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Pesquisas en la brecha de Peytier-Hossard

No; no hemos olvidado a nuestro viejo amigo tallado en granito, allá por el techo de la divisoria entre Tena y la Bigorra. Regresemos a la crónica del Balaitús para descorrer el velo que cubría el Misterio de los Geodésicos de 1825. Eso es: respetando la denominación clásica de varios topónimos asentados de sobra al sur de la divisoria de aguas, donde se tradujo a la ligera el término galo de géodesien, o geodesta en español.

Como hemos visto en la entrada anterior, en 1898 Henri Beraldi reveló al público la identidad de los artífices de la primera visita al Balaitús. Según el gran especialista en esta mole granítica, George Cadier, dicho erudito fue el Cristóbal Colón de la documentación pirineísta.

A comienzos del siglo XX, el mundo del pirineísmo se encontraba bastante revuelto. No se iba a conformar con que el enigma de la hipotética ascensión de los oficiales geodestas en 1825 y 1826 hubiese quedado resuelto por el historiador parisino: desde distintos foros se plantearon innumerables incógnitas de tipo práctico. Muy en especial, cuanto atañía a factibilidad de las hipotéticas rutas… Sin embargo, el posible trazado de esa vía que pudo seguir la expedición militar gala solo se resolvería mediante una inspección sobre el terreno. Así lo anunció el propio Beraldi en 1904, como una especie de adelanto de otros trabajos posteriores y más concienzudos, desde el último de los siete tomos de sus Cents ans aux Pyrénées:

“Se iba a atacar otro apasionante problema que intrigaba a los pirineístas desde 1898. Concerniente a cierto pico, el Balaitús, y a ciertos hombres, los Geodésicos… Se trataba de la búsqueda de la brecha de Peytier-Hossard, que Brulle y d’Astorg se aprestaban a hallar. Su resolución fue muy original”.

El debate sobre el itinerario al Balaitús de 1825 y 1826 se terminó de abordar, con más datos sobre el tapete, desde esas memorias de Henri Brulle publicadas en 1936. No extraña que, para zanjar el tan discutido camino al coloso de 3.144 metros, se recurriese al escalador más puntero de la época: las dificultades que planteaba una ascensión de pirineísmo reconstructivo, setenta y cinco años después de la aventura que se pretendía estudiar, no eran escasas.

Veamos las pistas con las que se contaba. Por un lado, la tarjeta hallada por Beraldi con los pormenores de la escalada inaugural del Balaitús, redactada por el teniente geodesta Peytier, resultaba escasamente clarificadora. Y en el tema técnico que más interesaba durante el arranque del siglo XX, el de la ruta real, dicho documento se limitaba a hablar de meros pasos. O según dijo Peytier: passages. Otra pista significativa podía ser la duración de su trayecto desde el llano de Larribet hasta la cumbre: cinco horas, de las que veinte minutos fueron dedicados al tramo peor, justo el previo a la cima. Urgía, pues, un reconocimiento sobre el terreno…

El 3 de agosto de 1901, los trepadores más en forma del pirineísmo, Henri Brulle y René d’Astorg, junto con el más descollante de los guías de Gavarnie, Célestin Passet, se pusieron manos a la obra. Mejor dicho: a la tapia. Pernoctaron en el llano de Larribet, donde nuestro trío de galos trató de ponerse en la piel de esos antecesores suyos que, sin conocer como ellos la orografía del Balaitús, tendrían que enfrentarse a una ascensión exploratoria en pos de su flanco más débil. El emocionante relato de su reconocimiento del día siguiente, realizado al alimón por Brulle y Beraldi para las Ascensions (1936), es casi una novela de intriga. Merece una traducción generosa:

“Dejaron la cabaña a las 4:00 h. Enfrente de ellos, el Petic Pic o Balétous, según los pastores [el Pequeño Balaitús primitivo; hoy rebautizado como Cap Peytier-Hodssard], y, por detrás, la frente del monstruo, o la punta del Gran Balaitús, el Marmuré de los pastores. Por la izquierda y por la derecha del Pequeño Balaitús [no se refiere al actual, ahora emplazado mucho más al norte y en la cresta de Fachon por caprichos de la toponimia], sendas aristas, cada una con su depresión o brecha. La brecha de la derecha, al oeste, en el costado de Batcrabère, era con mucho la más tentadora. Sobre todo, para hombres emplazados en Larribet.

