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Maridaje entre la Montaña…, y el Canfranero

El próximo miércoles (que no martes, como hasta ahora), 27 de noviembre, tendrá lugar el noveno evento doble en la sede de Montañeros de Aragón. Con dos protagonistas de auténtico lujo: Gregorio Villarig y Luis Granell. El primero inaugurará una muestra pictórica que lleva por título “Naturaleza”. En cuanto a su compañero de mesa, nos deleitará con un audiovisual sobre “El Canfranero: el tren que nos llevaba a la montaña”. Sin duda que disfrutaremos de una gran noche de la mano de dos destacados veteranos que ingresaron en nuestra asociación deportiva en 1958 y 1960, respectivamente. A las 19:30 h, en la sede de Montañeros en Gran Vía 11, bajos, y con entrada libre mientras lo permita el aforo de la sala. Uno de los últimos actos con los que se va a conmemorar el 90 Aniversario de la entidad decana del montañismo aragonés.

A modo de enlace entre ambas actividades, es posible servir un texto donde va a quedar reflejada una de las ascensiones de Gregorio Villarig con ese Canfranero al que Luis Granell tan vinculado está. Es decir: recurriremos a la hemeroteca para rescatar cierto artículo del primer citado: “Anayet”, publicado en el Boletín de Montañeros de Aragón número 58-59 (enero-abril de 1960).

Antes de nada, una pequeña aclaración sobre esas salidas un tanto especiales del club zaragozano. Así, el denominado Grupo de Alta Montaña de Montañeros de Aragón contaba en 1960 con dieciséis integrantes. Lo formaban escaladores del máximo nivel: tal es así que la Federación Española de Montañismo (hoy FEDME) invitó a cuatro de ellos a ingresar en su elitista Grupo Nacional de Alta Montaña. Más en concreto, a José Antonio Bescós, Pepe Díaz, Rafael Montaner y Julián Vicente. De ese total de veinticinco miembros para toda España, solo había otro club que igualara a los zaragozanos en número… Durante el año que nos ocupa, los del GAM de Montañeros realizarían primeras como la cara Norte del pico del Águila, la arista Norte del Puro, la cara Sur del Fire, la cara Norte de peña Telera, el espolón Norte de la peña Capullo, el espolón y la pared Norte del Tríptico. Así como otras actividades de mero entrenamiento como las invernales al Lecherín, al Aspe y al Anayet…

Ahí es donde justamente vamos: a un entrene que permita afrontar otros retos verticales mucho más exigentes. El artículo de Gregorio Villarig tiene un poco de todo y refleja de un modo maravilloso el ambiente que reinaba en las cordadas fuertes de Montañeros. Un trabajo que viene muy a cuento, dado que entre los protagonistas, junto con quienes desean ascender al Anayet en invierno, está nuestro querido Canfranero. Pero saquemos ya billete para viajar en dicho ferrocarril durante el invierno de 1960, atentos siempre al reloj:

“Nos encontramos camino de Canfranc [Jesús] Mustienes, [Antonio] Lacasta, Pepe [Díaz] y yo, y dos más que se nos unen en la expedición al saber que vamos todos al mismo sitio: son Carlos y Víctor.

”Todo esto salió de una conversación que tuvimos con nuestro querido presi del GAM [Grupo de Alta Montaña], en la cual nos dijo que era hora de sacudirnos el óxido de casi todo el invierno que llevábamos en el cuerpo. Nos pusimos de acuerdo para ir al Anayet, uno de los más altos picos que hay en el sector de Canfranc.

”Desembarcamos en la Estación Internacional, y lo primero que nos fijamos es en un cielo claro y tachonado de estrellas que nos hace presagiar buen tiempo para el día siguiente, que lo emplearemos en dicha ascensión.

”Con la sana intención de tomar un café nos dirigimos todos a Casa Marraco, pero la encontramos cerrada y terminamos bebiéndonos un porrón de cerveza con gaseosa en un bar del pueblo. A las 23:00 h ya avanzadas nos encontramos por la carretera que va a Candanchú, que dejamos a poco de salir de Canfranc, para tomar una senda por Canal Roya que nos ha de llevar a una caseta de pastores. Para ganarle unas horas al pico, ahora que vamos descansados, nos vamos a la segunda en vez de quedarnos en la primera, pero la nieve está blanda y nos cuesta más de lo que pensamos. Por cierto que, a causa de la nieve blanda y los arbustos ocultos, Pepe, que va en cabeza, se hunde repetidas veces hasta más de la rodilla, fenómeno que provoca la hilaridad de Mustienes, hasta que en una de ellas se le queda la risa helada al ceder la nieve bajo sus pies y colarse en un agujero: regocijo general. Yo, que voy detrás de él, movido un poco por la compasión, le ayudo a salir tirándole de la mochila. Con algún que otro incidente de esta clase llegamos al hotel a la una y pico.

