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La Olimpiada de Invierno nazi

Esta añada que dejamos atrás fue, entre otras efemérides, la de los ochenta años del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Una tragedia colectiva que tendríamos que tener en la mente más a menudo. Sobre todo, en cuanto se refiere a los acontecimientos previos, los que anticiparon los grandes desastres que estaban a punto de caer sobre los despistados países democráticos.

Acaso las Navidades no sean las fechas más adecuadas para recordar estas páginas negras del pasado. O tal vez sí, siempre que se recurra a un testigo de primer orden: excelente escritor de montaña, periodista pionero del deporte blanco, guía alpino, humanista reconocido… Venga, que os digo ya de quién estoy hablando: de Roger Frison-Roche, el autor de la saga sobre El primero de la cuerda.

Hoy nos quedaremos con sus memorias vitales, servidas desde la más que apasionante Le versant du soleil (1981). Picoteando entre el primero de los tomos, podemos ver cómo discurrió su trayectoria como corresponsal en las llamadas Olimpiadas del Nazismo: las de Garmisch-Partenkirchen de 1936. Lo haremos a través de unos fragmentos siempre repletos de buen humor, a pesar de la preocupación que le suscitaba cuanto sucedía en torno a la Alemania de Hitler.

Iniciaremos este viaje hacia el mundo de las competiciones del deporte blanco durante los años treinta del siglo pasado desde el Capítulo 15 de las más que recomendables memorias de Frison-Roche. Atentos a ese ambiente olímpico tóxico que tan bien supo retratar:

“Los Juegos Olímpicos de 1936 en Garmisch-Partenkirchen, en Baviera, fueron grandiosos, según la imagen delirante que hacía Hitler de su poder. Una organización impecable que rigurosamente había previsto todo. Era preciso llevar hasta Garmisch a un número considerable de buenos alemanes para revelarles el poderío del nazismo, y hacerlo ante los representantes de la prensa internacional. De hecho, Garmisch no fueron sino una anticipación de esos Juegos de Berlín que tuvieron lugar el verano siguiente.

”Desde hacía algunos años había creado en Le Petit Dauphinois la primera sección sobre “Esquí y Montaña”, y mis actividades se ejercían en el seno del Equipo [de Esquí] de Francia, al que seguía con regularidad durante sus desplazamientos a través de Europa. Hablar de esquí, de montaña o de deportes de invierno en un gran diario era una novedad, cuya importancia habían comprendido dos de mis colegas parisinos: Alex Virot, del periódico deportico Auto de Henri Desgranges, y Roland Lennad, que había abierto esa misma sección en Le Jour.

”Nos encargaron a los tres la cobertura de los Juegos de Garmisch. Las pruebas se sucedían, alternándose las de nieve con las de hielo: esquí nórdico, patinaje, hockey sobre hielo, luge o bobsleigh, por lo que estábamos muy ocupados. Eso no nos impedía seguir la vida nocturna de Garmisch-Partenkirchen. Era una suerte de kermesse popular a resultas de los éxitos deportivos. Por todas partes había estandartes adornados con la esvástica que se mezclaban con las banderas de los países representados en estos Juegos. En las dos aglomeraciones de inmensos asadores provisionales, apresuradamente edificadas, bastaban apenas para nutrir y abrevar a los millares de visitantes allí acogidos como en una inmensa peregrinación. Una sala bajo un entoldado servía a millares los pollos asados y las salchichas, regados con cerveza de barril. En esa atmósfera ahumada por las pipas y los cigarros, se alzaban al cielo los cantos bávaros, a veces interrumpidos por el ritmo lento y solemne del [himno del partido nazi] Horst Wessellied. Una chica enorme, potente y rubia, verdadera encarnación de Germania, subida sobre una mesa y desafiada por unos asistentes, se tragaba sin dudar doce litros de cerveza. Se saludó dicha proeza con unas aclamaciones delirantes. Estábamos bajo la barraca de los jefes de la Kraft durch Freud, o Fuerza a través de la Alegría, aunque muy pocos iniciados sabían todo lo que tenía de temible esta organización nazi. De forma manifiesta, cada uno olvidaba o quería olvidar el lado político de estos Juegos: los atletas habían venido solo para participar, y el público alemán, trasladado allí mediante millares de convoyes [de tren] especiales, hacía gala de una alegría sin tacha. De hecho, no hubo ningún altercado entre los atletas, ni entre éstos y la multitud. Según el plan trazado, Hitler ganó. Los reporteros trasladaron una visión de un pueblo alegre, feliz y casi devoto. Se ignoraba todo lo de los campos de concentración.