”No obstante, Brulle  y sus compañeros subieron primero a la de la izquierda, del lado de Fachon: casi un collado. Pero, una vez allí, sería preciso renunciar a subir al Pequeño Balaitús –imposible–, y en cambio bajar en oblicuo hacia el laguito de Fachon, para ir a tomar el glaciar de Las Néous, demasiado difícil para una caravana cargada. Además, la segunda ascensión de los oficiales geodestas se llevó a cabo a finales de agosto; en esa época, el glaciar aparecería desnudo, y andar por hielos así no era lo acostumbrado en 1825 [los pirineístas iniciales tenían pavor a los glaciares y a sus grietas ocultas: preferían, con mucho, las vías más complicadas por roca]. Por otra parte, para subir por Las Néous, ¿por qué dormir en Plan de Larribet, cuando se dispone del de Labassa? Entonces, se eliminó la brecha Este, así como la teoría de que la ascensión se completara por su chimenea.

”Recorriendo el Pequeño Balaitús desde el norte y atravesando el glaciar, Brulle, d’Astorg y Célestin fueron a parar, hacia las 9:00 h, a la brecha Oeste, profundamente entallada, que Célestin conocía de sus cacerías [de sarrios]. Por el otro lado del profundo valle de Batcrabère, apareció con aspecto formidable el Marmuré.

”Pero había que mirar aquello más de cerca, utilizando las trazas de los carneros que surcaban el reverso sur de la brecha, ascendiendo hacia el Pequeño Balaitús. Las siguieron. Esos carneros comenzaron a mostrarse enseguida. Después de tres cuartos de hora de una subida ruda aunque sin dificultad, se holló esa depresión, brecha o collado que separaba el Pequeño Balaitús del Grande. Una tercera brecha, al sur del Pequeño… O, para ser más precisos: esa arista en curva que unía dicho pico con la base de los precipicios de la arista Norte del Balaitús.

El Pequeño quedaba a unos minutos al norte, casi horizontales. Este Pequeño Balaitús que, visto desde Las Néous y según Russell, poseía el aspecto de una aguja de catedral, y que por el norte era un pico bien característico, por el sur no existía: Y, por el otro costado, el gran Balaitús, del que nos separaban los dientes de sierra de los gendarmes, los abismos, los muros… Su apariencia era tal que, por tercera vez en la misma jornada, ¡Brulle y d’Astorg creyeron que habían perdido la partida! Sin embargo, Célestin se arriesgó en esa cresta: aparecía, desaparecía y volvió a reaparecer, para luego llamarles.

”Brulle y d’Astorg arrancaron –ese día: con verglás [hielo duro, o verre glace] y sin cuerda–, primero a través de un paso sensacional que caía como cortado a pico sobre el glaciar; puntas de roca, grietas entre los bloques y cornisas estrechas […]. ¡Y bien! No podía ser éste el paso, dada su variedad de tramos malos y peligrosos, que requeriría el uso de una cuerda para pasar a todos los hombres, y que, según el informe, requirió sólo de veinte minutos […]. Una cresta horripilante y nada fácil.

”Una vez franqueadas tales dificultades, tras esa gran uve ante la cual Russell sacudió su cabeza [donde se retiró durante su reconocimiento de 1870], pondrían el pie en la pirámide final y en la temible arista Norte. Dicha cresta, dado que se buscaba la vía más factible, se podía evitar con facilidad: por la derecha había un gran corredor; en lo alto, una cresta con una brechita; una vez separada ésta, se pasaba al noroeste para alcanzar la cima a través del final de la ruta Oeste normal. Una solución posible y elegante [la futura Vira Beraldi…, quien no la ascendió, aunque favoreciese su descubrimiento]. Ese Balaitús era intratable por el norte y, sin embargo, fue por el norte por donde los Geodésicos, con sus hombres, lo subieron en tres ocasiones […].

