por

La montaña del burro brioso

A no demasiado tardar, las rutas hacia los tresmiles pirenaicos quedarán libres de nieve y los rigores del clima se atenuarán. En tanto se facilitan sus accesos, bueno será arrancar este 2020 trazando planes. El número de enero de la revista “Grandes Espacios” nos facilita dicha programación, adelantándonos su personal listado de montañas asequibles a todos cuantos deseen respirar el aroma sutil que flota por encima de la línea de los 3.000 metros de cota.

Si hablamos de los tresmiles del Pirineo, resulta casi obligado recordar al pionero de su exploración durante la segunda mitad del siglo XIX: Henry Russell. Un hombre que, aunque nacido en Francia, usó el pasaporte inglés y se consideró una suerte de irlandés-bearnés. Gran parte del catálogo actual de picachos fue ascendido por este gran pirineísta; la mayoría, aparentemente por primera vez… Vamos a sumarnos a la fiesta que nos proponen desde el número 260 de la revista “Grandes Espacios”. Viajemos hasta algunos de los más bellos y relativamente sencillos tresmiles de corte russelliano que se sirven, junto a otros puntales, entre sus páginas…

Inicialmente, nuestro explorador aireó sus ascensos pirenaicos en las diversas revistas de la época. Con el tiempo, fundiría sus artículos en un texto magnífico: los Souvenirs d’un montagnard (1878). Para la ocasión, hemos recurrido al legado de Russell en su tercera tirada de 1908, contemplada como la más pulida y exacta. Podemos inaugurar esta serie de tres recomendaciones de alta cota con esa posible primicia que en su día titulara como: “Pico de Mulleres (3.008 metros). Su primera ascensión”. Vamos con ella:

“Apenas hube descendido del Quayrat (en 1879), permanecí solamente una jornada en Bagnères de Luchon. Al día siguiente subí con Firmin Barrau y su hijo Barthélémy al pico de Mulleres (3.008 metros), una cima española que siempre aparece cubierta de nieve, aunque es muy fácil. Domina por completo esa cadena de Salenques que se alza entre el valle de Arán y el del Ésera. La vista es tan espléndida y su ascensión tan simple, que el pico de Mulleres debería convertirse, por excelencia, en el de los montañeros tímidos o delicados que quieren ver maravillas sin mucho esfuerzo. Se podría hacer subir un burro con tal de que tuviera un buen carácter, la fogosidad de la juventud y un poco de amor propio.

”He aquí cómo hay que acudir. En el Plan de Aiguallut, un prado encantador donde, a una altitud de 2.000 metros, se ve correr en todos los sentidos y chapotear las pequeñas olas espumosas y musicales del Garona que nace, hay que elevarse a la izquierda (al sureste) en la garganta granítica que sube al collado de los Araneses. Se puede seguir las dos orillas del torrente, pero un sendero serpentea por la ribera izquierda. En tres cuartos de hora se encuentra un vasto anfiteatro lleno de rocas (algunas de ellas son calizas), placas de nieve y furiosos torrentes que forman una verdadera cacofonía, recordando cierta música contemporánea. Aquí no hay ni un solo pájaro. Enfrente (al sureste), aparece la Forcanada (2.882 metros), de la que [Alfred] Tonnellé fue su primer vencedor. Girando muy gradualmente al sur, aunque siguiendo siempre el mismo torrente que, en esta excursión, es el mejor de los guías, se pasan sucesivamente tres pequeños lagos, de los cuales el más alto, que es triangular, está a tres horas del Plan de Aiguallut y no se deshiela casi nunca. ¡Cómo podría hacerlo, completamente rodeado por nieves interminables como está, en un desierto sin mancha que sube desde allí hasta el pico de Mulleres por unas pendientes tan suaves y vastas que se pueden recorrer tres kilómetros sin tocar tierra, rodeado de montañas cuyas formas redondeadas le dan el aspecto de las colinas, pero cuyos hielos y su eterna blancura recuerdan a los Alpes!