”Tuve que asumir un trabajo enorme. Un reportero de aquella época tenía que hacerlo todo por sí mismo. Mi periódico me había dado carta blanca y me pagaba los gastos de desplazamiento, pero a cambio me trazó un plan de trabajo: Cada tarde, e inmediatamente después de las pruebas, queremos conocer por teléfono tanto los resultados como un relato breve de las mismas. Hecho esto, se enviará por telegrama un detallado de cada prueba. Esta información se completará enviando por correo [postal] una crónica de los Juegos y de las manifestaciones extra olímpicas; de todo cuanto suceda de un modo insólito en Garmisch.

”Así pues, tenía que cubrir más o menos dos páginas completas del periódico yo solo. Algunos días, tres. Pero eso no era todo.

”En 1936, Kodak había sacado a la venta su primer aparato [fotográfico] que empleaba una película de 24 x 36 en carretes de treinta y dos fotos. Disponía de un objetivo de 3’5 de apertura y de una velocidad de 1:300 de segundo. Lo compré de inmediato y, atrapado por el frenesí de la fotografía, me dediqué a ametrallar tanto a las delegaciones oficiales como a los competidores y espectadores. Esto proporcionó al Petit Dauphinois, sin ningún tipo de suplemento, bellas imágenes para mis crónicas. ¿Qué dirían los sindicatos de hoy en día?

”Virot, Lennad y yo formamos un equipo fraternal, lo cual no nos impedía gastarnos alguna broma. En la apertura de los Juegos nos sentaron cómodamente en unos asientos numerados, en la tercera fila del gran estadio de nieve. Cuatro filas por encima se alzaba la tribuna oficial donde se encontraba Hitler junto con los miembros del Comité Olímpico Internacional. Los schupos [policías], colocados de diez en diez metros, vigilaban ante la primera fila de espectadores, separados por una barrera. ¿Qué idea pudo pasar por la mente de Virot para que se le ocurriera provocarme así?:

”–Me apuesto que no te atreverás a cruzar por mitad del estadio para entrar en los vestuarios de los deportistas de enfrente.

”–¡Acepto la apuesta!

”–¡No seas imbécil! –me dijo Lennad–. Con esos chicos de ahí no se puede bromear.

”–¿Te rajas? –insinuó Virot.

”–¡En absoluto!

”Me levanté sin pensar, y franqueé entre excusas las dos filas de colegas emplazados delante de mí, para apoyar la mano, sonriendo, en el hombro de un schupo:

”–Bitte [por favor].

”El policía estaba tan sorprendido que no hizo un solo movimiento. Pasé al otro lado de la barrera. Ante mí se extendía como una no man’s land [tierra de nadie] infranqueable la gran playa de nieve que formaba el estadio. Doscientos vacíos metros en total que tendría que recorrer. Como único ser humano bajo la mirada de millares de espectadores, tuve la impresión de ser como un gladiador de la antigua Roma. ¿Se le arrojaría a los leones? Quería decir: a los policías. Eché pestes contra Virot. ¿Por qué me había provocado? Pero ya era demasiado tarde. Proseguí mi camino lentamente, hablando conmigo mismo: “Sobre todo, no te vuelvas, continúa, más despacio, camina con normalidad”. Mi corazón batía por esta broma. Y, después, no sucedió nada: el silencio de la enorme masa apiñada en círculo en las tribunas resultaba más angustioso que unos aullidos de cólera o que las órdenes de los policías alemanes encargados del mantenimiento del orden.

”No, nada pasó. La multitud siguió mi travesía de estadio, toda una verdadera travesía del desierto, con mirada indiferente. Permaneció pasiva. Si yo estaba allí, completamente solo, en mitad de aquel estadio, era porque tenía que estar allí. A nadie se le ocurriría, en esta Alemania nazificada, la menor idea de que alguien pudiera saltarse las severas consignas de la organización, y más aún bajo el ojo del mismísimo Führer que, allá arriba, en la tribuna de honor, esperaba el desfile de los atletas.

