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La Gran Pirámide de Benasque

Seguiremos hojeando un poco más el ejemplar del mes de enero de la revista “Grandes Espacios”. En compañía de una figura esencial de la exploración pirenaica: Henry Russell, un pionero que sintió como pocos la llamada de las altas cotas de nuestra cordillera. Y como en el número 260 de la referida publicación aparece cierto reportaje dedicado a “Pirineos: los 10 tresmiles más fáciles”…, ¡podría decirse que nos hallamos ante un maridaje perfecto!

Ya hemos comentado en una entrada anterior esa recomendación planteada desde “Grandes Espacios” para acercarse hasta el pico de Mulleres… Pues bien: otro de los diez tresmiles que se destaca entre sus páginas como sencillo (hasta cierto punto) es un puntal que, alzado igualmente en el valle de Benasque, pudo ser cobrado por vez primera por Henry Russell. Con el permiso de algún anónimo cazador local de ixarsos (rebecos), claro está.

El futuro Señor del Vignemale publicaba sus peripecias en diversas revistas de montaña o turismo del último tercio del siglo XIX. Esta posible primicia al “Pic d’Eroueil (3.030 mèt.?)” se serviría, por ejemplo, desde su artículo “Ascensions […]” para el Annuaire du Club Alpin Français de 1880 (1881), del que salió una separata de 32 páginas en 1880. Más difundida fue su versión para el libro sobre los Souvenirs d’un montagnard (1888). Así, me he decantado por servir el texto de su tirada de 1908, considerado por muchos Russell-adictos como su testamento sentimental.

Acompañemos ya a Henry Russell a través de su capítulo sobre el “Aragüells (3.037 m). Su primera ascensión. Soberbias tormentas”. Aunque no sea para adquirir cota de inmediato en pos de un tresmil benasqués del que ningún ascenso se conocía. Fijémonos antes en la porción final del título… ¿Nos entretenemos un tiempo para disfrutar de las grandes tempestades del valle del Ésera?:

“En agosto de 1880 marché desde el Hospital hasta los Baños de Benasque, portando un equipaje que pesaba en total unos diez o doce kilos. Seguí la orilla izquierda del Ésera, serpenteando por un sendero bajo los abetos sobre la línea media de los 1.600 metros, llegando así, tras un delicioso paseo, a los Baños. Están colgados de un modo pintoresco como una especie de fortaleza o un monasterio budista en lo alto de una colina, cuya cara expuesta al noroeste desciende sobre el Ésera mediante unas escarpas de casi doscientos metros. Por el este [el edificio] aparece dominado por las montañas salvajes que sostienen el pico de Alba (3.100 metros) y por todos los esplendores de una naturaleza desolada. Es un lugar fantástico. Cuando se mira por la ventana se ve hacia abajo un precipicio y los ojos se sumergen en el vacío, donde ruge y remolinea eternamente el viento, con sus quejidos siniestros y prolongadas elegías, que hacen soñar en pleno verano con las tormentas del invierno y con los acentos trágicos de los mares del Norte.

”Como las bravas gentes que regentan el hotel me conocían desde hacía tiempo, fui recibido de la manera más cordial. Esto me consoló un poco de la inacción forzada en la que pasé el día siguiente, cercado por tormentas de una terrible violencia. Verdaderamente creí sentir temblar la tierra; el trueno parecía salir de las montañas. El Perdiguero (3.220 metros), envuelto entre relámpagos, lanzaba resplandores tan terribles como rojizos cuando surgía en lo alto de las nieves de Literola, luchando contra las nubes, el fuego del cielo y los ciclones, como un gigante que se quemaba y que iba a desvanecerse. Todo en alrededor resultaba aún más espantoso. Perfilándose en negro sobre la blancura descolorida de las nieves, los bosques, atormentados por la tempestad, se agitaban al paso de las ráfagas como cabellos humanos erizados por el miedo o la locura.

”Por la tarde fue mucho peor. Dominando desde lo alto el valle de Benasque, por donde todas estas tormentas llegaban del suroeste, asistimos desde nuestro observatorio a unas furias renacientes que ascendían hacia nosotros. Parecían agotadas cuando, a las 21:00 h, vimos surgir por el horizonte una verdadera montaña de nubes que se perfilaba sobre los relámpagos, más negra que la noche. Rugía al subir, mientras que, a nuestro nivel y por encima, estaba el cielo tan claro y sosegado que se distinguían las estrellas. Pronto, nosotros también quedamos sofocados por un diluvio de granizo y de vapores que iban quizás a cien kilómetros a la hora. Las largas y tristes ráfagas barrían los bosques de abetos, retorcían sus ramas y las hacían silbar como serpientes. Los enormes granizos que caían por la chimenea saltaron hasta el centro de mi habitación. Las rocas, ahora sonoras, se hubieran definido como lúgubres tras su aparición, verdosas y remojadas, a la luz de estos relámpagos.

