado agitado por un tropel de pensamientos, mientras el colorante avanzaba inexorablemente en las entrañas de la montaña para aportarnos la tan esperada respuesta.

”En aquellas horas de vela oía el ruido de la cascada, que había sido comparado al mugido del toro: de aquí el nombre de Pozo del Toro [chascarrillo del todo falso; seguramente, invención o de Casteret o de algún guía que quiso justificar un nombre erróneo]. El despertar, o más exactamente el simplemente levantarse, se efectuó a las 4:00 h. La sima estaba de nuevo límpida y toda la coloración había sido absorbida.

”Habíamos convenido en que mi mujer y sus amigas, el Equipo Ésera, partirían entonces y descenderían el río Ésera para vigilar la serie de resurgencias escalonadas en su valle. Mientras tanto, junto con mi madre, el Equipo Garona, atravesaríamos las montañas que nos separaban de Cataluña, para ir a esperar la aparición del colorante en el Ojo de Júpiter [Uelhs deth Joèu].

”La misma tarde de aquel 20 de julio de 1931, tras una larga marcha, el Equipo Garona encontraba al Equipo Ésera en el lugar convenido. Mi mujer y sus amigas no habían visto ninguna coloración en el Ésera, pero mi madre y yo habíamos encontrado el Ojo de Júpiter [Uelhs deth Joèu] transformado en una tromba de agua de un verde esplendente que persistiría durante veintisiete horas y se propagaría una cincuentena de kilómetros, atestiguando así pública e irrevocablemente que el Garona nacía en el glaciar de Aneto, en el punto culminante de los Pirineos. El hecho de que el Pozo [del Forau] comunicara con el Ojo de Júpiter resolvía un viejo problema geográfico. Se había cerrado la controversia de siglos y quedaba establecido y demostrado que la verdadera Fuente del Garona no está en Cataluña, en el valle de Arán, sino en Aragón, en el macizo de la Maladeta […].

”Desde el punto de vista hidráulico y económico pueden fácilmente imaginarse las consecuencias de esta revelación. Era cuestión urgente efectuar la prueba de esta comunicación de una manera irrefutable, ya que la captura de las aguas por nuestros vecinos y la derivación proyectada hacia el Ebro, que eran inminentes, habrían causado perturbaciones muy graves e irreparables en Francia. De esta manera, tratando de salvar el íntegro suministro del Garona a Francia, y consiguiendo determinar exactamente el lugar de su Fuente, había cumplido mi misión y alcanzado mi objetivo. El resto no era de mi incumbencia y me rebasaba en gran manera. Era el turno de las conversaciones, de las negociaciones con España. Tenían la palabra los ministros y diplomáticos. Los principios del Derecho Internacional sobre el correr de las aguas eran terminantes e indiscutibles a este respecto (tras las consecuencias del experimento de coloración), y el Gobierno Español dio la razón a los representantes de nuestro embajador en Madrid. El proyecto de captura de las aguas del Pozo [del Forau de Aiguallut] y el proyecto de la central hidroeléctrica fueron abandonados […]”.

En efecto: a las diez horas del vertido, el torrente cercano a la Artiga de Lin se teñía de un fuerte color verdoso para sorpresa general. Y dos Carabineros subieron con el fin de detener a los envenenadores del río. El pigmento en el Garona duró veintisiete horas, en tanto que el Ésera no denotó cambio alguno. Aquí terminó el debate.

 

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11 Comentarios

  1. Llego un poco tarde para comentar esta entrada y darte mi enhorabuena por ella. Excelente e ilustrativa, como de costumbre. Pues eso, a por más.

    • Nunca llegas tarde, José… Pero aunque el Nacedero del Garona Aragonés daría para más, cambio de tercio en lo siguiente… Con un tema que llega muy a colación de cierto acto de nuestro club de montaña para este miércoles, por cierto… Saludos…

      • Pues lo cierto es, Emeele, que el tema de macetas con flores autóctonas en las ventanas de las casas más majas de todo Aragón, daría para un libro de Sua Edizioak, no ha sido el caso… Con el encargo de las cuarenta excursiones a Nacederos he ido bien servido. Ay, que me parece que el corrector automático te ha gastado una de sus bromas… Gracias por pillarte alguno de los libros de la «Colección Aragón», por cierto…

    • Gracias a ti, Emeele: en cuanto el tiempo mejore, anímate a seguir alguna de las excursiones a las Fuentes de nuestros ríos… Ya habrás visto que aunque da alguna pincelada histórica de nuestros cursos de agua más bellos o representativos, se trata de una obra eminentemente práctica, para andarines… O para «viajeros desde el sillón de casa» (expresión inglesa del siglo XIX)… Un saludo cordial…

  2. No solo en Francia se defendía la “Tesis Atlántica” de Norbert Casteret. Así, el periodista Arnaldo de España esto contaba en el diario madrileño El Sol del 26 de abril de 1931 sobre el tema que nos ocupa: ”El río primordial es el Garona, llamado Garumna por los romanos; tiene su origen en un glaciar cuaternario, cerca de las lagunas de Saburedo, y recibe diversos afluentes, que son: el Reute de Inyola, en la proximidad de Salardú, que baja de la gran laguna de Liat; el Valartiés, al lado de Artiés; río Negro, en Viella; el Barradós y varios riachuelos, que descienden de los lagos Nere de Guerri y Guarbes; el Jueu, que es el mayor de todos, por Las Bordas, proveniente de los Güells del Jueu, y por último, el Torán, que nace en las lagunas occidentales de Liat. Todos ellos forman el gran Garona, que sale a Francia después de hacer un recorrido de 46 kilómetros por su origen español […]”.

      • Te ha gustado el título de la primera entrada, ¿eh? En realidad, era una especie de entrante del artículo de Casteret, que era lo que verdaderamente me apetecía difundir en tierras hispanas. Ni que decir tiene, he eliminado más datos y testimonios añejos, pues si no hubiera resultado un tocharraco de impresión. Solo apto para «forau-nómanos»… Más saludos, Luis.

    • Fantastico Alberto. Yo tampoco había leido a Casteret, ni siquiera en tu «Aneto el monarca del Pirineo» de Desnivel. Resulta chocante su version. Como poco.

      • Creo que ya he comentado en otras ocasiones lo bien que me viene esta página digital donde añadir alguna historia o matiz que en su día, al redactar algún texto, no tenía a mano aún. O, sencillamente, contarlo de un modo más desahogado, claro… Saludos simiescos…