”Cumbre a las 12:00 h. Brulle, d’Astorg y Célestin descienden por la misma vía hasta esa depresión entre los dos Balaitús. Dicha depresión sería la más probable brecha que tomaran Peytier y Hossard. Pero los Geodésicos no habrían franqueado el collado. Lo atravesaron, siguiendo la arista en tres tiempos: primero, ese collado poco marcado, cerca del Pequeño Balaitús; segundo, las dificultades; tercero, la brecha en forma de uve. En cuanto a la brecha inferior, la Oeste del Pequeño Balaitús; era posible, pero no segura. Se podía evitar contorneando la cresta más al oeste y esquivándola más abajo, al nivel del lago inferior de Batcrabère.

”Es lo que hicieron Brulle, d’Astorg y Célestin de regreso de esta bella expedición de diecisiete horas de duración (llegaban a Arrens a las 21:15 h), y que constituía una página de historia: la restitución del Balaitús por el norte y el nacimiento de la arista Peytier-Hossard”.

El misterio del Balaitús parecía haber quedado desentrañado. El instigador/coautor de las líneas que aquí terminan, Henri Beraldi, podía estar bien orgulloso de este potente arranque del siglo XX montañero, en el siempre impresionante Cervino de los Pirineos. Por añadidura, el paso clave de este nuevo acceso se bautizó en su honor como Vira Beraldi.

Aun con todo, no fue ésta la última vez que alguien se interesara por la ruta original del Balaitús. Durante algunos años, resultó una fuente constante de polémicas dentro del montañismo galo. De hecho, el tema de los Geodésicos surgiría y desaparecería de forma asidua como una suerte de Guadiana del Pirineísmo.

Para rematar la entrada, va una coletilla sobre El Tiempo del Vacío (Desnivel, 2019), esa novela llena de misterios que Jokin Azketa, el inspirador de estas dos entradas enigmáticas, presenta hoy en la sede de Montañeros de Aragón. Como suele ser habitual en este escritor de Pamplona, su trama (de ficción) aparece generosamente aderezada con alusiones a la historia (real) del montañismo. Como su última creación se ambienta en el Pirineo central, ha querido sembrar para la ocasión unas referencias russellianas de este calibre:

“El nombre de Henry Russell siempre aparece ligado a esta montaña de belleza imponente y no sin motivo. Parece probado que ascendió treinta y tres veces a su cumbre, y es de todos conocido el hecho de que subía a menudo a pasar días en las grutas que se hizo excavar. Pero, mucho antes que él, algunos no habían podido resistir el deseo de contemplar el mundo desde allí arriba y tampoco sería justo dejarlos en el olvido. Resulta complicado afirmar quién estuvo antes que quien, y no hay que olvidar las brumas –y el desinterés– que debieron de envolver aquel mundo perdido y solitario durante unos años en los que el pirineísmo solo existió para unos pocos. Para un grupo minúsculo de personas al que siempre me gusta imaginar con la mirada puesta en algún punto desconocido y elevado, con un marcado interés por vivir sus días muy por encima de las miserias de depredadores, impostores y truhanes. Huyendo con sus vanidades a cuestas hacia otras metas. Aunque todo esto bien pudiera tratarse solamente de una falsa impresión y fueran otros motivos que pasaran por sus cabezas y alimentaran su imaginación”.

Si os apetece charlar con Jokin de estas y otras historias, pasaos hoy martes 10 por la zaragozana Gran Vía 11 Bajos a las 19:30 h, amigos…

  1. Como bien conoces, Alberto, he tenido una fecunda relación con el Balaitús, donde he llegado a pasar dos veces por la cima en una misma jornada. Bien; se suele decir del Balaitús que es el pico con mayor número de vías normales del Pirineo, pero que todas ella adolecen de notable dificultad. Muy cierto. Y en los viejos tiempos, con peores condiciones de las actuales mucho más. Nunca deja de sorprender el arrojo de estas conquistas primitivas, aun sin pensar en todas sus circunstancias. La gesta de estos militares fue tan maravillosa como increíble si no hubieran dejado una huella tan patente. Y, para mayor encanto, envuelta en el misterio.

    • Ya lo creo que sí, José: está visto que la raza humana ha perdido mucho brío desde 1825 a esta parte… Por cierto, que nunca te he preguntado si en alguna de tus visitas al Balaitús encontraste, en la cima, alguna de las piquetas de tienda de los Geodésicos (o, mejor, Geodestas). En el primer tercio del siglo pasado, todavía se bajaban como souvenirs.

    • Celebro que te gusten estas batallitas de antes-antes-de-ayer en el Pirineo, Luis…

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