”Fue una de esas noches atroces donde una naturaleza en llanto, delirante e inflamada en mitad de las tinieblas, parecía tener miedo y llamaba a Dios en su auxilio”.

Tras la tormenta, llega la calma. Porque tiempo es de calzar nuestras botas virtuales, rumbo al pico de Aragüells del verano de 1880. Ya se sabe: el siempre poético Russell es un cicerone de primera. De este modo discurriría su ascenso al supuestamente invicto tresmil partiendo desde los Baños de Benasque:

“¡Vaya cambio al día siguiente por la mañana! ¡Qué tranquilidad y pureza por todas partes! ¡Qué aire tan sano! ¡Vaya sol! Bajo un cielo propio de Oriente salimos hacia el ibón de Cregüeña.

”Al sur-sureste de los Baños [de Benasque], se abría a una altura de trescientos metros una estrecha brechita rodeada de bosque donde se percibía vagamente un abeto negro y solitario. Por allí es donde había que trepar para desembocar, por el camino más corto posible, en el valle de Cregüeña (orilla derecha). Se llega allí en menos de una hora (desde los Baños), al este de un montículo completamente recubierto de abetos, a una altura de 2.000 metros. Desde aquí hay que subir siempre al este-sureste. La ascensión es tan gradual como sencilla, si bien los numerosos caos [de piedras] que cortan el camino retrasan mucho la marcha. Parecen los restos de una montaña o de una ciudad bombardeada.

”A las 9:00 h entramos en la nieve a una altura de 2.400 metros. Un poco más arriba, después de haber dejado a la izquierda un pequeño lago escondido entre rocas enormes, escuchamos, bajo el túnel de hielo que nos soportaba, la voz profunda e irritada de la cascada por donde escapaban las aguas del ibón de Cregüeña (los españoles dicen Greguena), y a las 10:00 h (en unas tres horas desde los Baños), estábamos sobre sus orillas.

”He aquí este lago famoso, si bien resultaba más famoso que popular, que ocupa cerca de cien hectáreas. Es así porque queda lejos y está alto (a 2.656 metros). Aún estaba congelado por todas partes, salvo junto a las orillas, donde la fusión y el resquebrajamiento de los hielos dejaban ver bajo el agua sus fúnebres profundidades. En todo a su alrededor reinaba la nieve, por donde la brisa hacía correr una especie de humareda: se hubiese dicho que era como polvo de diamantes. Uno podía creerse en mitad del invierno aunque el sol nos quemara y nos cegase. Apenas podían abrirse los ojos. Tenía el aspecto de las montañas del Pamir, a diez horas de Luchon. Tanta nieve resultaba extenuante: tenía dificultad incluso para reconocer los lugares que me eran conocidos, y en más de una ocasión resultó imposible saber si se caminaba sobre agua o sobre tierra.

”Finalmente, habiendo encontrado en este mar blanco un islote de hierba cálido y seco, almorzamos sobre la orilla norte del lago. Quedaba frente al pico de Estatats, que se elevaba al sur con tanta majestuosidad como elegancia. Al igual que un fotógrafo, o como un médico que tomaba el pulso a su paciente, examiné con seriedad al pico de Aragüells, cuya ascensión era la única finalidad de mi viaje. Se alzaba al sureste, a la derecha del collado de Cregüeña. En principio no era este pico lo que me preocupaba, pues su graciosa pirámide no tenía nada de alarmante. Sin embargo el ascenso del collado de Cregüeña, en esta estación y por aquí, parecía imposible. A finales del verano, cuando la nieve se ha fundido o ha resbalado sobre estas pendientes extremadamente inclinadas, cuando no quedan más que piedras entremezcladas con un poco de hielo, no será sino una mera cuestión de fatiga: cualquier peligro desaparecerá. Ahora se trataba de algo muy diferente. Era cuestión de trepar lo que parecía un precipicio de nieve de cerca de trescientos metros de desnivel, con un lago helado por debajo, y sin el menor objeto, ni un solo resalte, ni una sola piedra, para amortiguar o detener una caída. Parecía algo serio. Agravaba la situación el hecho de que la pendiente de estos inmensos taludes de nieve aumentara por sus bases, que terminaban en precipicios casi verticales sobre el lago. Lo repito: en septiembre este ascenso era tan desalentador que sin la irresistible tentación de vencer al Aragüells hubiese renunciado. El ángulo medio de estas laderas debía de ser de al menos cincuenta grados. A veces los superaban, y el desnivel real entre el lago y el collado fue de 271 metros.