”Comemos algo y nos metemos en los sacos con la pretensión de descansar un poco, aunque el suelo está húmedo y algo más duro. Nos queremos levantar a las 4:00 h y, naturalmente, a las 6:00 h ya estamos en pie. Tomamos el desayuno, preparamos dos mochilas con víveres, crampones, que nos harán bien poca falta, y a las 6:45 h salimos de la cabaña y empezamos la ascensión.

”Al principio recibimos en plena cara unos golpes de aire caliente que nos hace pensar si no se estropeará el tiempo, pero nos equivocamos, pues al poco rato de salir parece que se incendia la montaña con un color muy bonito: es el sol, el cual no nos dejará ya hasta terminar el día. La nieve está muy blanda y no nos hace falta el uso de los crampones. Va Pepe en cabeza, marcando lentamente las huellas que nos sirven a nosotros. Vamos remontando collado tras collado, siempre con el monótono patear sobre la nieve. Relevo a Pepe y luego Mustienes a mí, que no deja la cabeza hasta llegar al collado de Anayet. Dejamos las mochilas para la vuelta, descansamos un poco y nos atamos en dos cordadas. En la primera, vamos Pepe, Carlos y yo, y en la segunda Mustienes, Lacasta y Víctor. Subimos por una pendiente fácil de nieve y llegamos a torreón final, formado por aristas de roca y unos corredores de nieve que la cortan de arriba abajo. Tomamos uno de los corredores con mucho cuidado, pues la nieve está pésima, y en varias tiradas llegamos a la cima.

”El día es claro y gozamos de unas vistas maravillosas. A nuestra izquierda se ve el Aspe y la Zapatilla. Al frente tenemos el pico Midi d’Ossau, bello, difícil, que con sus verticales murallas parece desafiarnos. Recorriendo la vista a nuestra derecha, en segundo término, se ven el Balaitús, las Frondellas, las crestas de Costerillou y las del Diablo, Petit y Grand Fache, los Infiernos, el Vignemale, Monte Perdido y el Cilindro. Volvemos a la realidad: son ya la 13:00 h y, si nos descuidamos, perdemos el tren.

”Pepe dice de probar a bajar por una arista, evitando así la canal de nieve de subida. Yo le digo que conforme, pues la nieve no está muy apetitosa. Sin embargo, la otra cordada no es de la misma opinión y empiezan a bajar por la vía de subida. Nuestra arista resulta ser bastante vertical, pero con muchas y buenas presas. Por eso, el descenso, siempre asegurándonos en bloques y mogotes, se efectúa rápidamente. No les ocurre igual a los otros, pues cuando llegamos al sitio donde dejamos las mochilas, los vemos que aún están a mitad del corredor, bajando con mucha precaución, pues ya he dicho que la nieve estaba pésima.

”Una vez les vemos que han pasado un delicado paso que debajo del corredor, cogemos las mochilas, nos despedimos a gritos y empezamos a descender a toda prisa, pues son las 13:45 h y ya no hay muchas esperanzas de coger el tren que sale a las 16:30 h. Vamos corriendo todo lo que nos permite la nieve, lanzándonos por pendientes de cincuenta a sesenta grados, y así conseguimos avanzar gran cosa, pues igual nos frena la nieve. Llegamos a la caseta una hora después; o sea, a las 14:45 h. Aquí, Carlos, como no tiene prisa por bajar hoy o mañana, y además no cree que lleguemos a tiempo, decide quedarse allí, esperando a los otros, secándose los calcetines con fuego que enciende él.

”Nosotros, cabezones todavía, recogemos lo nuestro que hay extendido por la cabaña, y seguimos el descenso a Canfranc, para ganar tiempo en vez de ir por la nieve, que no nos permite correr. Cogemos el curso del río y, de piedra en piedra, de baño en baño, y de capucete en capucete, vamos acortando la distancia con un solo pensamiento fijo: coger el tren.

”Al fin salimos a la carretera y pensamos que si baja algún coche nos podía llevar a la estación. No pasa ninguno y, aun así, llegamos al pueblo y observamos que el tren no ha salido. Miro el reloj, pues con la prisa no me había dado tiempo de echarle una ojeada, y veo con placer que las saetas solo marcan las 15:45 h. Por lo tanto, nos quedan tres cuartos de hora, que los dedicamos a comprar algo de comida y vino. Sellamos los billetes y nos alojamos en un departamento que nos ocupamos de llenar bien: mochilas, botas, medias y pantalones mojados en la calefacción.

”Pepe y yo nos miramos, pensando en los otros, que no podrán llegar a tiempo. Las 16:30 h. El tren se pone en marcha. A los pocos momentos, se abre la puerta del departamento y aparecen dos fantasmas. Pero, ¡no!, que son Lacasta y Mustienes. Vienen sudando la gota gorda y la lengua les llega al pecho. Lo han cogido después de una espectacular carrera por el andén. Se sientan y nos imitan en lo de quitarse las botas y medias.

”Nos metemos en los sacos de dormir y empezamos a dar cuenta de los fiambres que van apareciendo de las mochilas. Ya estamos camino de Zaragoza, cansados pero contentos. Tal vez se nuble algo nuestra alegría pensando en los dos compañeros que se quedaron en Canfranc: tendrán que esperar a mañana para volver, pero estas cosas son pequeños tributos que hay que pagar y que se pagan gustosamente a la montaña”.