”En la tribuna de prensa, Virot, consciente de la trastada que me había hecho, sudaba la gota gorda. Roland Lennad estaba inquieto. Yo, más todavía. Alcancé los vestuarios y me mezclé con un grupo de atletas, en cuyo seno desaparecí. Me encontré después con los chicos de nuestro equipo, a quienes pregunté sobre la salida. Era una puerta secundaria que me permitió contornear el estadio y volver por la puerta grande, mostrando mi identificación, para reinstalarme con tranquilidad.

”–Bien, chico; estás bien bragado –me dijo simplemente Virot.

”Al final, mis cálculos resultaron acertados. En la Alemania nazi a nadie se le pasaba por la cabeza la idea de enfrentarse a las órdenes superiores. Atravesar todo el estado bajo la mirada de Hitler era algo impensable sin autorización. Es por eso que el schupo de guardia quedó sorprendido ante mi gesto familiar. Y, dado que el schupo no había reaccionado ni me había detenido, tanto la multitud como el resto de los servicios de policía habían debido de pensar que yo era un oficial”.

Tendremos que recurrir en alguna otra ocasión a la magnífica pluma de Roger Frison-Roche. A quien hay que agradecer, entre otras muchas cosas, que narrase con ese tono entre comedido y humorístico alguna de sus anécdotas en las Olimpiadas Nazis. Porque, para quien no esté al tanto de la biografía del escritor galo, añadiré que estuvo a punto de ser fusilado por la Gestapo alemana a finales de 1942, padeciendo cautiverio en sus prisiones durante un tiempo.

Hasta el año que viene, amigos…

13 Comentarios

  1. Frison-Roche; mi primera lectura sobre temática montaraz. Feliz y montañero año para todos.

    • Gracias por tus buenos deseos, José (aunque sea con retraso)… En cuanto a Frison-Roche, pues qué decir de tan fenomenal escritor, sino que esta añada lo sacaremos con frecuencia a colación, que bien se lo merece. Creo que se le conoce poco y mal en nuestro terruño…

  2. Feliz navidad y que el 2.020 sea tan bueno en textos de montaña como este Alberto.

    • ¡Todo es siempre mejorable, Makako…! Igualmente: que esta noche te pongas hasta arriba de cardo-ternasco-turrón, y que los (nuevos) Años Veinte empecen con buen pie para ti. O garra, se podría decir en este caso particular…

  3. Un excelente artículo, como siempre. Y, como siempre, oportuno. Que pases una Feliz Navidad. Te tomo la palabra: te espero en el 20.

    • Esperémoslo, Doble-A… A pasar, tú también, unas felices navidades…, tensinas (imagino). ¡Igual nos vemos estos días!

      • no parece muy navideño hablar de nazis pero la anecdota es muy buena alberto

        • Es éste el primero de una serie de tres artículos en los que Frison-Roche nos habla de las competiciones de esquí entre 1936 y 1938, muy interesantes, ya verás… Todo ello, en los ambientes opresivos de la época… Tienes razón: la anécdota de su paseíllo por el estadio olímpico bajo la tribuna de los jerarcas nazis es muy buena… Hasta el año que viene, Luis…

          • Guay Alberto. Nada como despedir tu «temporada-2019» con un mensaje de aviso. Ojo con los déspotas que se apropian del mundo de las montañas. Hay que combatirlos desde el minuto uno. Cuando todavía se puede. Sigue durante la «temporada-2020» con tus siempre bien fundamentadas denuncias y protestas. Contra los déspotas.

          • Bueno, Makako: sí que parece adecuado despedir este 2019 recordando otros tiempos mucho, pero que muchísimo más negros que los actuales… A poder ser, con un fino observador como fue el desaparecido Roger Frison-Roche. Quien padeció en sus propias carnes los peligros que desató el nazismo, desde luego, aunque sin dejar de destinarles sus dardos de ironía suave… El humor, el humor nunca debería de faltar; sobre todo, en casos de despotismo mucho menos graves que éstos de los años treinta y cuarenta del siglo pasado…
            A pasar unas buenas (y humorísticas) Navidades Simiescas…

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