”Tras haber sufrido la humillación de ver a varios sarrios pasando como si fueran pájaros sobre las paredes de polvo que nosotros encontrábamos tan temibles, subimos con gran lentitud desde el noroeste hacia el sureste, dejando por la izquierda el collado Maldito y la cresta del Medio. La nieve era muy blanda y guardábamos silencio por el temor a desencadenar una avalancha, escuchando el latir de nuestras arterias. El tiempo nos pareció muy largo… Finalmente, al cabo de tres cuartos de hora de emociones más tensas que agradables, llegamos al collado de Aragüells (2.885 metros). Por desgracia, no se veía ahora más frecuentado que cuando pasé en 1864, época en la que ni siquiera tenía nombre. Era tan fácil por el este como difícil por el oeste.

”Veinte minutos de trepada al suroeste nos situaron sobre la cima del Aragüells (3.037 metros). Nada más simple, con tal de que se tenga el cuidado de deshacerse del bastón para llevar las manos libres y de subir siempre con la arista principal por la derecha.

”Es un pico granítico, tan sólido como la Gran Pirámide, con la que guarda muchas analogías: es su reproducción exacta, con la diferencia de que el Aragüells tiene como base una cresta elevada cerca de los 3.000 metros y que hace menos calor que en las orillas del Nilo. Como no había ni la menor huella del hombre en la cima, construimos un hito de piedras, al pie del cual (por el lado oeste), escondí una botella con nuestros nombres, bajo un montón de piedras, en caso de que la tempestad derribara dicho cairn. Pues, en efecto, el viento debía de soplar muy fuerte en esta punta solitaria, más alta que sus vecinas, a la que nada protegía contra las tempestades del sur y del suroeste. Por estos lados, el horizonte aparecía prácticamente sin límites. Al norte y al noreste era más restringido, si bien completamente alpino, y con una blancura sublime. Del sureste al noreste, pasando por el norte, no se veía más que nieve, y los brillantes glaciares meridionales de los Montes Malditos, cuya grandeza y extraña poesía recordaban a las del océano. En cuanto a las cimas lejanas, había todo un ejército. No eran todavía las 15:00 h y, sin embargo, sus bases se encontraban ya sumergidas entre unas tinieblas sorprendentes. Porque la sombra, lo mismo que la luz, redobla su intensidad cuando se la ve a través de la atmósfera enrarecida de las altas cimas. El resultado presenta increíbles contrastes.

”El tiempo era mágico y el sol quemaba. Un inocente céfiro hacía gemir y cantar a las rocas, que disponían de voz propia como el océano y los bosques, donde cada árbol tiene la suya. ¡Cuántas horas hubiera pasado sobre esta punta desconocida si el placer de permanecer allí no se hubiese visto estropeado por la idea de nuestro inevitable descenso al ibón de Cregüeña! Sin duda que hubiéramos podido retornar por el valle de Ballibierna, ¡pero vaya vuelta! Hubiéramos necesitado siete u ocho horas para llegar a los Baños por allí. Retomamos, pues, bastante preocupados, la misma vía que de subida, y, gracias a Dios, llegamos sin problemas al borde del lago, donde cenamos. La temperatura a la sombra a las 18:00 h fue de once grados. Regresamos ya de noche a los grandiosos bosques que se cernían sobre los Montes Malditos hasta el nivel de 2.000 metros. No había luna, por lo que tuvimos dificultad para descender hasta los Baños [de Benasque]. Paradas incluidas, nuestra ascensión al pico de Aragüells nos había requerido unas catorce horas, de las cuales diez fueron de marcha muy rápida. Es una ascensión tan fuerte como prolongada”.

Para quienes no conozcan aún esta montaña de Benasque, confío en que su temprano cronista les haya resultado del todo convincente. El texto de Henry Russell puede complementarse a las mil maravillas con las indicaciones prácticas de “Grandes Espacios” para visitar el Aragüells no por su vía original, sino por la ruta del puente de Coronas…

Me parece que los textos russellianos todavía nos acompañarán en alguna otra aventura por el Pirineo de antaño. A fin de cuentas, la morfología del grueso de sus tresmiles no ha cambiado en exceso.

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Comentario

      • Ya ves: Russell tenía un alma poética, además de cierto sentido del humor muy fino… Enseguida te pongo otro texto russelliano, que espero disfrutes como los dos previos… Hasta entonces!!!

    • Muchas gracias Alberto: nos haces, como tú dices, viajar desde el sillón de casa a esos lugares de maravilla a los que ya no iremos. Gracias.

      • Bueno, Doble-A: nunca se sabe adónde irá uno, y adónde no… En cualquier caso, celebro que disfrutes, pues eso: acompañando a los pioneros desde el sillón de tu casa… Porque los viajes en el tiempo, hacia el siglo XIX de los pioneros, todavía no los contrata ninguna agencia de viajes… Saludos!!!