Casi, casi, lo más llamativo de este artículo añejo de Gregorio Villarig es su secuencia horaria. La agobiante dictadura del reloj que señalaba la salida del ferrocarril de vuelta a Zaragoza, vamos…

Recordad, amigos: este miércoles próximo, 27 de noviembre a las 19:30 h, tendrá lugar el último de los eventos dobles en la sede de Gran Vía 11 con el que celebraremos los 90 añitos de Montañeros de Aragón… Villarig con su “Naturaleza” y Granell con su “Canfranero”.

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Comentario

  1. MUESTRA PICTÓRICA DE Gregorio Villarig del Cacho:
    “Naturaleza”.
    Exposición: del 29 de octubre al 26 de noviembre de 2019.

    “La muestra pictórica “Naturaleza” refleja unas pinturas que se basan en los espacios abiertos. Reflejos de la trayectoria de un artista muy “de la Casa”: Gregorio Villarig, quien durante su juventud tomó parte en la llamada “Década Prodigiosa” junto a Ángel López “Cintero”, Pepe Díaz, José Antonio Bescós, Ursicino Abajo, Carmelo Royo…, Alberto Rabadá y Ernesto Navarro. Justamente inició su gran aventura con la paleta y los pinceles, a nivel profesional, desde el Candanchú de 1966-1968, cuando era guarda de nuestro refugio de Santa Cristina. La veintena de óleos y dibujos que hoy nos presenta ha sido realizada mayoritariamente entre los años ochenta y noventa del siglo XX. Este pequeño jalón de su extensa obra ha sido agrupado en torno a cuatro temáticas principales, dedicadas a las pinturas de creación, al paisaje de Riglos, a los reflejos del agua en el Canal Imperial de Aragón y a las Gárgolas. Una ocasión ideal para conocer (o confirmar, una vez más) la calidad de la obra pictórica de nuestro Gregorio Villarig”.

    • AUDIOVISUAL/CONFERENCIA DE Luis Granell Pérez:
      “Canfranero: el tren que nos llevaba a la montaña”.
      “A los aficionados jóvenes les sorprenderá, pero hace solo cincuenta años había muy pocos aragoneses que tuvieran coche. Por eso los que disfrutábamos subiendo montañas teníamos que usar el transporte público. No había muchas líneas de autobús y, por ejemplo, viajar por ese medio a valles como Benasque, Chistau o Pineta exigía hacer noche en Huesca o Barbastro. Así que el ferrocarril de Canfranc, con el que enlazaban autobuses comarcales hacia los valles de Tena, del Ara, Echo o Ansó era el principal medio para subir al Pirineo.
      ”Lo fue incluso desde antes de su inauguración, en 1928. Como la línea había llegado a Jaca en 1893, se podía viajar en tren hasta Riglos y sus Mallos o hasta otros pueblos de las sierras prepirenaicas; desde Anzánigo, por ejemplo, se subía a San Juan de La Peña y ese fue el camino que, en 1927, emprendió un grupo zaragozano de los Exploradores de España, organización juvenil que siempre tuvo vinculación con Montañeros de Aragón. El uso del ferrocarril se incrementó al concluirse la línea, pues la afición al esquí había calado en los zaragozanos y el tren los dejaba en Canfranc, a solo 8 kilómetros de Candanchú. Un camino que, por cierto, muchas veces tenían que recorrer a pie y con los esquís al hombro.
      ”Todos los montañeros que hemos alcanzado la edad de la jubilación fuimos asiduos al Canfranero y recordamos que, como éramos tantos, los domingos (entonces el actual concepto de fin de semana no existía) Renfe tenía que organizar otro tren, al que conocíamos como “el dominguero”, que salía de la estación del Norte más temprano y regresaba más tarde que el diario correo, dándonos así tiempo para la actividad deportiva. El 21 de septiembre pasado, en el curso de la actividad El Tren de los Montañeros (incluida en la celebración de los 90 años de nuestro club), tuvimos ocasión de recordar cómo, aprovechando la parada en Ayerbe, donde los trenes que subían de Zaragoza por Gurrea de Gállego enlazaban con los que venían de Huesca, bajábamos a la pequeña cantina de la estación para comprar tortas y vino. O cómo, en el viaje de regreso, el tren se ponía de bote en bote cuando los escaladores lo tomaban al asalto en el apeadero de Riglos. Almuerzos, meriendas, “batallitas” montañeras y canciones alegraban el viaje.
      ”Hoy usamos el automóvil privado para ir a la montaña, pero cuando el cambio climático amenaza no solo el futuro del escenario en el que somos felices, sino el planeta entero, cabe preguntarse si no sería mejor volver a utilizar el ferrocarril para algunos de nuestros desplazamientos al Pirineo. Aunque me temo que con los trenes que Renfe destina a la línea de Canfranc y sus tiempos de viaje, nos desanimaríamos enseguida”.