”No hay que mirar más que alrededor de uno mismo para adivinar muy pronto que se está a 3.000 metros por encima del nivel del mar. Aunque no haya llanuras a la vista, salvo el horizonte por completo, lo cual hace extremadamente difícil apreciar la altura a la que se está. Hay ciudades en América del Sur y en el Tíbet tan lejos de las llanuras y de un nivel conocido, que sin la nieve y la esterilidad que las rodean durante al menos las tres cuartas partes del año, los habitantes quizá no se darían cuenta nunca de la altitud a la que viven. Ocurre lo mismo con este tipo de montañas muy elevadas, pero muy modestas en apariencia que, en el mismo corazón de los Pirineos, separan los múltiples torrentes del Garona. Sin embargo, el pico de Mulleres tiene 3.000 metros.

”Durante las tres horas que pasé allí, mis hombres elevaron una torreta tan sólida que desde el puerto de Benasque se veía a simple vista (distancia a vuelo de pájaro, unos diez kilómetros). Quince años más tarde, el barón [Bertrand] de Lassus encontró mi tarjeta de visita [escondida entre las piedras]: hecho del cual deduje que el pico de Mulleres había sido muy poco visitado…

”La vista me ha chocado tanto que quiero describirla con todo detalle. Al este, a unos diez grados al sur y a una profundidad de 1.300 metros, mis ojos repararon primero en el Hospital de Viella y en los verdes prados, que sombreaban los más bellos abetos de los Pirineos. Detrás de este paraíso se dibujaban sobre una longitud de al menos dos kilómetros, las crestas nevadas y festonadas del Montardo. A su derecha, pero muy lejos, a una distancia que estimo en cuarenta kilómetros (al sureste, a unos diez grados al este) divisé una cima árida y negra, una cúpula desconocida cuya altura debe aproximarse a los 3.000 metros, y que creo que está en Andorra. ¿Sería una conocida de mi amigo [Alphonse] Lequeutre, explorador modesto de este amasijo inextricable de picos que ya no se cuentan, de tantos que hay, y que se erigen como millares de olas piramidales, entre el Ariège y Andorra? En el horizonte del sur, entreveía en el vapor un rincón de las llanuras caniculares de Aragón. Al sur-suroeste estaba el pico de Ballibierna, y todo el espacio comprendido entre éste y el Aneto quedaba completado por las murallas lúgubres y sombrías de la cresta de las Tempestades, que no desciende en ningún lado por debajo de los doscientos metros. El majestuoso panorama de precipicios de los que esta arista forma la cima sobre una longitud de media legua tiene un aspecto verdaderamente espantoso: apenas hay en la naturaleza algo más vertical, y la blancura de las nieves brillantes de donde surgen de cuatrocientos o quinientos metros tan verticalmente como los acantilados del océano, aumenta todavía el terror de sus tinieblas. Es de un horror sublime.

”En cuanto al Aneto (3.404 metros), hay que verlo desde aquí, por el este, y desde tan cerca, para hacerse a la idea de la extensión total de sus glaciares. No creo exagerar, estimando en un millar de hectáreas el conjunto de la superficie cubierta por los numerosos glaciares de los Montes Malditos. Aplastando por su altura, tanto como por su masa, el Rey de los Pirineos rejuvenecía diecinueve años mi imaginación, evocando en mí el impensable recuerdo de las espantosas montañas del Tíbet, cuya altura se aproxima a la de un miriámetro, y del que, durante el otoño de 1860, la aparición sublime me hizo a menudo pasar del entusiasmo al estupor, cuando desde el seno de las noches aromáticas de la India divisaba un océano de nieve en medio de las estrellas. Las grandes montañas se parecen entre sí.

”Al oeste-noroeste se dejaba ver, a lo lejos, el cono azul e inclinado del humilde pico del Midi de Bigorre. Finalmente, la Pica de Estats, siempre cebrada por la nieve, dominaba al este sobre el caos de montañas del Ariège, y a su izquierda, al este-noreste, el Mont Vallier se destacaba orgullosamente y en la soledad, sobre un cielo tan azul como el de Egipto.

”Tumbado al sol y contento, permanecí en el pico de Mulleres tanto tiempo como me lo permitió la hora: después partí, constatando que la temperatura había bajado cinco grados desde nuestra llegada; es decir: en tres horas. Disminuyó todavía más rápido durante la tarde, pues en el puerto de Benasque, a las ocho, hacía ya frío (2.415 metros). Las claridades boreales daban al cielo y a las extrañas nieves un resplandor metálico, el viento soplaba dolorosamente, y las estrellas encendiéndose sobre los pitones helados de la Maladeta lanzaban luces tan vivas, que parecían faros, iluminando los negros escollos y enrojeciendo la espuma de los mares árticos, en la blanca oscuridad de las noches diáfanas de Escandinavia. No habiendo amado nunca el frío, volví al día siguiente a Luchon”.

Ya lo dijo Russell en 1879: he aquí un tresmil tan aconsejable como sencillo…, cuando el clima y la nieve lo permiten, claro. Tampoco hace falta que seamos “burros fogosos con amor propio” para conocerlo, ya se entiende. Así pues, aprovechad para visitar nuestra montaña: si es posible, de la mano de este número de enero de la revista Grandes Espacios que se dedica a “Pirineos: los 10 tresmiles más fáciles”. Atentos: el adjetivo último va en cursiva, pues la prudencia y la preparación previa nunca sobran por encima de la cota 3.000 metros.

En breve, Henry Russell nos va a recomendar algún que otro tresmil majote, seguro que sí…

Deja una respuesta a albertomartinez Cancelar respuesta

Comentar

Comentario

15 Comentarios

  1. Hacía tiempo que no leía ningún extracto de Souvenirs d’un montagnard. Siempre es bueno volver a este texto. Muchas gracias, Alberto.
    Las descripciones del Conde me parecen sublimes y citas como la del burro me hacen partirme de risa.
    Saludos.

    • Pues estás de suerte, forastero… Porque ahora mismo voy a colgar otra aventura russelliana. Y, antes de que muera enero, caerá la tercera… Todas ellas, de tresmiles ascendidos por quien fuera el «Señor del Vignemale». Saludotes desde Mañolandia, Hugo…

  2. Ya se ha insistido muchas veces en la devaluación de la dificultad: «inaccesible, pico muy difícil, montaña para vacas…» Por lo demás, siempre es reconfortante releer las narraciones del señor conde. Es ya muy poco habitual tal elegancia descriptiva.

    • Ya lo creo que sí, José… Te reconozco que a mí nunca me cansa; cuando me doy cuenta de que he «abandonado» a Russell durante una temporada, me apetece un montón regresar a sus textos… De cualquier modo, tengo en la recámara dos más para este mes de enero…

      • Con estos textos tan (para mí) fantásticos de Russell, daba lo mismo terminar el 2019 que inaugurar el 2020… Ya verás, qué complemento tan ideal el que nos llega desde el siglo XIX para acompañar las otras dos recomendaciones actuales que llegan desde el número de enero de «Grandes Espacios»… Saludos, Luis…

      • Me alegro de que te gusten los textos «russellianos», Makako: hay dos más para justamente eso, para empezar con buena pata (o, mejor dicho, pezuña) este año…

          • O no. Más bien no, Makako. Ya sabes que el rollo toponímico anda por terrenos brumosos las más de las veces; con frecuencia, incluso ponzoñosos (y no estoy hablando de la Lista Soro de tresmiles)… De hecho, el Molieres, cuyo nombre parece que adquirió de su vertiente leridana, podría ser la «Montaña de las Turberas» o algo así… Vamos: ni es el pico de las Mulleres/Mujeres ni, mucho menos, el de los Asnos Fogosos…

          • Gracias, Doble-A: lo será, al menos en las dos entregas siguientes… Es decir: dos raciones más de Russell, a quien no es muy fácil acceder en español actualmente… Saludos cordiales!!!